La bisabuela de Calígula se convierte en novela

La bisabuela de Calígula se convierte en novela

Mayo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara | Editora de Vé
La bisabuela de Calígula se convierte en novela

"La idea aquella que tenemos de las mujeres sometidas, resignadas y despreciadas es superficial, lo cierto es que las mujeres en Roma llenaron todas las esferas de la vida", comenta el autor sobre su obra.

Livia Drusila, quien llevó la pesada carga de ser esposa, madre, abuela y bisabuela de emperadores romanos, es recreada por la pluma del escritor colombiano Enrique Serrano. En la novela ‘La diosa mortal’, esta mujer legendaria por su crueldad se reviste de fascinante humanidad.

Crueldad. Esa suele ser la primera palabra que viene a la mente cuando se habla de Livia Drusila, que entre muchas otras cosas fue esposa del emperador Augusto, madre de Tiberio, abuela de Claudio y bisabuela, nada más y nada menos, de Calígula. Y tatarabuela de Nerón. Se le acusa de envenenar a sus enemigos y de atentar, incluso, contra sus propios hijos, siempre revestida del impecable manto de la matrona romana ejemplar: austera, maternal, sabia, discreta, hacendosa, capaz de tejer ella misma sus ropas. ¿Qué se esconde detrás de este personaje fascinante? Es lo que pretende mostrarnos el escritor colombiano Enrique Serrano en ‘La diosa mortal’, una novela que reconstruye la vida de Livia a través de las voces de amigos y enemigos, para ir mucho más allá de esa aparente crueldad y entregarnos una visión más compleja, más humana, de quien legó a la humanidad realizaciones inmortales. Sobre ello hablamos con Serrano, cuyo inolvidable primer libro ‘La marca de España’ (1997) mereció elogios de Gabriel García Márquez por su “gran fuerza expresiva”. Su segundo libro de cuentos es ‘De parte de Dios’ (2000); y entró con pie derecho a la novela en ‘Tamerlán’ (2007), ‘Donde no te conozcan’ (2007) y ‘El hombre de diamante’ (2008). Cuando analiza su propia evolución como escritor, ¿qué se ha transformado desde los tiempos de ‘La marca de España’ hasta ‘La diosa mortal’?Yo creo que, en términos estéticos, mis propósitos son los mismos, así como la perspectiva de lo histórico, el interés por recrear situaciones. Ahora no hago cuentos, tengo hoy un aplomo que me lleva a la novela, he adquirido experiencia en las narraciones de largo aliento y en la reconstrucción histórica.¿Cómo nace su deseo de escribir sobre Livia? Esta novela está hecha en homenaje a ‘Yo, Claudio’ y a ‘Claudio, el dios’, del escritor británico Robert Graves, obras en las que están basadas las series de televisión de los años 70. Escribir ‘La diosa mortal’ me tomó siete años, pero la venía pensado desde hace 20. Livia necesitaba ser contada de nuevo. Hay biógrafos que reconocen su importancia, su estatura como mujer, como personaje, así que había buenas fuentes para saber de sus actos. ¿Por qué contar esta historia en clave de novela y no como una biografía?Lo que la historia descubre, es mejor conocido por la literatura. Los lectores de biografía son pocos, en comparación con los lectores de novela; ese último es un público más masivo y la novela permite más movilidad, más ductilidad. No hay tantos lectores de biografías sobre autores clásicos, pero sí los hay en la novela.¿Qué representó Livia para el Imperio Romano?Livia representa el poder de lo femenino, es decir, la preservación de lo conocido. Porque el hombre conquista, pero la mujer va más allá y entiende que hay que preservar lo conquistado. ¿Un poder en la sombra?Sí, su poder era indirecto, sugerido, la suya era una manera conservadora de entender la vida y yo me identifico con su forma de hacer las cosas. Por razones de Estado fue cruel e implacable, pero yo reclamo del lector, no exijo pero sí reclamo, un sentido histórico a la hora de comprender a este personaje. Es decir, no juzgarla con los criterios morales del lector, ni de la época actual…Sí, hay