El viaje con un mapa en blanco de Juan Gabriel Vásquez

El viaje con un mapa en blanco de Juan Gabriel Vásquez

Diciembre 19, 2017 - 06:30 p.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Editor de Crónicas y Reportajes de El País
Juan Gabriel Vásquez

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

Foto: Camilo Rozo - Cortesía Alfaguara, especiales para Gaceta

Hace unos años el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez pensaba que la literatura no servía para nada. Es lo que es, no hay que buscarle demasiadas vueltas, pero es importante en todo caso. Incluso lo llegó a decir en alguna parte. Y mencionaba los versos de Borges: la rosa es sin porqué; florece porque florece; no tiene preocupación por sí misma, no desea ser vista.

Con el tiempo, sin embargo, Vásquez ha ido cambiando de opinión. A sus 44 años, 7 novelas publicadas (‘Los informantes’, ‘El ruido de las cosas al caer, ‘La forma de las ruinas’) cree haber descubierto que la literatura sí sirve, y para mucho.

– Provoca cambios en la conciencia que acaban afectando nuestra manera de estar en el mundo. Una influencia invisible pero muy real en nuestras sociedades–.

En su más reciente obra, ‘Viajes con un mapa en blanco’, precisamente una recopilación de ensayos que exploran qué es la novela como género, escribe:

“Esto es lo que hace toda novela valiosa: observar un mapa, el mapa de un territorio que nunca ha sido explorado, y dirigirse a él para llenar esos espacios en blanco con los resultados de su exploración. El mapa en blanco es el de la condición humana, ese continente misterioso que la novela ha ido descubriendo, iluminando, con cada una de sus conquistas, y nosotros, los lectores de novelas, vamos a bordo de esa nave”.

La nave, la novela, dice Juan Gabriel Vásquez desde su teléfono celular, es de hecho la única forma que hemos encontrado los seres humanos para saber cómo viven los demás sus vidas enteras.

¿Cómo surgió esta nueva obra: ‘Viajes con un mapa en blanco’?

Todo empezó durante el primer semestre de este año, cuando di una cátedra sobre el arte de la novela como profesor invitado en la Universidad de Berna. La decisión que tomé fue usar las clases para darle forma a unas preguntas en las que había venido pensando por varios meses, y en particular la relación de la novela como género, el nacimiento de la misma, y nuestra posición ética en el mundo.

Es decir: pensar cómo la novela ha cambiado nuestra manera de explorarnos a nosotros mismos, pero sobre todo nuestra manera de comportarnos con los otros y eventualmente de construir las sociedades modernas que hemos construido, las sociedades democráticas.
Alrededor de eso escribí dos o tres ensayos, entre ellos el primero del libro, ‘Viajes con un mapa en blanco’. Y luego me fui dando cuenta de que alrededor de la novela como género había venido escribiendo otras cosas a lo largo de los últimos 8 años, y esos ensayos viejos incluían muchas de las cosas que yo había conversado con mis alumnos en la cátedra, muchas de las dudas que habían surgido en las clases.

Fue en ese momento cuando me pareció interesante recopilar todos estos textos y meterlos en el mismo libro para estudiar desde muchos ángulos distintos qué es la novela; como una serie de cartas a los lectores que compartieran mi entusiasmo por ciertos libros, y que fueran además una defensa de la importancia de la novela para los seres humanos.

El título condensa lo que es escribir: viajar con un mapa en blanco, un mapa que se va construyendo a medida que se escribe.

Así es. El título sale de una metáfora que hay en uno de los ensayos, que compara la novela con un viaje a un lugar desconocido, un lugar por el que nadie ha pasado antes, y entonces cuando leemos una gran novela estamos entrando a un territorio que nunca antes ha sido explorado y no sabemos lo que nos vamos a encontrar. En eso consiste la riqueza del género.

