La inspiradora historia de Encarnación García, la poeta analfabeta

La inspiradora historia de Encarnación García, la poeta analfabeta

Julio 27, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
La inspiradora historia de Encarnación García, la poeta analfabeta

María de la Encarnación García, la juglar de auténticos versos.

A sus 76 años, María de la Encarnación García no sabe leer ni escribir, pero es considerada ‘el tesoro’ del Encuentro de Mujeres Poetas que cada año se realiza en Roldanillo y al que asiste desde hace 23 años. Esta, la historia de una juglar que va por las montañas narrando historias rimadas.

Es una casa que cabe en la mirada, pequeña, de techo bajo y oscura, muy oscura, apenas iluminada por el resplandor de un charco de luz que entra fatigado por la única ventana que da hacia la calle, la del cuarto principal. Está ubicada en la vereda Limones, a la que se llega por una carretera que parece recién asfaltada, solo cinco minutos después de que el municipio de Zarzal, al norte del Valle, saluda desde sus montañas empinadas. Encarnación García entra allí, a esa casa estrecha, y puebla los silencios del lugar con sus pasitos breves y arrastrados. Vive con tres de sus ocho hijos, uno de ellos sordomudo. Acaba de llegar del Encuentro de Mujeres Poetas que se celebra cada año en el Museo Rayo del vecino pueblo de Roldanillo.Hoy es viernes; su recital fue el pasado miércoles 16 de julio. Y ese día sucedió lo de siempre: se paró sobre el atril y comenzó a hablar; primero sobre la historia que narra el poema que piensa recitar a los asistentes, después el poema mismo. Lo hace de memoria. Los más largos pueden tener hasta diez estrofas. A veces hay pausas, silencios cortos que ella resuelve con una risita pícara y enseguida continúa. Es que Encarnación cumplió en junio 76 años y ya sus recuerdos tienen fisuras. Después, cuando su poema transita por el último verso, dice FIN. Esa su marca dentro de esa cita literaria. “Ese fue un día bonito”, cuenta. Debe ser porque ese miércoles, delante de todos, la declararon ‘el tesoro del encuentro’. La poeta de admirar.—Imagínese eso, ¡tesoro yo! ¿tesoro una campesina que no sabe leer ni escribir? Cuando me preguntan que si soy poeta, les digo que no. Que compongo unos versitos que me he ido aprendiendo y que voy guardando en el mejor de los libros: mi memoria. Allí tengo esos versitos en varios tomos.Los primeros aparecieron justamente en esta misma casa. De aquí salió una mañana, hace ya 23 años, después de escuchar en Radio Zarzal la noticia de que el Museo convocaba, durante varios días, a las mejores poetas del país. Era 1988 y el evento iba por su cuarta versión.Encarnación lo comentó con Gerardo Muñoz, su “viejito” —“el hombre que me educó los hijos y me dejó ranchito”, — porque hablar rimado es una costumbre que nunca se ha podido quitar de encima. Él era el único cómplice de esas frases rimadas que ella componía en secreto, pues le generaba pánico sentir burla si se atrevía a contarle al mundo que ella, incapaz siquiera de poner su nombre sobre un papel, podía —como si fuera una escritora de raza— rimar limpia y diestramente placer con volver, empeño con pequeño, alegría con “te espero noche y día”. —Oíme, tengo ganas de ir a Roldanillo, le dijo aquella vez al marido.—A qué piensa ir, ¿no escucha que el señor de la radio dice que todas las señoras llegan allá con sus libros?, le respondió él. —Eso qué importa, yo llevo los míos, solo que en la mente y allí están bien escritos.