Fiesta en El Obrero: crónica de un barrio que no deja morir la rumba

Septiembre 27, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos
Fiesta en El Obrero: crónica de un barrio que no deja morir la rumba

'El cachafaz' tiene un sueño: publicar su libro autobiográfico 'Memorias del Cachafaz colombiano'.

A propósito del X Mundial de Salsa que se inicia mañana, ¿ por qué el Obrero se convirtió en el epicentro de la rumba de la ciudad? Crónica de un barrio que, pese a su industrialización, casas convertidas en fábricas, no deja morir la fiesta.

Cierta vez, cuenta  Édgar Fajardo, ‘El cachafaz’, hubo  un mano a mano de bailarines de salsa en Acapulco, plena zona de tolerancia del barrio Obrero.  Era tanta la gente en el grill, asegura, que a algunos no les quedó otro remedio que mirar desde la puerta o las ventanas mientras él bailaba con Alicia, “mi negrota”. Según los cálculos de ‘El cachafaz’, bailó durante una hora sin detenerse. Fue cuando, por los espejos de Acapulco, vio  el ingreso del negro Domingo y Pedro Cayayo, “unos acrobáticos los verracos”. Eran, junto con Carlos Valencia, los mejores en hacer tijeretas. También estaban ‘Las papito’, tres bailarinas que permanecían en la zona. Tanto ‘el negro’ Domingo como Pedro Cayayo  salieron a la pista y ‘El cachafaz’ se vio obligado a hacer lo mismo, así estuviera cansado. No se podía quedar en su mesa, dice,    porque eran tiempos en los que cada  bailarín  de Cali tenía su hinchada, así que  permanecer sentado era algo que no le hubieran perdonado nunca. Una vez inició el duelo, Domingo y Cayayo apelaron a todo su repertorio: saltos, tijeretas, ruletas. En el momento en que ‘El cachafaz’ supo que estaba siendo superado, se arriesgó con su último recurso. Parado en la punta de sus pies, abrió las manos hacia atrás y lentamente se inclinó hasta rozar el piso con su  espalda. Después, de un salto y a pesar de que las piernas le temblaban, se reincorporó mientras la gente se paraba en las mesas a aplaudir y  a gritar.   “Ahí los jodí, porque ese paso no lo había hecho nadie hasta ese momento. Me tocó hacerlo porque no me podía dejar eclipsar por esos bailarines, que eran unos monstruos,  delante de Alicia,  mi mujer. Si uno se dejaba ganar, le quitaban a la mujer. Eso me hizo un mejor bailarín. Bailar era en ese entonces una forma de conquistar y de ganarse  el respeto. Cuando uno llegaba a un sitio, por más lleno que estuviera, le hacían calle de honor”. Es viernes y ‘El Cachafaz’ está vestido de manera impecable, con un traje de paño y un sombrero que lo hacen ver idéntico a Gay Talese. En unas horas estará en la discoteca Conga donde, a pesar de sus 81 años,  trabaja como animador hasta las tres de la mañana. Mientras tanto recuerda que él es “el último bailarín de la vieja guardia de la generación del 40 aún vigente”, y   cuenta la historia del barrio Obrero, la historia   de cómo se convirtió en el epicentro de la rumba en  Cali. La zona de tolerancia, que el Concejo decretó  en 1910 y que comprendía el barrio Obrero y el  barrio Sucre,  explica ‘El Cachafaz’, se consolidó en los 40 y 50  como la  vitrina de  los bailarines.  El periodista Benhur Lozada recuerda también que el Obrero era   “colchón” entre la zona industrial y comercial, así que los empleados que salían de las fábricas y los almacenes cercanos se iban para la zona de tolerancia a echarse una canita al aire. Era a esas cantinas, además,  donde llegaba la música que después se escuchaba  en toda la ciudad.  El dato lo confirma el escritor Umberto Valverde en un ensayo inédito titulado ‘El baile en Cali, triunfo de la cultura popular’. Entre los mejores sitios del sector, recuerda  ‘El Cachafaz’,  estaban Acapulco, Lovaina, Danubio  y Siboney. A finales de los años 40 él llegaba hasta esos grilles  para ver a los bailarines en acción. “Así aprendí”. También se iba para los teatros a ver películas mexicanas o cine de rumberas, como también se le llamaba a esos musicales que sirvieron de ejemplo a los bailarines del  Obrero. “El cine fue alimento para los recientes bailarines que requerían puntos de referencia. Ahí encontraron  a María Antonieta Pons, Meche Barba, Amalia Aguilar, Ninón Sevilla y Rosa Carmina.  