En Cali se puede recorrer la ruta del eterno escritor de la juventud: Andrés Caicedo

Septiembre 18, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos
En Cali se puede recorrer la ruta del eterno escritor de la juventud: Andrés Caicedo

Caicedo almorzaba en el restaurante Balocco, solo que en su época se llamaba Los Mellizos.

Crónica. Guillermito Lemos, amigo personal, y Ángela Rosa Giraldo, seguidora fiel, organizan un recorrido en la que se cuenta la vida y obra del escritor más famoso de Cali, Andrés Caicedo Estela. Se trata de una suerte de antídoto contra el olvido para una ciudad desmemoriada, una urbe que ignora su pasado. ¿Por qué tanto tiempo después de su muerte seguimos interesados en el ‘escritor de la juventud’?

Murió Carlos Tofiño. Sucedió hace apenas un mes. A Carlos Tofiño está dedicado ‘El atravesado’, el primer libro de Andrés Caicedo. A él y a Clarisol Lemos. Clarisol aún vive, por fortuna. Está en Barcelona, España. Escribe sus memorias sobre el escritor.Carlos en cambio tuvo problemas con las drogas. Seguía tomando trago y metiendo perico, dice Guillermito Lemos. Entonces le dio un infarto. Guillermito, sentado en la camioneta, las dos manos apoyadas sobre las rodillas, mirada a un costado, habla con nostalgia.- Se nos fue otro. Ahí debe de estar acompañando a Andrés. Andrés se refiere a Carlos Tofiño en sus cartas como el discípulo amado. Todo surgió de un cuento que fue verdad. Andrés organizó un curso. El primer día fueron 30 personas. El segundo, 15. El tercero, 10. El quinto, 2: Carlos Tofiño y Óscar Campo. Carlos Tofiño era como ‘pelión’, tropelero, del sur. Hay que tener en cuenta que Andrés establece en su obra diferencias entre el norte de Cali, que es permisivo, bisexual, anfitrión, complaciente, y el sur, que es machista, tropelero. Siempre hay una territorialidad. Por eso la ruta va así: vamos del sur al norte. La primera parada es en la casa de los padres de Andrés Caicedo: don Carlos Alberto y doña Nellie Estela. Es la número siete de la Calle de La Escopeta, en Ciudad Jardín, y Guillermito cuenta que don Carlos la vendió después de que murió doña Nellie. Esta casa, decía, ya tiene dos muertos y eso produce mucha tristeza. Andrés, claro, fue el primero. Don Carlos, antes de acostarse, le daba besos a sus fotos. Él también murió.La fachada de la casa es de paredes blancas y puertas negras. El camino para ingresar a ella es de piedra. Encima del muro de la entrada hay enredaderas. Afuera hay un jardín. Quien viva ahí debe amar las plantas. La casa solo la podemos ver desde afuera. Está ocupada por una familia que Guillermito no conoce. No hay un solo distintivo, una placa, que indique que aquí vivió el escritor Andrés Caicedo. En toda la ciudad, por cierto, no hay nada que lo recuerde. Cali no tiene memoria, cree Guillermito. Para conjurarlo, algunos de los lectores apasionados de Caicedo han propuesto que se le haga un monumento al lado de la estatua de Jovita, sobre la Calle Quinta, justamente la frontera entre el sur y el norte.Guillermito, 55 años, cabello negro revoloteado, rostro cuarteado, camiseta negra de los Rolling Stones, cuenta historias parado a un costado de la calle. Al frente, algunos curiosos miran asomados desde sus garajes.Andrés Caicedo se mantenía entre esta casa y su apartamento en el edificio Corkidi, en la Avenida Sexta, donde se mató después de dos intentos fallidos el 4 de marzo de 1977. Era una época de inestabilidad en la vida del escritor. Permanecía de pelea en pelea con el amor de su vida, Patricia Restrepo.Un burgués que le huía a la comodidad- Cuando se sentía solo, Andrés venía para esta casa. Y hay un cuento: sus papás le hicieron su propio cuarto estudio con biblioteca y baño, todos los hierros. Y a Andrés no le gustó.Andrés Caicedo era hasta cierto punto burgués, “un niño bien”, pero siempre huía de esas comodidades. Escribía críticas de cine para los periódicos El Pueblo y El País, hacía la revista Ojo al Cine, trabajó en Nicholls Publicidad y con lo poco que se ganaba se pagó apartaestudios en la colina de San Antonio y en ese edificio Corkidi.Andrés