El teatro según Fabio Rubiano

El teatro según Fabio Rubiano

Noviembre 02, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Juan Andrés Valencia C. | Periodista de GACETA
El teatro según Fabio Rubiano

Fabio Rubiano, dramaturgo bogotano.

El dramaturgo bogotano estuvo en Cali como invitado de honor del festival Brújula al Sur, donde dictó un taller. GACETA habló con él acerca de su gran pasión.

Fabio Rubiano es un provocador nato. Quien ha visto alguna de las 20 obras que ha montado en 27 años de carrera artística que lleva, lo sabe. En todas ellas hay una intención de representar sutilmente la violencia y de burlarse de la realidad, por más absurda e inverosímil que parezca.O más bien gracias a esa realidad tan colombiana, tan raizal, es que él ha logrado crear un universo dramático donde el humor negro es protagonista. Sucede en ‘Sara dice’, la historia de una comunidad que establece la regla de cometer un solo asesinato cada 100 días para mantener el orden. También pasa en ‘El vientre de la ballena’, una comedia negra con tintes de crónica roja que gira en torno al inframundo de las redes de trata de niños, los vientres de alquiler y el tráfico de órganos.Montajes como éstos le han valido premios nacionales e internacionales, becas y giras que hacen de su Teatro Petra, fundado con Marcela Valencia, uno de los centros de artes escénicas más dinámicos y productivos del país. Así es el teatro de este agudo intérprete de la realidad. Fabio, usted vino a Cali en su doble condición de tallerista y director. Si tuviera que escoger entre la cátedra y la dirección, ¿con cuál se queda? Yo estudié en la Escuela Superior de Teatro de Bogotá, y luego con Santiago García y José Sánchez Sinisterra. Todos mis maestros han estado ligados a la práctica, que no sucede en otras escuelas y países, donde son solo teóricos. Eso para mí no tiene sentido, porque el teatro es de hacer, de ver y de tener una relación con el público. Si usted no establece esa relación, no tiene sentido.¿Qué es lo que avala esa relación? ¿El aplauso del público?Hay diferentes tipos de resultados. Evidentemente el aplauso siempre determina cosas. Si al terminarse la función todos se levantan y aplauden durante seis minutos con vivas y bravos, algo está funcionando bien. Nos pasó en Francia, por ejemplo, cuando también tuvimos aplausos protocolarios con la misma obra en otros sitios. No es que en un sitio lo hayamos hecho bien y en el otro no, sino que cada quien asume la historia según como le golpee.¿Cuál ha sido la obra más importante en su carrera?La primera, ‘El negro perfecto’, porque con ella me mostré al mundo. Me acuerdo mucho que Carlos José Reyes fue a verla, se quedó hasta el final y dijo que era muy interesante lo que estábamos haciendo a tan corta edad. Eso fue un impulso a nuestra moral. Luego vino ‘Amores simultáneos’, que se hizo con un buen presupuesto en el Teatro Popular de Bogotá, y donde están sembrados todos los lenguajes que utilizaría luego. De ahí en adelante empezó la “temporada de éxitos” con ‘Pinocho y Frankenstein le tienen miedo a Harrison Ford’, ‘Sara dice’ y ‘El vientre de la ballena’. ¿En qué obra anda ahora?En ‘Labio de liebre’, que es una pieza bendita desde el principio porque ya tiene patrocinio y productor. Se estrenará en marzo en el Teatro Colón. Es sobre el perdón. El perdón. Parece propicio para estos días en que se habla de paz.Sí, por supuesto. Pero independientemente de que se den o no esas conversaciones, este es un país que tiene que aprender a perdonar.