"Estoy convencida de que el poder corrompe", dice la poeta María Clara Ospina

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María Clara Ospina, poeta, viajera incansable e hija del expresidente Ospina Pérez, reconstruye episodios de una época turbulenta de la historia política del país. Relatos y anécdotas.

"Estoy convencida de que el poder corrompe", dice la poeta María Clara Ospina

Agosto 18, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal Garcés | El País

"Cuando mi mamá fue a montar el vivero de Fusagasugá, mi papá le dijo: ni riesgos, Bertica. Pero Mariano, -le dijo con la vocecita que ponía cuando quería engatusarlo- es un terrenito para la niña. Y mi papá, tan bobo, se tragó el cuento", cuenta la poeta María Clara Ospina, hija del expresidente Mariano Ospina Pérez.

María Clara Ospina, poeta, viajera incansable e hija del expresidente Ospina Pérez, reconstruye episodios de una época turbulenta de la historia política del país. Relatos y anécdotas.

Hallazgo inesperado,un arrozal maduropleno de granos.Fermentarésus frutosen barriles de sándalo.En tardes inspiradas de violetavino de arrozpasará de mi bocaa tu boca.Antes de llegar a ella, el árbol genealógico de los Ospina es una sinfonía presidencial: Mariano Ospina Rodríguez, conspirador contra Bolívar y presidente en 1857. Pedro Nel Ospina Vásquez, presidente en 1922. Mariano Ospina Pérez, presidente en 1946. María Clara Ospina Hernández, nacida en 1949, durante el período presidencial de su padre, es estudiosa, viajera, inquieta, buena lectora. Ha escrito cuatro libros de poesía y una biografía de su madre, titulada Doña Bertha, sobre la formidable matrona antioqueña que manejó los hilos de la política conservadora durante muchos años, ante la mirada, entre complaciente, temerosa y divertida de su marido, impotente frente a los tierreros políticos que su media naranja armaba a tabanazo limpio, desde la trinchera de su columna en La República, el diario de la familia. En esta charla intimista y desprevenida, María Clara cuenta que sus padres se adoraron toda la vida y que, mientras él la llamaba cariñosamente Bertica, ella lo llamaba Nerón. En su libro, Protagonistas de la Democracia, publica entrevistas con 17 presidentes latinoamericanos. ¿Qué recuerda, al azar, de algunos de ellos? Esas entrevistas las hice cuando, por primera vez en la historia de Latinoamérica, los mandatarios de todo el continente fueron elegidos democráticamente. Sin embargo, muchos se engolosinaron con el poder y cambiaron la Constitución para reelegirse. Varios terminaron en la cárcel, como Carlos Menem, Alberto Fujimori, Carlos Andrés Pérez, Jaime Paz Zamora, Salinas de Gortari, Collor de Melo, Abdalá Bucaram.¿Cree en la capacidad corruptora del poder?Sí, estoy convencida de que el poder corrompe y que son muy pocos los que se resisten a tomar de la pócima que los enloquece. Recuerdo que cuando entrevisté a Fujimori ríos de gente se acercaban a besarle la mano con veneración. A Menem lo recibían como si fuera Dios, mientras él saludaba como el Papa. Esa va a ser la caída de Rafael Correa, que lo está haciendo divinamente en Ecuador: Irá por la tercera reelección y esa será su perdición. ¿Su padre, el ex presidente Ospina Pérez, quiso reelegirse alguna vez?A pesar de que se lo propusieron, nunca quiso volver a ser candidato. Decía con mucha gracia: “Yo no arriesgo mi 3”. En esa época las calificaciones eran sobre 5. (Risa).