Leemos ‘Cien años de soledad’, leemos ‘El proceso’, leemos ‘En busca del tiempo perdido’ porque son novelas que nos llevan a lugares que nunca antes habíamos visitado, que no sabíamos ni siquiera que existían.
Pero esa metáfora, viajes con un mapa en blanco, sirve también para tratar de explicar lo que es esta cosa de escribir ficciones, de perseguir el destino de estos personajes que no existen, e ir construyendo su mundo, descubriendo lo que queremos decir a medida que escribimos.

Es lo que me sucede muchas veces: escribo una novela sin saber para dónde voy, sin saber dónde va a terminar, y es la escritura de la novela lo que permite entender cuáles son sus temas, sus preocupaciones, y por supuesto cuál es el destino de sus personajes.

¿Qué es la novela para usted?

En el libro he intentado definir qué es este aparato tan raro de muchas formas distintas. Pero una de las cosas que podríamos decir es que la novela es la única forma que hemos encontrado los seres humanos para saber cómo viven los demás sus vidas enteras.

Esto lo decía el escritor Ford Madox Ford. Y quiere decir que de ninguna otra manera, ni mediante la historia, ni mediante el periodismo, ni mediante las otras formas que hemos encontrado para contar la experiencia humana, podemos conocer las vidas de las demás por dentro.

El acceso que nos da ‘Crimen y Castigo’ al personaje de Raskólnikov, la manera en que conocemos a Raskólnikov, es una manera mucho más compleja y mucho más completa que si vemos la película del libro, o que si leemos un ensayo sobre la influencia de las ideas occidentales en la juventud rusa o alguna cosa por el estilo.

A Raskólnikov lo llegamos a conocer mejor que a nuestros amigos, mejor que a nuestros parientes. Y esto es profundamente importante porque con el surgimiento de la novela a finales del Siglo XVI, entre el Lazarillo de Tormes y El Quijote, ahí empezaron los seres humanos a hacer algo que nunca habían hecho de esa forma y era conocer por dentro a los que son distintos. Darle una dignidad y una densidad humana a gente común y corriente que nunca antes había tenido un lugar en las historias que se contaban.

Antes de estos libros, en particular de Don Quijote, las historias, la ficción en prosa, contaba historias de príncipes, de magos, historias de fantasía, pero nunca antes el hombre común y corriente, el hombre que nos cruzamos en la calle todos los días y que puede ser una persona sin ninguna importancia social como Sancho Panza, nunca antes ese hombre había sido el protagonista de las historias que nos contamos. Y nunca lo habíamos conocido por dentro, nunca lo habíamos conocido a cabalidad.

Eso es lo que nos permite la novela por primera vez a partir del Lazarillo de Tormes y El Quijote. Y eso es importante porque ahí comienza la posibilidad de la democracia como idea, que es una idea asociada a la tolerancia y a la igualdad.

El cómo se escriben las novelas es otra de las exploraciones del libro. En alguna parte se dice que las grandes novelas reflexionan sobre el arte de escribir. Pero cada novela requiere un cómo...

La novela, cuando no es una novela de género, cuando no es un thriller, o una novela policial, o romántica, cuando estamos hablando de la novela seria, por llamarlo de alguna manera, – es un atajo conceptual – pero para estas novelas que podríamos llamar serias efectivamente no hay fórmulas, no hay recetas. La novela es un descubrimiento de un territorio desconocido, y eso incluye también el método, la forma.

Es decir: no solo vamos a contar algo que no sabemos qué es, no solo nos estamos metiendo en un mundo oscuro donde no sabemos lo que está pasando, sino que además tenemos que inventar los medios para ir allá. Inventar una voz, un estilo, una técnica, unas reglas de juego. Y en últimas es todo eso lo que nos permite el acceso a esos lugares.

Cuando García Márquez descubrió la voz con la que cuenta ‘Cien años de soledad’, fue cuando supo que podía acceder a una realidad colombiana y latinoamericana a la que antes no podíamos ir.

