Erika Diettes y el arte de encontrar belleza en el dolor

Erika Diettes y el arte de encontrar belleza en el dolor

Junio 26, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA
Erika Diettes y el arte de encontrar belleza en el dolor

Erika Diettes, artista caleña.

Este mes llegan al Museo Rayo tres de las obras de la artista caleña Erika Diettes: ‘Silencios’, retratos de sobrevivientes del holocausto Nazi; ‘Río Abajo’, imágenes de prendas de víctimas que flotan en el agua y ‘Sudarios’, mujeres que han padecido la guerra.

- Un artista debe aprender a contarse a sí mismo, dice Erika Diettes, fotógrafa, antropóloga, comunicadora social, artista. 

En ese proceso de aprender a contarse a sí misma ha sacado algunas conclusiones:  el tener un padre que perteneció a la Policía en la época en que los narcotraficantes pagaban dinerales por su cabeza, y el día en que asesinaron a un tío suyo en un atentado que no era contra él (Erika se enteró de la noticia por televisión) hizo que la representación de la violencia, del duelo de esa violencia, se volviera su obsesión. 

- Es algo que uno aprende a contarlo como un hecho concreto, pero que en realidad se va desarrollando mientras se desarrolla la vida. 

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Erika nació en Cali en 1978, aunque todo fue una casualidad. Su madre llegó a la ciudad en los últimos meses del embarazo y por tal razón Erika nació en la Clínica de Occidente. Poco después la familia regresaría a Bogotá. 

Erika apenas pudo conocer su ciudad natal cuando tenía 15 y su padre, el general retirado Guillermo León Diettes, fue nombrado Comandante de la Policía Metropolitana. Era 1993. 

La estadía en Cali duró poco.  A los 16 Erika ya estaba en Washington, Estados Unidos- su padre fue nombrado en un nuevo cargo,  agregado de la Policía ante la embajada – y la familia emigró una vez más. 

Entonces empezó la historia. Erika Diettes supo que iba a ser fotógrafa profesional en días en los que la fotografía no era vista propiamente como una carrera. 

- Como toda hija de un oficial llegué a una nueva ciudad con el año escolar en curso. Además no hablaba inglés. Por eso me metieron a clases en las que no importaba tanto que ya hubiera empezado el calendario escolar y en las que en teoría necesitaba menos el idioma: cerámica, teatro, fotografía, pintura. Cuando vi la clase de fotografía me di cuenta  que me fascinaba, era a lo que me quería dedicar siempre. Pienso que aprendí inglés muy rápido por el deseo de aprender fotografía. Después de mi primera clase, de esa primera vez que revelé un rollo, regresé a casa y le dije a mi mamá: quiero ser fotógrafa. 

Su padre le puso una condición: hacer una carrera universitaria. Erika estudió comunicación social e hizo una maestría en antropología. Cursó las dos al mismo tiempo. Pero eso fue mucho después.

- La idea  de ser fotógrafa, pero sobre todo fotógrafa–artista, era muy extraña en ese momento. Por eso la condición que me puso mi padre. Eran tiempos en los que podías dedicarte a la reportaría gráfica, o a la fotografía de moda, pero un fotógrafo artista era muy raro. Lo logré con mucha persistencia, un acto de  terquedad. Yo insistí  en que era fotógrafa. Tomé clases particulares y en  cuanto taller había me inscribía. En aquel momento dominar el cuarto oscuro era importantísimo, entonces también pasé mucho tiempo en el baño de debajo de la escalera de mi padre, el típico primer cuarto oscuro improvisado en la ducha del baño auxiliar. Y sí, siempre tuve en mente ser independiente. En mí siempre ha estado presente la pregunta sobre en qué nos gastamos la vida, la cotidianidad.

[[nid:550043;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/8gacetajun26-16n1photo04.jpg;left;{Río Abajo’ gira en torno a la desaparición forzada en Colombia, n Ropas de personas desaparecidas que flotan sobre el agua, remitiendo a los cadáveres que son lanzados al rio para ser ocultados.}]]

La primera exposición de Erika fue en 2001, en la galería de Carlos Alberto González, en Bogotá. Se llamó ‘Invisibles’. Era una especie de recorrido etnográfico por el diario vivir de un grupo de artistas. Desde entonces Erika se ha dedicado a eso: ser fotógrafa de galerías, de exposiciones.  Nunca se vio trabajando en un periódico o en una revista, por ejemplo.  Hoy  obras suyas como ‘Río Abajo’ o ‘Sudarios’ viajan por buena parte del mundo: Australia, Polonia, Argentina, México, Estados Unidos, una decena de países. El dolor, el duelo, finalmente, es universal.  