no soportaba vivir con sus papás. Era otro de sus tormentos. En realidad quizá no podía vivir con nadie. Era bipolar y de un genio explosivo que se encendía por pequeñeces, como la vez que su mamá puso un adorno delante de sus repisas que tapó el lomo de sus libros y Andrés escribió que eso le daba “una piedra y unas ganas de morirme”.También era gago, tartamudo, y por eso también sufría. A veces, cancelaba cursos que tenía que dictar. En sus sueños aparecían “personas temidas o despreciadas y gran dificultad para la articulación de las palabras”. Aparecía él, en realidad. Esa incapacidad para comunicarse, también, lo empujó a escribir. A los 13 años escribía poemas y cuentos breves. A los 25, tenía una obra, su universo.Esta es la tercera ruta Caicedo oficial que se hace, dice ahora Guillermito. La tercera ruta abierta al público, porque él la venía haciendo desde hacía 19 años para investigadores e interesados en la vida y obra del ‘escritor de la juventud’. Entonces vinieron Francisco Forbes, por ejemplo, que hizo junto con Álvaro Cifuentes una película sobre Andrés, ‘Noches sin Fortuna’; Álvaro Perea, que hizo un documental que tituló ‘Gonzalo Arango y Andrés Caicedo’; Juan Duchesne Winter, profesor de la Universidad de Pittsburgh y especialista de la literatura ‘caicediana’.Hasta que hace tres años Guillermito se encontró con Ángela Rosa Giraldo, una investigadora y docente de literatura que da cursos sobre Caicedo en colegios y universidades y que también, a su manera, hacía una ruta. Decidieron unirse, organizar este recorrido cultural en el que se mira la Cali del pasado a través de la literatura de Andrés. Intentar mirar como miraba el escritor, contar la ciudad que ha ido desapareciendo contrastándola con la de hoy. Es, también, otro ejercicio para conservar la memoria, dice Guillermito.Segunda estación La camioneta arranca de nuevo. Se dirige hacia Jamundí, al Valle de Chipayá. Es la segunda parada. Andrés Caicedo menciona el lugar en su novela ‘¡Que viva la música¡’, solo que con otro nombre: el Valle del Renegado.Guillermito cuenta que hasta ese valle se iba con Andrés a acampar. Fue su amigo personal. Lo conoció en 1972, en el Cine Club de Cali, un par de días después de que Caicedo estrenase, en la Universidad del Valle, su obra de teatro El Mar. Guillermito – hermano de Clarisol – tenía 12 años. Andrés, 19. Era libra. Cumplía años cada 29 de septiembre.El día que se conocieron hablaron de literatura. Guillermito a esa edad ya había leído a Mark Twain (‘Tom Sawyer’) Rudyard Kipling, (‘El libro de la selva’), Herman Melville (‘Moby Dick’). Coincidieron en que había pocas historias para jovencitos.Andrés le dijo que se quería dedicar sobre todo a eso, escribir para jóvenes como lo hizo ‘Marito’ Vargas Llosa en ‘Los cachorros’ o en ‘La ciudad y los perros’, pero donde se reflejara Cali, esa ciudad que “la parte amargamente un río como una navaja”.- Andrés no pensó que su literatura juvenil fuera a tener una repercusión a nivel latinoamericano y hasta a nivel mundial. ‘¡Que viva la música¡’ y varios de sus otros libros están traducidos al francés, dice Guillermito.La camioneta llega a Chipayá con el aire acondicionado a tope. Hace un calor de treinta grados. A lado y lado de la vía se ven extensos pastizales de verde claro, verde amarillo. Andrés escribió en '¡Que viva la música!' que le causó la impresión que este césped se movía sin avanzar. Quizá fue por lo que vivió justamente con Guillermito y Clarisol.Aquí, los hermanos Lemos trajeron a Andrés para que emprendiera un viaje de hongos. Guillermito tenía una idea: como Caicedo públicamente decía que era ateo, ese viaje psicodélico le taparía la boca. Y funcionó. Andrés no volvió a hablar en voz alta ni de ateos ni de nada parecido, sino que entendió que había otra realidad, otros mundos que se movían paralelos. Quién sabe qué vio. Ese viaje místico también se lee en '¡Que viva la música!'Andrés Caicedo, mucho antes de esos hongos, empezó a fumar marihuana cuando trabajó como actor y asistente de director en el Teatro Experimental de Cali. En un viaje a