Las rumberas llevan el pecado encima porque bailan, muestran las piernas, mueven las caderas, convirtiéndose en ‘Diosas del Trópico’. Además, se suman los bailarines de mambo, como Resortes”, escribe Umberto Valverde. Más adelante agrega: “Miguel Ángel Barrios, ‘el Chato’, uno de los bailarines representativos de la década del cincuenta, confirma que vio la película Ritmos del Caribe ocho veces para ver a la Sonora Matancera acompañada de Amalia Aguilar”. Porque si algo caracterizó al barrio, asegura  ahora ‘El Cachafaz’, es que era ‘matancero’ a morir, algo que también se le debe a la radio. Según Umberto Valverde,  “entre 1935 y 1940 los caleños descubrieron su vocación por la música en la programación nocturna de la CMQ, Radio Progreso y Radio Habana, todas ellas de Cuba, donde se difundía al Trío Matamoros, Ignacio Piñeiro, la Sonora Matancera, la orquesta Riverside y Beny Moré. Desde años atrás, discos de 78 RPM eran traídos de los Estados Unidos bajo el rubro del comercio legal. Esta sonora mercancía llegaba desde Buenaventura  a Cali, inicialmente por la vía férrea a la estación del tren del barrio El Hoyo, que supo deleitarse con El Conjunto Boloña, el Septeto Nacional de Cuba y Los Matamoros. Más adelante llegaba a través de los marinos o embarcados que se trasladaban a Cali, especialmente a la zona de tolerancia”. Un punto importante de la historia, anota  ‘el Cachafaz’, es que los bailarines de la vieja guardia saben diferenciar muy bien un ritmo del otro, con sus pasos.  Jamás bailarán de la misma manera un mambo que una pachanga, un boogaloo o la salsa actual, no como los muchachos de ahora que todo lo bailan igual, bien sea un merengue o una canción de Héctor Lavoe.  “Si algo tiene el bailarín de vieja guardia es que baila de acuerdo a su oído, sabe qué está escuchando e improvisa según lo que esté sintiendo en el momento,  no hay nada predeterminado”, dirá también Miguel Santiago García, ‘Guaracho’, 72 años, otro de los bailarines más reconocidos de Cali. Sin embargo ‘El Cachafaz’ reconoce que no vivió un importante episodio en la ciudad  y en el Obrero, “porque estaba en Barranquilla como animador de ‘La gardenia azul’ y después viajando por el mundo con mi arte”.  Sucedió, explica Umberto Valverde, que como el boogaloo era un ritmo más bien lento, influenciado por el jazz, “los discómanos descubren la trampa de ‘adelantar’ la velocidad para adaptarla a la velocidad de las piernas de los caleños. Para Bobby Cruz y Richie Ray, cuando vienen a Cali en diciembre de 1968, esto es la desfiguración de la música. Así lo manifiestan claramente ante la prensa. En el siguiente año, sin embargo, tratan de acelerar más los compases y estrenan ‘Amparo Arrebato’, uno de los mejores homenajes a los bailarines caleños. Hay que reconocerlo: es Richie Ray y Bobby Cruz quienes con el éxito de la Caseta Panamericana y con el nuevo sonido que presentaban, incorporan su música a las clases medias de nuestra ciudad. Es decir: la salsa atravesó el Puente Ortiz y se instaló en todo Cali”. Enseguida en el Obrero se hicieron famosos los ‘bailes de cuota’ (la gente pagaba una cuota para entrar a las fiestas que se hacían  en las casas) y el cubano José Pardo LLada, junto con  el español Vicente Gallego Blanco,  comenzaron a mirar distinto a los bailarines que ya en ese entonces asistían a  discotecas como Séptimo Cielo.  Tanto Pardo Llada como Gallego Blanco  consideraron a los bailarines de salsa artistas, no “vagos” como los miraba gran parte de la ciudad, y se empezaron a organizar los campeonatos mundiales, Cali comenzó a consolidarse como la capital mundial de la salsa. “Lo que hicimos los bailarines de la vieja guardia es la raíz, el legado, de lo que están haciendo los bailarines de hoy”, dice ‘El Cachafaz’ y se dispone a ir a su trabajo como animador en Conga, porque a los 81 años, y pese a todas las medallas y trofeos que exhibe en el cuarto donde vive -   barrio Alameda -  no tiene pensión. En el  Obrero, mientras tanto, Ibérica Hernández, Miguel Santiago García (‘Guaracho’), Lida Restrepo (‘La maravilla’), Nancy Albán y  Alirio Murillo,  reunidos en el Chorrito Antillano, cuentan algo parecido. Los bailarines de la vieja guardia en la capital de la salsa están desprotegidos y sin embargo suena la Sonora, canta Celia Cruz, salen sonrientes hacia a la pista. Porque en el Obrero, pese a la industrialización de la zona, las casas convertidas en fábricas de plásticos o almacenes de repuestos para carro, sigue la fiesta. 

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