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- No recuerdo un año de mi infancia que no transcurriera dentro de un batallón, dice Erika. 

Su  niñez,  la adolescencia también, estuvieron marcadas por una sensación de peligro, el miedo. Pablo Escobar pagaba recompensas a quien matara un policía, y una fortuna si ese policía era, como su padre, un general. Así que si ese narcotraficante nos condicionó la vida a todos, nos atemorizó a todos, logró que nos diera miedo salir de casa, no sea que le diera por poner una bomba, le condicionó la vida mucho más a las familias de los oficiales a los que les había declarado  la guerra. 

- A mi papá le tocó vivir la fuga de la cárcel de Pablo Escobar (él estaba en servicio activo), o el año en que mataron al coronel Valdemar Franklin Quintero en Medellín. Fue una época muy particular de la historia de Colombia. Sin duda yo era consciente del peligro y lo vivía de una forma muy cercana. La antropóloga María Victoria Uribe escribe que la violencia en Colombia es como una gran neblina, como que uno vive dentro de esta gran neblina. Para mí era literalmente así. Vivíamos en un entorno de peligro que estaba rondándonos todo el tiempo. Yo lo que conocía era ese país en el que estás amenazado siempre, en el que tu vida corre peligro, pero que es la normalidad de tu cotidianidad porque no la conociste de otra manera. 

Su padre, sin embargo, jamás sufrió un atentado. El gran miedo de la familia era ese, que el general Guillermo León Diettes fuera víctima de los narcotraficantes, y al final la víctima fue el tío de Erika, José Alejandro Gutiérrez. Era director general del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario en el Valle. Lo mataron en 1996. 

José Alejandro estaba en Medellín durante la II Muestra Artesanal y Microempresarial de Establecimientos Carcelarios que se desarrollaba en el Jardín Botánico. Cuando salió de ahí en un auto  junto al mayor de la policía Carlos Arturo Ríos y el guardián Martín Ortega Boada, fueron interceptados por sicarios que se movilizaban en dos motos de alto cilindraje. Según las hipótesis de la policía, el atentado era solo contra Ríos y habría sido cometido por la guerrilla de las Farc. 

- La noticia fue muy confusa porque nos enteramos en el noticiero. Decían que a mi tío lo habían matado en Medellín y nosotros nos preguntábamos: ¿pero cómo, si él vive en Cali? Y es ahí cuando pienso que la vida se empieza a cruzar con mi trabajo, aunque por supuesto que no es una determinación que yo tomé en ese momento, sino que fue algo que se empezó a moldear. ¿Cómo esa imagen de la televisión por la que nosotros nos enteramos de la pérdida de un ser querido finalmente afecta el proceso de duelo de una manera tan determinada? No quiere decir que el duelo sea más o menos por culpa de la imagen, pero el duelo sí pasó por la imagen primero. 

Ese fue justamente el tema de la tesis de la maestría en antropología de Erika. La publicó la universidad de Los Andes. El libro se llama ‘Noticia al aire, memoria  en vivo’. 

“Estamos acostumbrados a ver imágenes producidas por una lente que le apunta a los cadáveres ajenos, a muertos sin dolientes. Sin embargo, esta falta de comunicación aparente de repente encuentra interlocutores cuando la noticia de la que se está hablando ubica sus respectivos receptores, cuando uno de esos nombres se destaca de esa multitud que día a día engrosa el inventario de muertos en nuestro país. Es decir, cuando hay algo que es diferente dentro de lo que se ha repetido una y otra vez. En el caso objeto de esta investigación, cuando por primera vez la noticia de la muerte en Colombia cobró sentido en mi familia fue cuando en ese ‘otro atentado en Medellín’, como lo narraron en un noticiero, reconocimos a una de las víctimas”, escribió Erika, que ya empezaba a saber que su trabajo giraría en torno al duelo de las víctimas de la violencia, a ayudar a procesar ese duelo.

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El curador de arte Miguel González escribe: “Erika Diettes coloca en el centro de su argumentación a las víctimas de la guerra, ya sea del holocausto Nazi en la Segunda Guerra mundial como las muertes y padecimientos  que genera el conflicto armado en Colombia. 

Su obra en consecuencia habla de la memoria y el dolor, dos elementos que ella trata con sutileza y una poética retadora. Su trabajo no tiene sangre ni imágenes expresionistas. Un gran silencio parece apoderarse de los rostros de las víctimas o de los objetos que una vez les pertenecieron”.

