La historia del libro recoge la amistad de los artistas Beatriz González y Luis Caballero

La historia del libro recoge la amistad de los artistas Beatriz González y Luis Caballero

Mayo 18, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | Editora de GACETA
La historia del libro recoge la amistad de los artistas Beatriz González y Luis Caballero

Beatriz González, en la Filbo, durante la presentación del libro 'Pobre de mí, no soy sino un triste pintor'.

Entre 1963 y 1992, los artistas colombianos Luis Caballero y Beatriz González mantuvieron una correspondencia, producto de la estrecha amistad y colegaje que los unió hasta la muerte del primero. Hoy, la Universidad Jorge Tadeo Lozano publica las 28 cartas que ella conservó del artista bogotano y que reflejan su intensa y azarosa búsqueda por esa gran obra.

Hay un cerro de cartas enviadas desde París. Cartas como las de antes, escritas a mano, sobre una hoja de papel. Cartas largas, sin arrobas, con tachones y subrayados. Con dibujos en tinta y notas al pie. También hay chismes. Y abrazos. Cartas, en fin, como solían ser las cartas: con posdatas, con saludes a todos, con un ‘escriba pronto’, con un ‘ojo, Beatriz, cambió mi dirección’. Beatriz González sabía que era un poco temerario eso de publicarlas. Y no es que hubiera en ellas algo demasiado íntimo, ni demasiado desolador, ni demasiado dramático. No eran nada parecido, digamos, a la correspondencia entre Henry Miller y Anais Nin. Tampoco a la de Emma Reyes. Simplemente eran unas “cartas raras”, dice. Pero cartas al fin y al cabo; esa suerte de ‘conversación’ que se escribe entre dos: emisor, receptor. Nadie más. Pero pasó lo que suele pasar con el paso de los años: se abre el cajón, se releen las cartas, se viaja en el tiempo. Allí hay un joven pintor bogotano, 20 años, desolado por haber dejado a sus amigas de la universidad, decepcionado de lo que encuentra en París, angustiado por no saber dibujar. Y una arrojada artista, 24 años, que termina su carrera de artes plásticas en Los Andes y regresa a la provincia, a su natal Bucaramanga para, lejos de los maestros, descubrir de una buena vez qué es lo que sabe hacer. Él, Luis Caballero, llegó a ser uno de los artistas más importantes de Colombia en el Siglo XX, a pesar de haber dejado de pintar a los 50 años, que es, como dijo su hermano Antonio Caballero, “cuando los pintores empiezan a ser buenos”. Ella, Beatriz González es una de las artistas vivas más importantes del país.Esta es, pues, la historia de esas 28 cartas que Luis escribió a Beatriz desde la soledad de París. Es la historia de un hombre que sufre en su búsqueda, intensa y agobiante, de un camino que lo lleve a fraguar esa “imagen necesaria” que ambiciona todo gran artista. Es la historia de un joven que sufre porque “¡Pobre de mí, no soy sino un triste pintor!’*** Salvo una bufanda negra que le arropa el cuello, Beatriz González aparece con su menuda figura, vestida de rojo de pies a cabeza. Aún conserva ese capul de colegiala, a la mitad de la frente, que ha llevado por años, y que le ha servido de marco para ese par de ojos negros cuya intensidad no se ahoga a sus 75 años. Está en un pabellón de la Feria Internacional del Libro de Bogotá para presentar ese epistolario que hace muy poco desenterró de un cajón y que hoy, convertido en libro, lleva el título ‘¡Pobre de mí, no soy sino un triste pintor!’. Fue editado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano y pronto será distribuido en las librerías de todo el país por el Fondo de Cultura Económica.Al igual que cuando desempolvó esas cartas, la artista no sale de su asombro. Primero, porque no recordaba que Luis la quisiera tanto, que la admirara tanto. Pero es así, lo dicen las cartas. Segundo, porque no se imaginó que lo que estaba allí escrito les pudieran interesar a otros. “Pero, fíjese, en Medellín se volvieron locos cuando las oyeron, y ahora ya están convertidas en libro”, cuenta casi sin creérselo antes de contestar estas preguntas.El género epistolar es uno de los más viejos en la literatura. Hay infinidad de casos, como el de Madame Sévigné, por ejemplo, que se convirtió en clásico de la literatura. Usted misma se ha confesado una seguidora del género. ¿Por qué?Sí. Me gusta mucho. Yo conservo, por ejemplo, las