Jaime Manrique, el escritor colombiano que le siguió los pasos a Miguel de Cervantes

Abril 09, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa ? Editora GACETA

Quizás por pertenecer a esa especie exótica de escritores colombianos que escriben en inglés, Jaime Manrique es, en el mejor de los sentidos, un ilustre desconocido para el lector de a pie. Historia de un reencuentro con este autor barranquillero que —elogiado por Manuel Puig, Severo Sarduy y Susan Sontag— tendrá siempre un nexo indisoluble con Cali.

Le pasa a menudo. De un tiempo para acá, salir de su apartamento en Nueva York lo inquieta. No quiere viajar, no quiere dejar su calle ni su barrio que son su entorno seguro. Si pudiera, escogería quedarse en casa. Pero –gajes del oficio- siempre hay un seminario que se atraviesa en el camino, o una charla o la presentación de un libro. Entonces él intenta escurrirse. Empieza a contemplar la idea de enfermarse, de perder el vuelo, de cancelar la visita… No siempre funciona. No esta vez. Sentado sobre una jardinera de cemento, en medio del campus de la Universidad del Valle, Jaime Manrique admite que esta ocasión era diferente. Dudó, sí, pero ¿cómo no regresar a esta tierra de cielo sin nubes y andenes calientes que conoció 36 años atrás? ¿Cómo no recorrer los pasos de aquella visita a esta ciudad que ya para entonces dejaba sonar sus timbales sin pudor? Si la memoria tiene sonidos quizás el recuerdo de Cali que retumba en su cabeza suene a río y a salsa y a niños jugando bajo del sol. De seguro suena a Andrés. Jaime Manrique es escritor, barranquillero y vive en Estados Unidos desde los 17 años. Pero su primer amor fue caleño. Así se lee en el prólogo ‘Mis días y mis noches con Andrés’, que escribió para la re edición de ‘¡Que viva la música!’, publicada por Alfaguara el año pasado: “Fue el primer hombre a quien amé de todo corazón”. Ese Andrés, por si hace falta, es Andrés Caicedo.Se conocieron en Cartagena, en 1975, cuando Luis Ospina los presentó durante el Festival de Cine. Jaime —recuerda— cayó rendido ante su belleza, pero Andrés no estaba interesado. Sin embargo, mantuvieron una estrecha amistad que se alimentó fundamentalmente de dos cosas: la pasión por el cine y una necesidad furiosa de escribir. Fue una amistad corta pero intensa. Hablaban de cine, de libros, de proyectos; se escribían cartas, se flirteaban, se peleaban. Soñaron, incluso, con llevar a Flannery O’Connor al cine. Andrés escribió una adaptación del cuento ‘Un hombre bueno es difícil de encontrar’ que Manrique siempre quiso dirigir. Pero eso no pasó. La película nunca se hizo. Dos años después Andrés se suicidó. La tarea de hacer ficción históricaVestido de negro de pies a cabeza, a Jaime Manrique parece no incomodarle el calor desquiciado que brota del suelo —y del cielo— a las once de la mañana. Con su mano derecha, que tiene una rosa tatuada en el dorso, saca su cajetilla de Camel, y fuma. Vino a Cali a participar en el Congreso Internacional sobre Cervantes organizado por la Universidad del Valle. Él acaba de publicar ‘El callejón de Cervantes’, una novela —osada, hay que decirlo— en la que se aventura a construir un retrato del genial autor de El Quijote a partir de elementos reales y de ficción. Eso que muchos llaman ficción histórica.“¿Por qué Cervantes?”, pregunto. “Porque tuvo una vida fascinante”, me dice. Él mismo recuerda esa tarde de invierno en la que, encerrado en su casa frente al televisor, se sorprendió al descubrir lo que se contaba en un documental: Miguel de Cervantes no solo había vivido en el exilio, no solo había sido repudiado por sus orígenes, no solo había caído prisionero en Argelia sino que había sido, allí mismo, vendido como esclavo. “Fue una vida azarosa, llena de altibajos, marcada por la pobreza; tan fascinante que merecía ser novelada” dice. Entonces empezó a cocinar la historia. En medio de viajes a La Mancha, de su visita a los molinos de viento, de tener a sus pies la cueva de Montesinos, Manrique comprendió al fin que, de no haber sido por esa vida convulsionada y árida, si no hubiese estado dos veces cautivo por los corsarios en Argelia y por sus malos manejos como recaudador de impuestos, Cervantes