¿Está en deuda la Iglesia Católica con las mujeres?

Marzo 05, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Por: Caemiña Navia Velasco ? Especial para Gaceta
¿Está en deuda la Iglesia Católica con las mujeres?

No son pocos los que creen que la iglesia Católica está en deuda con ls mujeres y que debe pedirles perdón por las injusticias que ha cometido contra ellas, especialmente en Occidente.

Carmiña Navia, teóloga, docente de literatura y experta en escritura sobre mujeres plantea porqué, justo ahora que se debate la elección de un nuevo Papa, la Iglesia Católica debería reconocer el papel que la mujer ha jugado y juega en el mundo creyente.

Con la renuncia de Benedicto XVI a la jefatura de la Iglesia y del Estado Vaticano se ha desatado la polémica sobre cuáles serían las tareas necesarias del próximo Papa. Una de ellas, se afirma, sería la admisión de mujeres al sacerdocio femenino. Si queremos hacer un balance de las tareas del papado frente a la mujer en una sociedad de igualdad y democracia (ya no evangélica o fraterno / sororal), no es fácil vislumbrar lo que la Iglesia Católica debería hacer para reparar a las mujeres.¿Por dónde empezaríamos la historia de la relación entre el papado y las mujeres? ¿La iniciamos cuando Pablo de Tarso silenció el testimonio de las mujeres frente a la resurrección de Jesús? O, mejor, a finales del segundo siglo de esta era, con las palabras de Tertuliano, padre de la iglesia, sobre las mujeres: “¿Y no sabes tú que eres una Eva? La sentencia de Dios sobre este sexo tuyo vive en esta era: la culpa debe necesariamente vivir también. Tú eres la puerta del demonio; eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la ley divina; eres la que convenció a aquél a quien el diablo no fue suficientemente valiente para atacar. Así de fácil destruiste la imagen de Dios, el hombre. A causa de tu deserción, incluso el Hijo de Dios tuvo que morir”.Se trata de una historia larga y escabrosa, en la que ha habido de todo: persecuciones a mansalva, silenciamientos, sexualidades y amores, amistades y asesoramientos, intrigas palaciegas, luminosas presencias siempre semi ocultadas. Mujeres perseguidasA vuelo de pájaro, podemos mirar algunos hechos significativos de esta relación compleja y larga. Fue precisamente un papa, Gregorio Magno, quien tempranamente —en un sermón del año 591— borró para siempre la memoria de María de Magdala, una mujer líder del cristianismo primitivo, para convertirla arbitrariamente en una prostituta que llora sus pecados.Miremos algunos aspectos: es reconocido el papel de Catalina de Siena en su mediación de reconciliación para lograr que el papado volviera a su sede de Roma luego de varios años de ubicación en Avignon y de enfrentamientos continuos. Igualmente la memoria eclesial reconoce la colaboración entre Hildegarda de Bingen y el papa Eugenio III y su papel trascendental en la polémica con los anti-papas: Víctor IV, Pascual III y Calixto III. Habría muchos más casos que podríamos examinar, pero ahora es significativo también mencionar una colaboración/amistad mucho más reciente, de la que todavía los y las mayores tienen recuerdo: la estrecha relación a lo largo de muchísimos años entre Eugenio Pacelli —Pío XII— y la religiosa Pascualina Lehnert, monja de la congregación de las Hermanas de la Santa Cruz de Menzingen.En general en los textos de las historias eclesiales estas relaciones de algunas mujeres con la cabeza de la catolicidad suelen desconocerse, prescindiendo de la valoración que de ellas realizaron los protagonistas mismos. Si nos metemos en el capítulo de las persecuciones es indudable que encontraremos muchas más cosas para decir. El estado Vaticano y la institución eclesial, en cabeza del papa —y la mayor parte de las veces bajo su impulso— han perseguido a la mujer, marginándola de la orientación eclesial y limitando sus propias posibilidades de autonomía y desarrollo. Podemos empezar mencionando el caso de las beguinas, esas mujeres extraordinarias que revolucionaron la Iglesia y la sociedad medievales con su novedosa forma de vivir y desarrollar su propia espiritualidad. Mujeres que fueron autónomas y vivieron su identidad femenina por fuera del matrimonio y del claustro conventual. El papado las persiguió por varios siglos hasta conseguir extinguirlas y, lo que es peor, casi extirpar su memoria. Clemente V logró con sus intrigas y presiones que el Concilio de Viena, en 