cartas de un tío mío que estuvo en Berlín, durante la Primera Guerra Mundial, estudiando medicina. Y eso ha sido como un tesoro en mi casa, porque narra lo que sucedía en esa época. También tengo las cartas de Mutis, el epistolario completo, me lo he leído muchas veces y siempre me impresiona muchísimo. Quizá me gustan mucho porque hay cosas que se dicen en las cartas que no se dicen en otra parte. En las cartas hay verdades que no están ni en los libros, ni en los tratados, ni en ninguna otra parte. Usted había conservado las cartas de su amigo Luis por años. ¿En qué momento decide darlas a conocer?Yo las tenía reunidas hace mucho, pero no se me había ocurrido nunca publicarlas. Y no las había vuelto a leer. Pero hace poco, cuando me invitaron al Museo de Arte Moderno de Medellín para que hablara en un homenaje que le hicieron a Luis, se me ocurrió buscar las cartas. Entonces saqué unos extractos y con ellos hice una conferencia y resulta que se volvieron locos todos. Martha Elena Bravo llamó a Cecilia María Vélez, la rectora de la Universidad Jorge Tadeo, y ella a su vez me dijo, eso hay que publicarlo. Y fíjese, ya están convertidas en libro. Las cartas, sin embargo, suponen un código de confidencialidad. Leer las cartas de otros implica fisgonear, convertimos en voyeristas… ¿No dudó en publicarlas en algún momento?Era un poco temerario de mi parte, sí, porque son unas cartas raras. Pero no son como las de Emma Reyes, por ejemplo, que reconstruyen una época impresionante, dramática; estas de Luis no son tan dramáticas. Son, más bien, unas cartas de un niño que está llorando porque se fue de Colombia y dejó a sus compañeras de la universidad. Luis era el único hombre en Bellas Artes en Los Andes, el único, y nosotras lo teníamos consentidísimo. Él era menor, estaba en primero, y nosotras en tercero, más maduras. Así que se va, de pronto, y tiene esa gran nostalgia…Tenía razones para sentirla. Mucho se habla de esa época dorada de Los Andes, con profesores como Marta Traba y Juan Antonio Roda...Fue una etapa deliciosa, paradisiaca. Pero excepto Marta y Roda, los profesores eran muy malos. Bellas Artes lo dirigía una señora que dentro del arte fue un mito, Hena Rodríguez, supuestamente la única mujer que estaba en los Bachué. Había estado en París, pero era anticuada como ella sola. Y no sabía dirigir una escuela. Nosotros nos quejábamos tanto que don Ramón de Zubiría, para contentarnos, a un pequeño grupo de nosotros nos dio un estudio dentro de la Universidad, era una casita en la cual trabajábamos, y claro, allá llegaba Luis. Nosotros lo adoptamos, lo acogimos. De ahí la nostalgia. Las primeras cartas muestran a un Caballero desilusionado por París, por el arte que allí se hacía, decepcionado de los museos y sus “nubes de cuadros increíblemente malos”. ¿Cómo es eso?Sí, incluso usa la palabra porquería para referirse al arte que veía. A mí me parece que eso es lo más interesante de sus cartas. Hay que tener en cuenta que su mirada era la de alguien que, de niño, había ido a muchos museos. Cuando chiquito el papá, Eduardo Caballero Calderón, lo llevaba a El Prado. Por eso Caballero siempre adoró El Prado. Entonces, cuando llega al Louvre, le pasa lo que nos pasa a todos, ve esa cantidad de cuadros y, más que obnubilarse, queda apabullado. Es que, acuérdese, desde niño había visto arte, era una persona ‘requeteculta’.Luego vienen sus reflexiones sobre Vermeer y Velásquez, dos importantes referentes del arte para ambos. ¿De dónde surge esa admiración, o mejor, esa fascinación que ustedes dos sentían por esos artistas?A mí me parece que lo de Velásquez fue infundido por Roda. Es que ver a Roda hablando con Marta Traba sobre las pinceladas de los vestidos de las meninas era increíble. A mi eso no se me olvida. Yo todavía voy a El Prado y recuerdo esas frases, esas conversaciones de ellos dos, ambos admiradores de Velásquez. Roda decía que era un pintor para pintores. Lo que pasó después es que yo me pasé a Vermeer, y Roda me regañó. Ese pintor de cositas tan recticas, yo no la entiendo, me decía Roda. Pero de ahí salieron mis ‘Encajeras’, que eran versiones del cuadro de Vermeer. Por eso Luis siempre hace referencia a ambos artistas en las cartas: él hacía a Velásquez y yo a Vermeer.Posteriormente Luis da