Entrevista con el escritor Andrés Neuman: ¿Qué tanto nos cambió Internet?

Junio 05, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA
Entrevista con el escritor Andrés Neuman: ¿Qué tanto nos cambió Internet?

El escritor argentino-español Andrés Neuman.

El escritor argentino - español acaba de lanzar en Colombia ‘La vida en las ventanas’, una versión revisada de la novela que publicó en 2002 y que gira en torno a ese periodo en el que el correo electrónico irrumpió en nuestras vidas.

Hace cinco minutos Andrés Neuman hablaba con su esposa con el acento de un español. Ahora, mientras está al teléfono, habla como argentino.

- Es una cosa divertida. Como hice la escuela en los dos países, tengo dos acentos. Es un ejercicio que vengo haciendo desde niño y que se me ha vuelto natural. Según mi interlocutor, inmediatamente el oído me lleva a uno de mis dos acentos. Si estoy hablando con un latinoamericano hablo como argentino, y en cambio si hablo con un español hablo con mi acento español ibérico. Eso tiene que ver con mi familia, quizá. 

Los padres de Andrés eran músicos. Y en su casa, el órgano al que le daban más importancia era justamente el oído.  Eso hizo que se desencadenara el resto. Andrés Neuman se hizo escritor. 

- Tal vez por esa importancia que se le daba al oído en casa es que   el sonido de las palabras, las diferencias de cadencia en  su sonoridad, siempre ha sido de mi interés. Y por eso tengo dos acentos como dos orillas que visito constantemente.  Me temo que perplejidades, y confusiones, tengo más de dos.

 - ¿Cuándo y por qué te hiciste escritor?

- Me resulta más fácil contestar ‘cuándo’ que ‘por qué’. Desde que tengo 8 años  soñaba con ser futbolista y poeta, las dos cosas que más deseo me producían. La escritura siempre ha sido  como una compañía y una de las pocas certezas que he tenido. Ahora: ¿por qué? Es un misterio que me da miedo tratar de resolver. En cambio es menos misterioso contar porqué no  fui futbolista. Es una historia triste. La genética no me acompañaba. No tengo un físico adecuado para los deportes, y no tengo unas rodillas adecuadas para un futbolista. Me rompí ambas en distintos momentos. Pero además me temo que era más malo jugando al fútbol de lo que pensaba. Creo que si hubiese seguido jugando no hubiera pasado de ser un aceptable futbolista de segunda o tercera división. A duras penas me hubiera podido ganar el pan pateando una pelota y a esta edad (39) estuviera sobradamente retirado. Así que me alegra mucho que de mis dos vocaciones sobreviviera la que me permitirá envejecer con dignidad: la literatura. 

Andrés nació en Argentina y cuando era niño su familia emigró a España. Su vida transcurre en ambos países, como sus novelas. ‘La vida en las ventanas’, que se acaba de lanzar por  primera vez en Colombia en una edición revisada (Alfaguara) es un ejemplo. La historia transcurre en alguna provincia indeterminada de España. ‘Una vez argentina’, en cambio, cuenta la historia de su familia antes de emigrar. 

- Mis novelas suceden en una frontera imaginaria que va de un lado u otro. No puedo elegir un solo lugar porque mi vida y mis afectos están en varios lugares. Siempre recuerdo que mi madre nació en Buenos Aires y murió en Granada. Vio la luz en Argentina y terminó sus días en Andalucía. Y creo que nadie sería capaz de elegir entre la cuna y la tumba de su madre. Así que para mí pensar en mi madre ya es ir y volver, estar en los dos lugares. Quedarse solamente en uno sería como mutilar mi propia vida, limitar mi memoria.

***

Hablemos de ‘La vida en las ventanas’, esta novela que transcurre a inicios de este siglo y que habla de cómo el correo electrónico influyó en nuestras vidas. ¿Cómo empezó todo?

La historia se remonta al momento en que la novela fue originalmente escrita, que coincide más o menos con el periodo en que tiene lugar el argumento: el cambio de siglo y de milenio.  Ese momento - inicios de los 2000-  en que el correo electrónico irrumpió como cause comunicativo general de nuestras vidas, y en el que Internet comenzó a adueñarse de nuestro tiempo y de lo que es más importante: de nuestro imaginario y  razonamientos. 

