Héctor Lavoe, el cantante que hoy has venido a escuchar

Junio 25, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros ?Periodista de Gaceta
Héctor Lavoe, el cantante que hoy has venido a escuchar

Una imagen memorable del concierto ofrecido por Piper Pimienta, Héctor Lavoe e Ismael Rivera en Cali.

Muchacho, esta carta es para vos. Para vos que, seguro, no conocés la historia de Héctor Lavoe, ese ídolo de la salsa que gozó y lloró en Cali y que compuso dos de sus mejores canciones en esta ciudad.

Año 77. Ya hubiese querido verte parado ahí, muchacho, en ese Coliseo Evangelista Mora a reventar. Aquel concierto, aquel esperado concierto, ocurrió una noche de sábado. Eso cuentan los que asistieron. Era la primera vez que Héctor Lavoe cantaba en Cali y el entusiasmo que provocaba su pregón parecía medible en la escala de Richter. No hacía mucho, un año atrás, había llegado a manos de coleccionistas y melómanos ‘De tí depende’, ese álbum genial del sello Fania en el que el hombre que ‘podía cantar debajo del agua’ convertía un ‘Periódico de ayer’ en gran acontecimiento. De seguro has escuchado esa canción. Es un temazo. Un clásico de la salsa, pelao.Vinieron a divertirse y pagaron en la puerta. Ocho mil personas. Con tal cantidad de gente dentro daba la impresión de que ese coliseo no vibraba por tanto peso, latía. Héctor tenía 31 años, 12 álbumes a cuestas, un pasado memorable junto a Willie Colón y una voz poderosa que le regalaba a la salsa dura la promesa de que la clave y el soneo tendrían larga vida. Y éxitos, Héctor Lavoe también tenía aquí muchos éxitos. Casi tantos como los que puede acumular ahora uno de esos cantantes de reggaetón o de vallenato llorón que solés escuchar en tu iPhone. Esos que derraman su mala voz sin mayor escrúpulo ni rigor. Me disculparás, pero eso pienso.Esto de lo que yo te hablo —te escribo— es otra cosa. Oro en polvo, muchacho. Los de Lavoe no eran éxitos efímeros, ya vas a ver. Esta historia sucedió en la Cali setentera. Una que ya se extinguió y que te toca buscar en el recuerdo empolvado de tus papás y tus tíos: la de los ‘grilles’, la de Cabo Rojeño, la Costeñita y Los Ahijados. Ellos te contarán que la rumba brava era en el centro, en plena Carrera Octava. Los pelaos como vos agitaban a gran velocidad sus pantalones de terlenca desde que descubrieron el milagro musical de hacer girar sus Lp de 33 revoluciones —sus pastas, como ellos los llamaban con cariño— en 45. Y ese Lavoe del que te hablo a veces también sonaba así, frenético: “...Aguanile, aguanile mai mai”.La suya era, pues, una voz hospitalaria para esta ciudad. Aquí, mucho antes de ese concierto en el Evangelista, el negro ‘Watussi’ ya bailaba en los ‘aguaelulos’ Che Che Colé, Barrunto, El Todopoderoso y Asalto Navideño, y muchos otros caleños entonaban Calle Luna, Calle Sol. Era la época en que un pelado como vos, digamos de 15 ó 18 años, uno de barrio popular, claro, entendía bien a qué se refería ‘el rey del pregón’ cuando cantaba —escoltado con los trombones alucinantes de Willie— eso de que “en los barrios de guapo no se vive tranquilo, mide bien tus palabras o no vales ni un tiro”...Pero te hablaba del concierto, de ese esperado concierto. Héctor saltó al escenario en aquella primera presentación mucho después de la hora pactada. Rayando casi la media noche, cuando el público era ya un amasijo de espera y de ansiedad. No hay tiempo para tristeza, vamos cantante, comienza...Sucedía siempre; era su estilo. Y Cali, como Nueva York y San Juan, entendió que quien le cantaba era nada más y nada menos que ‘el rey de la puntualidad’. Era un defecto que él justificaba con gracia: “No es que yo llegue tarde, es que ustedes llegan muy temprano”. El hombre llevaba en sus manos unas maracas, quizás el único instrumento que interpretaba en público; vestía de traje verde y de chaleco. Y lucía flaquísimo, como vos seguro lo habrás visto en tantas fotos viejas y