¿Cómo lo recuerda?Mariano Ospina era el hombre más amante de la paz, al que, por esas injusticias del destino, le tocó el momento político más turbulento de la historia contemporánea, con los sucesos del 9 de Abril del 48. A mi papá nunca le oí decir una frase ofensiva contra nadie. Tenía una memoria apabullante y era lector de todas las horas. Amaba los niños y les enseñaba a recitar. Él mismo era lector de poesía y de allí mi amor por ella. Era un gran declamador y orador, porque cuando estaba chico se le pegó un grano de café en la garganta y tuvieron que hacerle una traqueotomía. Como tenía una gran disciplina y lo habían destinado a ser Presidente, se iba, como Demóstenes, a las montañas, a hablar y a ejercitar la voz, hasta que la recuperó. Como era el amor de mi vida, no soy objetiva, ni quiero serlo.¿Y cómo era con Doña Berta?Él la adoraba y le parecía bien todo lo que hacía. Mi mamá tenía una voz muy bonita y a él le encantaba oírla cantar. Y recuerdo algo divertido: él la dejaba asistir a algunos consejos de ministros, siempre y cuando no dijera nada, pero eso nunca funcionaba. (Risa).¿Porqué hizo una biografía de doña Bertha?Porque me lo propuso Planeta. Lo tenía pensado, pero sabía que debía tomar mucha distancia porque cuando era niña tuvimos muy mala relación. Ella era una mujer dura y muy estricta. Solo al final de su vida nos hicimos íntimas amigas. Sus grandes amores eran mi papá y Luis, mi hijo menor. Cuando iba a nacer, la llamé a las 3:00 de la mañana para avisarle. Me dijo: bueno, y colgó. Después contó que se había quedado dormida, soñando que estaba teniendo un niño. Llegó a la clínica en el momento en que nació y se lo entregaron a ella. De inmediato se enamoró de él. De pronto fue una forma de compensar. ¿Y su relación con el campo, donde ella tenía orquídeas, vacas y cabras?Ella era una de las personas más interesantes que he conocido. Siempre andábamos en su carro con el baúl lleno de toda clase de cosas, cuando íbamos a los pueblos. Lo bonito es que no llevaba esos regalos para cambiarlos por votos, sino porque tenía una preocupación auténtica porque los niños tuvieran dientes sanos, estuvieran bien nutridos y fueran a la escuela. Si no había escuela, ella la regalaba de su plata y le añadía una capillita. Era increíble. ¿Alguna faceta de su mamá la divierte?Muchas. Tenía toda clase de negocios. Se la pasaba comprando y vendiendo de todo. Empezó pidiéndole a mi papá que le regalara un cuarto de fanegada en la Finca de San Pedro, en Chía, para su jardín. Como tenía vacas paturras con el doctor Cavelier, que fue ministro de mi papá, le pidió otra media, y luego otra, porque ya había montado un cultivo de abejas para vender miel. Luego le pidió otras tres para frutales, después otras cuatro porque los frutales se le habían crecido. Todo lo que producía se lo vendía a Pomona. Al final ya tenía como 30 fanegadas llenas de cosas. Entonces mi papá le dijo: Bertica, no más, mande esas vacas para donde Cavelier, porque ¡ya no le doy más terreno! (Risa). Una faceta desconocida. ¿Qué hacía con la plata?Toda la regalaba, pagaba la universidad de fulanito, los dientes de menganito, la cirugía de perencejito, siempre estaba atendiendo necesidades de la gente. Llegó al Congreso como una acatada líder conservadora...Realmente lo fue, pero a mí lo que más me gustaba era la ardiente defensa que ella hacía de la mujer, su lucha por el voto femenino y por abrirle caminos a la mujer en la política. Era conservadora en el sentido del amor a su partido y a los valores, pero en el fondo era una librepensadora. ¿Quién diría que fue el mejor amigo de su padre?Sin duda Alfonso López Pumarejo. ¿Lo conoció usted?Claro, cuando yo ya me había ido interna a Nueva York, mi papá y él se encontraban allí y mi mamá los mandaba a que me llevaran a pasear a Central Park. López me enseñó a comer toda clase de “porquerías”: la