ese gran giro cuando empieza a mirar a Francis Bacon, al arte pop, que lo acercan a lo que estaba buscando con tanta ansiedad. ¿Cómo recibió usted esa noticia? Luis rompe de pronto con todo. Y yo lo entendí. Ya había hecho muchas meninas, muy bellas, ya no necesitaba hacer más. Yo había encontrado a Vermeer y él había encontrado a otro completamente distinto que era Bacon. Y él copió a Bacon de una manera descarada, lo dice en la cartas. Así que los dos estábamos inspirados. A diferencia de otros pintores como Botero o Grau, que hacían homenajes, nosotros hacíamos versiones… y él se enloqueció con Bacon por completo.Hay algo que llama la atención y es que Caballero, quien siempre fue un pintor figurativo, desdeña del nuevo arte conceptual que encuentra en París, del nuevo realismo, de las instalaciones que califica como “desplantes ridículos” como un colchón colgado en la pared que menciona en alguna de las cartas...Él odió el nuevo realismo que estaba de moda en París en ese momento. No lo entendió. Y yo creo que nosotros tampoco lo habríamos entendido de habernos enterado de qué era lo que estaban presentando. Porque Marta Traba nos dejó en el expresionismo abstracto, ni siquiera nos enseñó el pop, porque acababa de surgir en el 62, no lo alcanzamos. A mí me parece que Luis está completamente cerrado, y esa parte es interesantísima, porque estamos hablando de alguien que se había deslumbrado por el pop inglés Y por otro lado, es curioso, pero él se burla —como si no fuera una persona culta— de todas esas instalaciones y del arte político y del cinetismo, él está buscando otra cosa, pero no sabe qué es.Sin embargo, a usted le describe sus pinturas como una mezcla de De Kooning, Bacon y Dubuffet...Sí. Son los cuatro monstruos cardinales que acababa de escribir Marta Traba. Ellos, más Cuevas. Y ese libro sí nos influyó mucho. También el informalismo. Por eso me parece tan importante esa reflexión, Luis odia el cinetismo al igual que Marta. Hay una influencia muy fuerte allí. Así que ni arte político, ni cinético, ni nuevo realismo, ni todas las cosas que estaban alrededor. Ni la decadencia de París. Lo figurativo ante todo, que finalmente lo llevó a construir la gran obra que hizo.Si hay una constante en las cartas, la más fuerte quizá es su angustia, su preocupación por no llegar a ser una gran dibujante. Y, en contraste, la admira a usted enormemente. Lo curioso es que si uno compara las fechas de las cartas con las obras que él hacía para entonces, uno puede ver el gran artista que ya era. ¿Por qué tanta inseguridad?Una de las sorpresas de releer estas cartas fue descubrir que me quería tanto. Que me admiraba tanto. Yo sí recuerdo que al principio nos pasó —guardadas las proporciones— lo que le pasaba a Picasso con Matisse. Picasso se enfurecía de que Matisse fuera tan buen colorista. Igualito le pasaba a Luis conmigo. Él tenía los libros de Tiziano, los tratados de química, estudiaba el color minuciosamente, y llegaba yo, de Bucaramanga, y como buena provinciana ponía el color que se me ocurría y a él le daba rabia (risas)... Pero al mismo tiempo sentía admiración. Aunque en realidad, lo que más admira de mí es que yo sí sabía lo que quería hacer, y él no. A mí me ofrecieron quedarme en la Universidad dando clases. Carlos Dupuis, el decano, me dijo “Beatriz yo quiero que usted se quede”. Y yo le dije no, me voy para Bucaramanga para saber qué es lo que sé. Así que mi papá me hizo un estudio dentro de la casa y allí empecé sola a buscarme. Eso es lo que él admira.Pero claro, es cierto lo que usted dice, cuando él ya está allá, él tiene unos cuadros buenísimos, y son inspirados, más que en el pop americano, que elogió mucho, en el pop inglés. A él el pop inglés lo trastornó. Yo hice una exposición cuando estaba de curadora del Museo Nacional sobre los años 60 de Luis, y uno se queda admirado de la seguridad con que dibujó. No sé, en realidad, porqué pensaba que dibujaba mal, que no tenía habilidad. Tal vez estaba buscando poder dibujar con una habilidad mayor. Ahora, ¿no sería que le gustaba mucho quejarse? (risas). Yo pienso que a él le gustaba llorar, era muy consentido.Y él no lo oculta. En las cartas se queja de que usted no le escribe. Le insiste en que necesita constante atención, cariño maternal... Y