Es una época reciente que creo que en el futuro será estudiada como un interregno breve y muy interesante  que produjo emociones extrañas. Ese interregno entre lo que podemos denominar ‘vida analógica’, que duró tantísimos siglos y que tuvo como primeros sobresaltos los medios de comunicación, y lo que hoy denominamos ‘era digital’ o  de las redes sociales. 

Entre un periodo y otro transcurrieron quizás una o dos décadas de asombro, de perplejidad, que coinciden con los años en los que vive el personaje de  ‘La vida en las ventanas’, que  pertenece a la primera generación de adictos a la red. La  primera generación de jóvenes que empezaron a pasar más tiempo mirando la ventana de Windows que mirando la ventana de sus habitaciones.

La novela constantemente, incluso desde su título y el diseño de la portada, juega con esta metáfora, la de la ventana. ¿Por qué?

Me interesaba pensar hasta qué punto se podía narrar una historia donde ambos tipos de ventanas, la física y la informática, empezaran a asociarse. 

Y pensar cómo a través de esas dos ventanas podían contemplarse ciertos cambios colectivos que se fueron dando en esa época y que siguen sucediendo ahora: el cambio del rol de género, lo que se ha empezado a  llamar familias desestructuradas (lo que es una redundancia porque toda familia es una estructura que está en tensión consigo misma), el impacto de la publicidad, etc. 

Un montón de cuestiones que me parece se podían observar desde esas dos ventanas: la de la habitación desde donde el personaje escribe mensajes y la ventana de Windows en la que las nuevas generaciones se han formado hasta hoy.

Quizá si alguien lee la novela en 50 años la pondrá en el stand de novelas históricas. Fue la sensación que me dio al leerla. Es como una descripción de lo que, en parte,  somos hoy y cómo vamos a ser vistos en el futuro.

La ficción, como ninguna otra herramienta, es capaz de hacernos pensar en nuestro pasado y cómo las historias que suceden en el pasado pueden iluminar nuestro presente. También nos permite reflexionar sobre todo eso que creíamos futuro y que muy pronto será pasado. Cómo nuestra época rápidamente se convertirá en material histórico e incluso  viejo. 

En muy poco tiempo nuestra generación será ‘vintage’ para las generaciones siguientes. Eso que tiene que ver con la conciencia de la mortalidad y con el vértigo del tiempo, me parece que es un ejercicio que la ficción en general y la narrativa en particular puede hacer con facilidad. La novela tiene algo de músculo cronológico que puede cruzar, partir, las líneas del tiempo con enorme naturalidad. 

Y lo que tú dices,  sucedió. Yo estaba tratando de escribir sobre el comienzo de la era digital imaginándome mientras lo escribía que alguien recordaría con cierto cariño añejo esas computadoras que en el año 2000 parecían tan modernas. 

Como en el juego que se hace en la portada del libro, con el computador viejo…

Para la tapa elegimos una computadora antigua, que podía haber sido lo más sofisticado hace 20 años y que hoy es un aparato perfectamente entrañable y pasado de moda. Eso habla de lo que nos pasa hoy:   rápidamente lo nuevo se convierte en viejo. 

La tecnología cristaliza el paso de las generaciones tanto como por ejemplo la música pop. Es decir: hay unos discursos de masas que sirven como termómetro muy inmediato de la sensibilidad de cada generación. El pop es uno, los programas de televisión son otros y sin duda la tecnología también lo es. Me fascina eso, como un objeto sofisticado y modernísimo como un Ipad o un Iphone será un material verdaderamente prehistórico antes de lo que imaginamos. 

¿Internet nos uniformizó a todos? Usamos, hablamos, compramos lo mismo…

Hay un debate clásico no referido a Internet sino a otras herramientas de comunicación que puede hablar sobre ello.  Estoy pensando en esa dicotomía que  estableció Umberto Eco en su ensayo ‘Apocalípticos e Integrados’. 