Los Ángeles para vender dos guiones que nadie compró, conoció las anfetaminas. Cuando empezó a viajar entre Cali y Bogotá por tierra se tomaba un Valium 10, un tranquilizante. La historia la cuenta el mismo Andrés en una especie de autobiografía que se publicó en el libro de cartas ‘Mi cuerpo es una celda’. Las cartas las buscó y organizó el escritor chileno Alberto Fuguet.Visto desde acá, el último puesto de la camioneta, Guillermito es un hombre genuino, sin máscaras. Como los personajes de Andrés, saben lo que son, les importa muy poco la opinión de los otros. Observarlo es imaginar que se mira al mismo Andrés. Guillermito cuenta que dejó de drogarse para simplemente vivir tranquilo. Hace 25 años no se toma un trago, hace 17 se fumó el último bazuco. En esa liberación no tuvo nada que ver alguna religión o medicina. Simplemente lo decidió. Los únicos rezagos que le quedan, acepta, son el cigarrillo – Piel Roja sin filtro que fuma como poseído – y el tinto.Lo de las drogas, explica, fue algo que previó Andrés Caicedo en ‘El atravesado’. Iba a darse una persecución, una limpieza social contra los drogadictos. En los 70 los que se drogaban era la gente linda, en los 80 en cambio el drogo lo relacionaban con la delincuencia.Andrés no alcanzó a vivir ese cambio de percepción pero lo visionó en ese cuento en el que en una noche matan a bala a Cencerro, al Osito, a Pérez, a Navarrete, la gallada de la Tropa Brava que se reunía en el Parque de la 26, el del Triángulo, en San Fercho, San Fernando. Hacia allá se dirige la camioneta en un rato. Antes se detendrá en el cementerio Metropolitano del Norte, tumba S93 de Andrés Caicedo, “el visionario”, dice Guillermito.Ruta académicaÁngela Rosa Girlado, cabello rojo encendido, gafas oscuras, cuenta que a este recorrido asisten, sobre todo, extranjeros. Han venido desde Uruguay, Costa Rica, Argentina, a conocer el mito Andrés Caicedo. También han venido de otras ciudades de Colombia como Medellín, Bogotá. Esta vez los que asisten son en su mayoría docentes que admiran su obra y la estudian con sus alumnos.Ángela advierte sobre un asunto: en Cali son muchos los enemigos de Andrés Caicedo. Son muchos los que denigran de su vida y obra. La ciudad padece una especie de maldición. No se admira a sí misma, se autodestruye. Como el mismo escritor. Su vida resulta una metáfora exacta de la ciudad.La profesora Vilma Penagos, una de las asistentes al recorrido, está de acuerdo. Es un fenómeno latinoamericano, dice, eso de no reconocer la propia fuerza creativa. Son los extranjeros los que tienen que venir a decirnos que somos buenos en esto o lo otro. Para no ir muy lejos, agrega, eso explica por qué las memorias de Guillermito y Clarisol sobre Andrés Caicedo se publicarán primero en francés. Están terminando el libro.Ángela sospecha que esa tragedia de no valorarnos empieza por el desconocimiento y esta ruta intenta ser una especie de antídoto. En Cali, piensa, las nuevas generaciones y los papás de esos muchachos no conocen en realidad quién es Andrés Caicedo, no lo han leído, apenas han escuchado que se mató, que se trababa.Como le sucedió a ella. Sabía que a Caicedo le decían “el escritor de la juventud”, nada más. Todo cambió el 7 de octubre de 2006. Ese día murió en Bogotá uno de sus grandes amigos, el escritor Arturo Alape.Ángela, triste, ese sábado se fue a pasarlo en un teatro donde de casualidad había un performance de Caicedo. Ahí sentada, frente a la tarima, se acordó que tenía un libro de él en su casa que jamás había leído: ‘El atravesado’. Se preguntó si en realidad era el escritor de la juventud como todos decían.Al lunes siguiente decidió leerle el libro a su grupo de alumnos de noveno en el colegio Santa Teresa de Jesús Fe y Alegría de la Comuna 18 de Cali. Fue un experimento. El grupo era difícil. Cuando entraba el profesor, era como un cero a la izquierda. No lo determinaban. En cambio tiraban papeles, gritaban, imponían sus leyes.Ángela les dijo a esos muchachos que les traía un libro nuevo. Y empezó a leer el inicio de ‘El atravesado’. Lo recita junto a la tumba de Andrés. Se lo sabe de memoria.