La grima de machetes, un legado cultural que se resiste a morir

La grima de machetes, un legado cultural que se resiste a morir

Noviembre 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA

La grima con machete es un arte de defensa personal utilizada por los negros en la época de la esclavitud para liberarse del yugo español. Los habitantes de Mazamorrero, una vereda ubicada a 40 minutos de Santander de Quilichao, son los pocos que aún la practican en Colombia. ¿Podrá la grima hacerlos libres de nuevo? Crónica.

Atención; a discreción; ¡firmes! Atención; a discreción; ¡firmes! Por la izquierda, vamos. Siéntense; párense; en cuclillas; vamos. Por la derecha; al centro; caen en cuarta, cambio; ordeno avancen uno, dos, tres, cuatro, cinco, 20, ¡tiéndanse!En el suelo, todos dan una vuelta canela a pesar de que sujetan un machete y un palo que llaman compás, fabricado con sangre de drago, un árbol que también se utiliza para curar la gastritis. El uniforme –camisa blanca, pantalón vinotinto– de repente cambia al color naranja de la tierra. A nadie le importa. Todos sonríen, sudan. Todos son afro. El maestro Ananías Caniquí conduce la clase. A lo lejos se escucha el cacareo de una gallina y en la caseta el choque de los machetes: chin, chin, chin, chin. El viento, de vez en cuando, llega con el olor de la boñiga. - Vamos a hacer un juego de espacio. Salen al centro Miller y Jesús, dice el maestro. En la caseta, ambos simulan una lucha con machetes, aunque sus movimientos son lentos, como si la escena se desarrollara en cámara lenta. No pretenden agredirse de ninguna manera. Las peinillas se estrellan suavemente (chin, chin, chin). Alrededor de la caseta algunos habitantes de la vereda Mazamorrero, departamento del Cauca, observan. El maestro pide un aplauso para sus discípulos. -Este es mi trabajo: enseñar el arte de la grima con machete, dice con un gesto casi teatral. La grima es una técnica de defensa personal utilizada por los negros en la época de la esclavitud para liberarse del yugo español. Los afro de Mazamorrero, los pocos que aún la practican en Colombia, intentan algo parecido aunque tal vez les resulte mucho más difícil que en el pasado: escapar de la mala situación económica.Desde hace días el maestro Ananías se queja de un dolor en ambas rodillas y no ha tenido dinero para ir al médico, por cierto. Costal vacío, advierte con toda razón, no se para. Chin, chin, chin, chin. IIEl machete canta, dicen los habitantes de Mazamorrero. El camino para llegar a la vereda es acompañado por su música. Como el celular en la ciudad, la peinilla en esta zona de Colombia pareciera una extensión del cuerpo. Muy pocos andan sin una a la mano. Se utiliza para limpiar el bosque, ir a la mina, cortar la caña. Mazamorrero es una vereda panelera. El día en que muelen caña en los trapiches el viento deja de traer el olor de la boñiga y todo huele a melao. Los habitantes también cultivan piñas, yuca, café, plátano. En una u otra actividad el machete permanece en acción: chin, chin, chin, y muy rara vez hay alguna pelea entre vecinos. Por lo menos en el último año. En la zona se dio una disputa por una finca: San Rafael. Mide 517 hectáreas, pertenecía a los campesinos afro de Mazamorrero, pero el gobierno decidió entregarla a los indígenas para reparar a las víctimas de una masacre, la del Nilo, ocurrida en 1991 y en la que 21 nativos fueron asesinados. La entrega de la finca generó disputas entre las dos etnias. En alguna ocasión una vaca de los afro se escapó, llegó a la finca, fue sacrificada por los indígenas y se armó Troya. Pero en febrero de 2014 llegaron a un acuerdo: la finca fue devuelta y los indígenas ocuparon otro territorio. Se reconciliaron. Desde entonces todo volvió a la normalidad. En Mazamorrero aseguran que cualquiera se