“Estar en la política ha sido la peor película de mi vida”: Sergio Cabrera

“Estar en la política ha sido la peor película de mi vida”: Sergio Cabrera

Febrero 15, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA

El director antioqueño regresa al cine después de diez años de silencio en la gran pantalla con ‘Todos se van’, una adaptación de la novela biográfica de la escritora cubana Wendy Guerra, que nos lleva por La Habana de los años 80 y sus anhelos de libertad.

Primera escena.Sergio Cabrera había decidido no volver a hacer cine. La última producción del director antioqueño —una década atrás— se llamó ‘Perder es cuestión de método’, adaptación de la novela homónima de Santiago Gamboa con la que Cabrera, reconoce hoy, se sacudió del hastío que le produjo su breve paso por la política en Colombia. “Su corrupción, su suciedad”. Lo que siguió después, en España, en donde se refugió de las amenazas, surgidas luego de su llegada al Congreso en 1998, fue una larga y aplaudida carrera en la televisión de ese país y algunos proyectos en la nuestra: ‘La pola’, magistral apuesta de la vida de Policarpa Salavarrieta, y ‘Doctor Mata’, perfil de gran factura de Nepomuceno Matallana, supuesto abogado que alcanzó notoriedad en la Bogotá de los años 40, pero que al final terminó revelado como un frío asesino. En ese orden estaba el mundo cuando le llegó a las manos —a manera de regalo— la novela de una joven autora de la que no había escuchado hablar nunca. Wendy Guerra, leyó en la solapa del libro y enseguida un título sugestivo: ‘Todos se van’.Había sido un regalo de cumpleaños, ocho años atrás. Y con esa obra literaria a Sergio Cabrera le ocurrió lo mismo que con ‘Ilona llega con la lluvia’ y ‘Perder es cuestión de método’, “el mismo deseo de transmitir a otros ese encantamiento que te deja una historia que está bien contada”.Esa historia es la de Nieves, una niña cubana de 8 años que se enfrenta dolorosamente a la pelea de sus padres por obtener su custodia. Corre La Habana de los años 80 —la isla entera sumida en lo peor de su crisis económica— y mientras el caos camina por ahí hay una madre que sigue creyendo en la Revolución y un padre que cree que puede cambiar el rumbo con sus obras de teatro panfletarias.“Leer esta novela fue como regresar a mi propia infancia en China, un país también socialista. Sentí que lo que Wendy narraba era sobre todo un canto desesperado a la libertad y una confrontación a la autoridad. Por eso me enganchó”, dice el director. El anhelo de llevarla al cine lo pensó en voz alta. Silvia Jardim, su esposa, lo escuchó, y como sabía que él había dicho “no más”, ella se encargó de comprar los derechos del libro. Solo se lo comentó al marido cuando todo estuvo listo. “Ya no tienes excusas —le dijo—. “Ponte a trabajar”. Segunda escena. Faltan un par de horas para el estreno de ‘Todos se van’ en Hay Festival de Cartagena. A Sergio Cabrera se le ve tranquilo. Tiene ya 65 años, pero luce más joven. Pregunta a los organizadores sun par de detalles sobre la proyección de su nuevo filme y sobre su charla previa con Wendy Guerra. Luego toma asiento mientras termina de caer la noche y comienza a recordar. Lo del regalo casual que acabó convertido en una película. La terquedad de grabarla, aún cuando el gobierno cubano se negó a prestar su país. La aventura de ‘recrear’ a Cuba en escenarios de nuestro país para terminar haciendo una película que “en Colombia no es muy colombiana y en Cuba no es muy cubana”.Sergio, esta es la tercera vez que se le mide a la adaptación de una obra literaria. Cuando un realizador se enfrenta a una historia ya contada, con personajes, escenarios y situaciones definidos, ¿qué caminos toma el trabajo creativo?Es difícil porque son lenguajes totalmente distintos. Pero cuando uno adapta, intenta llevar a la pantalla la novela que uno leyó y no la que el autor escribió. Llevar la emoción que a uno le provocó la novela. Entonces la adaptación viene a ser como otra lectura. A mí sucede que cuando hago una adaptación anhelo secretamente que el público no conozca la obra original. Es que es una competencia desleal.Su primera adaptación fue ‘Ilona llega con la lluvia’, novela de Álvaro Mutis, autor ya consagrado. ¿Cómo evoca hoy esa aventura?El cine siempre ha crecido con una deuda hacia la literatura. Y nunca será fácil superar a un buen libro. Detrás de ‘Ilona llega con la lluvia’ había un homenaje a Mutis, pero con un objetivo asustador pues los contratos de coproducción exigían una película con actores extranjeros. Yo me adapté, pero luché para a pesar de eso fuera una película muy colombiana. Mantener la nacionalidad de la película fue el reto.