jamás habría escrito El Quijote. Originalmente escrita en inglés, como toda su última obra, la novela narra la rivalidad entre Miguel de Cervantes y Luis Lara, personaje creado por Manrique e inspirado en Alonso Fernández de Avellaneda, autor de la continuación de la primera parte de El Quijote, eso que muchos llaman El Quijote apócrifo.El experimento parece haberle salido bien. Se lee en la crítica. Como la de Jorge Iván Salazar, quien hace poco comparó al Lara de Manrique con el Yago de Shakespeare: “Insidioso, inteligente y manipulador. Siempre a la sombra de Cervantes, su papel consiste en tender todo tipo de trampas, de modo que convierte la vida del protagonista en un vía crucis de males y tragedias”.El escritor caleño Juan Fernando Merino también la destaca. Lo dice con conocimiento de causa. Ha sido él, por años radicado en Nueva York, el encargado de traducir al español las dos últimas novelas del barranquillero quien, a fuerza de hablar, leer y pensar en inglés, terminó, también, escribiendo en el idioma anglosajón. Merino cree que Manrique logró algo que no necesariamente pudo hacer en su novela anterior, ‘Nuestra vidas son los ríos’, sobre Manuelita Saénz: crear narraciones convincentes en primera persona entre sus personajes. “En Manuelita y la esclava nunca me convencieron ni el tono ni el contenido. En cambio aquí, Manrique lo logra con Cervantes y Lara, justamente porque, en su ficción, le imprime a Lara, es decir a Avellaneda, vida, voz, carácter e historia a quien fuera el impostor del Quijote”.La novela, para otros, era incluso necesaria. Es que tras haber creado un personaje inmenso como Don Qujiote, su creador quedó siempre en segundo plano. Eso opina Alejandro González Puche, profesor de teatro de la Universidad del Valle, cervantino declarado. “Esta biografía novelada contribuye a crear una imagen del autor que curiosamente ha sido opacada por el personaje del Quijote. La iconografía quijotesca es inmensamente mayor a la realizada y difundida sobre la vida cervantina. Biografías sobre Cervantes hay varias, pero novelas sobre su vida pocas; de ahí su valor. ‘El callejón de Cervantes’ trata de dar respuestas a las eternas preguntas sobre su creación”.No todos, sin embargo, consideran que sea la novela histórica donde mejor navegan las letras de Manrique. En especial las nuevas generaciones. Juan Álvarez es uno de ellos. Escritor, radicado en Nueva York, tiene dos novelas y 34 años, además de un extraño mérito: en 2011 hizo parte de la lista de los 25 secretos literarios mejor guardados de América Latina, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Álvarez me advierte, por correo electrónico, que ojalá no le pregunte sobre ‘El callejón de Cervantes’. No le “entusiasmó mucho”. No como otras de sus novelas. A ‘Luna latina en Manhattan’, por ejemplo, la describe como un “novelón impresionante”. Fue el primer libro que leyó del barranquillero, recién desembarcó a orillas del Hudson para estudiar en Columbia. “Tiene una trama desquiciada y al tiempo justa. Es una novela fabulosa, con f mayúscula”.Elogios similares se escuchan y se leen, en español y en inglés, de sus primeras novelas. Es el caso de ‘El cadáver de papá’, que narra el odio de un hijo por su padre (como el mismo de Manrique) y su misión de matarlo en Barranquilla. “Se me ocurrió que, para mayor impacto y ofensa, la historia de un parricidio impune debía desarrollarse en el último día de Carnaval. Quería escribir un libro sacrílego, pagano y catártico, como el carnaval mismo”, explica Jaime en el prefacio de la segunda edición. Es un texto tan crudo y tan duro, tan audaz, que la primera vez que lo envió a una editorial madrileña, el manuscrito fue rechazado por considerarlo subliterario. En Colombia no le fue mejor. Editada en los tiempos de Colcultura, algunos incluso se encargaron de quemar sus copias. El mismo Manrique cuenta que su buen amigo, el novelista Ramón Illán Bacca, escribió: “Todo, absolutamente todo, pasa en ‘El cadáver de papᒠ—excepto la guerra atómica—”.El escritor y editor barranquillero Adlai Steven, quien trabaja para la editorial La Iguana Ciega, que el año pasado reeditó esa novela, se ríe al recordar