John Maxwell Coetzee, el autor que explora el mal en la condición humana

Abril 23, 2013 - 12:00 a.m. Por:
José María Baldoví - Especial para GACETA
John Maxwell Coetzee, el autor que explora el mal en la condición humana

John Maxwell Coetzee, escritor surafricano.

Luces y sombras de la literatura del escritor surafricano John Maxwell Coetzee, que estuvo de visita en Bogotá. De su prosa varias cosas nos dejó claras: no se ha dedicado a defender a la mujer y le gusta explorar la soledad como condición humana. Páginas de un autor poco leído en Colombia.

El asunto fue noticia: pasó por Bogotá el novelista surafricano John Maxwell Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003. Llegó con un regalo a cuestas: la lectura de un texto literario inédito, ‘La anciana y los gatos’, diálogo entre una madre y su hijo en un lugar indeterminado de España. Y su paso por el país duró tres días.Concedió una única entrevista, a un medio de la capital, en la cual se asegura que “la importancia de la mujer y la marginalidad social, fuera de un sistema de clases, siempre están en su pensamiento”.El escritor contestó que “en la sociedad de la cual vengo, las mujeres no están socialmente marginadas ni por fuera de la jerarquía social. No necesitan un escritor como yo que las defienda. Las mujeres en mis libros no tienen como propósito representar al género femenino en general”.En esa misma entrevista se le interrogó al hombre de ancestros británicos y alemanes si para un narrador con estudios en matemáticas “¿qué resulta más fácil: alegoría o referencia directa?”. Y Coetzee respondió que “no existe relación entre matemáticas y la forma literaria, hasta donde tengo entendido”.De manera que el firmante de libros como ‘Desgracia’, ‘El maestro de Petersburgo’ y ‘En medio de ninguna parte’, obras cumbres de la narrativa de finales del Siglo XX, es un soberano desconocido en la tierra del otro Nobel. Quedó la sensación de que la parada en Colombia fue más técnica que otra cosa: su verdadero destino era la Feria del Libro de Buenos Aires, a punto de empezar, y en donde las multitudes lectoras hace tiempo lo reclaman.El asunto no es tan patético. Las víctimas de sus narraciones también son una equivocación en manos de un destino sin rumbo. Viven pesadillas kafkianas. Seguro Coetzee ya está acostumbrado, o a lo mejor ni se da cuenta del absurdo de su existencia o de la existencia absurda del mundo.Como sea, si algo ha caracterizado la no breve colección de textos de este indagador del desarraigo ha sido su meditación alrededor de la tragedia de la existencia, al igual que ha abordado desigualdades de todo orden desde una óptica moral.Dicho de otra manera, Coetzee comunica en sus novelas: por un lado, una falta total de raíces, una provisionalidad en el mundo sin mayores asideros afectivos, culturales ni materiales. Es probable que esta ausencia de ancla territorial obedezca a que una vez tuvo conciencia de la cortísima proyección de su comarca ‘boer’, optó por adherirse a lo anglosajón que le franquearía las puertas del mundo. Incluso, su propia expresión literaria es un inglés internacional, incoloro, sin acentos locales.Y ello es así porque el clan del cual formaba parte el autor fue repudiado por las negritudes debido a su inevitable actividad colonizadora pues también padeció la desconfianza de los campesinos blancos y pobres que envidiaban sus relativas ventajas burguesas.Entonces, desde temprano, Coetzee ha experimentado la falta de identificación con un lugar. La patria no es para él un patrimonio común de una nación o conjunto de individuos. Es ese sitio extraño del que hay que salir. La región, no la más transparente, sino la más brumosa a la cual es mejor no volver. Coetzee desarrolló una mirada fría, escrutadora, no comprometida pero partidaria del apartamiento, de la lejanía para encontrar la soledad y posiblemente la paz. Se diría que las discriminaciones cobran un sentido ultra racial en el mundo Coetzee. Aluden a la esencial desemejanza natural, social, económica e intelectual del hombre. Ese desencuentro entre semejantes desemejantes clama por una justicia de carácter moral antes que político: cada hombre vale tanto como cualquiera y ninguno más que el otro; lo que importa es la dignidad implícita en el hecho de ser hombre.Destierro liberadorCoetzee proclama el retorno a la tribu, a la vida elemental y aislada del peligro de las aglomeraciones, de las grandes e inhumanas concentraciones urbanas, alerta sobre la calamidad de hacerle el juego a cualquier tipo de ideología porque todas ellas se basan en la división sectaria y mesiánica entre buenos y malos. La bomba de tiempo que advierte el autor anida en los iluminados que prometen un paraíso fundamentado en que unos son más iguales que otros. Pero también en las sociedades racionales, homogéneas e imponentes, sin lugar a disidencias, sin posibilidad de oposición, sin derecho a la crítica.