El último adiós a Carlos Ordóñez, maestro de la cocina vallecaucana

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El genial Carlos Ordóñez partió, pero nos ha dejado una herencia invaluable en obras como el ‘Gran Libro de la Cocina Vallecaucana’. Vamos a recordarlo con comida.

El último adiós a Carlos Ordóñez, maestro de la cocina vallecaucana

Enero 29, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
El último adiós a Carlos Ordóñez, maestro de la cocina vallecaucana

Carlos Ordóñez, fundador de la famosa cadena de restaurantes Fulanitos.

El genial Carlos Ordóñez partió, pero nos ha dejado una herencia invaluable en obras como el ‘Gran Libro de la Cocina Vallecaucana’. Vamos a recordarlo con comida.

Ayer fue despedido por su familia y sus amigos más cercanos el estudioso de la cocina colombiana Carlos Ordóñez Caicedo, autor del Gran Libro de la Cocina Colombiana y el Gran Libro de la Cocina Vallecaucana. Lea también: A los 87 años murió Carlos Ordóñez, defensor de la cocina vallecaucana.

Fue despedido en el Cementerio Metropolitano del Norte con un sonoro y efusivo aplauso que, entre lágrimas, le ofrendaron sus seres queridos, al tiempo que su gran amiga Gloria Castro, fundadora de Incolballet, hizo sonar la canción  ‘A mi manera’, en la voz de Frank Sinatra, que resume a la perfección lo que fue la vida del bailarín, actor, mimo, empresario, chef, escritor, perrero, hombre de teatro, guionista, coleccionista de arte, gocetas y goloso irredento.

“El final ya está cerca. Y enfrento el último telón. Amigo, lo diré sin rodeos. Hablaré de mi caso, del cual sé mucho. Tuve una vida satisfactoria, recorrí todos y cada uno de los caminos. Y más, mucho más aún, lo hice todo a mi manera...”, dice la canción que arrancó las lágrimas de todos los presentes, entre ellos los chefs de la ciudad y la historiadora del arte y columnista gastronómica Soffy Arboleda.  Así concluyen 80 años  de dar y recibir afecto, en especial a través de la cocina.

Para quienes no lo conocen, Carlos Ordóñez fue el hombre que les enseñó a los bogotanos a comer aborrajados, marranitas, lulada y tamal valluno. En los años 80 abrió un pequeño local en la Calle 81 con Carrera 9a de Bogotá y montó un pequeño sitio de sánduches cubanos. “No cabían más de diez personas flacas”, contaba con la gracia y el sentido del humor que fue su sello. 

Un día se le ocurrió su mejor idea: vender tamales, y sancocho los domingos. “Con tan buena suerte que una famosa crítica gastronómica   fue a mi restaurante y escribió que el mejor sancocho del país lo vendían en un garaje de Bogotá. Al día siguiente se me llenó el negocio. La gente llegaba en carros, llegaban con ollas y se llevaban el sancocho”, contó en su última charla con  El País, de la que compartimos los siguientes apartes: 

Ese fue el inicio del muy exitoso restaurante Fulanitos. “Pronto no tuve uno sino seis y no hice más porque no me dio la gana, uno pagaba el otro y no supe ni por qué. Me volví profeta de la cocina valluna”, relataba. 

Fue entonces que su gran amiga, Aura Lucía Mera, lo convenció de recorrer el país de punta a punta para un libro de recetas nunca antes hecho.

Manos a la obra, Carlos Ordóñez se embarcó en esta aventura que lo llevó desde La Guajira hasta las profundas selvas amazónicas, probando y preguntando.

“En La Guajira me secuestraron, porque creyeron que yo era de la Dian o de la CÍA y que venía a denunciarlos por contrabando. No me creían que yo solo pretendía escribir un libro de cocina, eso les sonaba rarísimo”, recordaba. 

En otras poblaciones lo sacaron amenazado con pistolas y gritos de furia, pues creyeron que venía a robarles las recetas para montarles la competencia, pero también fue recibido con los brazos abiertos enmuchas regiones del país.

“Saqué 2000 recetas en un año y medio. Fui a todos los rincones del país y hoy es la Biblia de la cocina colombiana porque ese trabajo nadie lo ha vuelto a hacer, que yo sepa”, dijo. 

Tras esta travesía editorial, su glotón interior quedó empoderado y jamás regresó a la normalidad. Hace cinco años, Carlos Ordóñez tomó una decisión trascendental: como no tuvo hijos les entregó, con todo y escrituras, sus seis restaurantes a sus leales empleados de toda la vida. Y ellos a cambio, en agradecimiento por este gesto de generosidad, jamás desampararon a su  mentor.

Al preguntarle por este episodio y por el vínculo que lo unía a sus empleados-herederos, sus ojos se llenaban de lágrimas y concluía:  “Lo he tenido todo, lo tengo todo, estoy agradecido con la vida”.

Seres de su talante y su singularidad son irremplazables. Paz en su eterna morada, donde ya mismo debe estar gozando de grandes banquetes espirituales. 

Como la mejor forma de recordarlo es comiendo,  a los lectores les compartimos algunas  de las  recetas que reposan en su Gran Libro de la Cocina Vallecaucana*.

Y para brindar por él en  tiempos de calor, nada mejor que su  sorbete de chontaduro con receta “importada” de  Juanchaco y Ladrilleros:

Licúe la leche y el chontaduro, cuele para sacar la fibra. Coloque nuevamente en la licuadora, agregue la panela y el hielo, bata y sirva. Como diría Carlitos Ordóñez: “¡Y a hacer hijos!”.

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