La epopeya tras la epopeya, o cómo se escribió Cien años de soledad

Junio 04, 2017 - 08:35 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Reportero de Gaceta
Gabo y su familia

Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes Barcha y su hijo Gonzalo, en 1982, cuando ganó el premio Nobel.

Archivo


El nacimiento, los abuelos
Nació aquel domingo 6 de marzo de 1927 a las nueve de la mañana. Aquel domingo en que el sol caía con una especie de furia sosegada sobre el barrizal que la lluvia tormentosa de la noche anterior había dejado en las calles de Aracataca.

Ese día nació y el sol alumbró el principio del invierno como si la naturaleza misma se hubiera dispuesto a recibirlo.

Poco después habrían de bautizarlo como Gabriel José de la Concordia García Márquez. Las obligaciones laborales de los padres los obligarían a dejarlo al cuidado del coronel Nicolás Ricardo Márquez y Tranquilina Iguarán Cotes, los abuelos maternos.  Tiempo después, cuando el niño se convirtiera en el genio, recordaría que aquella feliz fatalidad de no crecer junto a los padres había sido el fecundo germen de todas sus historias, de todo su universo; recordaría que si habría que buscar un principio, lo encontraría en la travesía por la Guerra de los Mil Días narrada por el abuelo y en los relatos de su la abuela sobre la explotación de las bananeras y las perpetuas procesiones de historias de difuntos y ánimas.

La abuela Tranquilina, el arquetipo de la matrona de ‘Cien años de soledad’, Úrsula Iguarán, de quien el niño, convertido luego en genio, aprendería que solo se necesitaba el más evidente desparpajo y descaro a la hora de narrar para hacer verosímil el más notorio absurdo. 

Descubrir el hielo
Sin duda, aquello ocurrió en una tarde remota. Él recordaría después que aquella tarde, cuando tenía cinco años, había visto unos pescados duros como piedras y había corrido a casa a preguntarle a su abuelo sobre la naturaleza de aquel siniestro milagro.

“Es por el hielo, mijo”, le contestó el abuelo Nicolás.

“Qué es el hielo”, preguntó el niño, y el abuelo lo tomó de la mano y lo llevó a ver los pescados y a enseñarle los pequeños cubos atravesados por agujas que, al tocarlos, le quemaron las manos de frío.

Kafka, la juventud
Mucho tiempo después habría de recordar aquella noche tremenda en que descubrió a Gregorio Samsa y supo que era posible escribir que un hombre, un día cualquiera, se levantaba convertido en un insecto.

Fue en Bogotá, cuando acudía a la facultad de Derecho y fue luego de que hubiera leído toda la poesía y la novela colombiana pero cuando aún no sabía cómo podía escribirse un cuento.  Aquella noche, 1947, Gabriel José tenía 20 años y su compañero de pensión le entregó un librejo amarillo y maltrecho que él leyó de un solo tirón y que fue como una tempestad que vino a cambiarle el mundo por completo.

“Una mañana Gregorio Samsa se encontró convertido en un gigantesco insecto. Yo lo recuerdo como si me hubiera caído de la cama en ese momento y fue una revelación, es decir, si esto se puede hacer, esto sí me interesa. Yo antes de eso, probablemente había pensado que eso no se podía hacer a pesar de que me había tragado completitas ‘Las mil y una noches’. Fue una verdadera resurrección, de ahí me levanté a escribir mi primer cuento”, confesó en una entrevista concedida a Yves Bilon y Mauricio Martínez-Cavard para el libro ‘La escritura embrujada’.

La tercera resignación
Así se tituló el primer cuento que publicó en el periódico bogotano El Espectador. Era un cuento, si pudiera decirse, Kafkiano, que marcó el inicio de un cambio rotundo, el primero, en su manera de concebir la literatura.

Pero habrían de venir más. A los 22 años leyó a Sófocles y empezó a comprender la estructura de la fatalidad en la tragedia griega —que luego usaría en la decadencia de la estirpe de los Buendía— y después descubriría a los novelistas norteamericanos: Hemingway, Dos Passos, pero sobre todo, Faulkner.

Con el maestro Faulkner, como él mismo lo llamaba, adquiriría quizá su mayor deuda literaria: de él supo que podría inventar una tierra como teatro de sus literatura. Su Macondo fue inspirado en el condado de Yoknapatawpha del escritor norteamericano. En una de sus tardíamente reconocidas columnas escritas en el Heraldo de Barranquilla el 13 de noviembre de 1950, habría de decir del novelista del Misisipi: “es el más grande todos los novelistas del mundo actual y uno de los más interesantes de todos los tiempos”.

Y no se trataba de una exageración impertinente de ignorante: para entonces Gabriel José conocía a Herman Hesse, a Thomas Mann, a Hemingway, en suma, a todos los grandes novelistas de ese tiempo.

Las revelaciones
Estuvo convencido siempre de la necesidad de escribir aquella novela a la que, siempre también, pensó en llamar ‘La Casa’. Salvo que aún no sabía muy bien cómo hacerlo ni en dónde situar cada hecho ni cuál sería el tono o el principio o el fin.

O acaso sí lo sabía, pero ignoraba saberlo, y entonces solo se requería que algo - ¿una iluminación? ¿Una epifanía? - desatara todo el torrente de historias que su espléndida niñez junto al coronel Nicolás y a la abuela Tranquilina había acaudalado.  Era principios de los 50, ya había publicado en El Espectador media docena de cuentos y terminado la segunda versión de ‘La Hojarasca’; su capacidad de escritura empezaba a ser moldeada y adiestrada por su oficio de periodista.

