La herencia del mañana

Diciembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Claudia Rojas Arbeláez | Especial para GACETA
La herencia del mañana

“Los fantasmas del pasado emergen entre los reclamos silenciosos de un hijo que todavía, a sus casi sesenta años, sigue buscando las respuestas al abandono y a la muerte”.

‘Mi bella (y vieja) dama’ es una película francesa que narra la historia de tres individuos que se ven obligados a compartir un inmueble y sanar las heridas de un pasado que cada vez resulta más doloroso. Pero no siempre el olvido es la solución y en el perdón está la clave del hoy.

Mientras recorre las calles de París, el newyorkino Mathias Gold descubre  que el apartamento que le ha heredado su padre cuesta una fortuna.  Cuando habla con un experto inmobiliario comprueba que sus sospechas son ciertas: se trata de 400 metros cuadrados ubicados en uno de los mejores barrios parisinos que marcarían una cifra cercana a los 12 millones de euros. La noticia emociona al quebrado Gold quien solo puede pensar en vender y regresar pronto  a su país.   Solo hay un agravante, en aquel inmueble viven una anciana, Mathilde Girard (Maggie Smith), y su hija Chloe (Kristin Scott) y según una cláusula de su contrato, es una inquilina vitalicia. Lo que significa que si Gold quiere vender la propiedad, tendrá que convencer a su propietario que la adquiera con todo y mujeres. 

La situación, por supuesto, se convierte en un obstáculo mayúsculo para Gold quien agota todos los recursos para intentar convencer a las mujeres que se vayan del lugar. Todo es vano y las mujeres le dejan bien clarito que ellas no se van por nada del mundo. Quebrado como está y sin ninguna posibilidad de regresar a  su país, Gold tiene que quedarse a vivir en este lugar esperando que Dios le conceda la gracia de llamar a su presencia a la anciana y así él pueda concretar su venta.  

El panorama sin embargo no parece mejorar con los días.  No hay personajes más opuestos que este hombre  y esta anciana. Él, un estadounidense materialista, y ella una mujer que defiende los recuerdos y el buen vivir que solo los europeos saben ejercer ubicando la belleza de la vida en el disfrute y no en el dinero. Y sin embargo ahí están en el mismo techo, compartiendo algunas cenas sazonadas con conversaciones en las que emergen el resentimiento y las heridas del ayer que aún sangran.   

Así pasan los días y mientras Gold busca la manera de hacerse a unos cuantos euros empeñando su palabra con la supuesta venta de la casa, abre su mente a lo que la vida puede ofrecerle. Durmiendo en el cuarto de los trebejos entre muebles antiguos, cabezas de animales y viejas armas empolvadas, un día descubre mucho más de lo que se espera.   Aquella mujer y su padre fueron amantes durante muchos años y su nombre (Mathias) resultó ser un regalo con el que él pretendía complacerla a ella (Mathilde).  Pero ese es solo uno de los dolorosos descubrimientos que este hombre irá haciendo con el paso de los días.

 De ahí en adelante la película --que en algún momento pudo hacernos parecer que sería el drama cómico del hombre adusto y la anciana adorable que terminan convirtiéndose en amigos entrañables--  empieza a transformarse. Y de qué manera.  

Los fantasmas del pasado emergen entre los reclamos silenciosos de un hijo que todavía, a sus casi sesenta años, sigue buscando las respuestas al abandono y a la muerte.  El dolor que no sana solo propicia más heridas nacidas desde el rencor y la desatención prolongada.  Y al otro lado de la orilla las dos mujeres observan impotentes,  sin poder hacer mucho para aliviar aquella decepción.  

La película es dirigida por Israel Horovitz, dramaturgo norteamericano,  padre de más de 50 piezas teatrales entre las que se encuentran musicales y monólogos que han sido interpretados por actores de gran trayectoria en teatro, cine y televisión.   

 De ahí que ‘Mi bella (y vieja) dama’ tenga tanta carga dramática en sus escenas llenas de diálogos complejos y pletóricos de información, pasado y carácter.  Esto la convierte  en una película que implica alto compromiso por parte del espectador, quien puede estar seguro de que cada escena será reveladora más que por su cinematografía, por la información que despliega con su puesta en escena. 

No hay duda de que su director aprovecha al máximo sus páginas y exige al máximo a sus  personajes, y a los pocos espacios de los que dispone. Así logra mostrarnos una historia que desde la cotidianidad puede dar cuenta que las grandes transformaciones ocurren al interior de los individuos.  Cada uno de estos personajes están construidos con la profundidad que solo un dramaturgo puede hacerlo: llegando a conocerlos con su pasado a cuestas y con sus preguntas por resolver.   En esta historia no solo el protagonista encuentra las respuestas que tal vez solo existían en su inconsciente, también da un paso en firme hacia su futuro entendiendo que en el perdón está la clave. 

‘Mi bella (y vieja) dama’  es una película que puede despertarnos sentimientos encontrados. Por un lado, nos deja con la absoluta sensación de haber visto una historia bonita y en medio de todo esperanzadora, pero también nos manda con tarea para la casa.  Solo quien deja ir el pasado le abre espacio al presente.  ¡Lo que sea, ya sonará! 

@kayarojas

Docente Universidad Autónoma de Occidente.

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