primera ostra, el primer escargot. Era un hombre elegantísimo y pausado. Oírlos conversar era fascinante porque se dirigían el uno al otro con gran respeto, hablando siempre de política, mientras yo les daba maíz a las palomas.Vivió en Bogotá el golpe de Rojas Pinilla. ¿Cómo recuerda esa época?Nos teníamos que bajar del carro porque las manifestaciones nos rodeaban. Mi madre me cogía de la mano y me decía: “¡bien machita!” y marchábamos. Eso me parecía aterrador. Recuerdo cuando ametrallaron mi casa y la bomba que pusieron debajo de mi cuarto, en vez del cuarto de mis padres. Fue una época terrible. Ingresó a la Academia de Historia de Bogotá con una ponencia sobre la creación de la OEA, durante la Novena Conferencia Panamericana en la presidencia de su padre. Mataron a Gaitán y estalló la revuelta del 9 de Abril. Usted nació un año después, ¿cómo le contaron esa historia?Reconstruí la historia de la Conferencia con la ayuda de mi marido, Humberto Vegalara, quien tenía diez años y estaba interno en el Gimnasio Moderno. Como el centro de Bogotá era un infierno, la Conferencia, con sus 21 delegaciones, se trasladó a las instalaciones del Gimnasio, al norte de Bogotá y Humberto fue testigo de todo. Allí vio al general Marshall, mano derecha del presidente Roosevelt; a Rómulo Betancur, ex presidente de Venezuela; a Joaquín Balaguer, quien sería siete veces presidente de República Dominicana y a todos los demás delegados, que lograron sacar adelante la OEA, a pesar de la debacle. Alberto Lleras Camargo fue elegido su primer Secretario General.Ustedes son grandes viajeros, ¿qué lugar la ha deslumbrado?La Antártica. En un barco de la Universidad de San Petersburgo. Bajamos a latitud 64.7 Sur, donde la Península Antártica proporciona una magnífica visión de la soledad y belleza del continente helado.¿Es peligroso?Sí, por los grandes iceberg que llegan a rodear el barco. Otra zona difícil está donde se unen las aguas del Atlántico y del Pacífico, con las corrientes y las tormentas más peligrosas del mundo. Navegar las aguas salvajes del Pasaje de Drake, es lo más aterrador que uno puede vivir. Para poder resistirlo hay que amarrarse y tomar una dosis de escopolamina de acuerdo con el peso. Allí, arranca otro ‘viaje’ que ni le cuento, pero es la única manera de resistir el zarandeo frenético que da el barco en todas direcciones y que suena como si se fuera a descoyuntar.Pues, la verdad es que no la envidio. ¿Qué justifica ese horror?¡Todo! Es un viaje deslumbrante, en el que se ven glaciares, témpanos enormes, como esculturas caprichosas de hielo irisado, colonias de un millón de pingüinos, cientos de enormes elefantes marinos dormitando, roncando y batallando entre ellos sobre las playas, el majestuoso planear de docenas de albatros y petreles gigantes, cientos de lobos de mar, pingüineras enormes de barbejos y adelias. En la base científica de Argentina, en la Bahía Esperanza, viven 30 argentinos con sus familias y comparten territorio con 150.000 parejas de pingüinos y sus crías. Algo increíble.¿Y cómo describiría Caño Cristales, en La Macarena, de donde acaba de regresar?Caño Cristales parece cristal derretido con alma de vino tinto. Su fondo está lleno de millones de plantas acuáticas que parecen inflarse al paso de la corriente y dan la sensación de un río lleno de burbujas color vino, bellísimo. En los sitos donde no alcanza el sol, el lecho se vuelve verde esmeralda y el fondo rocoso es amarillo a trechos. En el agua se refleja el cielo azul con sus nubes blancas y hay partes negras donde la sombra es muy profunda. Un espectáculo extraordinario.

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