La ‘Fania’ del Pacífico

Marzo 01, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA

Mano e’ Currulao, espectáculo de danza y música nacido en las entrañas del Instituto Popular de Cultura, que recoge la riqueza del folclor del Pacífico, hizo parte de la muestra cultural invitada a la Feria Arco de Madrid. ¿Cómo nació este show que ha hecho bailar a embajadores y alcaldes fuera de Colombia?

Junto a las dos maletas que Sonia Lecca empacó la noche anterior, permanecen en silencio dos bongoes y dos cununos. Hembra y macho. Un par de saxofones, una guitarra, un piano, un bajo, un guasá, un timbal y un redoblante. También una trompeta y un trombón y, bien empacada en su estuche oscuro, una marimba desarmada previamente para que sus vigas de guadua y sus teclas de chonta resistan, en la bodega de un avión, las doce horas que separan a Cali de España.Sonia habla con palabras felices mientras aguarda, como el resto de la delegación de artistas del Instituto Popular de Cultura, en la sede del barrio Porvenir, la llegada del bus que los llevará al aeropuerto. Ella es una bailarina caleña de 29 años que completa casi una década en las danzas folclóricas y tres semanas de ensayos diarios, puliendo sus pasos para una de las presentaciones más significativas de su carrera.Porque de eso se trata este viaje: Sonia y sus compañeros hacen parte de Mano e’ Currulao, un montaje que combina baile y música en vivo tradicional del Pacífico. Parte de la muestra cultural con la que Colombia arribará a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo, Arco, en Madrid —una de las grandes del circuito internacional— en la que este año fuimos el país invitado.Sonia piensa en lo que sucederá en España e imagina algo parecido a lo que ya vivió en Washington, el año pasado, cuando el golpe seco de los cununos y su cintura mulata al son de un currulao consiguieron que Luis Carlos Villegas, embajador de Colombia en Estados Unidos, se uniera a la jarana liderada por el IPC, invitado a celebrar, en la embajada de la capital americana, las fiestas patrias del 20 de julio.La escena se repetiría en las oficinas del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, donde Luis Alberto Moreno, su presidente, con el nudo de la corbata desabrochado, escondió el pudor y se unió al baile mientras de fondo sonaba una marimba. O puede ser, sospecha Sonia, que suceda acaso lo mismo que en Santiago, en Chile, a donde viajó también Mano e’ Currulao para participar del Encuentro Costumbrista de Peñalolen, que recibió durante varios días muestras folclóricas de toda América Latina. Al terminar una de sus presentaciones, en un colegio público, bailarines y músicos colombianos fueron asaltados en un camerino improvisado por decenas de espontáneos espectadores deseosos de llevarse consigo un autógrafo o una foto de los —desde entonces— célebres artistas. “En todo caso”, piensa Luis Alfonso Parra, otro de los bailarines que aguarda el arribo del bus, “con estas presentaciones solo pueden suceder cosas buenas. Estamos llevando el folclor del Pacífico más allá de las fronteras; otra parte de nuestra riqueza, esa Colombia negra que poco se conoce por fuera del país”. Es que fue con ese propósito que nació Mano e’ Currulao, a finales de los 90, en los pasillos del Instituto Popular de Cultura. Lo recuerda así Yenner Solón Obando, uno de los coreógrafos que lo creó y hasta el año pasado profesor del IPC. La idea —cuenta— era reunir en un mismo montaje las principales parejas de baile del litoral y sus exponentes musicales cardinales. Algo así como una “Fania del Pacífico”.En ese entonces fueron convocados más de 200 bailarines de diferentes grupos folclóricos; cinco cantadoras de renombre —Yaneth Riascos, Fátima Lozano, Zully Murillo, Aida Rioja y Lilian Rosero— y los más atildados intérpretes del llamado ‘piano de la selva’, los maestros José Antonio Torres ‘Gualajo’, Jairo Sánchez, Alejandro Riascos, Aléxis Montaño y Alejandro Riascos. Los años huyeron y el espectáculo se fue robusteciendo. Hasta que la primera vez que tuvimos noticias en Cali de tamaño montaje fue durante la apertura del Festival Petronio Álvarez de 2012 que ese año tuvo como escenario el estadio Pascual Guerrero: más de 200 artistas moviendo las caderas —algo así como cuatro salas de cine a reventar—, cinco marimbas y una veintena de cununos y bongoes sonando al unísono. Se trataba del espectáculo folclórico más ambicioso de la música del Pacífico. Uno espectáculo que llevaría por nombre una expresión extendida por toda