puede quedar dormido en el campo sin riesgo de que lo roben. Tampoco, dice la gente, se siente el conflicto entre el Ejército y el VI Frente de las Farc. No se ven soldados o guerrilleros por ahí haciendo retenes como pasa en gran parte del Cauca. La comunidad duerme a pierna suelta sin el temor a una toma o a un cilindro bomba que destruya su casa como sucede a dos horas, en Toribío, el pueblo de Colombia más hostigado por la guerrilla.Las Farc además no tendrían nada que atacar en Mazamorrero. No hay policía. Tampoco puesto de salud. El Internet está muy lejos, a varios minutos a pie, aunque sí hay energía eléctrica y en algunas casas de barro se ven antenas de Directv, lo más moderno del territorio. En la caseta, María Elvis Mosquera ofrece jugo de tomate de árbol a los espectadores de la clase de grima con machete pero se disculpa por el hielo. Tampoco hay nevera. Al frente un joven con el torso desnudo pasa en una mula cargada de leña. Es el medio de transporte de la mayoría. Al mediodía pasa una chiva que va hasta Santander de Quilichao, otra opción. Los que han tenido modo compraron motos. Por la carretera despavimentada que conduce a la vereda pasa un carro cada siglo. El silencio que hace suponer que se está en otro mundo o por lo menos en otra época es cortado por los grillos, las chicharras, una quebrada y el canto del machete de los alumnos del maestro Ananías Caniquí, el habitante más famoso de la comarca. IIIEl maestro está de pie frente a la caseta de barro y guadua donde cada lunes y viernes, a partir de las cinco de la tarde, imparte las clases de grima con machete. Lleva una camisa manga larga a cuadros a pesar del calor, un pantalón tipo pescador que deja notar sus medias grises, zapatos negros maltrechos, sombrero que deja ver algo de su cabello afro y sus patillas canosas. Ananías se apoya sobre un palo que utiliza como bastón por el dolor en sus rodillas. Alguna vez fui arquero en un equipo de Puerto Tejada. En esa época trabajaba en los ingenios. Era muy ágil, le cuento. Fui suplente de Pedro Zape. Pero el fútbol lo dejé por la grima con machete. Mi maestro, hace 39 años, fue un hombre nacido en Lomitas, Cauca: Graciliano Balanta, maestro de maestros.Pedro Antonio Ocoró, un amigo de Ananías, dice que si hubiera seguido con el fútbol tal vez hoy sería técnico de un equipo y no estaría sin el dinero que necesita para hacerse examinar las rodillas. El maestro no escuchó aquello ni ahora ni hace décadas, cuando también se lo sugirieron. ¿Para qué enseño la grima con machete? Para que los niños vayan mirando en qué se van entreteniendo. Muchas veces se internan en el bazuco, en la droga, y en este país estamos buscando la paz. Por medio de la grima con machete podemos distraerlos, guiarlos. Otra cosa: yo enseño en varias veredas. Y ni siquiera por acá, tierra de negros, saben qué es la grima. Me dicen ¿eso qué es? Entonces la enseño para difundirla. Es un arte muy importante para la historia.Según la leyenda, la grima fue traída a Colombia por cuatro maestros españoles durante la época de la esclavitud. Merodeaban el Valle del Lili, donde actualmente es Cali, y sus montañas cercanas. En las tardes practicaban una especie de lucha con espadas, ocultos en medio de un bosque de guadua y bejucos. No tomaron todas las precauciones. Los esclavos los espiaron y aprendieron viendo. En vez de espadas, utilizaron machetes para, también escondidos, ensayar. En las guerras independistas los esclavos convertidos en soldados llegaron a ser temidos por su dominio del machete y otras armas similares. En sus avanzadas durante la guerra de los Mil Días, cuentan los relatos, fueron capaces de destruir trincheras armados solamente con un sable. Con este arte los esclavos ya no eran tan frágiles. Para amarrarlos era un problema. El