Gonçalo Tavares, la revelación de la literatura portuguesa

Enero 17, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Por Catalina Villa | Editora de GACETA
Gonçalo Tavares, la revelación de la literatura portuguesa

'El barrio', editado por Sex Barral.

Su estilo breve, conciso, pero a la vez delirante, ha llevado a considerar a Gonçalo Tavares como la revelación más original de la literatura portuguesa. Autor de ‘El barrio’ y ‘Un viaje a la India’, entre otros, él es uno de los invitados a la fiesta literaria de Cartagena, el próximo sábado 30 de enero.

Quien empiece a leer ‘El barrio’ muy pronto notará que se trata de un libro, cuando menos, extraño. Basta sumergirse en sus primeras páginas para encontrarse con un señor muy chiquitito, el señor Valery, un hombre que solo toca las cosas que están a su izquierda con su mano izquierda y las cosas que están a su derecha con su mano derecha. Luego aparece el señor Henri, un bebedor compulsivo de absenta  quien — para confundirnos más— asegura que un peine puede cambiar la personalidad de quien lo usa. A ese vecindario, que en principio sospechamos se trata de un juego, se suman de a poco otros señores:  el señor Brecht y el señor Juarroz y el señor Walser y otra serie de hombres muy particulares que habitan un barrio, ‘El barrio’. Entonces las cosas parecen no aclararse mucho más. 

Sin embargo, amigo lector, si usted empieza a leer ‘El barrio’ y nota que todo lo que allí sucede es una rareza, la recomendación es que no se detenga. Es el mismo autor quien ha querido que así sea, jugando --como suele hacerlo-- a “mezclar la imaginación delirante con la racionalidad extrema”.

Su nombre es Gonçalo Tavares, tiene 45 años y alguna vez quiso ser matemático y futbolista. Y si hasta ahora no había escuchado de él, más vale que lo tenga presente. Tildado desde hace un par de años como  ‘el nuevo nombre más rutilante de las letras portuguesas’, Tavares encabeza el pelotón de la nueva generación de escritores lusos posterior a José Saramago y António Lobo Antunes.

En 2010, Tavares fue galardonado con el premio al mejor libro extranjero en Francia con ‘Aprender a rezar en la era de la técnica’. Desde entonces sus libros han sido traducidos a más de 15 idiomas. En España el escritor Enrique Vila-Matas lo ha llamado “la revelación más original de la literatura portuguesa”. 

Pero ¿qué es lo que ha maravillado tanto de su literatura? Para Jerónimo Pizarro, profesor especialista en literatura portuguesa de la Universidad de Los Andes,  la obra de Gonçalo M. Tavares surgió como el primer gran proyecto literario del siglo XXI en Portugal. “Paulatinamente, Tavares fue publicando a diferentes “señores” --aquellos que pueblan ‘El Barrio’ y que evocan a grandes escritores de la modernidad-- y se convirtió casi en un mito”, dice. En ese sentido, cree que la acogida que ha tenido su obra se debe a que “por un lado, existía un deseo de apropiación de la tradición literaria occidental (los señores se llaman Valéry, Walser, Calvino, Breton, Kraus, Eliot, etc.); por otro, una búsqueda ardua de concisión, de brevedad, de condensación, como si todos esos libros pudieran, un día, formar un único libro --lo que sucedió, justamente, poco después. Tavares nos invita a visitar su barrio que es, en el fondo, su mundo”.

Pero a este hijo de un ingeniero militar y una matemática, la fama parece importarle poco. Por el contrario, fiel a su metodología en la que el tiempo es el encargado de depurar sus ideas, se toma entre tres y hasta ocho años en publicar algo ya escrito y se deleita con la idea de poder lograr que el lector se detenga por momentos a reflexionar, en medio de un mundo acelerado. 

Gonçalo,   ¿que lo hizo desistir de la idea de ser matemático? 

Mi padre es ingeniero y mi madre matemática, quizá por eso siempre me gustaron las matemáticas. Pero al final me incliné por la escritura. Y hoy,  aunque la matemática directa no está presente en mis libros, la lógica  matemática si está muy presente. Un ejemplo es el de los libros de ‘El Barrio’, que es un conjunto de homenajes a escritores, pero en ficción. Por ejemplo el Señor Valery y el Señor Calvino, dos habitantes de ese barrio, tienen mucho de las relaciones geométricas. Se trata de unos libros que tienen el pensamiento de la matemática mezclado con la literatura. A mí me gustan la racionalidad y el delirio; la mezcla entre la imaginación delirante y la racionalidad extrema. 

El siglo XX portugués ha sido descrito como un siglo de oro en términos literarios, y la literatura portuguesa alcanza un apogeo en 1988 cuando Saramago recibe el Premio Nobel. ¿Qué significó empezar a escribir justo en ese momento?  

Yo solo publiqué mi primer libro en el 2001. Siempre me tomo mucho tiempo para publicar. Había escrito mucho antes, pero en general nunca pensé en términos de tomar otro camino distinto a la literatura portuguesa más contemporánea. Además, mi lectura de formación ha ido mucho más allá de la literatura portuguesa, empezando por los clásicos y autores muy distintos. Podría decir que mi literatura nunca ha escrito contra algo, más siempre a favor de algo. Tengo un entusiasmo positivo con relación a la literatura. Ahora, pienso que la literatura portuguesa con Saramago y otros escritores ha tenido un nivel muy bueno y hoy hay una continuidad en eso, pero con diferencia de estilos e intereses. Yo mismo tengo otros mundos distintos.

