La grandeza del NO en la historia chilena

La grandeza del NO en la historia chilena

Abril 01, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Rojas .A. | Especial para Gaceta

‘NO’ es una película única y memorable al igual que la historia que revive: el plebiscito de 1988 con el que los chilenos rechazaron la continuidad de Augusto Pinochet en el poder. Su director, Pablo Larraín, vuela libre de ataduras y expone con destreza la emotividad de aquella campaña.

La historia contada desde los vencedores sabe bueno, incluso si nos la cuenta a través de una película. El sabor del triunfo, tan efectivo como placentero, es proporcional al sufrimiento y a la lucha. Después de mucho sufrir, llega la alegría y la libertad como recompensa final. Redención pura. ‘No’ es una película que recrea uno de los más importantes momentos históricos de Chile: el plebiscito de 1988 con el que Augusto Pinochet pretendía no solo legitimar su mandato ante las presiones internacionales sino continuar en el poder hasta 1997. Pero lo que parecía una victoria segura para el gobierno oficial empezó a complicarse por cuenta de una campaña publicitaria que convocaba a votar simplemente No. Este es tan solo un paso más en el haber cinematográfico del director Pablo Larraín quien, con solo treinta y tantos años ha demostrado tener más carácter y compromiso histórico que sus homónimos de vieja guardia. De Larraín poco (o nada) se ha visto en Colombia, pero bien valdría la pena seguir sus pasos a la distancia y darle una mirada retrospectiva a su recorrido que inició hace seis años con ‘Fuga’ y continuó dos años más tarde con ‘Tony Manero’, las dos películas que dieron cuenta de su valentía dramatúrgica y su soltura trágica. Después vino ‘Post mortem’, con la que el director dio un bocado más grande a la historia y se adentró al tema de la dictadura. Esta vez con ‘No’, Larraín aborda ese capítulo de la historia de su país que de alguna manera vivió -tenía 12 años- pero que no por esto se queda en la mera anécdota. La película tiene por protagonista a René Saavedra, un nombre ficticio, con el que se presenta a uno de los publicistas que hicieron parte de la campaña publicitaria del No, y empieza en medio del debate mediático que antecede la convocatoria ciudadana. Conocemos entonces a Saavedra (Gael García Bernal), quien se desempeña como creativo de una agencia de publicidad de Santiago y que es invitado a participar a la campaña que busca derrocar a Augusto Pinochet. Saavedra, que además de ser un publicista de avanzada y antiguo exiliado, se hace cargo de su hijo Simón, de 10 años, se compromete de inmediato con la causa. Con el compromiso de llenar quince minutos al día en la televisión nacional, Saavedra asume el reto de liberar una campaña que, aún hoy, es recordada como una de las más efectivas de la historia de la publicidad latinoamericana. Acompañado de un grupo de creativos -antiguos maestros y amigos cercanos-, empieza a concebir el voto más que como un acto político, como un producto publicitario que debe vender. El propósito único es convencer a aquellos votantes potenciales (adultos mayores y jóvenes descreídos) de salir a las urnas y manifestar su derecho a soñar que es posible tener otro tipo de país. La campaña, que tiene como punta de lanza la alegría, empieza a cautivar a los chilenos y a preocupar a los dirigentes quienes hacen intentos desesperados por acallar a sus opositores de todas las maneras posibles. Mientras tanto, la pantalla se calienta y la creatividad vuela. El país empieza a despertar y la película adquiere este tono de épica moderna, en el que un puñado de individuos se enfrenta al Estado en busca de un bien común. ‘Chile, la alegría ya viene’ es el eslogan de una campaña que se presenta con videoclips y que aún podemos ver en cualquier canal de videos de internet. Esta oleada de positivismo y alegría que envuelve el acto de decir ‘No’ es el terreno propicio que Larraín usa de plataforma para regresar a 1988. Utilizando unas cámaras especiales, consigue imágenes propias de la época, las mismas que combina con apartes de la televisión, archivo histórico y, claro, secuencias de la campaña original. Todo este material audiovisual recopilado le abre al director una posibilidad narrativa que no había explorado antes y que le permite moverse entre dos corrientes: por un lado nos muestra la cara dura, el drama humano de los protagonistas de esta campaña, sus vidas personales, sus miedos, las persecuciones y, por el otro, un tono comercial, festivo y alegre, dado por la publicidad. Este último le quita el peso a la producción, liberándola de culpas de atmósferas sórdidas y pasados dolorosos. La cinta podría ser hasta el momento, la película más ligera y comercial contada por Larraín, pero él no se conforma con el hecho. La agilidad, el tono y las elipsis narrativas, le dan a la película una estética cinematográfica propia y elaborada, que requiere la complicidad de quien la mira. Por esto, no podríamos afirmar que ‘No’ es una película que se centra en contar eficacia de una campaña publicitaria. En ‘No’ hay mucho más que eso: valentía, esperanza, denuncia, acontecimientos y realidad, estarían entre sus atributos y temas.

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