La historia perdida del Aristi

Mayo 29, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA

Tras la polémica por las demoliciones que se están haciendo al interior del viejo Hotel y Teatro Aristi, Gaceta narra la historia de las edificaciones que construyó Adolfo Aristizábal como una manera de entender su importancia para la ciudad.

[[nid:540028;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo01_0.jpg;full;{Conozca en este recorrido fotográfico las anteriores instalaciones del Hotel y Teatro Aristi. El restaurante, el elegante bar, las habitaciones, la piscina y hasta el lobby, así lucían.Fotos: Archivo | GACETA}]]La historia oficial del Hotel y Teatro Aristi se halla en una carpeta blanca en cuya portada está una fotografía de su fachada tomada al anochecer y un mensaje: ‘por tradición, el mejor hotel de Cali’. Lea también: polémica por renovación del histórico Hotel Aristi, en el centro de Cali

Al final de decenas de copias, cds, fotos, hay dos folletos. Los mismos que se repartían en la ciudad para anunciar la piscina con vista panorámica, el bar El Paraíso, los elegantes salones para reuniones, el restaurante. “Pregunte por nuestras tarifas especiales”, se lee, como si el Aristi aún funcionara.

El hotel fue cerrado en 2009, después de 58 años, mientras que el Teatro Aristi, contiguo al hotel, mucho antes. El 27 de febrero de 1997 se proyectó la última película de nombre curioso a propósito de la suerte que corre la sala:  ‘La loca escuela del desorden’, protagonizada por Jon Lovitz.  

Las edificaciones  fueron compradas en 2015  por un grupo de 62 inversores llamado G-50, que pretende convertirlas en un nuevo hotel y centro comercial y para ello han hecho demoliciones que hoy muchos caleños lamentan. Las obras, de hecho, fueron suspendidas por orden del Ministerio de Cultura.  El Aristi se ha convertido de nuevo en un tema de ciudad.

- Se habla más del hotel y del teatro cuando están muertos que cuando estuvieron vivos, dice un exdirectivo que prefiere no ser citado y que se pregunta si quienes se quejaron tras las intervenciones a la estructura de los edificios fueron a ver una película al Teatro Aristi para ayudar a sostenerlo en su momento, o si hicieron algo para que el hotel no se acabara ante la sobreoferta hotelera de la ciudad  financiada en parte  por el narcotráfico, las crisis económicas del país, la imagen de Cali ante el mundo en tiempos de secuestros masivos y pescas milagrosas que hizo que los turistas desistieran de venir. Lea también: "El Hotel Aristi no es solo cascarón", hablan inversionistas del proyecto

- Valoramos las cosas solo cuando las perdemos.

¿Por qué es tan importante el Hotel y Teatro Aristi para Cali?

[[nid:540031;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo11.jpg;left;{Adolfo Aristizábal, fundador del Hotel y Teatro Aristi.}]]La historia, publicada en la edición 97 de la revista Épocas, dice que Adolfo Aristizábal salió de Santodomingo Antioquia, su pueblo natal, por una vergüenza. Era 1903, el presidente Rafael Reyes acababa de llegar al pueblo y le encomendaron a Adolfo, el mayor del colegio, dar un discurso de bienvenida en la plaza principal. Cuando salió al balcón, pese a haberse preparado durante horas, eran tantos los nervios que se le olvidó lo que iba a decir.  Sin pensárselo dos veces se fue del pueblo a la madrugada para eludir las burlas.

En 1910 llegó a Palmira, donde trabajó como mensajero. Doce años después sería el socio de una empresa familiar: la Trilladora de Café Aristizábal Piedrahita, con sede en Cali. Adolfo ya  sospechaba que la ciudad se iba a convertir en una de las más importantes del departamento, así que además de dedicarse al café fue comerciante de maquinaria agrícola, electrodomésticos, productos farmacéuticos e incluso importó  automóviles que vendía en lo que es hoy la plaza de Santa Rosa.

[[nid:540039;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo03.jpg;left;{El Teatro Colón en 1943.}]]

También decidió probar el negocio inmobiliario. Como el primer tranvía a vapor de la ciudad pasaba por el centro, abrió, en 1943,  el Hotel Columbus y el Teatro Colón, que además de contar con una cantidad de sillas que duplica a las salas modernas - 749 -tenía aire acondicionado, todo un lujo para la época. Ubicado en la calle 11 entre  las carreras 9 y 10, era el edificio  más alto de Cali (siete pisos) y tenía un ascensor que conducía a un grill famoso: el Salón Esmeralda.