- A mí el primero que me enseñó a ‘peliar’ fue mi amigo Édgar Piedrahíta, que fue el que fundó con su novia Rebeca la Tropa Brava. Fue el que me enseñó a usar la derecha, bien pueda tóquela. Ahora toque la izquierda. ¿Qué diferencia, no? Claro que antes de que Édgar me enseñara yo ya me daba con los de mi clase, en tercero en El Pilar.Sus alumnos no le creyeron. - Profe, usted está diciendo mentiras, no hay nadie que escriba así, con las palabras de nosotros - le dijo uno. Ángela le mostró la página. Y siguió leyendo. Ese noveno indisciplinado, disperso, estaba por primera vez sentado en media luna, alelado, en silencio, escuchando las historias de Andrés Caicedo que en los jóvenes ejerce un encanto curioso, dice Ángela: los atrapa porque contiene el sinsabor adolescente, las dudas, esa inconformidad permanente con lo que se tiene, el miedo que se pega del pecho como un mordisco.- Cuando conocen a Andrés, los muchachos sienten ganas de contar su propia historia.Suenan pitos como de árbitro de fútbol. Es mediodía. Los guardas de seguridad del cementerio anuncian su cierre. En la tumba de Andrés Ángela Rosa deja un ramo de flores.El escritor fantasmaDicen que lo ven. Dicen que Andrés Caicedo es una presencia sentida en ese apartamento 101 del edificio Corkidi. Que se aparece una sombra de pelo largo. Lo cuenta la profesora Clemencia Gálvez, otra de las asistentes a la ruta. La leyenda se la escuchó a una amiga, que a su vez tenía una conocida que llegó a vivir ahí. Quién sabe.En el edificio en todo caso, tantos años después, Andrés no es querido por su propietario, Isidoro Corkidi. Andrés se refería a su hermano, León Corkidi, como ‘el cerdo’. Y don Isidoro, dice Ángela, no quiere saber nada de ese muchacho que no solo le causó la incomodidad de matarse en uno de sus apartamentos sino que además le ponía salsa y rock a todo volumen y fumaba demasiado. Isidoro tiene una carta que le envió Andrés que aún no se ha publicado. Para qué, le dijo a Ángela, si son vulgaridades.Al corredor que conduce hasta la última morada del escritor apenas podemos entrar algunos. Decimos que venimos a ver los apartamentos que se ofrecen en arriendo. Ángela se encarga de las preguntas: ¿cuánto vale? ¿Incluye servicios? ¿Es tranquilo el edificio? Si decimos que venimos por Andrés, a lo mejor, no nos abren la puerta. Nadie quiere correr ese riesgo.Andrés Caicedo intentó matarse primero con 25 ‘blues’. Así le decía al Valium. Se los tomó en medio de una rumba. También se cortó sus venas. Días después escribió que lo despertó su sangre goteando sobre el piso de madera.En el segundo intento aumentó la dosis: 125 pepas. Se despertó en una sala de cuidados intensivos en la Clínica Santo Tomás de Bogotá, “creyendo, por la calefacción, que estaba en Cali”.Hasta que llegó el tercer intento que resultó definitivo: 4 de marzo de 1977. Andrés es visto por su novia teniendo una relación homosexual con un poeta, Harold Álvarado Tenorio. Discuten. Andrés se desespera. Siente que perdió a Patricia. Le escribe que no es homosexual, que eso fue una cosa chiflada que se dio. La busca por todo Cali. Cree que ella ha vuelto al Corkidi cuando escucha unas llaves, y se deprime al comprobar “que era la bruja de al lado” la que había llegado.Entonces, al final, se toma unos somníferos para espantar el desespero, la agonía, la angustia. El escritor Sandro Romero Rey, otro de sus admiradores fieles, describe lo que pasó después así: “Andrés Caicedo Estela se quedó dormido para siempre sobre su máquina de escribir”.El escritor cumplió una promesa: vivir hasta los 25 años. Tenía un miedo que lo atormentaba, cuenta Guillermito: ser testigo de la muerte de sus padres. Entonces prefirió entregar su cadáver antes que ellos entregaran el suyo. Premeditar la muerte, decía Andrés, era una forma de vencerla.Aunque algunos no creen que Caicedo se quería matar, por lo menos no ese día. El 4 de marzo de 1977 le había llegado el primer ejemplar de su novela '¡Que viva la música!' y eso, para un escritor, es lo que para un jugador de fútbol salir campeón. Ese día, también, le