1312, condenara esta forma de vida en la Iglesia. Previamente, la Inquisición —bajo la sombra de este mismo papa— quemó por hereje y por Beguina a Margarita Porete en 1310.De sacerdotizas y 'otros demonios'Corrieron los siglos, pero esta animadversión no cambió. Llegamos a comienzos del siglo XVII y Mary Ward, mujer valiente y visionaria, fundadora de las Damas Inglesas, fue condenada por Urbano VIII y encarcelada.El 13 de enero de 1631 Urbano VIII signó y publicó la Bula ‘Pastoralis Romani Pontificis’, una de las más duras emanadas de la Santa Sede, en donde se hacía sentir la presencia de injustas acusaciones y se daba la orden de supresión de ese instituto. La Bula se dirigía contra las mujeres que se habían asociado en una corporación de vida común, habían construido colegios, señalado superiora entre ellas y elegido para el gobierno general de todas ellas a una que llamaban prepósita general. Además, llevaban a cabo trabajos que no eran propios de la pureza virginal. Por todo ello, “haciendo uso de su autoridad”, el Santo Padre venía “a suprimir del todo aquella corporación”. El 7 de febrero de ese mismo año fue encarcelada en Munich por orden de la Inquisición, por “hereje, cismática y rebelde a la Santa Iglesia”.Estas persecuciones no son —ni mucho menos— asuntos del pasado. Continúan plenamente vigentes, como lo podemos ver en la macro-injusticia cometida en la persona de Ludmila Javorova. Ella fue ordenada sacerdote católica el 29 de diciembre de 1970 por el obispo Felix María Davinek, de quien fue vicario general por varios años en la iglesia clandestina de Checoslovaquia. Ejerció su ministerio y, por supuesto, presidió la celebración de la eucaristía con riesgo para su propia vida. En 1996, Juan Pablo II le prohibió que ejerciera como sacerdote y se le ordenó mantener en secreto su ordenación; el cardenal Ratzinger, en el año 2000, expidió un decreto por medio del cual se consideraban sospechosas las ordenaciones realizadas en la clandestinidad bajo el régimen comunista.Valorar a la mujer, una tarea pendiente¿Qué tendría la Iglesia y por ende un nuevo papa pendiente frente a la mujer? Como la mayoría de los teólogos afirman, por supuesto la ordenación sacerdotal de las mujeres. Pero con ello no terminaríamos esas tareas pendientes; no es ni siquiera a mi juicio, la más urgente. En este terreno de la ordenación de presbíteras, hay ya varias iglesias del tronco cristiano que tienen mujeres sacerdotes, pastoras y obispas. Es también significativo señalar que el movimiento de católicas ordenadas que se inició en Austria —en el Danubio— con la ordenación de siete sacerdotisas, en julio del 2002, (a quien Juan Pablo II excomulgó), cuenta ya con 150 mujeres sacerdotes del rito católico.Al margen de esa discusión, señalo para terminar algunos aspectos que creo que son urgentes en ese ponerse al día del papado católico con las mujeres.Primero, pedir perdón por las injusticias contra nosotras cometidas a lo largo de la historia eclesial, especialmente en el mundo occidental. Después, reconocer y condenar como un pecado grave, como un delito no admisible, la violación a las mujeres, a los niños y niñas. Violación muchas veces causante de los abortos que tantas condenas causan en la iglesia. Castigo eclesial serio, contundente y permanente para los violadores, denuncia de estos en las homilías.También es necesario reconocer la legitimidad de las mujeres para decidir sobre sus embarazos, sobre su sexualidad y su cuerpo, sobre lo que en cada caso y situación concreta su conciencia determine como lo mejor. Reconocer e impulsar pastoralmente, por tanto, los derechos sexuales y reproductivos de la población femenina.Igualmente, otorgar a la mujer el papel que le corresponde en la orientación pastoral y en órganos de decisión en los niveles de la estructura eclesial: parroquia, diócesis, arquidiócesis, conferencias episcopales, curias, dicasterios.Es un deber reconocer el papel histórico insustituible que la mujer ha jugado y juega en el mundo creyente. Lo mismo que dar voz y autoridad a la mujer en la vida teológica, espiritual y eclesial.Y finalmente, lo más importante: generar un lenguaje litúrgico, cultico y devocional que explicite la feminidad de la Divinidad. Se trata, como podemos imaginar, de un largo, larguísimo camino por recorrer. Ojalá que el nuevo papa lo emprenda de una vez por todas.

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