¿Cómo fue el trabajo con Mutis?Salí bien librado. Tenía miedo porque a Mutis no le gustó la versión de Carlos Mayolo de ‘La mansión de araucaima’. Conmigo fue generoso y escribió elogios para la película. Tratándose de un autor atildado, ¿tuvo libertad para trabajar?Yo le pedí que leyera dos versiones del guion, pero insistió en que la versión cinematográfica era 100 % mía. Opinó algunas cosas, en unas hice caso, en otras no. Incluso me dio libertad para trabajar al personaje de Ilona, porque la Margarita Rosa de aquél entonces era mucho más joven que la Ilona suya. Y encima una mujer dulce, mientras la de Mutis es recia, casi una sargento. Para hacer la adaptación, por las necesidades narrativas de la película, tuve que agrandar la historia de Abdul Bashur y hasta inventar un personaje, Estaurópolus. Mutis me dijo después que le había encantado y que si lo autorizaba para él usarlo en alguna de sus novelas. Después adaptó ‘Perder es cuestión de método’, una respuesta natural al hastío que le produjo su paso por la política...Curiosamente este proyecto me dejó un aprendizaje negativo: que no había que ceñirse tanto a la novela original. Le encargué la adaptación a Jorge Goldenberg y él trabajó el guión a su manera y nunca conoció a Santiago Gamboa. Si pudiera hacer de nuevo esa película, yo mismo escribiría el guión y le quitaría varias cosas, como ese afán de no abandonar la línea de la novela. Lo único bueno que dejó fue haber podido descargar el peso de esa suciedad que vi mientras fui congresista. En ‘Todos se van’, por el contario, trabajó con una autora muy joven, Wendy Guerra...Quizás por eso la adaptación fue más libre. A pesar de no copiar literalmente el libro y haber inventado escenas y personajes, es una versión mucho más cercana al espíritu de la novela. ¿Cómo un regalo de cumpleaños acaba convertido en película?Como te decía, crecí en un país socialista. Y leer a Wendy fue viajar a mi infancia y a esa dualidad entre la autoridad y la libertad que se espera ocurra en la niñez. Yo vivía en China cuando llegó la revolución cultural de Mao Zedong y el régimen cerró escuelas de cine, de literatura y de humanidades. Las pocas películas que pude ver fueron las no censuradas. Cuando leí ‘Todos se van’ yo vivía en España, me había ido del país por las amenazas que recibí siendo congresista. Esa salida intempestiva, a la fuerza, me hirió y bloqueó. Durante años no logré producir creativamente nada que tuviera que ver con Colombia. Lo intentaba, pero no me salía. Me juré no hacer más cine hasta que llegó ‘Todos se van’. La película no puso ser rodada en Cuba. ¿Cómo logró entonces una historia de Cuba en escenarios colombianos?Fue una lástima. Pese a que he sido cercano al cine cubano, profesor en la escuela San Antonio de los Baños y jurado en su festival de cine, no me dieron permiso. Finalmente rodé en Santa Marta y en Ciénaga. La historia real sucede en Cienfuegos, pero las ciudades del Caribe se parecen mucho. También rodé en Cachipai, cerca a Bogotá, pues una parte de la historia sucede en las montañas del Escambray, que son iguales a cualquier montaña a dos mil metros del suelo.¿Y cómo cree que la recibirán los cubanos? Yo sabía que para el espíritu de la película era importante reconstruir la Cuba de los 80, momento crucial del Periodo Especial, de grandes dificultades económicas. Pero creo que lo que la gente verá en pantalla será a Cuba. Al director del Festival de Cine de La Habana le encantó la película y organizó una gala especial donde fue muy elogiada. Recuerdo que entre los asistentes estaba la delegación de las Farc que negocia la paz. Eso fue muy curioso, casi simbólico. Yo era consciente, en todo caso, de que sería una película dura: en Colombia no es muy colombiana y en Cuba no es muy cubana. En Colombia además el público no suele ser muy benévolo con este tipo de películas, casi de autor...Eso sucede cuando haces películas independientes, donde lo que uno busca es llegar al corazón. Pero es en el único tipo de cine y de televisión en los que creo. Hice esta película sabiendo que no es precisamente lo que los productores quieren. Es una película personal, hecha con honestidad. Sentía importante hablar del tema de la niñez, de querer y de tratar bien a los niños. Seguramente una aventura disparatada sobre la cotidianidad de un colombiano que se va de paseo sería más taquillera, pero no busco eso. Tercera escena.‘La estrategia del caracol’. Si uno bucea rápidamente por Google solo tropieza con comentarios que han convertido a esta película en algo parecido a una leyenda. Algunos críticos, incluso, la graduaron ya como la mejor película colombiana de todos los tiempos. Sergio Cabrera lo sabe. Pero 24 años atrás, mientras la rodaba, no era ese el objetivo. Él solo sabía que quería hacer cine. Que debía hacer cine. Lo tuvo así de claro, siendo un niño, cuando su padre —el actor Fausto Cabrera— lo llevó a la Academia de Cine de Pekín, donde él se ganaba la vida haciendo doblajes en español. Fausto le mostró las cámaras, los salones de grabación. Esa fue la semilla de todo.Sergio, lo devuelvo en el tiempo. A los días de ‘La estrategia del Caracol’. ¿Es fácil cargar con eso de que algunos la crean