“La mejor manera de sublimar los recuerdos es escribiendo”: Daniel Samper Pizano

“La mejor manera de sublimar los recuerdos es escribiendo”: Daniel Samper Pizano

Noviembre 24, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros I Periodista de GACETA
“La mejor manera de sublimar los recuerdos es escribiendo”: Daniel Samper Pizano

“No está bien que el cronista se asuma como de un estrato superior. No me gusta que los llamen cronistas, prefiero el título honroso de periodista”.

La excusa era conversar sobre ‘Jota, caballo y rey’, su más reciente novela, en la que buscó hacer una caricatura del poder. Y de eso habló, claro, Daniel Samper Pizano. También de sus nostalgias por las salas de redacción. Lo hizo a veces en broma y a veces en serio.

Cuesta trabajo imaginar a un dictador en esas circunstancias: desnudo, en un baño de la casa presidencial, tiritando de frío y padeciendo la falta de agua. El agua que no cae por la ducha. Cuesta trabajo, pero pasó. Sucedió en la imaginación de Daniel Samper Pizano, el periodista que a veces también, como el mismo se burla, “escribe algunas pendejadas”. La de ahora, dice, se llama ‘Jota, caballo y rey’ (Alfaguara). Y en las páginas de esta novela el dictador que vive esa suerte de tragicomedia, como no, es Gustavo Rojas Pinilla. A Daniel no le molestaría tropezar con este libro en la sección de novela histórica de las librerías, pero “más que contar la historia lo que pretendía era hacer una caricatura del poder. Es que ya estoy muy viejo para ponerme trascendental”.La historia brotó después de tomar prestados algunos recuerdos poderosos de su infancia. Daniel Samper no tenía más de 8 años cuando se dio el golpe militar y todo un país comenzó a cifrar sus esperanzas en el menos dictador de los dictadores. “La novela se desarrolla durante el primer año de su dictadura cuando la esperanza de paz que despertó se desvaneció de manera violenta por cuenta de la matanza estudiantil a manos de una patrulla de la policía en la Universidad Nacional”. De esas nostalgias hace parte también Triguero, un legendario caballo criollo de carreras, a quien Daniel no solo rescata del olvido sino que convierte en otro personaje más. Casi uno de carne y hueso. La historia de esta novela, pues, siempre contada en clave de humor, nos entrega un retrato de este caballo galopando en medio de la dictadura y de la amistad de Rafael, hijo del veterinario que cuida del animal y de Jota, un adolescente rico que trabaja en el hipódromo. Daniel habla también de otras nostalgias: las del periodismo. Extraña el ruido de lluvia que producían las máquinas de escribir en las salas de redacción. El vértigo de los cierres. Los “años maravillosos” que vivió en el periódico El Pueblo, de Cali. Las denuncias incómodas que hacía desde la Unidad Investigativa de El Tiempo. De todo eso conversó con GACETA en el apartamento que lo recibe en Bogotá cada vez que visita Colombia. Lo hizo como mejor sabe: a veces en broma, a veces en serio.Daniel, después de varios libros de antologías sobre periodismo y columnas de opinión, ¿por qué regresar a la novela? He estado siempre en el género narrativo. No con la misma intensidad del periodismo, pero desde que estaba en la universidad gané concursos de cuentos y he escrito cuentos para distintas publicaciones. De modo que la narrativa ha sido uno de mis refugios. El periodismo es de lo que vivo y lo que me consume la mayor parte del tiempo. La diferencia está en que yo puedo escribir crónicas y noticias en medio de la presión más tenaz, pero no sucede lo mismo cuando llega el momento de encarar una novela o un cuento, para la literatura me exijo tranquilidad. Puedo pasar por aguafiestas, pero ¿con qué motivación puede uno publicar en un país que no lee más de dos libros por año?Esa es una buena pregunta. Hay un chiste de Les Luthiers sobre el cantautor Rubén Darío. En un momento dado se dan cuenta de que Rubén Darío canta es para él. Entonces Les Luthiers le dice “usted, más que cantautor, es auto cantor”. Y creo que eso nos sucede mucho a quienes encaramos géneros como la novela: somos autonovelistas. Publicamos sabiendo que existe por delante un público limitado. Yo no publico haciéndome grandes ilusiones sobre ventas. Escribo porque me gusta hacerlo. Y curiosamente, aunque se pueda pensar lo contrario, en España, donde esta novela también será publicada, no me hago tampoco grandes ilusiones. Es uno de los países de Europa que lee menos y allá la literatura latinoamericana, con excepción de García Márquez o Vargas Llosa, o recientemente de Roberto Bolaño, se conoce muy poco. Esta novela se lleva a los terrenos de la ficción a un personaje que hizo época y que a usted lo marcó tremendamente: el famoso caballo de carreras ‘Triguero’. Es un caballo que tengo en la memoria desde que era niño, yo tendría unos 