[[nid:550049;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/8gacetajun26-16n1photo09.jpg;left;{‘Relicarios’. La inauguración de la obra será el 9 de noviembre en el Museo de Antioquia, en Medellín.}]]

La obra más reciente de Erika Diettes se llama ‘Relicarios’. Reciente es un decir. El trabajo de campo le ha tomado cinco años. Se trata de objetos de personas desaparecidas o asesinadas que fueron donados por sus familiares, encapsulados en un material llamado tripolimero de caucho. 

El todo de la obra es un conjunto de 165 cubos o cápsulas, como gelatinas que contuvieran  por dentro el objeto: una foto, una peineta, un anillo, piezas por lo regular muy íntimas.  Los cubos se ubican sobre el suelo, como si fueran tumbas, en un espacio muy oscuro. El espectador observa cómo sale la luz de estas reliquias que si se suman, van narrando la historia de la violencia en Colombia. 

¿Qué hace que una madre se desprenda de ese objeto de su hijo asesinado que ha guardado durante años? ¿Para qué donar algo tan  personal como un cepillo de dientes, los calzoncillos, un mechón de pelo, la camisa que más le gustaba a esa persona desaparecida o asesinada, su foto?

Nadis Londoño,   socióloga y quien trabaja con Erika en ‘Relicarios’ en un  estudio ubicado en el municipio de La Unión, Antioquia, lo explica:

- Lo que hacemos con ‘Relicarios’ es crear un espacio de empatía y escucha con las personas que traen los objetos y que nos cuentan su historia. No es recibir el objeto por recibirlo, sino que hay un espacio de validación de la historia, de reconocer ese dolor. También es un espacio para que las víctimas de la violencia puedan tener un lugar público para ese dolor. Las personas  han estado en lo privado sufriendo solas, pensando que su  experiencia con la violencia es única, fortuita, que son los más ‘de malas’,  pero cuando entienden que lo que les sucedió obedece a un contexto de violencia que ha marcado no solo sus vidas sino la de muchas otras personas, pueden entender que todo responde a una lógica de guerra.   Entonces se genera ese espacio de reflexión para que las personas se sientan escuchadas pero también puedan dignificar ese dolor, validar su dolor.  

Desprenderse de un objeto de un ser querido desaparecido o asesinado es también compartir el sufrimiento, aliviar la carga, procesar el duelo. 

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[[nid:550032;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/8gacetajun26-16n1photo03.jpg;left;{Obra ‘Silencios’: retratos y testimonios de judíos sobrevivientes al Holocausto Nazi.}]]

Las obras de Erika Diettes son, de alguna manera, consecuencia la una de la otra. En orden cronológico se podría decir que la primera fue ‘Silencios’ (2005), ‘Río Abajo’ (2008), ‘Sudarios’ (2011) y ‘Relicarios’ (2015). Pero todas se relacionan no solo en el tiempo en el que se empezaron a gestarse sino  en el eje central que las inspiró: el dolor de las víctimas de la violencia sea en Colombia o durante la Segunda Guerra Mundial.

- En ‘Silencios’ es cuando  me enfrento directamente  al testimonio de los sobrevivientes, el concepto del testimonio en primera persona. 

‘Silencios’ reúne los testimonios de los judíos sobrevivientes al holocausto Nazi. Cada serie, que está dedicada a un sobreviviente en particular, incluye su retrato, la fotografía de su testimonio sobre la guerra y una fotografía de un objeto que tiene el poder de regresar a esa persona a lo que vivió durante la persecución a los judíos por parte  de Hitler. 

- El título de ‘Silencios’ surgió del primer sobreviviente que entrevisté. Él me dijo que se dejaba fotografiar con una condición: que yo no le preguntara nada. Luego él nota mi silencio y me dice: todo lo que tú viste en las películas, eso fue lo que pasó. Entonces no me preguntes nada. Cuando él me pone esa condición, pensé: igual, ¿qué le puedo preguntar? No existe una pregunta inteligente en ese momento.  Solo existió el silencio y la cámara entre los dos mediando. ‘Silencios’ es una obra en que yo fotografié muy de cerca a las personas, entonces había esta tensión de estar el fotógrafo muy encima del fotografiado.

Y su gran poder se dio por este personaje que me obligó a guardar silencio. Yo le dije después: si no me quieres contar nada, está bien. Enseguida saqué un cuaderno. Entonces escríbeme lo que tú quieres que no se olvide de la guerra, le dije. Y él escribió su nombre en mayúscula y en letras muy grandes en todo el centro de la página: Maximilian J. Kirschberg.