que entender que ella actuaba desde la cumbre del poder del mundo, en su tiempo. ¿Qué momentos se le antojan más fascinantes de la vida de Livia?Varios hechos consigno. Ella construyó la primera red de informantes, en su momento. Sabía quién movía los hilos en cada región, creó redes de inteligencia y de contrainteligencia y eso es asombroso para su tiempo. Tenía la gran capacidad de anticiparse a los acontecimientos, podía prever la tendencia, detectar movimientos antes de tiempo. Era dueña de una agudísima intuición, casi profética. Advertía sobre lo que ni siquiera se vislumbraba aún, e incluso su marido y sus hijos la consultaban. Lo que contrasta con su imagen pública...Ella era dedicada, estudiosa, reflexiva, pero al mismo tiempo lucía como una madre amorosa, se escondía tras el barniz de lo insulso. Tanto, que en su tiempo nadie tuvo una medida exacta de su enorme influencia. Fue 60 años después de su muerte que, en los ‘Annales’, Tácito reveló las facetas que hoy conocemos de ella, la sacó del anonimato y nos la presenta política.¿Qué virtudes estima en ella?Virtudes como la determinación. Esa misma cualidad la usaban los hombres para ir en pos de empresas arriesgadas, pero la determinación de Livia tenía como propósito conservar. Eso es lo ‘divino’ en ella, lo trascendente. Esa misma era la virtud de Roma. Recuerde que Roma es femenina, es madre. Livia es Roma.Qué puede decirnos la vida de Livia, en estos tiempos de fuerte liderazgo político femenino. Fíjese que estamos en una campaña presidencial con cuatro mujeres protagonistas...Lo interesante en Livia es el ejercicio del poder sutil, tras el trono, sin figuración. Ella es esposa de emperador y madre de emperadores, por eso entendió que la perdurabilidad era la base del Imperio, le interesaba mantener el statu quo y en ese sentido no se parece a las mujeres que hoy brillan en la política. Las mujeres de hoy son más ejecutoras, más rápidas; más ‘masculinas’, si se quiere, pero Livia tenía el poder de la estadista, de la gran consejera, la mujer cuyas ideas transformaron la sociedad de su tiempo. Esa es su maravilla. Como latinoamericanos que somos, como pueblos fundados sobre la base del derecho romano, ¿podría decirse que somos, de alguna manera, herederos de Livia? Por supuesto. Nuestra latinidad es romana, tenemos la herencia del político astuto, capaz de resistir vientos y crisis, de tener recursos para no sucumbir, capaz de anticiparse a los deseos de los otros. Eso luego se reflejó en la hispanidad, eso es lo latino. Hemos creído que ser latinos es pensar en diversión y en baile, pero esas son solo manifestaciones superficiales. Donde verdaderamente somos latinos es en el fundamento político. Usted se refiere a Livia como ‘diosa’. Ese arquetipo es siempre uno de los más usados en relación a lo femenino. ¿Qué novedad le aporta Livia a esta definición?Para empezar, no es una diosa bella. En segundo lugar, es una anciana, no una joven. Y lo que hay de venerable en ella es su capacidad de adaptarse. Es profundamente humana, pero a pesar de ello no resiste la idea del olvido y se esforzó por ser recordada, es así como el culto a Livia duró más de 200 años, no fue una diosa pasajera. Encarnó el culto al hogar. Ese experimento romano de volver divino lo que es humano nos parece tonto hoy, pero para ellos no era así. Y durante los siglos siguientes, Livia continuó representando virtudes muy estimadas. Usted es especialista en culturas orientales, ¿para qué le sirvió ese conocimiento específicamente en esta novela? Justamente me ha permitido contrastar actitudes que en Occidente vemos como naturales y obvias. Sin quedarme en el lado cartesiano, cuadriculado de Occidente, Oriente valora la astucia, la paciencia, la capacidad de mantener el orden y adaptarse a las circunstancias más que violentar. El personaje que vemos está enriquecido con esa visión.

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