10 años. Era quizá el caballo más famoso de Colombia, después del de Bolívar. Había logrado la hazaña de derrotar a los caballos chilenos que traían al país, que se suponía eran los mejores, por lo que se convirtió en un personaje popular y generó el mismo fervor que hoy despierta un ciclista o un futbolista. La mía fue una niñez en la que no hubo Nintendo ni ninguno de esos aparatos que hoy anhelan los niños. Nosotros lo que jugábamos, con dados y tableros, era al hipódromo. Lo bello de la manera en que se retrata a ‘Triguero’ es que lo aleja por completo de la imagen que de estos animales tenemos generaciones más recientes, que crecimos asumiendo a los caballos como otra excentricidad más de los mafiosos…De eso no hay duda. La imagen de la gente de mi generación es la del caballo de carreras, quizá un poco ayudado por la televisión que trasmitía las carreras y las familias se volcaban para verlas. Era un caballo distinto al caballo de paso fino, elegante. Que no corre, sino que camina. Siendo un personaje que lo acompaña desde la infancia porqué demora tanto tiempo en asomarse a sus libros…Las novelas siempre se escriben sobre cosas que uno trae desde la infancia, lo que pasa es que al llegar a las páginas uno las ha transformado y reelaborado. ‘Triguero’ galopa conmigo desde hace muchísimos años porque uno de niño atesora recuerdos con más emoción que razón. Y esas imágenes que guardaba desde la infancia de ese caballo estaban siempre acompañadas de otras iguales de poderosas como la llegada de Rojas Pinilla al poder. Yo tenía 9 años cuando eso. Recuerdo ver salir a mi padre a comprar El Espectador para leer la noticia del golpe de estado. Y los vecinos y las familias conversando sobre el tema. Entonces creo que la mejor manera de sublimar los recuerdos es escribiendo. Justamente la novela está ambientada en el primer año de la dictadura de Rojas Pinilla, un personaje sobre el que usted se toma ciertas licencias, como inventarle una hija natural. ¿Por qué llevarlo a la literatura?En mi mente está muy nítido el recuerdo de ese 13 de junio de 1953 cuando él llega al poder. Lo mismo que el episodio de la muerte de los estudiantes que cambia por completo la visión que se tenía sobre Rojas. Cuando este hombre llega al poder se asume como una especie de héroe y salvador, luego de la dictadura conservadora de Laureano Gómez, de la violencia suscitada tras el asesinato de Gaitán en el 48 que ya contaba 300 mil muertos y de una policía tenebrosa. Prometió elecciones, paz política y cero censura a la prensa. Sin duda, era un dictador distinto, alejado del proceder de otros dictadores sanguinarios y a los caudillistas nacionalistas de su época. El suyo, más que un golpe militar, fue un golpe de opinión.¿Será que la historia no lo ha juzgado como se debe?Creo que se ha exagerado lo que fue su gobierno y durante muchos años se le pintó como un monstruo terrible. Rojas Pinilla, aunque era un demagogo, más que buscar el poder, le cayó el poder encima. Me atrevo a pensar que se trataba de un tipo simpático y divertido, pero cuando le tocó gobernar al país lo rodeó una camarilla que no le permitió cumplir con las esperanzas que había generado. En esta novela, sin embargo, lo caricaturiza. Como ocurre en esa escena donde nos lo presenta desnudo en el baño de la casa presidencial sin poderse bañar por falta de agua…Siempre me ha llamado la atención la figura de los dictadores. Y lo que quise en esta novela fue humanizarlo, lo mismo que a su esposa Carola. Mentiras, no me crea: lo que quería era hacer una gran caricatura del poder. En las páginas de esta novela hay una evocación tremenda sobre la Bogotá de hace medio siglo. También sobre Fusagasugá, que es como una especie de paraíso perdido suyo. Es casi un homenaje a la memoria…Curiosamente, esta es la primera novela que escribo sobre Colombia. La anterior, ‘Impávido coloso’, ocurre en Brasil en época de la dictadura brasileña. Luego escribo con esa señora que además duerme conmigo, Pilar Tafur, una novela biográfica de Agustín Lara, personaje que en sí mismo ya era una gran novela: él se inventó su vida, la vida que contaba era mentira, así que es bien difícil saber quién fue realmente Agustín Lara.¿Qué tanto le prestó el periodista al novelista en esta historia?Como buen periodista colombiano, quise saber primero cuál era la verdad y luego la deformé… (carcajada).Ahora sí, en serio…Yo quise conocer más la historia de ‘Triguero’. Esculqué periódicos, revistas, libros. Ahora, al momento de escribir la novela tuve que apretarla, así que en mi novela ‘Triguero’ gana en un año lo que consiguió en dos o tres. Curiosamente, de tantas veces que fui al hipódromo –me llevaba mi tía Lucy Pizano– nunca lo vi, así que su recuerdo me tocó reconstruirlo también con recuerdos ajenos. ¿Le molestaría que esta novela termine en la sección de novela histórica de las librerías?Para nada, porque en cierto sentido, lo es. Ahora, si tú se la entregas a un historiador la destrozaría, con justa razón. Pero es histórica en la medida en que narra un momento demarcado por unos años específicos y unos personajes reales. Bien dice Vargas Llosa: “la literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no puede contar”. Daniel, desde hace casi 30 años usted vive fuera de España, pero mantiene una conexión tremenda con Colombia. ¿Cómo lo logra?Yo resido en España, pero yo vivo en Colombia. Allá duermo y hago pipí, pero todo el día estoy conectado con Colombia, suscrito a revistas como Semana y El Malpensante. Y dedico varias horas a leer por internet periódicos colombianos. Hablo por teléfono todo el día con Colombia y acá vive buena parte de mi familia. Esa conexión se nota especialmente en el Daniel Samper columnista. Solo que a veces uno lee en esas columnas a un hombre más bien pesimista y por momentos bastante lejano del hombre de buen humor…Lo que siento es que en la medida que uno va envejeciendo y viendo cómo los problemas, que han sido los mismos de toda la vida en Colombia, no se resuelven, se da uno cuenta de que la que es pesimista es la realidad. Hay momentos en los que quisiera ser optimista, por ejemplo en los diálogos de paz. En ese caso, toca acudir al optimismo, porque una de las cosas que pude constatar cuando participé en la liberación de secuestrados y hablé con algunos guerrilleros rasos, es que la mayoría no llegó a la guerrillera por los libros de Marx y Engels, que entre otras cosas son muy aburridos, sino porque en la guerrilla encontraron la oportunidad que el Estado les negó. Es la pobreza la que los impulsa. ¿Extraña las salas de redacción?A ratos. Pero a ratos pienso también que ser periodista en Colombia no es fácil por el desbordamiento de la violencia y la corrupción. Aquí, desde el presidente para abajo miente con la más absoluta frescura. Y la corrupción llega a unos niveles impresionantes porque este país es más rico que antes. Antes veíamos la corrupción de un país pobre. Rescato una frase suya cuando le preguntan sobre el periodismo electrónico y los retos que enfrenta el periodismo en la era digital: “hay que saber separar lo esencial de lo accidental”…Estamos en una época de mucha bulla, pero aún no sabemos qué es lo realmente importante. Uno de los problemas de las tecnologías es que mueren con la misma velocidad con que nacen. Así que no hay que dejarse asustar por estos temas de las redes sociales y demás. Lo esencial, independientemente de la plataforma, es buscar y contar la verdad. En ese sentido me parece peligroso lo de los reporteros ciudadanos. El periodismo es una cosa seria, no es simplemente una técnica para contar, implica también una ética y ofrecer un contexto y varios puntos de vista. Al periodista nuevo se le exige mucha destreza para el manejo de las nuevas tecnologías, pero poco sobre cómo, cuándo y porqué se hace. Otra cosa que me preocupa es el deterioro en el uso del lenguaje, el uso de la ortografía y ese es otro valor esencial del periodista, tan importante como contar la verdad. ¿Es igual de escéptico con la forma en que se hace el periodismo narrativo hoy?Durante un buen tiempo desapareció la crónica y los periódicos querían imitar la televisión y se hacían notas muy escuetas, sin matices ni profundidad. Luego reapareció pero en libros, no en prensa. Y solo mucho después los periodistas y los que dirigen los medios se dieron cuenta de que no bastaba solo con dar unos pasabocas de la información sino un plato fuerte. La gente leía los periódicos y quedaba con hambre. Fue entonces cuando volvieron los cronistas, que en aquella época eran como los centro delanteros o defensa centro en un equipo de fútbol: eran inamovibles. Recuerdo que leías a Gossaín por un lado y a Germán Santamaría por otro. Competían los periodistas como competían los periódicos. Ahora, no está bien que el cronista se asuma como de un estrato superior. No me gusta que los llamen cronistas, prefiero el título honroso de periodista. Usted tuvo que silenciarse durante la presidencia de su hermano, Ernesto Samper. ¿Lo ha tenido que hacer de nuevo?No. Y espero que no, porque aquella vez me dolió muchísimo. Yo seguía escribiendo en España, pero me dolió haberme silenciado en Colombia: lo hice no solo durante esos cuatros años de gobierno, sino dos años antes y dos más después. Pero concebía que opinar con un hermano en la presidencia no era ético. Algunos aún me cuestionan que no haya criticado a Ernesto, pero es que lo que yo pienso de Ernesto Samper es muy distinto a lo que piensa la gran mayoría de colombianos. Aún me fustigan con ese episodio, pero colgar la pluma fue lo más sensato.

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