¿Cómo es el proceso de montar una obra?Todo empieza con una idea visual, que no parta de un concepto. Hay que entrar con un momento exacto, como una mujer que es golpeada. Yo sabía que en ‘Labio de liebre’ tenía que tener un hecho imperdonable para ver qué posibilidades podía tener de perdón. Y sobre todo, tener un victimario que tuviera un marco teórico absolutamente contundente para poder realizar una acción atroz. Porque nadie realiza una acción atroz solo porque es malo. Los malvados son muy atractivos, cultos, convencen, usan diminutivos, atraen a la audiencia, y son hábiles en el manejo del lenguaje. Después tienen que aparecer las víctimas, y que dentro de ellas haya victimarios, porque este país es tan ambiguo, que aquí las víctimas también tienen mucho qué explicar.Viendo en retrospectiva su carrera, ¿qué tanto tienen sus obras de fantasía y de realidad? Tienen de todo. Pero no se puede dejar de hablar del sitio en el que uno vive. Incluso cuando uno deja de hablar del lugar donde vive también está hablando del lugar donde vive. Eso pasó en cierta época muy violenta de los Estados Unidos donde todas las obras hablaban de paisajes felices. Entonces si uno coge ese fragmento de la historia dramática de ese país, nota que habla del mundo que querían tener y aquí, en medio de esta guerra tan aterradora que vivimos, usted puede ver la profusión de comedias y stand-up comedies que no se refieren a nuestra situación. Ahora, para mí la realidad es una referencia poética, y no me interesa hacer alegorías de la realidad.¿Qué le interesa entonces?Hacer preguntas sobre la realidad. ¿De verdad esta víctima es víctima? O la de ‘El vientre de la ballena’: ¿de verdad es malo que una niña se dedique a la prostitución? Te dicen “si tu hija se queda en ese barrio donde vive, en tres años va a estar embarazada, va a tener una enfermedad venérea, va a estar en las drogas o involucrada en el sicariato. Mejor entréguemela tres años, yo la protejo, la pongo a que atienda hombres, todos con condón, nunca borrachos, sin hacerle daño, y se la devuelvo con una pensión, con una buena dentadura, con servicio médico y con ahorros para su futuro. Dígame qué prefiere. Suena macabro...Muy macabro. Y en la lógica uno diría que se lleven a esa china, que se la lleven tres años y nos escribimos por ‘chat’. O la respuesta moral es “No, cómo se le ocurre”. ¿Entonces va a dejar que se pudra allá? Es entrar en una dicotomía. Frente a eso hago la pregunta: ¿es esa la solución? Lo que hay que ver es dónde está esa fractura social tan profunda que permite que yo logre pensar que es mejor que mi hija sea puta tres años porque no soy capaz de sostenerla en el ambiente donde naturalmente ha vivido. ¿Y cómo se da cuenta el dramaturgo que el público llega a esas reflexiones a partir de una obra? A mí no me interesa que reflexionen, a mí lo que me interesa es que la pasen bien y no se aburran, porque no me considero creador de conciencias. ¿Si yo no sé cómo está mi conciencia, cómo puedo crear la de alguien más? O sea que lo más importante del teatro es entretener...Para mí lo importante es que la gente no se aburra y que el teatro se haga bien. Eso no significa que un artista eluda sus responsabilidades éticas. Todos tenemos unos principios, y eso incluye a los artistas. Si bien considero que el teatro es para producir placer, no generaría placer con algo con lo que esté en desacuerdo; es decir, aunque sea el primer objetivo, no se puede dar a cualquier precio. No haría una obra para promocionar la homofobia, el antisemitismo, o el racismo; por más divertida que fuera, por más placer que produjera. Producción de placer sí, pero sin pactos con el diablo.¿Cómo ve el teatro en Colombia? Está muy bien, tiene una presencia internacional muy interesante, y hay una nueva generación de autores y escritores que están renovando el movimiento teatral. Afortunada o desafortunadamente todos están reunidos en Bogotá, pero hay un combo muy fuerte de todo el país girando por el mundo.¿Y a qué cree que se debe eso?A muchas cosas. El Iberoamericano influyó a una generación anterior, que es la mía. E influyó mucho sobre todo para ver a los grandes monstruos cerquita. Ha influido Internet también. Hace 30 años tener acceso a todos los movimientos teatrales del mundo no era fácil. Solo se podían conocer viajando o suscribiéndose a revistas. Yo, por ejemplo, ahorraba mucho para suscribirme. Me llegaban publicaciones de Alemania, de la Unión Soviética y del teatro argentino. Pero ahora si uno quiere ver a Romeo Castelucci o Robert Wilson, los encuentra en YouTube. Lo otro es que esta generación tiene más confianza, y las ideas que tienen las hacen. Recuerdo que hace 30 años quería hacer teatro en casas y después me dije “y eso pa’ qué”. Pues ahorita lo están haciendo, al igual que el microteatro, el ‘site-specific’, los teatros itinerantes.¿Usted trabajó con Enrique Buenaventura? No. Con él comí un par de veces, estuve en sus talleres, lo leí muchísimo, y me gustaban muchas cosas suyas como sus escritos teóricos, pero sí sé que no le gustaba lo que yo hacía porque en un Premio Nacional de Dramaturgia que me gané, él, que era uno de los jurados, hizo salvedad de voto. Pero por otro lado en el primer Iberoamericano que yo estuve, a los 24 años, leí una ponencia llamada ‘El espacio citadino como tema teatral’. Al final se acercó y me dijo “fue la que más me gustó, muy bien escrita”. Alcancé a sentir contracciones.¿Qué tan fuerte ha sido su impacto en el teatro nacional?Absoluto. Fue un impulsor de una dramaturgia nacional, y como era un artista tan poderoso, tan culto y con una pluma tan fina, no era solo la carreta que echaba sino el trabajo que mostraba. Él reflexionaba sobre su trabajo a la vez que mostraba unas obras que daban la vuelta por el mundo y eran premiadas y traducidas. Eso es de un tipo que tenía toda la potencia y sabía lo que estaba hablando. Pero sobre todo generó el que yo creo que fue su rasgo más grande: impulsar posibilidades y mecanismos de creación que nos pertenecieran a nosotros y no que vinieran de afuera.¿Qué le dejó su paso por la televisión?Que ya no me requisaran tanto los celadores. Pero la televisión no me interesaba. Lo normal es eso, que a ustedes no les interese la televisión...Eso era antes, ahora todos hacen televisión. ¿Y los mejores actores de la televisión vienen del teatro? Sí. Mire la parrilla, y todos los buenos actores vienen del teatro, entonces que no le digan a uno los directorcitos que “está muy teatral”, porque lo que se necesita es que sea teatral. Pero digamos que yo tenía una visión sesgada de la televisión. Cuando yo entré a ella, lo primero que me sorprendió es la gran cantidad de gente preparada que hay. Creía que era fácil...Sí, es como cuando dicen que las películas de Dago García las hace cualquiera. Vaya haga eso y meta un millón y medio de espectadores a ver si puede. ¿Y cómo es eso de que el cine es el hijo rico y desagradecido del teatro?A veces es desagradecido. Porque creen que se inventaron solos, porque creen que el cine nació del cine y no, el cine nació del teatro, y de la televisión también. Como si sus directores no hubieran visto nada en HBO, o como si los actores que les ayudaron en sus primeros cortometrajes no fueran los actores de televisión que llamaron en último semestre para que les colaboraran. Y hay otros que prefieren actores naturales. Eso me parece antipático. Ahora, si actor natural es todo aquel que no está preparado, que nunca ha estudiado actuación pero actúa, pues la televisión está llena de actores naturales. Pero entonces dicen que sí, que necesitan gente sin formación, porque así sale mejor todo. ¿Sí? ¿Están seguros? ¿Le van a decir eso mismo a Al Pacino, a Dustin Hoffman? También sucede que cuando quieren un actor natural, tiene que ser pobre, porque un actor natural rico no les funciona. Ahí es cuando creo que hay cierta hipocresía frente a la gente que ha estudiado.

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