la mejor película hecha en Colombia?Te digo la verdad, sí es fácil. No hay que hacer ningún esfuerzo para cargar con eso. No deja de ser emocionante que te la encuentres, por ejemplo, en la Filmoteca de México o que la gente te pare en la calle para decirte “usted me hizo pasar un gran momento”. ¿Con qué ojos la ve ahora, ya decantada con el tiempo?Como lo que debe ser el cine colombiano: una mezcla de cine de autor con muchos guiños hacia el público. El cine tiene que ser una diversión, pero creo que no solo debe ser eso. Es muy bonito que el cine logre que la gente se sienta orgullosa de sí misma, de su país. Y esa película tiene eso.Y 24 años después sigue tan vigente…Sí, es increíble. Hace dos años sacaron una edición de DVD y se agotó. Sacaron una nueva edición y se agotó otra vez. Es realmente sorprendente si piensas en la cantidad de ediciones piratas que deben existir por ahí. Yo mismo he tratado de lograr una película así, tan exitosa. Les pasa a casi todos los autores: cuando logran sintentizar la forma como entienden la vida en una misma obra, que encima a la gente le gusta, después es difícil superarlo. Yo seguiré intentando. En esa película hay varias cosas que dialogan muy bien entre ellas: el humor, la ironía, el realismo mágico. ¿Usted era consciente de que estaba creando la película más colombiana de todos los tiempos?Realmente, no. Lo he venido a entender con el tiempo. Entender por qué, por ejemplo, la película ha tenido tanto éxito en España, donde estuvo un año en cartelera y aún se proyecta. En Italia, estuvo catorce meses. En Alemania ocho. Yo no entiendo qué tiene esa película. Y es, al tiempo, tan universal...Te cuento una anécdota: un día, cuando editaba con Humberto Dorado y Ramón Jimeno, uno de nosotros dijo: “esto es muy bogotano”. Y me asusté. ¿Iba la película requerir explicación? Entonces organizamos una proyección con 60 personas, ninguna de Bogotá. Al terminar, todos estaban fascinados. Yo respiré aliviado.En España la consideran un clásico...Ni yo mismo lo creo. De haber sospechado que la película se iba a proyectar en Europa, hubiese cambiado cosas. Hay un momento, por ejemplo, en el que un niño aparece y le dice a uno de los personajes “lo está esperando una mona en el Roma. Si no llega rápido, la hembra se pisa”. En España es como si te hablaran en otro idioma. Allá una mona es un mico. Hembra no se usa. ¿Se pisa? ¿Eso qué es? Yo estaba en medio del público y veía a la gente confundida, esperando a que el personaje se fuera y buscara a una mica. Al final se rieron. Entonces, sí, es una película universal.Ha pasado en muchas películas nuestras que la figura del colombiano de a pie termina siendo una caricatura. En ‘La estrategia del caracol’ es casi un héroe…Hay una intencionalidad que se repite en mis películas. Mis personajes son con mucha frecuencia perdedores, que logran superar momentos. Me gustan los personajes populares que son inteligentes, pícaros, pero en el borde la ley. Buenos tipos. Nunca me burlo de ellos, sino de las situaciones. A pesar de que vengo de una familia más bien burguesa, siempre he respetado a la gente popular. La admiro mucho. ¿Lo busca también cuando hace televisión?Sí, claro. Cuando hice ‘Escalona’ tuve problemas con Bernardo Romero Pereiro. Él había escrito una novela para burlarse un poco del costeño con personajes exagerados y absurdos. Yo estaba casado en esa época con Florina Lemaitre, cartagenera, y había aprendido a conocer el alma del costeño y por eso sabía que uno no puede burlarse de la gente por su origen. Cuando vio los primeros capítulos, Bernardo me dijo “te tiraste todo”. Yo le dije que los personajes irían cogiendo fuerza, pero no por la comedia sino por la historia misma. Mientras eso sucedió, tuvimos peleas campales. Al final Bernardo me mandó una carta preciosa, que aún conservo, donde me dice: “la próxima vez insiste también”. Uno lo escucha hablar y siente a un tipo muy comprometido con su oficio. ¿Qué lleva entonces a un cineasta a meterse en la política? ¿Eso no es muy aburrido?Es horrible. Un error espantoso. Yo me repetía ¿por qué me metí aquí? Terminé en la política con mucha convicción porque de joven había estado en la extrema izquierda, en la guerrilla del Epl. Creía en esa opción. Fui parte de esa generación que Bernardo Bertolucci definió muy bien: uno se acostaba pensando que al amanecer el mundo podía cambiar, y ahora sabemos que no fue posible. Cuando me propusieron llegar al Congreso, pensé: “si tuve el coraje de meterme en la guerrilla, que pudo costarme la vida, qué carajos puedo perder metiéndome en política”. Decidí aparcar el cine, pero al poco tiempo llegó la desilusión. Ver toda la porquería, las negociaciones para conseguir que se votaran las leyes y al presidente de la Cámara, Emilio Martínez, preso por corrupción. Estar en la política ha sido, sin duda, la peor película de mi vida.

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