—Sí importa... Además, ¿qué se piensa poner? Usted no tiene ropa decente para ir por allá...Pero Encarnación no hizo caso. Tomó un vestido verde, el menos raído que tenía. Se calzó los únicos zapatos, los de ir a la galería, los de barrer la casa, “unas arrastraderas viejísimas”. Y con su espíritu de peregrina y los pesos que hacía poco había obtenido “de la venta de unos huevitos” cruzó la puerta en búsqueda de uno de los dos jeeps que para entonces solían ir y venir con poca frecuencia entre Zarzal y Roldanillo.Pero los carros no pasaron. Y entonces Encarnación decidió caminar hasta que alguno apareciera sobre la ruta. Caminando —porque varias veces lo ha hecho— la distancia que separa a Limones de la cabecera municipal son 20 minutos. Las arrastraderas no aguantaron y ella tuvo que “botarlas en un ratrojo y seguir. Así, a pie limpio. No me importó. Cuando finalmente pasó un jeep y me subí, la gente comenzó a mirarme raro; yo toda mal trajeadita como iba. Pero, así, descalza, llegué hasta el Museo Rayo”.Esa escena la evoca con nitidez tantos años después Águeda Pizarro, que también es poeta, además de la albacea orgullosa del legado de su esposo, el maestro Omar Rayo.“No se me hubiera ocurrido nunca: ¡una poeta analfabeta! Encarnación me preguntó con la mayor dulzura e ingenuidad si una mujer como ella podía hacer parte del encuentro. Yo no supe qué decir y le pedí primero que me recitara algo porque no daba crédito a lo que ella contaba de sí misma”. Y Encarnación lo hizo: “Cuando todos se encontraban durmiendo un sueño feliz /se escuchó aquella explosión en el Nevado del Ruiz. / Me dicen que eran las dos / que era una hora precisa/ cuando aquél pueblo de Armero / se convirtió en lodo y ceniza”...El poema lo tituló ‘La destrucción de Armero’. Y, como muchos de sus versos, nació después de escuchar las noticias que se escurren a través del viejo radio Sony que pende de una de las paredes de su cocina. Ese aparato es su cordón umbilical con el mundo. “Por el radio me entero de todo lo que publican en ‘las prensas’, lo que pasa más allá de la vereda”. Así se dio cuenta, por ejemplo, que la mañana del 6 de noviembre de 1985 un comando del M-19 se tomó por asalto el Palacio de Justicia. Aterrada, mientras preparaba el almuerzo del marido, Encarnación fue cocinando versos en medio de esa tragedia que le entregan las ondas hertzianas: “El doctor Alfonso Reyes / a quien se le oían los ruegos/ pidiéndole al presidente / que hiciera cesar el fuego/”.Fue así, por la radio también, en los días oscuros del Cartel de Medellín, como se enteró de que dos sicarios en moto habían acabado con la vida de Rodrigo Lara Bonilla... “un lunes 30 de abril / escuchamos la noticia/ que en Bogotá asesinaron / al ministro de justicia”.O que un veterano de la Guerra de Vietnam, Campo Elías Delgado, fue capaz de matar en una misma noche de diciembre a más de 20 personas. “Anduvo en el edificio / tocando puerta por puerta / y persona que asomaba / allí la dejaba muerta/. Después bajó al restaurante / denominado El Pozzeto / eso ocurrió en Bogotá / cuando hubieron tantos muertos/”. Encarnación, pues, es una juglar. Uno de esos personajes de la vida de los pueblos capaces de convertir en poesía y trova esa realidad que anda suelta por ahí a la espera de ser contada. Una suerte de notario público que da fe de lo que pasa, pero cultivando un arte del relato oral que envidiaría cualquier tía solterona.En sus versos vibran las tardes de espléndido verano, los amores que se marchan, el vuelo de la gaviota. Vibran los frutos a su debido tiempo, los hijos ausentes y las plantas con sus flores. Vibran las noches oscuras, serenas, silenciosas. La tinaja, el campo, los pozos en las peñas. Y cuando Encarnación declama ocurren cosas insospechadas. Hace más de diez años, con las ropas de su marido empacadas en la puerta, logró que su “viejito” cambiara de opinión y no se marchara para varios años después, en el 90, verlo morir a su lado. “Si de veras te marchas no pretendas escribirme / ni una llamada urgente aceptaré de tí / cuando te encuentres lejos de mí no hagas memoria/ tan solo te suplico olvídate de mí”. Porque mucha de su poesía habla de eso, del amor. Del primer novio que la cortejó en Pozo Domingo, la vereda de Zarzal donde nació. Del marido Isaías Peña que “por otra