[[nid:540042;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo04.jpg;right;{Vista del Edificio Columbus.}]]

Parece que el negocio funcionó. Tres años después Adolfo adquirió dos nuevos predios, vecinos del Columbus, para construir otro hotel y el que se prometió, sería el mejor teatro de Colombia: El Aristi. Etimológicamente, Aristizábal traduce, por cierto, ‘robledal espacioso’. El hotel  tendría diez pisos y en la terraza, una piscina.   

[[nid:540038;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo14.jpg;left;{La idea de los nuevos propietarios del edificio es hacer un nuevo hotel y centro comercial.}]]

Los arquitectos encargados de construir los nuevos edificios fueron el mexicano Félix  Mier y Terán,  Álvaro Hernán Calero, Gerardo Posada y el ingeniero Arturo Yusti.

El viernes 3 de febrero de 1950, a las 9:15 p.m., se inauguró el Teatro Aristi. Esa noche hubo un concierto de piano del maestro Manuel Grajales Reyes y el estreno en la ciudad de la película ‘Locura de amor’, protagonizada por Aurora Bautista y Fernando Rey. El teatro tenía una capacidad para 1261 espectadores y sus diseños se parecían en ciertos espacios a los de uno de los mejores teatros de Estados Unidos: el Radio City de Nueva York.  Adolfo Aristizábal los había copiado en alguno de sus viajes.

Un año después, en 1951, inauguró el Hotel Aristi, contiguo al teatro. Tenía piso de caucho importado para reducir el nivel de ruido, planta telefónica para 400 líneas, salón de belleza, barbería y floristería, consultorios médicos, una pastelería por donde pasaron chefs provenientes de Italia, Suiza y Alemania,  el grill room Aristi con capacidad para 300 personas y donde se presentaron orquestas de todo el mundo: Los Churumbeles de España, Santa Anita, Tita Duval. El grill incluía buffet. 

Para el diseño del hotel, Aristizábal se inspiró en el Albion de Miami, otro ejemplo de la arquitectura Art Déco, un movimiento de diseño popularísimo entre 1920 y 1940 que combina formas geométricas, líneas rectas, sobriedad.

La inauguración del Hotel Aristi no fue nada sobria, por supuesto. Tocaron las orquestas Capricho Español y Romanelli.

El hotel creció tanto, que en 1959 Adolfo Aristizábal abrió las Residencias Aristi, un edificio de 19 pisos, el más alto de Colombia en su momento. Cuatro años después, en 1963, el fundador de todo ello  murió.

Su tumba, ubicada en el Cementerio Central, es visitada a diario por gente que asegura que “Don Adolfo, ese empresario exitoso al que se le atribuyen ciertas leyendas urbanas, hace milagros”.

Nicolás Ramos, el presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali, dice que el Aristi fue en sus inicios uno de los mejores hoteles  junto al también desaparecido Alférez Real.

En el Aristi se hospedaron expresidentes  de Colombia como Alfonso López Michelsen y Alfonso López Pumarejo, el periodista Alfonso Bonilla Aragón,  toreros como Manuel Benítez, ‘El Cordobés’, ‘Palomo’ Linares, ‘Paco’ Camino.

Era  el hotel a donde  llegaban también  los artistas que participaban en los festivales de arte de los años 70 que organizó el Museo La Tertulia.

- Recuerdo que en el Aristi había un mezzanine que se adaptaba como galería de arte porque en la ciudad no había. Ahí se expuso  la obra ‘Las histéricas’, de  Feliza Bursztyn. El hotel era lugar de encuentro para los artistas. En el grill  se hacían  las reuniones cuando finalizaban los festivales,   recuerda el curador de arte Miguel González.

El escritor Umberto Valverde dice que el Aristi, junto con el hotel Petecuy, fueron los hoteles preferidos por los empresarios Larry Landa y Humberto Corredor, que entre finales de los 70 y la década del 80 trajeron decenas de orquestas internacionales a Cali.

- Eran hoteles buenos y que además de ser centrales,  ofrecían tarifas especiales para los artistas, lo que los hacía accesibles para los empresarios. En el hotel Aristi y sus residencias vivieron músicos como  Alfredo de la Fe y después Héctor Lavoe, quien vino a acompañar a Alfredo y permaneció en el Aristi durante cuatro meses. Justamente hace unos días me regalaron el video de una fiesta en el hotel, amenizada por Alfredo y por Héctor. Me sorprendió ver la forma en que se vestía la gente para ir al hotel: no tanto con corbata pero sí con saco. Y que en un hotel se presentaran Héctor Lavoe y Alfredo  de la Fe al mismo tiempo era un lujo que solo lograba el Aristi y que demuestra su importancia  en la época. La Sonora Matancera también estuvo allí. Y a nivel social era muy  relevante. Muchos caleños acostumbraban ir los sábados al sauna y a la piscina  donde se disfrutaba de una panorámica espléndida. Hubo como una moda para los rumberos caleños de ir al sauna del Aristi por la tarde, antes de salir a rumbear.