el episodio sucedido casi tres décadas atrás. “Causó conmoción en Barranquilla, sobre todo en la alta sociedad; llámala como quieras, estrato 6, estrato 8. Se sintieron atacados. Allí pasa de todo. A eso se refería Illán Bacca, a que hay situaciones sexuales complicadas, insestos, violaciones, de todo”. La novela, en fin, pudo no gustarle a todo el mundo. Pero les gustó a los que les tenía que gustar. A Severo Serduy, por ejemplo, quien la elogió. Incluso a Carmen Balcells. ¿Quién es Jaime Manrique? La oyó preguntar una tarde en Canarias, quien le pidió permiso para tomarle una foto. Pero le gustó, sobre todo, a Manuel Puig, el escritor argentino, el célebre creador de ‘El beso de la mujer araña’ y ‘Boquitas pintadas’. El mismo que, según Ricardo Piglia, marcó la narrativa argentina del post-boom. Puig no solo elogió ‘El cadáver de papᒠsino que animó a Manrique a seguir escribiendo. “Yo quería asistir a su curso, pero solo eran admitidos aquellos que el mismo Puig escogía. Así que yo le dejé mi manuscrito en la Universidad. Como a los dos o tres días me llamó. Yo trabajaba en una oficina en Wall Street, en el departamento de las cartas de negocios. Hola, soy Manuel Puig, me dijo, me gustó mucho lo que escribiste porque sale de debajo de tu epidermis, así que puedes asistir a mi clase”, recuerda Manrique.¿Revancha literaria? Tal vez. ¿Pase a las grandes ligas? Puede ser. De lo que sí está seguro Jaime es que su relación con Manuel Puig, que creció a través de los años, fue una especie de validación de su trabajo y un incentivo para continuar por ese camino que él sentía incierto. “Para entonces ya había leído ‘The Buenos Aires affair’ que fue más o menos su primera novela homosexual. Sentí que tenía permiso de escribir abiertamente de cosas homosexuales”, explica Manrique. El elogio de SontagUn día, ya no recuerda cuando, Jaime recibió una llamada en su casa de International PEN, organización creada para apoyar a los escritores y promover la libertad de expresión. “Una voz por el teléfono me dijo: Susan Sontag leyó lo que usted escribió sobre Reinaldo Arenas y le gustó mucho y quiere invitarlo a una fiesta que ofrecerá la próxima semana”.Sontag se refería a una suerte de ‘obituario’ que Manrique había escrito tras la muerte del novelista y poeta Reinaldo Arenas quien, luego de ser perseguido por el régimen cubano, había muerto de sida en 1990. “Fue muy amigo mío, vivió a la vuelta de mi casa. Fue el escritor latinoamericano con quien más contacto tenía. Así que lo que escribí fue muy íntimo, muy cercano, muy del corazón”.Ese bellísimo texto, que muchos consideran una pieza magistral, haría parte, pocos años más tarde de ‘Eminentes maricones’, uno de los libros más elogiados de Manrique. En él hace una presentación de cuatro perfiles, el de Arenas, el de Manuel Puig, el de García Lorca, y el suyo. “Es un libro recomendadísimo que todos deberían leer”, rescata Juan Fernando Merino.Después vinieron muchas novelas. No todas traducidas al español. Muchas de ellas premiadas y, sobre todo, siempre comentadas. ¿Por qué, entonces, Jaime Manrique es, para el lector de a pie, un ilustre desconocido? El director de la revista El Malpensante, Mario Jursich, admirador del talento de Manrique, asegura que ese es el precio que ha tenido que pagar un escritor que empezó a escribir en español y un buen día migró al inglés. “A los ojos de un público general, la idea de que exista un escritor colombiano que escriba en inglés es un poco exótica, y no debería ser así”. También lo atribuye al hecho de que Jaime se ha paseado por diferentes géneros desde que se inició como escritor: desde la crítica de cine y la crítica literaria, hasta cuentos, poemas, ensayos y novelas. Ahora está en la ficción histórica, y eso, dice, lo hace difícil de identificar. Han pasado cuatro días después de este encuentro y recibo un correo electrónico de Jaime Manrique para agradecer la conversación. Al final se despide y escribe “Ya estoy de regreso en Nueva York y me hace falta Cali y su gente tan linda y cálida”. No parece el mensaje de alguien que quiera escurrirse, que quiera escapar, huir. No esta vez.

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