me dejó”. Del hijo de Medellín “que su camino extravió”. De la viudez que te deja como un niño a tientas en la oscuridad. Encarnación es romántica como hay que serlo: sin ningún pudor. Gran parte de la obra que ha compuesto —más de 800 poemas, según sus cuentas— terminaron en papel, que en una sociedad como la nuestra tiene el delgado poder de hacer verosímil cualquier cosa, gracias a las maestras del Centro Docente Nuestra Señora de Fátima, la escuela de Limones, a quienes Encarnación busca aún, cuaderno en mano, en las pausas de sus clases para que le escriban los versos que ella va construyendo. “No es que yo tenga un momento especial. Un rincón de la inspiración o algo así. Yo puedo estar conversando y se me van ocurriendo los poemas. Luego los repito varias veces hasta que se me graban por completo. Y cuando ya tengo unos diez o doce me voy pa’ la escuela”.Otras veces, vecinas como Luz Adriana y Jennifer se convierten en las amanuenses de turno. La llaman cariñosamente ‘Encarna’. Y, tal como sucede en Roldanillo, ellas se preguntan cómo una mujer que va por la vida sin poder leer el letrero de una tienda, es capaz de crear tantas frases rimadas que es necesario ocupar hasta tres hojas de cuaderno para poder dejarlas consignadas. La mayoría terminaron compiladas en dos antologías de Ediciones Embalaje, editadas por el Museo Rayo. Año a año, cuando ella llegaba con sus versos escritos solo en la memoria, alguien se sentaba en silencio y con paciencia a su lado para escucharlos y transcribirlos. Pero eso ocurriría muchísimo después. Sentada en su casa de Limones, Encarnación recuerda que aquél primer año en que fue a Roldanillo no la dejaron declamar porque ya la programación estaba completa. “Me reprocharon”, le dijo al viejo Gerardo. Sintió que había perdido el viaje, que lo mejor era quedarse en la casa cuidando sus gallinas, declamando para sí misma. “Pero al día siguiente escuché por mi radiecito la voz de Aníbal Jurado, el director de la emisora, diciendo que la señora Encarnación García debía arrimar a la sede de Radio Zarzal por un paquete que le había llegado desde el Museo Rayo”.Ella fue, claro, y delante de Aníbal lo abrió. Contenía un par de zapatos, dos vestidos, un corte de tela, veinte mil pesos y una nota que rezaba: “el que sepa del paradero de aquella sabia poeta que estuvo en el museo, descalza, morena, delgada y cabello entrecano, favor entregar esta encomienda y decirle que acá la estamos esperando”. Desde entonces, María de la Encarnación García no ha faltado un solo año al Encuentro de Mujeres Poetas de Roldanillo. Es una de sus ‘divas’. “Porque los suyos son versos auténticos. Y eso es algo que nos cuesta a muchas de las mujeres que hacemos poesía hoy y que estamos más preocupadas por lo que dicen la academia y las antologías”, asegura Águeda. Lo cree también Marga López, una conocida poeta del oriente de Antioquia, que durante el encuentro dicta talleres a las asistentes. “Encarnación es una sibila, una poeta iniciada en el verso sencillo que nos hace regresar al origen mismo de la poesía, a los romanceros españoles que, como ella, iban por los pueblos contando historias rimadas, pero hace más de 800 años”.La de Encarnación es poesía tejida con rimas consonantes y cuartetos octosílabos perfectamente medidos. Ella no lo sabe, pero en sus versos se advierte el romance, el endecasílabo y el alejandrino con estrofas de cuatro versos. Con tanta precisión, con tanto arte, que la Universidad del Valle ha estudiado su obra. Ella no lo sabe, solo lo recita: “Una persona me dijo que me fuera tocar puertas/ me cansé de tocarlas todas y ninguna encontré abierta. / Todos me han interrogado y me han preguntado a mí / que como saco poemas / yo sin leer ni escribir. / Pero a todos les respondo que para mí es muy fácil, copiarlos en mi memoria, sin usar papel ni lápiz”. FIN.

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