Había escrito su primer reportaje novelado: ‘Un país en la Costa Atlántica’, basado en la leyenda de La Marquesita de La Sierpe que habría de ser la simiente del compendio de cuentos ‘Los funerales de la Mama Grande’. Durante los diez años de esa década, acaso los más prolíficos de su carrera como periodista, habría de entregar algunas de las obras maestras de lo que luego los críticos norteamericanos llamarían el Nuevo Periodismo: en 1955 empezó a publicar por entregas la brillante crónica que luego se reuniría bajo el título ‘Relato de un náufrago’, la odisea del marino Luis Alejandro Velasco, y ese mismo año es enviado a cubrir la Conferencia de los Cuatro Grandes en Ginebra, Suiza.

Sin embargo, aún ignoraba cómo escribir aquella novela. Aún le atormentaba la posesión de toda aquella historia muda que no atinaba a encontrar voz.

El 18 de febrero de 1950 se desplazó con su madre, Luisa Santiaga, a Aracataca a vender la casa de sus abuelos, en un viaje que habría de desbocar en él todo el compendio enmarañado de sus memorias de infancia. En aquel periplo también vio pintado en letras blancas sobre un fondo azul el nombre de una finca bananera y supo, de inmediato, que aquel sería el nombre de su tierra ilusoria: Macondo.

Sin embargo, tendrían que transcurrir al menos otros diez años y otra noche convulsa y tremenda, para que su amigo Álvaro Mutis, cuando ambos vivían en México, le lanzara un volumen mínimo, de menos de 150 páginas, y le dijera: “Léase esa vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe”.

Era una edición de la novela ‘Pedro Páramo’ y el compendio de cuentos ‘El llano en llamas’ de un semidesconocido de apellido Rulfo que Gabriel José, a quien para entonces ya le decían Gabo, leyó cinco veces - o al menos así es como él mismo lo recordaría - en una sola noche.

El comienzo
Era 1965 y aún era Gabriel José. Todavía no era García Márquez, a pesar de que en 1955 había publicado ‘La hojarasca’ y de que entre sus papeles tenía ‘El coronel no tiene quien le escriba’.

Pero entonces, como un movimiento espontáneo de la tierra, supo cómo lo haría. Quizá había esperado que aquel momento llegara como un fulgor incandescente, o como el resultado final de una madrugada en agonía. Pero fue más simple: en 1965 mientras conducía su Opel blanco con su familia desde Ciudad de México hacia Acapulco, vio claro cómo debía escribir esa novela a la que aún iba a llamar ‘La casa’.

Un día solo se sentó "frente a la máquina de escribir, como todos los días, pero esta vez no volví a levantarme sino al cabo de 18 meses”.
Fue entre julio y septiembre de ese año. Se refugió en una de las habitaciones desnudas de la desnuda casa que habitaban en México, con mucho papel y una máquina Olivetti.

Cuando dio acabado a la primera frase, quizá uno de los principios más más sugerentes de toda la literatura: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, se preguntó: “¿qué carajo vendría después?”. Solo hasta el hallazgo del galeón en la selva (al final del primer capítulo) no creyó “de verdad que aquel libro pudiera llevar a ninguna parte. Pero a partir de allí todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido”.

Un frenesí para él como para su mujer, Mercedes. Gabriel José le entregó 5.000 dólares para el sostenimiento del hogar y así poder encerrarse tranquilo a escribir la novela “durante seis meses”.
Durante seis meses pudieron vivir, pero en ese tiempo la novela apenas sí llegaba a la mitad. Así que el escritor tomó su Opel blanco, comprado con el premio de ‘La mala hora’, se fue al Monte de Piedad y lo empeñó.

Después Mercedes empezó a empeñar algunas joyas, el televisor, la radio, hasta quedarse solo con las “tres últimas posiciones militares”: su secador de pelo, la batidora con la que le preparaba el alimento a los niños y el calentador que le servía a su marido para escribir en las frías mañanas y noches de la ciudad. “Estaba tan deslumbrado con lo que hacía, que por momentos pensaba que estaba inventando la literatura”, diría alguna vez de aquellos meses alucinados.

Primero leyó algunos fragmentos a varios de sus amigos, otros los fue publicando en El Espectador. Carlos Fuentes lo elogió al igual que Cortázar al conocer algunos apartes. Un día de 1967 fue con su esposa a la oficina de correos a enviar el libro a Buenos Aires. El agente les dijo que el envío del paquete valía 82 pesos mexicanos y ellos solo tenían 50, así que se tomaron el trabajo de dividir las 590 páginas de 28 líneas cada uno y cada línea de 60 matrices o golpes por la mitad y enviaron los 10 primeros capítulos. Regresaron a la casa, cogieron aquellas “tres últimas posiciones militares” y volvieron al Monte de Piedad. Las empeñaron por unos 50 pesos. Al salir de la oficina de correos, Mercedes, que no había leído el libro le soltó: “Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esta novela sea mala”.

El 5 de junio de 1967 llegó a las librerías de Buenos Aires la primera edición de Cien años de soledad, de la que se publicaron 8.000 ejemplares. Hoy, 50 años después, más de 30 millones de copias se han vendido por todo el mundo.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad