“La función del verdadero escritor, poeta o no, es primordialmente revivir el lenguaje”: Juan Manuel Roca

Julio 19, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
“La función del verdadero escritor, poeta o no, es primordialmente revivir el lenguaje”: Juan Manuel Roca

El poeta Juan Manuel Roca publicó su reciente libro con Siglo del Hombre Editores.

El escritor antioqueño tiene una obsesión que lo acosa hace años: reflexionar sobre la poesía. Eso hizo en su más reciente libro, ‘Asedios a la palabra’, en el que confirma una sospecha: este es un país de muchos versos, pero pocos poetas.

Es un libro que se venía gestando desde hacía muchos años, casi desde 1973 cuando el escritor antioqueño Juan Manuel Roca presentó su ‘Memoria del agua’, su primer libro, y comenzaba a hacer parte, junto a otros poetas como Juan Gustavo Cobo, de la llamada Generación Desencantada.

Ya para entonces había entendido que reflexionar sobre la poesía era casi una obsesión. Porque a Juan Manuel, en todo este tiempo le he hemos escuchado —y leído, claro— palabras incómodas: que alrededor de la poesía en Colombia ha habido muchas historias, pero poca mirada crítica. Que en la poesía de este país hay cánones inamovibles. Que se han ignorado autores que intentaron  ofrecer una  mirada renovada y demostrar que en poesía existen otros temas y otras palabras. Que en “Colombia hay un montón de versos, pero muy pocos poetas”.

Parte de ese malestar lo recoge  en su reciente libro, ‘Asedios a la palabra’, en el que dice lo que piensa de la poesía, lo que sabe, lo que a ella le exige. Un repaso por poemas suyos y ajenos, por ideas sueltas y por la belleza de los grabados del maestro Alberto Rincón. GACETA conversó con Roca sobre estas páginas. Y él las repasó, una por una.

En uno de sus libros más recientes, 'Galería de espejos', usted hace una mirada crítica a la historia de la poesía en Colombia y varios de sus cánones inamovibles. En ‘Asedios a la palabra’ también reflexiona sobre la poesía. ¿Para qué hacerlo?

Hay que reflexionar sobre todos los quehaceres, estéticos o no. Y en el caso de la poesía más aún, pues hay demasiado espontaneísmo, tal vez nacido de la idea de que la poesía es puro sentimiento o que se mueve privativamente en el comercio de ideas. Hay muchas sensibilidades poéticas que se anulan a sí mismas por la falta de reflexión y por desconocer, y lo digo solamente como ejemplo de crasa ignorancia, la lírica contemporánea y la de todos los tiempos. No basta, y eso lo sabían desde Baudelaire, Valery, Auden o Simic, con escribir poemas. Como la poesía también es pensamiento, hay que pasarla por la aduana particular de quien la escribe, y ese peaje es el de la reflexión, el del doble reflejo entre lo creado y lo sopesado.

Muchas de sus reflexiones tienen un tono casi acusador. Y el malestar parece ser el mismo: en Colombia hay muchos versos, pero pocos poesías y poetas...

También hay más cuadros que pintura, más ruido que música sobre todo ahora que es auspiciada por los ‘timpanicidas’ de la radio; más edificios que arquitectura, más grito y lentejuela que teatro. El buen arte no es frecuente, pero con el puñado de buenos poetas y de buenos poemas que ha dado Colombia, no podríamos hablar de un panorama pobre. Más bien es pobre la mirada con la que se atiende a un arte escrito, epicentro de todas las artes. No estar plenamente satisfechos, sobre todo cuando hay tantos espejismos, no necesariamente conduce a un malestar que nos haga olvidar los buenos momentos de nuestra poesía, que no son pocos.

¿Será que no conocemos bien la historia de la poesía de Colombia? ¿Que existen extraordinarios autores poco estudiados?

No, no conocemos bien la historia de la poesía colombiana, ni ninguna otra historia. Ni siquiera en la narrativa, que es lo que supuestamente más se atiende en el mercado editorial. Cuando pasen algunos artistas transitorios y se atienda a no pocos olvidados, el mapa de las valoraciones cambiará. Pero no  ocurre solo en Colombia. Los olvidados en América Latina son legión. ‘Los raros’ a los que aludía Rubén Darío eran francesas; ahora podríamos decir que los raros existen en cada uno de nuestros países. Salomón de la Selva, Joaquín Pasos, Rosamel del Valle, Julio Torri, Carlos Obregón, Juan L. Ortiz,  son raros en y fuera de sus lugares de nacimiento. Y solo le menciono poetas del Siglo XX.

¿Por qué Colombia es alérgica a la crítica literaria? Y no solo en poesía. Los críticos son muy benévolos con novelistas y cuentistas. Por eso es que uno pensaría que estos libros suyos suenan belicosos...

Mis libros solo intentan no ser ni miméticos ni iconoclastas. Intentan el ejercicio del reconocimiento de algunos autores y la crítica en contravía de algunos guiños canónicos. Es decir, invitan a estar o no en desacuerdo desde el diálogo.  No creo poseer la verdad, que  en la esfera de las artes no existe, pero me gusta propiciar el disenso, que no quiere decir para nada un ‘casus belli’. Una belicosidad que por otra parte les interesa es a las gentes del oficio. Los medios invitan a la hipnosis del unanimismo y al reemplazo de todo intento crítico por el camorreo. Como decía un viejo romántico e irónico alemán, “un crítico es un lector que rumia, que necesita, pues, varios estómagos”. La rapidez que demandan los medios para registrar las novedades solo permiten usar un  estómago, el del compromiso inmediato.