amo tenía por costumbre mandar a decir: cojan a Perencejo y me lo traen, que voy a darle 50 fuetazos. Utilizaba rama de rosa. Y muchos no aguantaban los golpes y se morían, cuenta Ananías.Las mujeres de Mazamorrero aprenden la grima para no dejarse dominar por sus maridos o novios: resistencia contra el machismo. También para mantenerse en forma. La grima es el gimnasio de la vereda. Los hombres la aprenden para sortear peligros en el campo o en las minas de oro. Los niños la aprenden para jugar. En realidad todos la utilizan como una forma de entretenimiento. En Mazamorrero, más que el fútbol o la lleva o el escondite, se juega, sobre todo, a la grima. Es una manera de soportar el lento paso del tiempo en el bosque. Más que comodidad, el hombre ha inventado lo que ha inventado - desde la grima hasta el PlayStation - para no aburrirse. IVEl maestro Ananías Caniquí insiste: la grima con machete es utilizada solo como un arte de defensa personal, jamás para atacar. Es lo que primero enseña. Si tuviera un alumno conflictivo, lo expulsaría sin pensarlo. Los machetes que utiliza para las prácticas no tienen filo y los niños como Johan Steward y Jorge Fabián, de 5 y 7 años, entrenan con palos. Nadie recuerda que alguien haya salido herido en una clase. Nadie recuerda una pelea dirimida con grima. Javier Mina, el fiscal de la JAC de Mazamorrero, montado sobre su mula Chepa, recuerda que la técnica la utilizó una vez, pero en el campo. Estaba limpiando un lote con su machete cuando, de repente, notó que una guadua se le venía encima. Con la peinilla le hizo un lance para desviarla, “o sino me hubiera matado”. Lance, en la grima, significa ataque. En total, calcula el maestro Ananías, son 32 posiciones o paradas, 86 lances tanto con el machete como con el compás, varios estilos de defensa, incluso mientras se está en el suelo o cuando se lleva un racimo de plátanos sobre la espalda. El maestro recuerda anécdotas de líos que ha tenido en el campo con caballos, una res, y salió bien librado gracias a la agilidad que, asegura, desarrolla el cuerpo con la grima. Ninguno de los que la practican está pasado de kilos. Araceli Buelaños agrega que con la grima ha aprendido a discernir los peligros de la mina. El maestro interviene, explica que además de agilidad, la experticia con el machete desarrolla en el hombre o en la mujer “la malicia”: percibir peligros, mirar la maldad, adelantarse a lo que puede suceder. Ananías intuye que por contar su vida y mostrar la grima en este reportaje, no le van a pagar. VYo trabajo casi como voluntario. Cobro muy poco por las clases que les doy a los niños y a los jóvenes. Estoy formando maestros para que ellos enseñen y la grima no desaparezca. Este arte es muy importante y debería pagarse, sugiere el maestro con amabilidad.Después recuerda su dolor en las rodillas y la gente que ha venido a la vereda a hacerle promesas que no se han cumplido. Nunca volvieron. Yo lo que quiero es difundir la grima en las ciudades, hacer escuelas en Cali, para que no se pierda este arte. Es un deporte muy sano, como el fútbol. El gobierno debería darnos un apoyo para conservar esta cultura. O un patrocinador que nos ayude a llevarla más allá.Ananías Caniquí tiene 68 años y si muriera, desaparecería uno de los pocos maestros de la grima con machete que aún viven en Colombia. Con él también desaparecería gran parte de la historia y los secretos del arte. No existen manuales que expliquen los lances, las paradas, las defensas. Todo se conserva en la memoria de los ancianos.Ananías sonríe cuando, a pesar de no pagarle, escucha que su historia será leída en esas ciudades donde pretende difundir la grima con machete. La malicia le indica que eso podría servir para algo. O tal vez no.

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