‘High Hitler’, los Nazis y su adicción a las drogas

‘High Hitler’, los Nazis y su adicción a las drogas

Enero 29, 2017 - 12:00 a.m. Por:
Norman Ohler* Fragmento del libro ‘High Hitler’.
‘High Hitler’, los Nazis y su adicción a las drogas

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El nacionalsocialismo fue, literalmente, tóxico. Dejó al mundo un legado químico que hoy sigue afectándonos, un veneno que tardará en desaparecer. 

Aunque los nazis se las dieran de sanos y llevaran a cabo, con pompa propagandística y penas draconianas, una política antidroga ideológicamente bien apuntalada, durante el gobierno de Hitler hubo una sustancia especialmente pérfida, especialmente potente y especialmente adictiva que se convirtió en un producto de consumo popular. 

Legalmente, en comprimidos y bajo el nombre comercial de Pervitin, este producto tuvo un éxito arrollador en todos los rincones del imperio alemán durante la década de 1930 y, más tarde, también en la Europa ocupada, y se convirtió en una «droga popular» socialmente aceptada y disponible en cualquier farmacia.

Solo a partir de 1939 se sirvió bajo prescripción médica y en 1941 fue finalmente sometida a las disposiciones de la Ley del Opio del Reich.

Su ingrediente, la metanfetamina, es actualmente una sustancia ilegal o está estrictamente reglamentada,  pero sus cerca de cien millones de consumidores la convierten en uno de los tóxicos más apreciados de nuestro tiempo, y la tendencia va al alza.

 Se elabora en laboratorios clandestinos, a menudo por químicos aficionados, generalmente adulterada y es popularmente conocida como crystal meth.

La forma cristalina de la denominada «droga del horror» disfruta —en dosis frecuentemente elevadas y generalmente por vía nasal— de una insospechada popularidad precisamente también en Alemania, donde cada vez hay más consumidores primerizos. 

Este estimulante, cuyo chute es peligrosamente intenso, se consume como droga de ocio o para aumentar el rendimiento en oficinas, parlamentos y universidades.

Quita el sueño y el hambre y promete euforia, pero es, sobre todo en su forma farmacéutica actual, una droga nociva, potencialmente destructiva y capaz de crear adicción a pasos acelerados. Prácticamente nadie conoce su ascenso en el III Reich.

Breaking Bad: la cocina de la droga

Búsqueda de huellas en el siglo XXI. Bajo un cielo estival despejado que se extiende sobre instalaciones industriales e hileras de edificios clónicos de nueva construcción, viajo en el tranvía por las afueras de Berlín en dirección sureste.

 Para visitar las ruinas de los laboratorios Temmler, el antiguo fabricante de la pervitina, tengo que apearme en el barrio de Adlershof, llamado hoy «el parque tecnológico más moderno de Alemania».

 Abandono esta especie de campus universitario y, rodeado de fábricas en ruinas, atravieso tierra de nadie urbana para adentrarme en un páramo de ladrillo desmoronado y acero oxidado.

Los laboratorios Temmler se establecieron aquí en 1931. Un año después, cuando Albert Mendel, copropietario judío de la Chemische Fabrik Tempelhof, fue expropiado, Temmler se hizo cargo de la parte de Mendel y comenzó su rápida expansión. Corrían buenos tiempos para las empresas químicas alemanas —como mínimo para las arias de pura cepa— y el sector farmacéutico vivía una época floreciente.

Se buscaban sin descanso sustancias nuevas y revolucionarias que aliviaran al hombre moderno de sus dolencias y lo distrajeran de sus preocupaciones. En los laboratorios se llevaron a cabo muchos experimentos y se fijaron unos rumbos farmacológicos que hoy siguen marcando la metodología del sector.

De la antigua fábrica de medicamentos Temmler en Berlín-Johannisthal solo se conservan las ruinas. Nada recuerda ya su próspero pasado, cuando entre sus paredes se prensaban millones de comprimidos de pervitina al día. El recinto empresarial está en desuso, es terreno baldío. 

Atravieso un aparcamiento abandonado, me adentro en un bosquecillo de maleza y sorteo un muro sobre el que todavía hay pegados trozos de vidrio para disuadir a los intrusos. Entre helechos y matojos se alza una vieja construcción de madera que recuerda a la típica casa de la bruja de los cuentos infantiles, pero que en realidad fue el germen de la firma fundada por Theodor Temmler.

Detrás de un frondoso aliso sobresale una construcción de ladrillo, también abandonada. Tiene una ventana rota, lo suficiente para que

pueda entrar por ella. Un pasillo largo y oscuro atraviesa el interior del edificio, cuyas paredes y techos están invadidos por el moho y el fango. 

Al fondo hay una puerta medio abierta de color verde claro llena de desconchones. Detrás de ella, a la derecha, la luz del día penetra a través de dos vidrieras emplomadas industriales, totalmente reventadas. En el exterior, la vegetación es exuberante, y dentro reina el vacío. En un rincón hay un nido de aves abandonado. Las paredes están revestidas con azulejos blancos, en parte descascarillados, que llegan hasta el techo, alto, provisto de orificios circulares de extracción.

Estos muros albergaron en su día el laboratorio del doctor Fritz Hauschild, jefe de Farmacología de Temmler entre 1937 y 1941 y buscador de un nuevo tipo de medicamento, una «sustancia potenciadora del rendimiento». Esta es la cocina de la droga del III Reich.

Aquí, entre crisoles de porcelana, espirales de condensación y enfriadores de vidrio, los químicos elaboraban una mercancía purísima. Las tapas de los barrigudos matraces de ebullición repiqueteaban y despedían con un silbido constante un vapor caliente de color rojo y amarillo, mientras las emulsiones chasqueaban y las manos de los químicos enfundadas en guantes blancos regulaban los percoladores.

Nacía la metanfetamina. Y lo hacía con una calidad que ni en sus mejores momentos consigue el propio Walter White, el cocinero de drogas de ‘Breaking Bad’, la serie de televisión estadounidense que ha hecho del crystal meth un símbolo de nuestro tiempo.

*Norman Ohler, autor de ‘High Hotler’, estudió periodismo en la Universidad de Hamburgo y cursó estudios de ciencias culturales y filosofía. Es autor de novelas, ha sido corresponsal en Ramallah, Palestina, y ha escrito guiones cinematrográficos. ‘High Hitler’ es su primera obra de no ficción, resultado de una investigación de cinco años en archivos alemanes y estadounidenses.

 

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