Uno de los planteamientos que usted hace en estas páginas tiene que ver con el hecho de que en poesía es tan importante la belleza como la exigencia del poeta. Incluso plantea la ética del poeta...

Sí, la ética adosada a la estética es una yunta deseable, como bien lo sabía Camus. Por eso los hacedores de textos manieristas o de lenguajes deshabitados que atienden a una supuesta belleza formal me parecen perecederos. También lo son los que exaltan un acento épico en un mundo sin heroísmos ni dignidad.

En  la primera parte del libro se leen pequeños textos y algunos poemas que usted considera significativos en la historia de la poesía... ¿Cómo nace este  collage?

Fue un  forcejeo entre la memoria y el olvido por señalar hechos estéticos e históricos que me suscitan reflexión, de orden admirativo o de rechazo. Pero, como en todo collage, cada fragmento tiene un cuerpo propio así pertenezca a un todo. En poesía, creo sin querer imponérselo a nadie, que eclecticismo es belleza.

La segunda parte, ‘El silencio de la Scheherezada’, nos pone a pensar en un mundo sin historias, sin cuentos. ¿Podríamos vivir sin el encanto de las palabras?

Evidentemente la fábula hermosa y terrible de Scherezada nos lleva a pensar en un mundo sin canto, aunque solo fuera para Harum Al Raschid, el comendador de los creyentes que cada noche pone en vilo la cabeza de su esclava. Perder lo que viejos poetas escaldos llamaban, en su afán fatigoso de re-metaforizar el mundo, ‘la fragua del canto’. Significaría la pérdida de la imaginación, la ficción y la poesía. Cercenar la palabra. Casi nada.

De los poetas se dicen muchas cosas. Escojo una al azar: que son como una suerte de burgueses de la palabra que la tienen  más fácil que cuentistas y novelistas,  estos últimos verdaderos obreros de la literatura. ¿Cómo define  la labor de un verdadero poeta?

El poeta no la tiene fácil. Hay gente que no tiene tiempo de escribir corto. Y acude al impulso lingüístico, al detallerío. No porque el poeta esté menos tiempo sentado al computador ni porque no le guste ser el secretario de sí mismo, trabaja menos. Por ese motivo, por su digestión más lenta, muchas veces —y por supuesto hablo de los poetas que más me gustan— habitan más lentamente el lenguaje, asunto que en los narradores ‘purasangre’ no se da. Fíjese que hay poetas que se quejan de que se privilegie siempre en los sellos editoriales a la novela, no al cuento, que es hermano siamés del poema, o al ensayo  que  requiere de un lenguaje habitado y nada calcáreo, frente a la poesía. Sin embargo hay una parte provechosa:  el poeta no tiene que escribir para la inmediatez editorial lo que lo lleva a ser —como lo pedía el ya citado ironista— un lector que rumia, que necesita varios estómagos. Esto lleva en el caso de los buenos poetas a buscar la palabra justa en el inmenso pajar del lenguaje. Es trabajo arduo.

¿Qué viene a ser la poesía entonces, Juan Manuel?

La salud del lenguaje, decía Thoreau. El aporte del poeta es renovarlo. La poesía en nuestra lengua no volvió a ser la misma después de Rubén Darío o de César Vallejo o de novelistas de voltaje poético como Rulfo o Arguedas. La función del verdadero escritor, poeta o no, es primordialmente revivir el lenguaje.

En Cali, no sé si sea igual en el resto de Colombia, hay decenas de talleres de poesía. ¿Se puede de verdad enseñar a escribir poesía? ¿Puede un poeta fabricarse como se cree con tanta ingenuidad?

A escribir no se enseña. Pero sí a apreciar el hecho estético producido por el lenguaje, algo que puede confluir en muchos casos en un aprendizaje para la propia escritura. La interlocución, teorización y mestizaje de ideas que propicia un taller nunca son nocivos. Ahora, creo que deberían llamarse más humildemente talleres de apreciación de  lírica o talleres de lectura, que de escritura. Pero  bien conducidos, sin ánimos de pre-fabricar escritores ni crear tendencias, resultan de gran  importancia. Son diálogos con el otro, una siembra de dudas que lleva a que se entienda que es más importante la mano que borra que la que escribe. Como quien dice la mano que no solo cree en la intuición. Otra cosa es que a veces esos talleres los dirijan personas   en condición de aprendices, algo que somos todos en el fondo.

¿Qué ha pasado con los lectores de poesía en Colombia? Lo pregunto porque está claro de que es uno de los géneros que menos clientes lleva a las librerías.

Qué bueno que la poesía no tenga clientes. La poesía no ama el clientelismo. Ni la cantidad. A mí me basta con la gente que me encuentro a cada rato que lee poesía, y que tiene muchas exigencias y conocimientos, pero no les pregunto si compran libros o si van a bibliotecas. Solo sé que el buen lector de poesía es más exigente que el que lee lo que le imponen los sellos editoriales o los medios, que por lo general excluyen a la poesía porque no se puede amar lo que no se entiende.

Una pregunta que se le queda a uno después de leer este  reciente libro suyo, ¿el poeta asedia a la palabra o es asediado por la palabra? Al fin cómo es la cosa...

Pues la cosa es bicéfala. Asediamos a la palabra pero ella también nos acecha. La asediamos al buscar la que sea más justa, no necesariamente más bella para la expresión y también nos acecha cuando se convierte en una llave encontrada sin buscarla, como si estuviera a la espera de regalarnos un mundo. Si buscara una palabra en este momento, seguramente sería, querida Lucy, la palabra gracias.

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