Ginebra, tierra del 'Mono' Núñez y de la utopía

Mayo 29, 2017 - 11:55 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Reportero de Gaceta
Mono núñez

Integrante del Cuarteto León Cardona, Representantes de Bogotá en la Categoría Instrumental. C

Bernardo Peña / El País


Fue en 1975 por un asunto pasional: un grupo de hombres y mujeres de ese pueblo minúsculo que solía — que suele - escuchar las resonancias de un tiple y una guitarra como la música natural del mundo, decidieron crear un festival.

Es posible que inicialmente no hayan usado esa palabra y que sencillamente se hubieran reunido en el centro de Ginebra a ver y a escuchar a campesinos elementales y virtuosos interpretar pasillos como ‘Patasdilo’, ‘Desde Lejos’, ‘El Cucarrón’, mientras las botellas de ron o aguardiente o vino pasaban de mano en mano y otro pequeño grupo de virtuosos decidían quién había hecho sonar mejor el tiple y la bandola.

Es posible que haya sido así, en esos términos provincianos y románticos: un asunto pasional de un pueblo amante de bambucos y pasillos y torbellinos y sanjuaneros. Es posible, también, que nadie previera que cuatro años después el aula máxima del Colegio La Inmaculada no pudiera albergar tanta pasión y los obligara a llevar a los músicos al Teatro San Jorge. Sin duda, nadie previó tampoco que en 1986 centenares de turistas protestarían por no conseguir boletas para ingresar al teatro.

Y otra cosa es cierta: nadie imaginó en aquel año de 1975 que esa fiesta que luego llevaría el nombre del músico más ilustre del pueblo —Benigno ‘El Mono’ Núñez — se convertiría en la cita musical más ansiada por los enamorados de la música andina.

Revolución invisible
Para un músico que interpreta cualquiera de los ritmos que surgieron en los Andes colombianos, ganarse el ‘Mono’ Núñez sería el equivalente de un escritor que se gana el premio de cuento Gabriel García Márquez. Es probable que la comparación no aclare demasiado. En fin, como quiera que sea, todos quieren ganarse el ‘Mono’ Núñez. De hecho, todos quieren cuando menos clasificar al ‘Mono’ Núñez.

“Tiene que ver con el prestigio, ganarse este premio significa estar en la élite de los intérpretes de música andina. El que se gana ‘El Mono’ es por definición un músico del más alto nivel”, dice Julián Salcedo, expresidente de Funmúsica, organización encargada de la producción del Festival.

Con el premio, además, vienen otras cosas: ya se puede cobrar más por cada concierto, el Ministerio de Cultura apadrina a los ganadores para realizar giras internacionales, se adquiere una mayor visibilidad en el gremio y eso sin contar con el dinero que entrega el Festival a los ganadores de los premios más importantes, que es $8 millones.
“Sin embargo, hay algo que sí tengo que decir con mucha tristeza. Ganarse el ‘Mono’, así como ganarse cualquier otro concurso de música colombiana, no significa nada en términos de la posibilidad de firmar un contrato con una disquera, o algo parecido”, dice Salcedo.

No. Para seguir con la comparación, el escritor que se gana el García Márquez muy probablemente adquirirá un contrato con alguna editorial. Al ganador de ‘El Mono’ muy probablemente no lo llamará ninguna casa disquera.

El asunto, dice Ricardo Navarro, profesor universitario de música especializado en ritmos andinos, es de fondo.
Se trata básicamente de que la música andina no tiene visibilidad en los medios radiales, es decir, no aparece en las emisoras. “Si no sale en la radio, entonces poca gente la oye, pocos se enteran de lo que se está haciendo y para una disquera no resultaría atractivo producir discos de estos ritmos, porque muy poca gente los compraría. Es un problema de visibilización cultural: esta música no aparece en los medios. La verdad es que los ritmos andinos perviven gracias casi que exclusivamente a los festivales”, continúa Navarro.

Julián Salcedo va un poco más allá y dice que lo que falta es una voluntad por parte de los medios de comunicación que tienen el prejuicio de que la música andina no puede llegar a ser comercial. “Se tiene la idea falsa de que esta música es solo ‘Pueblito Viejo’, Garzón y Collazos y esos sonidos que hacen parte de las primeras canciones populares de la música andina. Pero no es así, lo que ahora se está viviendo es toda una revolución al interior de estos géneros, que la están haciendo los jóvenes, sobre todo”, dice Salcedo.

Es bastante elocuente el hecho de que en los últimos años los ganadores del Festival sean músicos cuyas edades están en un promedio de 24 años y que, además, están reinterpretando con sonidos que pueden considerarse más modernos las obras más emblemáticas de la música andina.

Entre esos talentos pueden contarse Mauricio Arcila, del dúo ‘Cafecito y Caña’, que tiene 21 años y el año pasado ganó el Gran Premio Vocal en el concurso; Jessica Jaramillo, ganadora del mismo premio y el grupo Amaretto, caracterizado por incluir dentro de los instrumentos el vibráfono.

Beatriz Arellano, la reconocida cantante que ha tenido una carrera excepcional dentro de los músicos dedicados a los ritmos andinos, comparte la visión de Salcedo y de Navarro. Arellano afirma también que lo que se está viviendo en estos momentos es una revolución de la cultura musical colombiana, pero una revolución invisibilizada.

“Basta escuchar a un grupo como ‘Juglares’, o como ‘Amaretto Ensamble’, para comprender de una vez que esta música se está reinventando, que los jóvenes se están negando a dejar que los pasillos y los bambucos se pierdan, pero asímismo, los están reinterpretando, los están modernizando. Hay puristas que denostan lo anterior, pero esas revoluciones no se pueden parar, están sucediendo. La pregunta es, ¿cuándo los medios radiales, la televisión y los grandes productores musicales van a poner sus ojos en estos talentos? Es muy triste porque en todos los países la cultura musical propia tiene un lugar preponderante incluso en la industria, pero en Colombia no...”, concluye Arellano.

Un asunto pasional
Fue en 1975 por un asunto pasional. Desde entonces la pasión no ha terminado.

Por supuesto que esa afirmación no es un descubrimiento, pues hacer música, como practicar cualquier arte, es ante todo un acto surgido de la más pura de las pasiones. En general, cuenta Julián Salcedo, los músicos que participan del Festival tiene formación académica y su nivel es bastante alto. En general, no son músicos que vivan de interpretar pasillos y bambucos y guabinas.

“No. Un músico de los que asiste al ‘Mono’ puede ensayar el lunes con el trío que interpreta pasillos, pero el miércoles toca en una banda sinfónica, el viernes se une a un grupo de rock con el que tiene un contrato en un bar y el sábado trabaja como profesor..., y así. No son Maluma, que saca una canción y vive de presentarla. No, para ellos las cosas son un poco diferentes”.

Jessica Jaramillo, por ejemplo, trabaja como cantante en el show que ofrece el Parque del Café, y también hace parte del grupo Puerto Sabana, que este año participó en el Festival de Viña del Mar.
Mauricio Arcila, ganador del Festival el año pasado, trabaja en la Universidad del Valle y actualmente está inmerso en proyectos “más comerciales” de música urbana.

Lo ideal, dicen ellos, es que pudieran vivir de hacer música colombiana, que es una de sus pasiones.  Por ahora ese ideal, que no suena tan descabellado y que de hecho suena como una aspiración apenas natural, parece estar incrustado en lo más profundo del terreno de la pasión, y de las utopías.

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