El abogado Armando Peña vivió durante 8 años en el Hotel. Su cuarto estaba al lado del de otro famoso que vivió allí: el director de cine Carlos Mayolo.

- Mayolo empezaba a escribir a máquina a las 6: 00 a.m. Por eso y por otras cosas que hacía no me dejaba dormir.  Él me decía en cambio que mi baño duraba cinco horas. Pero, hablando propiamente del hotel, yo diría que no me tocó su esplendor. El gran esplendor del Aristi fue hace por lo menos 45 años y es improbable hablar con alguien que haya vivido y disfrutado del hotel en ese entonces. En mi época ya estaba en decadencia, aunque tenía cosas muy buenas: el pollo del restaurante  y un cocinero del Chocó que era excelente: Lázaro.

[[nid:540043;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo15.jpg;left;{Esta semana se hizo un recorrido por las obras que se están haciendo al interior del Teatro y Hotel Aristi. Parte del panorama.Foto: Kike Vivas | El País.}]]

Armando, que ahora se dedica a su programa de radio, dice sin embargo que lo que sí disfrutó en el Aristi fueron los años dorados del Teatro, - “la mejor sala que se ha construido jamás en Colombia”. 

De hecho, cuenta Miguel González,  el director de cine Luis Ospina siempre quiso hacer el Festival de Cine de la ciudad justamente allí, en el Teatro Aristi. Era el lugar perfecto, con el hotel al lado.

- Tengo muy buenas memorias sobre el teatro Aristi, el cine más fastuoso que tuvo Cali. Con rostros tallados en yeso por el artista quindiano Roberto Henao Buriticá en el lobby, y un sótano con sofá redondo para fumadores, el Aristi era el más  completo, moderno, cómodo y elegante teatro de Colombia. A fines de los años 50 se estrenó ahí ‘Al compás del reloj’, de Fred Sears, con la aparición por primera vez en la pantalla de Bill Haley y sus Cometas, indiscutibles precursores del rock. El día del estreno ocurrió una famosa asonada, pues los fanáticos afiebrados del rock and roll que no pudieron entrar a la película rompieron la cabina de cristal de la taquilla y derribaron las puertas del Aristi. Este suceso fue posteriormente inmortalizado por Andrés Caicedo en su cuento ‘El atravesado’, aunque él se tomó la libertad de cambiar la película por ‘Rebelde sin causa’ (Nicholas Ray) con el inmortal James Dean. En el Aristi vi películas inolvidables, entre ellas, ‘Nido de ratas’, de Elia Kazan, el primer film que vi con el gran Marlon Brando, y ‘El Gatopardo’ de Visconti, la cual vi un domingo en compañía de más de mil espectadores, cosa impensable hoy en día, dice Luis Ospina. 

Para evadir la censura de la Iglesia a ciertas películas– “y amparado en mi estatura”- Luis  se iba para el teatro de saco, corbata, gafas negras y justo antes de entrar prendía un cigarrillo para engañar al portero respecto a su edad.

- Todavía recuerdo la angustia que sentí cuando en 1960 (tenía 11 años y la película era para 21) fui el primero en la fila para el estreno de ‘Psicosis’ en el teatro Aristi. Después de más de una hora de expectativa logré burlar la censura para  ver los interiores de Janet Leigh (¡horror de horrores!), escribió en su libro ‘Palabras al viento, mis sobras completas’.

Para la revista Soho, Ospina recordó otra historia.

- Me acuerdo de cuando estábamos viendo ‘Testigo de cargo’, de Billy Wilder. A nuestro amigo Chuchi le dio un ataque epiléptico, cayó sobre la silla del frente y tuvimos que sacarlo al lobby inconsciente. Nos perdimos el famoso desenlace con Marlene Dietrich… por culpa del ‘hombre lobby’.

El curador de arte Miguel González, que también pasó muchos de sus fines de semana en el Teatro Aristi, no tiene duda que  ha sido la mejor sala  jamás construida en Colombia.

- El ambiente era  elegantísimo, con salas para fumar que en la época eran algo así como el lujo asiático. El telón era maravilloso -  se abría una vez iniciaban las propagandas que antecedían las películas -  y las lámparas interiores  eran como una especie de platones degradados, metálicos, con bombillos de distintos colores. Al apagarse iban cambiando los colores hasta que se iba oscureciendo todo. No te apagaban la luz de tajo como en los teatros de ahora. La sala tenía una platea y un gran palco. Todo el amoblamiento era de primera línea, no como las salas actuales, donde el lujo y el diseño no tienen prioridad alguna. El Teatro Aristi fue construido como si se fuera a hacer una mansión.