Él mismo ha justificado la necesidad de apartarse de las instituciones por razones de profilaxis mental, emocional y espiritual: “No soy un heraldo social o algo por el estilo, soy alguien íntimamente ligado al concepto de libertad, como está cualquier prisionero encadenado, y construyo representaciones de gente abandonando sus cadenas y girando su rostro hacia la luz”.Tal vez por eso es que la Academia Sueca de Letras sostuvo, al otorgarle el Nobel, que realizaba una crítica sin piedad del racionalismo cruel y de la moral cosmética de la civilización occidental, distanciándose siempre del teatro fácil del remordimiento y la confesión.La verdad es que Coetzee fue desarrollando su obra sin aspavientos, entre compromisos académicos y profesorales, bebiendo de las experiencias que le dejaron su labor como programador informático, oficio que lo conduciría a estudiar lingüística computacional en la Universidad de Texas y cuya tesis de grado consistió, vaya desafío, en un análisis computarizado de la obra de Samuel Beckett.Ya en pleno ejercicio de su cátedra literaria, que ha oscilado entre Suráfrica, Estados Unidos y Australia, ha garantizado su sustento económico de su labor pedagógica para no depender del gusto voluble del público lector, siempre acomodado a las modas del mercado literario y menos permeable a lo profundo del arte.Sin desconocer los graves estragos que en su país produjo el Apartheid, su voz no se ha encaminado por el melodrama, el panfleto o el racismo. Ha preferido que hechos y personajes se expresen por sí mismos con una prosa realista, contenida, bien calculada, que no oculta el sufrimiento y el desarraigo de los inconformes que logran sobrevivir en sus relatos no exentos de su poesía, sin duda desoladora.Al no militar bajo el dictado de ninguna bandera, evitó caer en el facilismo y la vulgaridad del púlpito letrado en función de una idea de organización política para corregir la conducta de las masas. Su estilo posa sobre la auténtica herida que ulcera a todos: el mal inherente a la condición humana. Y desde allí no ha condenado ni salvado a nadie. Ha intentado explicar el mundo que a él se le extravió cuando la granja de su abuelo paterno desapareció y con ella la infancia del escritor.El sello de la bellezaSaludable lección otorga Coetzee al decir que “los artistas nunca pueden estar totalmente presentes ante el mundo: siempre deben tener un ojo puesto en su interior”. La frase advierte que la tarea del creador de mundos paralelos al de la realidad es buscar, identificar y expresar su verdad más íntima sin concesiones de ninguna clase. Solo así conquista el hacedor su libertad. Lo que ocurre en sus historias responde a las exigencias mismas que plantea la narrativa. La estrategia no es reproducir una fotocopia de la realidad o convertir en apéndice de esta a la ficción. El resultado de la imaginación debe ser autónomo y sustentable por sí solo. Acomodar la imaginación a la realidad es un delito de lesa creación.De lo contrario, el autor termina por traicionarse y ceder en sus convicciones estéticas, que es en últimas lo que debe prevalecer. Buena parte de la novelada autobiografía de Coetzee es un ajuste de cuentas consigo mismo. Y en el fondo prevalece la figura del artista: el narrador de ‘Infancia’ y ‘Juventud’ es tan creíble como en su momento lo fue el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Lo que ha pretendido Coetzee es volver al origen, a la mentada granja; un origen irrecuperable. En ‘Infancia: escenas de la vida en provincia’, primer volumen de su autobiografía, dice: “Irá a la granja porque no hay ningún otro lugar en el mundo que ame más o que pueda imaginarse amar más. Todo lo que resulta complejo en el amor por su madre se torna simple en su amor por la granja. Pero, desde que tiene memoria, este amor tiene un punto de dolor. Puede visitar la granja, pero no vivirá allí. No es su hogar; nunca será más que un huésped difícil”. Luego agrega: “Él tiene dos madres. Ha nacido dos veces: ha nacido de una mujer y de la granja. Dos madres y ningún padre”.El acto de desdoblamiento del autor para contar su vida, que no es tal como ocurrió, es un golpe de talento que estremece por la precisión del lenguaje. Su truco es creer que la prosa no requiere emoción y es un calmo espejo de agua. Su austeridad redime a las criaturas simples y atormentadas que pueblan su campo de concentración. Ese es su mundo, en apariencia tan parecido al de afuera. Es real por su furia ciega, pero distinto en su aspiración a la belleza.

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