usted, en cierto sentido, es la elegida. Usted lo acoge...Yo no soy la única que tengo cartas de él. Él le escribía a Roda, a Gloria Martínez, a varios, para seguirles la pista. Quién sabe dónde estén esas cartas. Pero sí, en cierto sentido me escoge a mí. Era un niño mimado, no por la casa, sino por una necesidad de afecto grande. Me acuerdo cuando, antes de declararse homosexual, Luis se casó con Terry Guitar, una poeta y artista muy culta de Boston, hija de un mariscal. Estaba enamorado. Y me acuerdo que en una ocasión que estuvimos en la playa de Scheveningen, en Holanda, él cogió arena y la metió en un sobre. Esas eran las cartas que él le mandaba a Terry. Era lindo verlo así.Toda correspondencia que se respete incluye chismes. Y esta no se salva. Hablan de compañeros, les ponen apodos. Hay una carta en la que él le pide que le mande chismes de Cali... ¿Cómo fue eso?Sí, pide chismes de Cali, de Mireya de Zawadski. Pedía chismes y quién sabe que le contestaba yo. ¿Sería que yo era una chismosa? (risas) Nadie sabe qué se hicieron esas cartas. Seguro él nos explotaba y luego armaba sus propias conclusiones. Lo cierto es que Cali era importantísima en esa época pues estaban los Festivales de Arte. Allá me premiaron dos veces: en un Salón de Pintoras, con Irma Zárate, y luego en el Primer Salón de Grabado. Era de admirar lo que hacían, mejor de lo que se estaba haciendo entonces en Bogotá. La misma Marta Traba lo decía; le dedicaba en la Nueva Prensa, en el 64, elogios al Festival, y eso fue un gran empuje para Cali. Sobre todo para artistas como Muñoz y Maripaz.De esa época recuerdo a una periodista que me detestaba y dijo que yo estaba copiando a Botero. Entonces apareció una columna de Alfonso Bonilla Aragón probando que eso no era así. Fue maravilloso. Otra periodista, también en Cali, dijo que me tenían que llevar a un sanatorio porque al cambiar lo que estaba haciendo, estaba loca. Hablando de Botero, una de las críticas que hace Luis Caballero en sus cartas es justamente a la exposición de él, en París, en 1969. Si bien le gusta, dice que hay demasiado “refinamiento, demasiada preciosura” al referirse al arte nacional. ¿Qué recuerda de la visión que se tenía de Botero para entonces?A todos nos gustaba mucho Botero hasta el 69. Pero sí, Luis encuentra una cosa que es demasiada perfección, demasiada belleza, refinamiento. A ese le va a pasar lo de Obregón, dice. Pero es que no le podíamos parar muchas bolas a todo lo que él dijera. Llega un momento en que las cartas no son tan frecuentes. ¿Usted publicó todas las cartas o guardó algunas?No, esas eran todas. No tengo más. Él habla de una postal y la estuve buscando pero no la encontré. Quién sabe de dónde. No me guardé ninguna carta ni hubo censura de parte de la familia ni nada. Simplemente las cartas son mías y las publiqué.La última carta, la 28, de septiembre 30 de 1992, está escrita por alguien más. Él ya estaba enfermo, no podía escribir ni pintar...Sí. Yo lo había visto un año antes, en el 91. Cuando llegó ya estaba enfermo. Estuve con él en Caracas, donde hicimos una exposición y yo era la curadora. Allá me contó que estaba perdiendo el equilibrio y creía que eran los anteojos. “Estos anteojos me estaban haciendo perder el equilibrio, es que me voy para el lado izquierdo”, me decía. Pero no sabía que estaba enfermo. Después vino esa exposición en París que fue tan bonita, que yo escribí.¿Siguió conversando con él cuando regresó definitivamente a Colombia?Cuando llegó él había dado un reportaje muy fuerte en donde decía que la gente se acercaba a él por morbo, para ver cómo estaba de enfermo; entonces yo no lo llamé para que no pensara que era por eso. Pero él me llamó y me dijo, Beatriz, usted sabe que yo estoy aquí, venga a verme. Y fui, pero fue muy doloroso, así que no volví.Hoy, a casi 20 años de su muerte, ¿cuál es, a su juicio, el gran legado de Luis Caballero al arte nacional?Sin duda, hacer una gran reflexión sobre el artista como dibujante, porque si algo era él, era dibujante. Pero también fue su mirada, porque la suya es una línea distinta a la académica, es una línea inventada por él para reflexionar sobre la existencia, una cosa muy profunda, un camino que finalmente encontró.

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