llegó una nevera. ¿Quién compra una nevera si se va a matar?La profesora Clemencia Gálvez sospecha que Caicedo se tomó esos somníferos, atravesó los límites, pensando en que ya los había pasado muchas veces y se había salvado. Esta vez no. Andrés, es posible, se confió. Guillermito interviene: su amigo se despidió de este mundo triunfando, con su novela publicada. Vivió su vida como planeó su muerte: con obsesión.En su testamento, que escribió varios años antes de su suicidio, Andrés le dejó a Guillermito su colección de discos de los Rolling Stones. Nunca se los entregaron. También pidió ser incinerado. Su familia no lo hizo. Era tradicional, conservadora, católica. Su cuerpo en cambio fue velado en esta, la Iglesia de Santa Mónica del norte de Cali, donde también lo bautizaron. Es el séptimo destino de la ruta.De paseo por La SextaLa ruta Caicedo es extensa. Tarda diez horas. Del cementerio vamos al restaurante de comida italiana Balocco, en la Avenida Sexta, donde almorzaba Andrés, solo que en su época tenía otro nombre: Los Mellizos. Pasamos por La Aragonesa, la cafetería donde se tomó los somníferos en su último día, nos detenemos en la esquina del Oasis, donde, como en el tiempo de Andrés, siguen vendiendo helados, aún es lugar de encuentro de galladas. En cada parada Guillermito lee un fragmento la obra del escritor. Comparar la realidad con la literatura es una manera de hacerla tangible, había dicho en la mañana. La profesora Vilma Penagos agregaba que Andrés Caicedo, al nombrar a Cali y sus lugares con nombre propio – Chipichape, Alameda, Vipasa (Vipepas), el viejo almacén Sears, – de alguna manera la hacía existir. Cuando algo se nombra, luego vive.El recorrido continúa. En la van escuchamos la música de Andrés Caicedo. Richie Ray, Bobby Cruz, los Rolling Stones, jamás The Beatles. Caicedo odiaba a The Beatles.Nos detenemos en la Academia de Dibujo Profesional, antes colegio El Pilar donde estudió Andrés. El colegio es mencionado en ‘El atravesado’. Al frente alguien pintó un grafiti ‘caicediano’: “Somos instantes”. Después pasamos por el Parque Versalles y el Castillo de los Cuervo, descrito en ‘¡Que viva la Música!’, ya destruido y reemplazado por un edificio inconcluso. Vamos a Miraflores, donde sucede el punto de giro en la novela, caminamos por El Parque El Triángulo, ese de la Tropa Brava.Guillermito, sentado en la camioneta y aún con las manos apoyadas en las rodillas, se seguía confesando. Con Andrés Caicedo tuvo una relación homosexual. Andrés no era homosexual, él tampoco, pero sintieron una atracción, una curiosidad y pasó. Su generación permanecía así: en una búsqueda constante de sensaciones. Después de la experiencia, Andrés y Guillermito pensaron que era una pendejada lo que estaban haciendo y siguieron siendo amigos, aunque los papás del uno y del otro se los prohibieron. Los padres de Caicedo culpaban a los Lemos de la “drogomanía” del escritor.Cuando se mató Andrés, recuerda ahora Guillermito, no fue capaz de ver su cuerpo. Era una grosería con él, piensa, verlo en un cajón acostado, inmóvil. Andrés, flaco, siempre flaco, melena larga y gafas gigantes, vivía, como sus personajes, en movimiento. Escribía cinco horas al día, iba a cine tardes enteras, caminaba Cali para arriba y para abajo y de vez en cuando, muy joven, le quedaba tiempo para jugar fútbol. Era arquero. Era hincha del Deportivo Cali. Cuando iba, salía ronco del estadio.La van llega a su último destino: El Teatro San Fernando, hoy convertido en iglesia cristiana. Andrés Caicedo, tal vez, se hubiera enloquecido para siempre con esa noticia. Aquí se pasaba días enteros con su Cine Club. Desde aquí, en las gradas de las afueras, también, se sentaba a mirar su ciudad. La de Andrés Caicedo era una Cali “con calor propio y calles angostas y andenes en mal estado. Una ciudad de mensajeros que silban mientras pedalean pensando en la negra que consiguieron por allí, en cualquier parte o en bicicleta”.Alguna vez, también, escribió: “He podido ser mejor, pero qué le vamos a hacer”.

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