Los apocalípticos, según Eco, son aquellos que pregonaban el final de la cultura o la decadencia de Occidente por culpa de la irrupción atómica de los medios de comunicación de masas. Consideraban que la gran cultura iba a morir en ese momento. 

Y los integrados consideraban todo lo contrario: que la verdadera cultura iba a surgir gracias a esas novedades y que todo lo demás se convertía automáticamente en prehistoria, en anticuado. 

Ambas posturas, en mi opinión, son simplificadoras y se pierden una mitad de la verdad. Porque creo que las inflexiones tecnológicas producen por un lado una huella cultural muy fuerte, pero por otro lado no hacen más que reescribir o reinterpretar herramientas anteriores y lógicas anteriores. No hay nada que sea un punto y a parte en la cultura. 

Con Internet pasó un poco lo mismo que debatía Eco. Se  ha reproducido la pregunta permanente de si Internet va a acabar con la literatura, con los libros impresos, con los periódicos, si el Ebook iba a acabar con Gutenberg. Y aún  se siguen reproduciendo esas dicotomías que para mí son incapaces de pensar en la simultaneidad y convivencia de los formatos y las lógicas, lo que para mí se acerca más a la realidad. 

Ahora, ¿nos uniforma Internet? Creo que por un lado hay un elemento unificador muy fuerte que más que Internet se llama capitalismo y economía de mercado que tiene como objetivo  propagarse, extenderse todo lo que pueda hasta ocuparlo todo. Entonces   sí que  hay un movimiento homogeneizador.

Pero por el otro lado hay una búsqueda contraria:  están los nacionalismos, los localismos, los movimientos de resistencia de las pequeñas asociaciones, los pequeños comercios o comercio justo, una cierta vuelta en la dieta de la gente hacia lo natural, lo orgánico, etc. 

Entonces creo que lo interesante de todo es cómo la realidad genera una acción y una reacción y esos dos movimientos se producen al mismo tiempo.  De todas formas, sí me parece que la literatura debe dar cuenta de la complejidad de ese fenómeno, no contribuir a la unificación.

Pero,  volviendo  a la pregunta, Internet como una ventana depende mucho de la capacidad de su observador. Preguntarnos si Internet nos uniforma sería como preguntarnos si  un conjunto de ventanas de un edificio iguala a todos los que espían a través de ella. Bueno, eso depende de en qué se fijen.

Es decir que en Internet cabe lo uniformado, lo homogéneo, y lo consumible de forma rápida, pero también cabe lo lateral, lo periférico, lo raro. Lo que te quiero decir con todo esto es que hay algunas contradicciones interesantes de analizar y la poesía es una manera de hacerlo.

El personaje de la novela es un estudiante de literatura fascinado con la tecnología, con el hecho de que un correo electrónico llegue en milésimas de segundos al otro lado del mundo. ¿Qué tan fascinado a la tecnología es Andrés Neuman?

El personaje de la novela es un tecnófilo absoluto y está fascinado con las novedades tecnológicas de su tiempo, como les suele ocurrir a los jóvenes. Pero si pienso en mí, trato de no ser ni apocalíptico ni integrado, así que tengo una relación de bastante naturalidad con la tecnología. No soy un fanático de ella ni tampoco la rechazo. Me parece un instrumento. El problema de la tecnología es cuando  se piensa como un fin y no como un medio para lograr cosas. 

En ese sentido tengo contradicciones. Nunca he querido tener un Smartphone, por ejemplo.  Soy de las pocas personas entre mis amigos que sigue teniendo un teléfono tonto, que a mí en cambio me parece muy inteligente porque sabe que es un teléfono y que por ello su misión principal es hacer y recibir llamadas. Y sin embargo sí tengo Ipad. 

Tengo además cuatro computadoras en mi casa, y una de ellas no tiene conexión a Internet para escribir con más tranquilidad. El uso de la tecnología pasa también por saber cuándo conectarse y cuándo desconectarse. 

Ahora, volviendo al personaje, él trata de aplicar una lógica poética a objetos que en teoría no lo son o a fenómenos que podrían pasar desapercibidos, como el hecho de que un correo llegue al otro lado del mundo en milésimas de segundo. 