El teatro era, en realidad,  una mansión. Tenía un área construida de 2.949 metros cuadrados, tres niveles, una capacidad de 724 sillas en la platea, 537 en el balcón, así que podía albergar 1261 espectadores.  Para construir aquello se invirtieron algo así como 600 mil dólares de hoy, lo que convirtieron al teatro  en el lugar perfecto donde varias generaciones de caleños crecieron. 

- Al ingresar después de comprar la boleta en la taquilla Art Déco, uno se sentía como si hubiera entrado al lobby del Radio City Music Hall de New York. En 1965 era un gran privilegio hacer la cola en el Aristi y disfrutar de la dulcería en la que ofrecían frunas de Noel, mentas de Charms, salvavidas, besitos, chitos de Jacks Snacks, emparedados de jamón y queso y gaseosas en botella de vidrio. El Aristi traía largometrajes de productoras importantes y, si no me equivoco, en esa sala se exhibió la primera cinta que hizo Sean Connery protagonizando a James Bond y los largometrajes de Brigitte Bardot y Catherine Denueve, llegados de Francia. Algunos usuarios, antes de la proyección, bajaban al Salón de los Fumadores en el que disfrutaban la comodidad de una silla que tenía forma de media luna y se sentaban a aspirar cigarrillos Lucky Strike, Kent, Marlboro, Pielroja y Andino. Inmediatamente separaban las cortinas de la pantalla y apagaban las luces,  la función empezaba con la proyección de avisos publicitarios, entre ellos el de “no fumar”, que eran seguidos por los trailers de rigor. Después exhibían el noticiero alemán ‘El Mundo al Instante’, sustituido algunas veces por el ‘Noticiero de la Fox’, de origen americano. Una de las cosas más agradables de ir a cine en la época era que después de que terminaba el largometraje uno se podía ir a pie hasta la casa, sin correr riesgo alguno. Mi condiscípulo Daniel Dossman Morales (q.e.p.d), cinéfilo de tiempo completo, se ilusionaba con el cine europeo que traía el Aristi. En especial  recuerdo cuando se organizó la premiere de ‘Bilitis’ con Patti D’Arbanville y ‘Un hombre y una mujer’ con Jean Louis Trintignant y Anouk Aimée, largometrajes que despertaron gran polémica en la sociedad caleña, por cuanto trataban el tema del lesbianismo y la infidelidad sentimental, recuerda Hugo Suárez Fiat, el fundador del Museo del Cine, Caliwood.

La llegada de los teatros en casa, la apertura de salas múltiplex en los centros comerciales, la posibilidad de tener 200 canales de televisión a un click, hicieron que poco a poco la gente se fuera ausentando del teatro. A esa sala de 1261 espectadores asistían a mediados de la década de los 90, si acaso, 50 personas.

Sin embargo, dice el arquitecto Benjamín Barney, tanto el teatro Aristi como el Hotel hacen parte de la memoria colectiva de Cali y por ello hay que conservarlos. Por allí pasó gran parte de la historia del cine, la música, la tauromaquia, los eventos sociales de Cali. La vida de muchos caleños que hoy tienen 50, 60, de alguna manera, está atada a esos edificios.

- Yo estaba muy pelado, pero lo que recuerdo es que muchos días de mis vacaciones los pasé en el Teatro Aristi, que era bellísimo. Y esos edificios emblemáticos son los que  constituyen la imagen  que tienen los ciudadanos sobre su ciudad y hace que todos se identifiquen con esa imagen. Eso genera civismo, sentido de pertenencia, incluso turismo.

[[nid:540046;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p8gacetacentrakyan1photo23.jpg;left;{Proyector del Teatro Aristi. Está en el Museo del Cine. }]]

El problema con Cali es que son varias ciudades juntas, es decir que hay gente que no reconoce la ciudad de los otros porque ha perdido la memoria a raíz de la demolición de casi todo el patrimonio construido antes y después de los Juegos Panamericanos de 1971.

Entonces lo que la ciudad debe hacer es darles una nueva función a sus edificios de valor histórico. Simplemente se les cambia el uso, se modifica un mínimo de aspectos arquitectónicos, pero no como ha sido  costumbre: demolerlos  o dejar  la fachada. Como si el patrimonio solo fuera la cara de las edificaciones. El teatro Colón fue vaciado por dentro. Y del bellísimo hall del Aristi ya no queda nada. Es una torpeza lo que se está cometiendo.

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