Pero él no hubiera podido escribir ‘Cien años de soledad’ con el estilo escueto de ‘El Coronel no tiene quien le escriba’. No hubiera llegado al mismo sitio. Para llegar a ese lugar que nos permite ‘Cien años de soledad’, él tenía que inventar ese tono, esa voz, que era la voz de su abuela cuando contaba historias. Esto es algo de lo que también habla ‘Viajes con un mapa en blanco’, que es un libro también para escritores en potencia. Eso es evidente y estaba entre mis intenciones. Hablarles también a quienes comienzan a escribir para compartir una serie de ideas y de preguntas que a mí me parecieron importantes cuando yo empezaba.

Se cree que hay dos tipos de escritores: los que encontraron una voz única para sus historias, y los que tienen una voz distinta para cada libro. ¿Qué es lo ideal?

Hay grandes escritores como Javier Marías o Thomas Bernhard que encontraron una voz en algún momento y se quedaron a vivir allí para el resto de la vida, y vamos a esos escritores para recuperar esa voz y ese mundo conocido. Y otros escritores como Cortázar, Pamuk, probablemente el primer García Márquez, que cambian entre libro y libro publicado porque cada libro hace preguntas nuevas, cada obra representa un problema nuevo y por lo cual se debe tratar de una manera nueva, con herramientas distintas. Por eso ‘La hojarasca’ no se parece en nada a ‘El Coronel no tiene quien le escriba’, y el ‘Coronel’ no se parece a ‘Cien años de soledad’ y ‘Cien años de soledad’ no se parece en nada a ‘El otoño del patriarca’.

Son búsquedas distintas que pasan por inventar nuevas estrategias, nuevos lenguajes, nuevas estructuras para responder a esas preguntas diferentes que hace cada libro. Pero evidentemente, como siempre pasa, en literatura lo que funciona es lo que vale. A unos les funciona así, a otros de otra manera.

El oficio del novelista es de alguna manera irracional. A poca gente le llama la atención eso de encerrarse meses a escribir. ¿Cómo definir este oficio raro?

El novelista es alguien que — por lo menos como yo lo entiendo y he tratado de practicarlo— vive una paradoja constante que es esconderse del mundo, trabajar en la soledad completa, comprometerse en soledad con los destinos y los problemas de gente que no existe, y sin embargo también logra un compromiso con el mundo real muy intenso.

Todas mis novelas son obras escritas en esas condiciones. Antes del momento en que me encierro en el estudio a escribirlas, he pasado muchos años saliendo al mundo para hacer entrevistas, casi un trabajo periodístico a lo largo de muchos años, que es lo que me sirve para construir las novelas. Mentir con conocimiento de causa, como dice Vargas Llosa.

Entonces hay esa doble cara del novelista: que es alguien que a través de la soledad y el aislamiento logra salir y vivir el mundo de una manera muy intensa y muy directa.

De alguna manera el escritor juega a ser Dios: crea un universo. La literatura nos sirve para reescribir la realidad. ¿Cuál es el papel del escritor?

El novelista intenta poner orden en el caos de la experiencia humana, a ver si logra entenderlo mejor. Lo que hace una novela de alguna manera es sintetizar la experiencia caótica que tenemos como seres humanos, darle estructura, en busca de un sentido. Y ese es su poder: en las novelas logramos entender una experiencia humana de principio a fin. Como si la vida fuera completa, accesible al entendimiento, y como si pudiéramos mirarla y sacar de ahí ciertas conclusiones. La escritora que inventó Coetzee, Elizabeth Costello, dice en alguna parte que la novela es un intento por comprender al ser humano caso por caso.

Es decir: en medio de la maraña de la experiencia humana, una novela coge un destino humano e intenta comprenderlo a cabalidad y así nos permite ir abriéndonos paso en el caos de la experiencia humana.

El libro trata además sobre los tipos de escritores. Habla de Vargas Llosa como un escritor realista: aquellos que logran que el lector viva el mundo que construyeron, más que leerlo. ¿Qué tipo de escritor es usted?