la Costa Pacífica. Porque en cualquiera de sus pueblos es común tropezar con la expresión “mano e”. El negro, después de la fiesta, suele ir por ahí diciendo que se ha tomado “una mano e’ viche”. A la negra, al pie del fogón, puede escuchársele que va a cocinar una “mano e’ pescado”. El montaje era en realidad un sueño largamente aplazado. Uno del historiador Germán Patiño, recientemente fallecido, fundador del Petronio. Aura Hurtado, Coordinadora de Danzas de Tradición del IPC, lo recuerda expresando animosamente ante el comité conceptual del festival, su deseo de que este, además de música en vivo, mostrara la riqueza de las danzas del Pacífico. Mano e’ Currulao, pues, se encargó de llenar ese vacío. La siguiente presentación en grande ocurrió durante la inauguración de la III Cumbre Mundial de Alcaldes y Mandatarios Afro, celebrada en septiembre de 2013. Delante de 65 mandatarios reunidos en el Centro de Eventos, 350 artistas hicieron brillar de nuevo los sonidos de la marimba.“Desde sus inicios se pensó como un espectáculo que contara con muchísimos artistas, como algo majestuoso que rindiera homenaje al currulao, el ritmo madre de todas las músicas del Pacífico, desde el Chocó hasta Nariño”, asegura María del Pilar Meza, rectora del IPC.De currulao habló el propio Jorge Isaacs en ‘María’, novela romántica que apareció en 1851, solo 16 años después de la abolición de la esclavitud. En sus páginas aparece la mención del baile ‘bambuco viejo’ como también se le conoce al currulao, baile que llegó a lomo de las marimbas traídas en barcos negreros desde el África occidental. Su baile, explican Sonia y Luis Alfonso, es el retrato de un galanteo, de la conquista del amor de la única manera en que los afro entienden la vida misma: con música. Usted ve un baile de currulao y enseguida comprende que lo que sucede ahí tiene la ansiedad inicial de todo cortejo, el hombre —vestido de blanco con los pantalones remangados a media pierna, como lo llevan los pescadores— busca afanosamente aprobación de la mujer y agita un pañuelo con ademanes galantes. Ella se resiste inicialmente y se da la vuelta en señal de que no acepta. Solo al final, después de hacer sufrir al enamorado, cede ante las pretensiones. Lo que sigue después es el amor consumado: la mujer se trenza con su parejo en un baile circular que en ocasiones tiene la cadencia de las olas del mar. Todo eso mientras suenan rítmicamente la marimba, el cununo y el guasá.La profesora Aura Hurtado —nacida en Andagoya, Chocó— da cuenta de cómo el currulao aún es la base de las fiestas patronales que ocurren por el Litoral, a veces en la ‘piel’ de otras variantes sonoras como el abosao, el berejú, la bámbara negra y la caderona. Las de San Buenaventura, que se vive en el Puerto; las de La Virgen de Atocha, en Barbacoas; las Fiestas de la Virgen del Carmen; las de San Antonio o las de La Purísima que celebran cada año los guapireños.Entonces lo que ha viajado por Chile, por Estados Unidos y ahora por España no es solo un espectáculo colorido. Es el viaje mismo de una tradición histórica. Una suerte de ‘diáspora’ en la que sonidos y bailes tradicionales abandonan por un tiempo su lugar de origen: esa África sembrada en América. Lo que viaja es el grito de libertad que, a través de la música, supieron dar los negros en la costa que se extiende por 1300 kilómetros, desde Punta Ardita, en límites con Panamá, hasta Cabo Manglares, en cercanías de Esmeraldas, Ecuador. Hora y media de un espectáculo que es, también, la reivindicación de una cultura hasta hace muy poco ignorada por los propios colombianos. El mismísimo Germán Patiño se quejaba en las páginas de esta revista, en agosto pasado, lo que sucedía antes de que el Festival Petronio Álvarez sacara de la selva la tradición del Pacífico: músicas en vías de extinción, marimberos que se morían de viejos sin tener a quién dejarle su legado.Es eso también lo que viajará a España en las maletas de quienes integran la delegación del IPC. Diez parejas de baile, doce músicos y otra docena de personas encargadas de lograr que el Pacífico suene con fuerza en Arco.Para la profe Aura Hurtado es lo más parecido a una hazaña: ella y sus alumnos viajarán a la tierra de quienes hace más de 500 años esclavizaron a los negros. “Ahora llegaremos nosotros y nos haremos visibles, mostraremos que llevamos siglos aportando culturalmente en la construcción de una nación. Que supimos resistir con nuestros bailes, con nuestra música”.

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