En la presentación de la obra, se lee: “Las tres imágenes entre la juventud y la vejez de un mismo personaje revelan también sus frustraciones, melancolías, el paso del tiempo y la pérdida de la inocencia. La serie de fotografías en blanco y negro no son solamente una poderosa imagen poética sino además un valioso documento histórico de la presencia de una población vulnerada y condenada”.

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‘Río Abajo’ llegaría un poco después de ‘Silencios’. Es una reflexión sobre cómo el conflicto armado ha convertido a los ríos de Colombia en cementerios. El agua como evocación de la muerte. 

Erika viajó por todo el país investigando el fenómeno de la desaparición forzada de personas durante la guerra entre paramilitares y guerrilleros. Gente que salió de su casa y fue asesinada y lanzada a un río.  De muchos no se supo nada más.

- ‘Río Abajo’ fue una obra en la que por primera vez los familiares de los desaparecidos me prestaban una prenda que yo después fotografiaba en el agua bajo unas condiciones específicas en mi estudio de Bogotá. Esta obra  es la que me abre realmente las puertas a este recorrido que vengo haciendo en ‘Relicarios’ y al trabajo directo con los dolientes  del conflicto armado. Porque ‘Río Abajo’ tiene como objetivo representar literalmente el concepto de que los ríos de Colombia son tumbas.

La idea nació  cuando estaba en mi primer semestre de mi maestría en antropología, un momento en el que estaba concentrada en estudiar la violencia del año en el que mataron a mi tío. Es con ‘Río Abajo’ que se me abre todo el campo conceptual de mi obra hoy en día. Mi trabajo va más allá de la violencia y se enfoca en el duelo por violencia, que es un duelo que marca diferencia. 

‘Río Abajo’, como ‘Relicarios’, comparten esa pretensión: contribuir en el proceso de duelo de las víctimas. En el caso de ‘Río Abajo’, la fotografía de las prendas de ese ser querido desaparecido hace que en su familia recobre simbólicamente la presencia de un cuerpo que no han podido encontrar.

[[nid:550045;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/8gacetajun26-16n1photo05.jpg;left;{‘Sudarios’: retratos en blanco y negro de mujeres víctimas del conflicto armado en Antioquia.}]]

En ‘Sudarios’, su siguiente obra, en cambio,  Erika retrata a las mujeres víctimas del conflicto  en Antioquia mientras narran sus experiencias con la guerra, como aquella mujer que la inspiró a llevar a cabo el proyecto: una a quien la obligaron a ver cómo le sacaban los ojos a su madre y le cortaban le lengua mientras que a ella, a la mujer que Erika fotografió, la tomaban del pelo y le gritaban: abra los ojos que usted tiene que ver. 

Contar aquello, mostrar el dolor en una exposición, hace parte  del proceso de las víctimas para intentar sanar heridas, hacer el duelo. 

Virginia de la Cruz Lichet, doctora en historia del arte, escribe a propósito: “Sudarios nos muestra la imagen atrapada, relatando su propio trauma, testigo de una realidad velada y silenciosa, sin palabras. Los rostros de las mujeres están contando su testimonio doloroso, y es ahí el momento en el que Erika Diettes toma la fotografía, instante en el que se produce el clímax de la acción y la catarsis a través de la narración, encapsulando esa emoción y todo lo que ella contiene. Esa memoria castigadora permite así liberarse y autoriza, por vez primera, el duelo”. 

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- Las personas, por el hecho de que tú les preguntes su historia, no se acuerdan de la violencia. Es decir: el acto violento lo recuerdan día tras día. No existe un solo minuto  en que la mamá de un desaparecido no esté pensando en dónde estará mi niño. Entonces todo tiene que ver con el respeto, con la forma de acercarse a las personas y cumplir la promesa que uno está haciendo, dice Erika.  

Si por algo ha logrado desarrollar su trabajo artístico, lo reconoce, ha sido por la confianza de la gente. Cuando Erika llegó al primer encuentro de víctimas en Marinilla, Antioquia, se presentó y contó lo que pretendía hacer en ‘Río Abajo’ con los objetos de los desaparecidos:  pedirlos prestados, fotografiarlos en el agua, devolverlos, hacer una exposición en cada municipio donde le prestaran una prenda.

Solo una mujer le dijo: “ le voy a prestar la camisa de mi hijo y la de mi esposo. Total yo ya estoy sola, y si usted no vuelve  no importa”. Pero Erika volvió. 