Creo que la poesía es eso: un artefacto que sirve para asombrarse. La poesía como lógica literaria. La poesía es una tecnología insuperable porque vuelve asombroso lo rutinario, vuelve revelador lo que antes era invisible. Es una especie de lupa poderosísima.  Y lo que el personaje hace al leer su entorno tecnológico inmediato es darse cuenta de que todo es susceptible de ser poetizado, incluyendo un teclado, una pantalla, un cable o un correo electrónico. 

La novela juega mucho con el tratar de poetizar esos espacios teóricamente carentes de identidad, esos llamados no lugares: centro comercial, pantallas de computadoras. Me interesa mucho la capacidad del lenguaje para poetizar lugares u objetos que en la versión convencional de la realidad no tienen belleza o una estética particular. 

Yo creo que una de las misiones de la poesía es encontrar bellezas laterales y encontrar la estética de lugares teóricamente desprovistos de ella. 

‘La vida en las ventanas’ es una novela epistolar. Está contada a través de cartas que se envían por correo electrónico . ¿Por qué retomar este género?

Para responderte la pregunta vuelvo a una idea mencionada anteriormente. En mi concepto Internet y la cultura digital no es un punto y aparte sino un desarrollo de lógicas anteriores. 

Te pongo como ejemplo la Wikipedia. Me hace pensar en Borges. Me parece una mezcla perfecta entre dos cosas que Borges adoraba: las enciclopedias-Borges se educó leyendo la enciclopedia británica – y ‘El libro de arena’, esta fantasía de un cuento suyo mediante la cual un libro no puede decir lo mismo dos veces. 

Pues bien, ese ‘Libro de arena’ que es infinito se parece mucho al libro incalculable que es Wikipedia. Se está reescribiendo todo el tiempo. Cada segundo miles y miles de entradas en Wikipedia han estado siendo revisadas y reescritas, es decir que ahora mismo la Wikipedia dice una cosa distinta a lo que decía hace un segundo.  Y eso es una idea de Borges, quien murió hace 30 años. 

Por eso nunca me interesó pensar en tecnología sí o en tecnología no; tecnología a favor o en contra. Lo que en realidad me interesa es cómo vincular el pasado y el presente. De qué manera la tecnología me ayuda a pensar mejor la memoria histórica y hasta qué punto toda la tradición del pasado me permite utilizar con más riqueza la tecnología. 

Y literariamente hablando me interesaba mucho la tradición epistolar. Si pensamos en las vueltas de la historia – no olvidemos que la palabra revolución etimológicamente significa dar una vuelta entera- nos damos cuenta  que una tradición que antes nos parecía anticuadísima como el género epistolar ahora no lo es tanto. Hace medio siglo casi no se escribían novelas epistolares porque la gente sobre todo hablaba por teléfono.  Eso hizo que el género epistolar pareciera en extinción. 

Pero unas décadas después la gente vuelve a la lógica epistolar ya no en forma de carta impresa, sino mediante el correo electrónico. Entonces por esa vía tecnológica se recupera la posibilidad de pensar en un destinatario al que le hablamos todo el tiempo, pero al que no vemos ni escuchamos. 

Y siempre hay algo de conflicto con esa distancia. La paradoja sobre la que trabaja la literatura es esa: ¿cómo pueden parecer tan íntimas las palabras de alguien que está tan lejos? Eso vale para escribir un libro,  una carta, y también para escribir un correo electrónico. 

Entonces a mí me interesaba reflexionar sobre eso: la posible relectura de la tradición narrativa epistolar mediante la irrupción de todos los sistemas de mensajes empezando por el correo electrónico. 

En las redes sociales hacemos lo mismo. Escribirle a alguien que no siempre vemos...  Y  pareciera que lo que posteamos nos descubre mucho más a nosotros mismos que una cita con un analista.

Pasa con los usuarios de Facebook y también con el personaje de ‘La vida en las ventanas’:  necesitan comprobar constantemente que hay alguien del otro lado. Hay una especie de pulsión de soledad humana que no conseguirá abolir ninguna herramienta tecnológica porque tiene que ver con nuestra profunda identidad como seres humanos. Es la certeza de la soledad y la pulsión de la compañía. 

