"Hay que bailar tanto dolor": Yuri Buenaventura

"Hay que bailar tanto dolor": Yuri Buenaventura

Enero 28, 2017 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara, enviada especial de El País al Hay Festival de Cartagena

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El Yuri que cantó en el concierto de apertura del Hay Festival de Cartagena, tenía ganas de hablar. Y habló, entre bolero y bolero, entre salsa y tango, sobre un pueblo de la frontera entre Francia y Alemania que fue arrasado de la faz de la tierra durante la Primera Guerra Mundial, y que ni siquiera terminaba de reponerse cuando sufrió de nuevo todo el ensañamiento de la Segunda Guerra Mundial.

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Cuenta Yuri que a los habitantes de este pueblo, hoy en día, les llaman “los silentes”, porque de sus rostros no se han borrado las huellas del oprobio y el silencio austero se convirtió, para ellos, en una forma de vida y un hábito.

Han pasado varias generaciones y, sin embargo, esta gente no volvió a sonreír, sus rostros permanecieron adustos, la herida que les borró la alegría se transmitió de abuelos a padres, y de padres e hijos. Y aquí vamos, en pleno siglo XXI, sin recobrar la risa ni el bullicio.

Y entretanto, muy lejos de allí, en un país llamado Colombia, sobreabundan las heridas que dejaron más de 50 años de enquistada violencia. Secuestros, atentados, magnicidios, familias destrozadas, masacres de crueldad inenarrable, la historia ya la sabemos…

Yuri, con el rostro bañado en sudor tras haber bailado y saltado frenético en el escenario, se detiene un segundo ante el micrófono, frente a su público atónito, y concluye: “Un país que es capaz de seguir bailando a pesar de todo esto, es un país capaz de sanar. Un país que puede bailarse su tragedia, tiene esperanza; un país que es capaz de dejar las gotas de su sudor regado por las baldosas, tiene qué poder exorcizar las heridas más profundas”. 

Colombia es ese país que aún sonríe, que no ha dejado de bailar, y que incluso puede convertir en salsa la historia de un secuestro. Yuri entonó aquella canción inspirada en una carta que un esposo secuestrado le envía a su esposa desde el cautiverio: ‘No estoy contigo’.

“Dónde estarás, mirando alguna estrella, o estarás pensando en mí, tendrás hambre, tendrás frío amor… quiero estar contigo. Es que a alguien le dijiste que te gustan los domingos y salir a caminar, sola conmigo, que secuestraron nuestro amor y los sueños que construimos, que te cansaste de esta guerra donde tú y yo hemos sufrido. Tienes miedo, perdóname mi amor, no estoy contigo…”.

De pie, bailando todos, bailando la tragedia, las lágrimas de los presentes corrían mientras Yuri Buenaventura operaba algún extraño rito de exorcismo musical que nos hizo creer -a todos los presentes- que es posible bailarse los dolores, no solo ponerles palabras sino, ¿por qué no?, también movimientos de cadera y frenesí de hombros y pies.

Yuri interpretó varios boleros, uno más doloroso que el otro, hasta abrir con escalpelo el alma de aquella masa de ‘bailantes’ anónimos para cantarle a los dolores más escondidos: “Pudiste haber parado a tiempo y decirme, mira niño, es un juego y nada más”, y culminar en un coro cantado entre cientos: “Fue un juego y nada más”. “Fue un juego y nada más”. “Fue un juego y nada más”. Como un mantra, fórmula sagrada en sánscrito veda, solo que esta vez  en español con acentos salseros.

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Las sonoridades del Pacífico fueron otras protagonistas de la noche con la presencia en la marimba de Esteban Copete, y con un repertorio que rindió homenaje al sabor del chontaduro, la piangua y tantos ricos referentes que dejaron algo claro: la próxima gran cantera de sonoridades, sensaciones y sabores por descubrir está en el Pacífico colombiano.

Yuri cerró la noche a la manera soñada por muchos cuando entonó ‘Ne me quitte pas’, ese himno de Francia que inmortalizó Edith Piaff, convertido por él en una salsa memorable. “No te vayas, Yuri, no te vayas más”, gritó su público enardecido.

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