videos. Apareció frente a todos, seguro, firme, decidido. Entre estrofa y estrofa bebía sorbos largos de aguardiente, mientras el sudor del cuerpo se le escurría por todos lados. Cantó “sin esfuerzo, sobrado”, como lo recuerda ahora y lo ha documentado muchas veces el escritor Umberto Valverde. “Era Lavoe en persona, los caleños no lo podíamos creer”. Pero sucedió, muchacho: esa noche de 1977 Lavoe se enteró de que en Cali, en esta ciudad fundada al pie de una cordillera, su música despertaba devoción: él era el cantante al que todos habían ido a escuchar. Él, Héctor Lavoe, era el cantante, muy popular donde quiera. Nadie quería que su show acabara; en Cali, él no era otro humano cualquiera.Por eso la idea de esta carta. Te escribo a vos. Sí, a vos. Que no sé cómo te llamás. Sos uno de esos muchachos que hoy veo caminar, morral al hombro, por la calle o viajando en MIO, siempre atado a alguno de tus apéndices electrónicos. A veces a unos ‘beats’, esos audífonos enormes que prometen hacerte escuchar casi cada pieza del sonido. Me cuentan que la sensación que producen es de encierro total. Lo que suceda y se escuche de audífonos para afuera, no importa. Esa, dicen, es la gracia. Qué hubiera dado un pelado de la Cali de los 70 o de los 80 por tener uno de esos. ¿Te imaginás? Contar con unos ‘beats’ y escuchar fielmente cómo Ray Barreto castigaba el cuero de sus congas; los ‘rebateos’ felices de Ismael Rivera; el bajo de Bobby Valentín; la flauta de Johnny Pacheco; el cuatro de Yumo Toro, el piano de Richie Ray...Eran otros tiempos. Muchos de esos artistas sonaron en vivo para Cali. La culpa fue de un tal César Araque, al que todos llamaban Larry Landa; el ‘man’ fundó una discoteca de culto en Juanchito, Juan Pachanga, y le devolvió a ese corregimiento de Candelaria la magia de sus antiguos carnavales. Además del Hotel Petecuy y el salón Las Vallas, allá, en Juan Pachanga, fueron la mayoría de las presentaciones de Héctor Lavoe todas las veces en que visitó Cali, por si un día te lo preguntan, pelao. Lo cuenta Alfredito de la Fe, un violinista virtuoso que terminó extraviado en la salsa. Él cargaba la responsabilidad de sostener musicalmente la orquesta del lugar, por la que habían pasado ya Joe Cuba, Pete ‘el conde’ Rodríguez y Andy Montañez. Un día, de labios de Larry, supo que el cantante de los cantantes haría parte del grupo. Cantaría junto a una nómina de lujo: el ‘chiqui Zúñiga en el piano; ‘Pichiliro’ en los timbales y Adolfo Castro en la trompeta. Lavoe había decidido huir de Nueva York para alejarse de la heroína. Todos lo creían un adicto irredento. La capital del Valle, le habían dicho en Nueva York, era un buen lugar para enderezar el camino y hacia 1983 llegó con deseos de quedarse largo rato. Lo recibió esa Cali que se escribía casi siempre enseguida de la palabra narco. Esa Cali que había aprendido a dopar el sentido de la ética. La del dinero fácil, donde en vez de un sol amanece un dólar, diría Blades. Esa, seguro, no era la sucursal del cielo. Al menos no para Héctor Lavoe.Al final, fueron solo seis meses en los que dormía todo el día y salía en las noches. Seis meses de odios y amores con Landa. Fue una relación siempre al límite: Héctor era la voz que a Larry daba dinero. Larry era el señor de los contactos que le aseguraba al cantante conciertos por el mundo.Lavoe vivió inicialmente en el piso 15 de la Torre Aristi; Carrera 9 con 10. Pero los buenos propósitos “del hijo de Panchita, la que cantaba en los entierros, y de Luis, el que amansaba las guitarras” —como escribió el poeta Jorge García Usta— se desvanecieron rápido. En ese hotel quiso una mañana quitarse la vida atándose el cordón de una persiana al cuello para luego saltar al vacío. Lavoe acechó siempre a la muerte, a lo Janis Joplin, a lo Kurt Cobain. Fue entonces cuando Alfredito de la Fe decidió llevarlo a vivir consigo a su apartamento de la Autopista Sur con 52, donde Héctor escribiría ‘Juanito alimaña’ y ‘Triste y vacía’, dos de los himnos salseros de su discografía.El violinista intuyó, con buen juicio, que el mal de Lavoe no eran las drogas. Estaba en realidad enfermo de una insaciable soledad, que años más tarde se agudizaría con la noticia del asesinato de su suegra, madre de la ‘Puchi’, el amor de su vida; la muerte temprana de Tito, uno de sus hijos, y una enfermedad que se regaba como plaga, el sida. Pero eso sucedió mucho después. Antes de que perdiera su contienda estéril con la fatalidad, Lavoe, como su canción, siguió siendo tristeza y sonrisa pagada, muchacho.El abogado Miguel Yusti, compañero de rumba durante sus años en Colombia, dice sin remilgos que quizás Héctor Lavoe sea “el único cantante al que no le gustaba cantar. Lo hacía porque se lo pedían, pero no porque lo disfrutara”.Fue el mismo pálpito que Celia Cruz le confesó a Valverde, el escritor, tras un concierto en Barranquilla: “Héctor no sabe lo que vale y es. No sabe quién es él”. Tal vez el propio Lavoe intuía su naufragio cada vez que cantaba esa línea gozona de El Todopoderoso: “cada cabeza es un mundo”... Y el suyo, ya lo has notado, estaba lleno de nubarrones y fantasmas. No te sorprendas si te cuento que alguna vez, Alfredo de la Fe lo sorprendió casi al punto de acabar con su casa pues buscaba a un hombre gigante que, según Lavoe, andaba con una ametralladora dispuesto a matarlo.“Otro día, en Juan Pachanga, —cuenta también De la Fe— escuché un escándalo en la puerta; el portero discutía con alguien. El problema era un tipo que quería entrar sin zapatos a la discoteca. Ese tipo era nada menos que Héctor Lavoe y a mi me tocó mediar en el asunto. El lugar estaba a reventar y, a pesar de eso, él se negaba a cantar. Me costó convencerlo. Sólo aceptó empezar el show si no lo obligaba a mirar a nadie”.No hubo de otra: lo que el público vio esa noche fue un hombre sentado en el piso, ya con zapatos, que después de poner su cara en medio de las rodillas, cual nene consentido, comenzó a cantar. Ya lo ves, pelao, ese al que todos llamaron El cantante de los cantantes, La Voz, El Sabio, era una astilla casi siempre a punto de quebrarse... de “momentos malos y de cosas buenas”. De esas se acuerda Yusti. Emocionado, habla de una amanecida en Santander de Qulichao, Cauca, donde Héctor la noche anterior se había presentado en una discoteca. “Aún con traguitos en la cabeza nos fuimos en un jeep para la plaza y, aprovechando que estábamos en época electoral, comenzamos a pregonar por un megáfono que votaran por Lavoe para alcalde. Héctor se prestó para el juego y comenzó a sonear, de pie sobre el carro. Al final, se armó una rumba tremenda en ese pueblo de negros.” También se acuerda el escritor y periodista Medardo Arias, quien vivió junto al ‘rey de la puntualidad’ una escena memorable en Buenaventura, cuando Lavoe se presentaría por primera vez. El coliseo del Puerto era un hervidero de gente y se quedó corto para la gran cantidad de boletas que se habían impreso. Justamente los que aguardaban por un cupo, tiquete en mano, armaron un zaperoco de padre y señor mío. Al final, presas de la decepción de no poder ver al ídolo salsero, no hallaron más remedio, recuerda Medardo, que cargar un tronco de madera para derribar la puerta. Adentro, la euforia era total: “Lavoe arrancó con las líneas de ‘Calle luna, calle sol’ y fue como si en ese momento comenzara un temblor de tierra”.¿Hoy sería posible repetir la hazaña? Algunos lo dudan, muchacho. Los pesimistas creen que jóvenes como vos han perdido la clave. Ahora abuchean a Rubén Blades, como ocurrió en su concierto reciente de Cali, en 2010. Se preguntan dónde estará la melodía, como en la canción de Henry Fiol. Pero yo tengo fe: seguro, con todo esto que te he contado, le darás a Héctor Lavoe un chance en tus ‘beats’. Este es el cantante que hoy has venido a escuchar.

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