Y esto hace que todo el tiempo estemos preguntándole al otro lado de la realidad si hay alguien ahí. Eso es lo que hace alguien cuando postea algo en Facebook o en Twitter o cuando manda un correo. Como el personaje de la novela, que le escribe a una destinataria que no responde. Ese personaje ausente es un símbolo de la duda y de hasta qué punto somos escuchados, hasta qué punto hay alguien que nos lee. Es una duda que se podría  trasladar a muchos ámbitos. Uno escribe un libro y también se pregunta: ¿lo leerá alguien alguna vez?

Y esa duda es la duda de la propia existencia. Es decir: en el fondo la pregunta es: ¿mis palabras, así estén en Facebook, tienen un significado para otra persona? ¿Son traducibles, compartibles, una experiencia en común con otros?

Y todo el tiempo parece como si necesitásemos corroborar esa curiosidad. Entonces bueno, podrán desaparecer las redes sociales como Myspace, pero no desaparecerá nunca ese temor de saber si lo que decimos le importa a alguien. Y con ese temor creo que trabaja la literatura y el arte en general. Además  lo que late detrás de esos elementos modernos como las redes sociales en realidad son conflictos humanos permanentes. 

Esa necesidad de comprobar que alguien está del otro lado la medimos en la cantidad de likes. El éxito se mide en likes de hecho.  

Es una banalización preocupante. Pero es así. Tiende a aplicarse una lógica contable, mercantil, que mezcla cantidad y calidad. A mí a veces me sorprende la candidez con la cual los medios enumeran los likes  como si en sí aquello fuese significativo. 

Pero me parece que a la tecnología también se puede aplicar  un pensamiento banal, o un pensamiento complejo y conflictivo. Porque digo: si quisiéramos utilizar la respuesta en redes para pensar en la repercusión  de algo, mucho más interesante y literario sería contabilizar el número de respuestas y de discusiones, y  no de likes. 

El like es una respuesta automática inmediata y que puede implicar una absoluta falta de atención. Yo puedo darle like a algo a lo que no le concedo la menor atención o importancia. En cambio es muy difícil que yo me ponga a discutir o a comentar algo que no me importe en lo absoluto. 

Para finalizar, y volviendo a ‘La vida en las ventanas’, ¿este podría llamarse el siglo de la velocidad, en el que muchas de las cosas las resolvemos en ‘tiempo real’, un correo atraviesa el mundo en milésimas de segundo? ¿Somos tan distintos por ello? ¿O no tanto?

He escrito dos novelas casi opuestas como ‘El viajero del siglo’ y ‘La vida en las ventanas’, pero que en realidad quedan comunicadas  por esa posible reflexión que estamos haciendo ahora.

‘El viajero del siglo’ es una novela que transcurre en el Siglo XIX y que trata de pensar con ojos contemporáneos la historia de ese siglo. Y creo que existe un gran mal entendido sobre la imagen del Siglo XIX. Tenemos una imagen muy incompleta, sesgada. 

Solemos pensar que el Siglo XIX era un siglo lento. El siglo de la paciencia y de la vida lenta, las novelas largas, las cartas que duraban un mes, los viajes románticos en los que  lo importante era el desplazamiento y no tanto el lugar de llegada. Y siendo todo eso en parte cierto, se omite un dato fundamental: el Siglo XIX es el primero de la historia humana en el que la tecnología puede ir más rápido que la naturaleza. 

Es el siglo del barco de vapor, del ferrocarril, el siglo también de los diarios, cuando la información comenzó a circular a gran velocidad. Es el siglo donde por primera vez el ser humano puede pensarse más allá de sus límites biológicos. Y ese siglo aceleró completamente la realidad. 

Entonces eso que empezó con el barco a vapor y el ferrocarril no ha dejado de acelerar desde entonces, y creo que Internet podría enfocarse como la ultimísima y poderosísima aceleración de ese proceso. A mí me gusta más pensar más las historias así que pretender que estamos reinventándolo todo cada cinco minutos.

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