Usted nació en Angola, cuando la colonia portuguesa llegaba a su fin. ¿Tuvo esto alguna influencia?

Casi nada. Esta fue apenas una circunstancia geográfica esporádica. Mis padres son portugueses, un ingeniero militar que construyó un puente en Angola junto con mi madre. Allí estuvimos solo 4 años. En realidad no tengo ninguna relación con Angola, así que mi cultura es toda portuguesa. Lo que sí es cierto es que la generación anterior a la mía, la de mis padres, estuvo marcada por la guerra colonial, pero yo no siento tanto eso. Creo que hoy los escritores portugueses estamos más cerca de los dolores europeos. 

Justamente a su generación, a los hijos de la revolución del 74, se les aplaude la riqueza de estilo y la necesidad de experimentar nuevos caminos, pero también se les critica no estar comprometidos con la realidad social de su país…

Me parece que la literatura no tiene que ser un relato periodístico. No me gusta escribir directamente sobre lo que está sucediendo, porque me parece que la literatura es otra cosa. Sin embargo, lo que está sucediendo en un momento dado siempre es semejante a lo que ha sucedido  décadas atrás. El terrorismo, por ejemplo, es algo cíclico, hemos tenido otros terrorismos distintos a los que vivimos ahora. Las migraciones que ahora son un problema de Europa son muy antiguas también, se dieron en otros tiempos. Lo que me parece importante aquí es mantener la calma. No pensar que es algo que nos va a llevar al fin, porque ese desespero es el que hace que tomemos decisiones erradas en cuanto a, por ejemplo, las nuevas leyes.  Debido a la crisis económica, por ejemplo, en siete años las leyes han cambiado de tal forma que, cuando regresemos a una Europa que no está en crisis, será muy difícil reversar esa leyes que van en detrimento de las personas. El terrorismo también deja marcas fuertes en las leyes. Lo vemos con las libertades individuales que han sido  restringidas por la seguridad colectiva, y eso es una lástima porque esas leyes de mayor control del Estado sobre el individuo serán muy difíciles de reversar. 

Uno de sus sellos personales es dejar que el tiempo decante sus ideas. Pueden pasar años entre su escritura y la publicación de sus libros... 

 En mi caso el momento de publicación y el momento de escritura tienen una diferencia muy larga, como mínimo 2 o 3 años, pero han pasado hasta 8 años. Luego de que los escribo, dejo los libros guardados como si fueran un organismo. Espero entonces a que  ese organismo deje caer la hojas pobres, secas, la parte de la carne que no es necesaria. Un poco como si  el tiempo se encargara de hacer una selección. Luego, cuando años después regreso al libro, lo corto  sin ninguna piedad. Para mi ese tiempo es imprescindible porque es la única forma de conseguir que un libro se decante. Yo me olvido por completo del libro que escribí y cuando retorno a él lo hago con un sentido crítico muy activo. Esa es mi metodología, nunca publico algo que acabo de escribir.

¿Qué tanto cambia?

Lo esencial es que va quedando cada vez más corto. Aunque parece un poco demente, lo que escribo inicialmente en 500 páginas termina reducido a 200 páginas. Eso es trabajar para condensar y sintetizar. Por eso me agrada tanto la idea de que el tiempo es necesario para lograr el poder de la síntesis. 

En los países de habla hispana ‘El barrio’ fue publicado completo, es decir el compendio de las historias de los ‘señores’. Sin embargo, originalmente fueron publicados en Portugal como libros independientes. Cuando usted empezó a escribirlos ¿tenía ya en mente que podrían ser un conjunto?

Fue a partir del tercer libro que pensé en la idea del barrio. Un barrio que está conectado y en el que las personas se cruzan unas con otras. Por tanto para mí el barrio es un proyecto de una comunidad utópica de personajes ficticios muy raros que se cruzan en pensamientos raros. Hoy, sin embargo, sigo haciendo la advertencia de que es mejor leer un señor, hacer un pequeño intervalo, y luego el otro, y así, porque no se trata de una novela. Hay que dejar tiempo para la reflexión.

Se trata de un libro que, en principio, parece un juego, con todo y sus dibujos. Luego se torna complejo. Esa pausa de la que usted habla es casi que necesaria…

Son  libros de doble faz: parecen muy simples, muy directos, pero tienen una carga de filosofía y de reflexión muy fuerte. Por eso me impresiona las adaptaciones que han hecho con el barrio aquí en Portugal, es impresionante. En teatro, clases de filosofía, para el cine, en fin… me interesa mucho que mi libro se puede constituir como un estímulo para otras creaciones. Además, el barrio es un libro que puede ser leído por niños o por avezados lectores que leen textos más complejos. Me gusta la idea de los libros con muchas capas, que no tienen una interpretación única.

No solo en ‘El barrio’ experimentó con el estilo. También en ‘Un viaje a la India’ optó por la prosa; un libro del que, además, ha dicho que se puede empezar a leer en cualquier página…

Me gusta la idea de que la gente que abre el libro en la página 70 o en la 96 encuentre algo fuerte para recibir; que no necesite una especie de causalidad narrativa. Soy un convencido de que la unidad esencial de la literatura es la frase, y yo intento que cada frase tenga cierta intensidad. Si tienes algo para decir, debes abrir una frase. Cuando no tienes nada más que decir, debes cerrar esa frase. La frase es un paso sagrado. Por eso, no importa donde empiezas a leer, allí habrá algo que recibir.

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