Yo también me pregunto qué tipo de escritor soy. Escribo para tratar de saber eso. Pero las novelas a las que regreso para tratar de que me enseñen cómo escribir las mías, son con mucha frecuencia las novelas de lo que llamaríamos realismo. Las novelas de Vargas Llosa, Philip Roth, Dostoievski, Tolstoi, Conrad. Son novelas que han tratado de llevar el realismo a otros lugares, han tratado de ampliar lo que el realismo literario puede hacer para contarnos la vida de otra forma. Eso es lo que yo he buscado hacer: utilizar los moldes gráficos de la novela realista que viene del Siglo XIX y llevarlos a lugares nuevos, tratar de cambiarlos y trastocarlos para que nos permitan contar nuestro mundo y nos den un acceso a verdades que no hemos explorado o que no hemos sabido ver.

¿Cómo se forma un novelista?

Creo que el novelista es alguien que se ha entrenado para ver el mundo con detenimiento. Para no dejar pasar las informaciones que la vida nos da segundo a segundo. Y ese entrenamiento, ese mirar la vida con atención, es conocer a los otros. De alguna manera es un acto de generosidad, porque implica hacer un esfuerzo por entender a los otros, por fijarse en sus vidas externas y tratar de comprender sus vidas internas.

Henry James, que es un novelista que me gusta mucho, aconsejaba a una escritora que le pedía consejos por cartas tratar de ser alguien en quien nada se pierda. Eso quiere decir estar en estado de absoluta receptividad, oyendo el mundo, viendo y recopilando informaciones para que nada se pierda.

Y creo que esa es una deformación profesional que tenemos los novelistas: nos convertimos en chismosos profesionales, estamos todo el tiempo metiéndonos en las conversaciones de los otros, poniéndole más bolas a la mesa ajena que a la mesa en donde estamos. El novelista es un curioso impenitente. Está constantemente sintiendo el misterio de las vidas de los otros, preguntándose cómo son los demás, cómo viven sus vidas cuando están solos, qué tipo de relación tienen con sus parejas o con sus padres, qué cicatrices llevan en el alma, y esa curiosidad malsana es al mismo tiempo un rasgo de empatía. Las novelas nos entrenan en el arte de la empatía.

Se dice que la gente no lee en estos tiempos de Internet. ¿Están amenazadas las novelas?

Yo creo que vivimos en un momento muy contradictorio en el que se publican más novelas que nunca, en el que las novelas más exitosas suelen ser ladrillos de 1000 páginas, y sin embargo, al mismo tiempo, los valores que defienden nuestro mundo contemporáneo son opuestos a los que defiende la literatura. Nuestro mundo de las redes sociales es un mundo de distracción constante y el mundo de la literatura es un mundo de concentración. El mundo de las redes sociales es un mundo de compañía y de gregarismo, y el mundo de la literatura se suscribe en la soledad, la soledad del lector y la soledad del escritor.

En el mundo de las redes sociales manda la rapidez, y el mundo de la literatura exige lentitud: bajar el cambio e ir más despacio para pensar en lo mismo durante largos espacios de tiempo. En las redes sociales es todo lo contrario. Entonces hay una tensión entre los dos lenguajes, aunque estoy convencido de que los dos pueden convivir. Pero sí me parece que la literatura seria se ha quedado un poco arrinconada porque claro, el tiempo de los seres humanos es limitado y yo creo que una novela larga y seria no es la primera opción de la mayoría de la gente para gastar su tiempo.

Para muchos es una opción gastar el tiempo leyendo libros de tiro largo. A propósito, y para terminar, ¿qué novelas va a regalar en esta Navidad?

Voy a regalar varios libros: ‘Ficcionario’, de Ricardo Silva Romero; ‘Cosas peores’ (cuentos) de Margarita García Robayo; ‘Distancia de Rescate’, de Samanta Schweblin.

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