- Al principio había una desconfianza impresionante, pero  obvia. Las personas se mueven en un contexto de violencia en el que todos sospechan de todos, en el que el victimario puede ser cualquiera, en el que la gente está acostumbrada de cierta manera a eso: a que si usted no regresa no importa. ¿Qué ocurrió después y qué es lo que me permite hacer mi trabajo? Que al siguiente encuentro de víctimas yo volví y regresé las prendas. Y no volví solo con las prendas sino con la imagen, con la idea que yo tenía, la promesa. Entonces eso empezó a abrir un circulo y ya al siguiente encuentro no era una señora la que me tenía las prendas, sino que eran cinco. Y al siguiente esas cinco llevaron a otras personas. ‘Río Abajo’  se  fue tejiendo un poco sola.

Cuando yo empecé la obra pensé: si logro conseguir diez prendas va a ser una cantidad alarmante, y es una obra que terminó recogiendo 150 prendas de muchísimas partes del país. A partir de esa gran recepción de la gente fue que entendí esa necesidad de hacer la exposición  con ellos, con las personas que me habían prestado la ropa. Y cuando vuelvo a hacer una obra como ‘Sudarios’, entonces ya la gente decía claro, usted es la de ‘Río Abajo’. Después aparece ‘Relicarios’, que es una obra en la que le estoy pidiendo a la gente que done el objeto, no que lo preste,  y como las personas ya saben el alcance de mi trabajo, están dispuestas a colaborar. 

Además, las víctimas de la guerra, está segura Erika, necesitan y quieren ser escuchadas. Que no se olvide su historia, que se sepa lo que pasó. Y una manera de hacerlo en días del auge del conflicto entre paramilitares, guerrilla y Ejército, fue a través de ‘Río Abajo’: denunciar, contar sin poner nombres, sin exponerse. 

Erika solo una vez tuvo que ausentarse de una exposición de su obra por prevención a represalias de los grupos armados. La misma comunidad le pidió que no fuera. Y eso que ‘Río Abajo’ se ha expuesto en 16 municipios, cinco departamentos. 

- Mi trabajo es lo que es por ese recorrido por todo el país, por tantas experiencias, por tantos testimonios escuchados. Cuando fui a Argelia, Antioquia, por ejemplo, fue en realidad donde entendí la materialidad que quería que tuvieran los ‘Sudarios’. Recorriendo esas montañas, esa neblina densa que no te deja ver, yo decía: este dolor que me están contando se parece a esto. 

Las fotografías en blanco y negro de ‘Sudarios’ se  fijan a una fina tela de seda que evoca la reliquia cristiana del sudario, la agonía de Cristo, la pasión, la piedad. 

Una muestra está en el Museo de Bellas Artes de Houston; también  ‘Río Abajo’. Las piezas fueron escogidas, antes de su retiro del museo, por  Anne Wilkes Tucker, una de las mejores curadoras de fotografía del mundo.  

***

El duelo por violencia, dice Erika en  estos días en los que tanto se habla del proceso de paz con las Farc, debe ser tratado en Colombia como un problema de sanidad pública.

- El país está atravesando un momento muy interesante y coyuntural en su historia. Definitivamente no es lo mismo vivir en un país que se denomina en paz. Es decir: que la palabra paz exista en nuestra cotidianidad es fundamental. Quiere decir que es un país que está buscando ser diferente.  Pero pienso que hay coyunturas de fondo que se tienen que tratar con tiempo y que son independientes de la firma o no del acuerdo con la guerrilla. Te insisto en  que mi trabajo es sobre el duelo, y cuando has escuchado tantos duelos  entiendes que el tema es muy complejo.

Te toca a ti como víctima replantearte con el vacío de ese otro. Y a eso súmale que si el vacío es tu hijo al que picaron en pedazos,  entonces estamos hablando de unos duelos que engendran una violencia muy profunda. Así que me parece  maravilloso  que seamos un país que estamos luchando por la paz, que estamos tratando de denominarnos un país en paz, eso hace un cambio simbólico muy fuerte, pero hay una serie de coyunturas sociales que se tienen que dar. En Colombia debemos atrevernos a mirar el duelo como una problemática prioritaria. 

El arte, además, dice la socióloga Nadis Londoño,  debe hacer memoria. Poder mostrar y recordar todo ese dolor, toda esa injusticia, todo eso que no debió pasar. 

Pero mostrarlo no necesariamente desde la voz, sino también desde la belleza. Poder recibir el testimonio de las personas pero a la vez transformarlo en belleza para que las víctimas sientan que desde ese dolor se pueden construir cosas distintas para sus vidas y mostrar cosas distintas para el país. 

- El dolor puede tener una forma bella de contarse. 

 

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