El poder de las mujeres en la literatura

Marzo 11, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Por: Pilar Quintana ? Especial para Gaceta
El poder de las mujeres en la literatura

Rosa Montero, una de las escritoras más representativas de la literatura hispanoamericana contemporánea.

En 1405 la escritora Christine de Pisan señaló que “Si las mujeres hubiesen escrito libros, todo habría sido diferente”. ¿No era hora de que las severas leyes de los hombres dejaran de impedirles a las mujeres el estudio de las ciencias y otras disciplinas?. Hoy, medio siglo después, a las escritoras les siguen preguntando si su literatura es femenina. Reflexión sobre algunas batallas ganadas... y otras no tanto.

De niña le tenía pavor a la Llorona. En mis terrores nocturnos la veía traslúcida como un fantasma, siempre de blanco, y con el pelo largo y desordenado, vagando por los montes que había afuera de mi ventana. En ese entonces vivíamos en el campo y los campesinos de la región se encargaban de alimentar mis miedos. ¿Dónde están mis hijos? se lamentaba la Llorona, y yo creía que cualquier noche de estas iba a llegar a mi ventana. Solo era cuestión de tiempo. Las sombras de los árboles se agitaban, yo cerraba los ojos porque de pronto era la Llorona que al fin me había encontrado y me cubría los oídos para no oír sus lamentos desgarradores. ¿Dónde están mis hijos? La Llorona andaba buscando a sus hijos porque ella misma los había matado. Y ahora venía por mí. La Llorona se llevaba a los niños ajenos para reemplazar a los suyos y luego los mataba, en un círculo vicioso que era su condena.Eso, en la versión colombiana. O, por lo menos, en la que me contaron a mí. El mito de la Llorona existe a lo largo de toda Latinoamérica. Desde Chile hasta México. Los detalles cambian pero la historia es siempre la misma. Una mujer que vaga por los montes porque ha perdido a sus hijos. A mí se me ocurre que no es casualidad que en tantos países ocurra el mismo mito y que puede ser que el de la Llorona tenga un origen común.Según la tradición judía, Eva no fue la primera mujer de Adán ni tampoco la primera de la creación. Antes de Eva estuvo Lilit. Para el sexto día de la creación Dios ya había creado a Adán, incluso a todas las bestias, mas no a la mujer. Cuando Dios le presentó las bestias para que las nombrara, Adán se dio cuenta de que algo no cuadraba. Todas venían en pareja, un macho y una hembra por cada especie. Adán, que para entonces era un hombre hecho y derecho, copuló con cada una de las hembras en el que es tal vez el primer episodio conocido de zoofilia. Como no encontró satisfacción en el acto, le hizo el reclamo a Dios: cómo era que todas las criaturas tenían pareja menos él. Él, que era la obra cumbre de su creación. Dios remedió la injusticia creando a Lilit.Lilit fue formada del mismo modo que Adán. No a imagen y semejanza de Adán sino a imagen y semejanza de Dios. Y no sacándola de una costilla, como si fuera un humano de segunda generación, clon del modelo original, sino moldeándola con el mismo barro que había usado para crear a Adán. Lilit era igual a Adán. Tal vez por eso nunca se llevaron bien.A Lilit no le gustaba la posición del misionero. ¿Por qué tengo que acostarme debajo de ti?, le preguntaba. ¿Por qué, si somos iguales? Lilit no era el prototipo de la mujer sumisa. Ella tenía necesidades propias que satisfacer. Cuando Adán, imaginémoslo desesperado por la urgencia de la testosterona, intentó someterla por la fuerza, Lilit lo abandonó. Fue a dar al Mar Rojo y ahí encontró a unos demonios que, al parecer, no eran tan remilgados como Adán en el tema de las posiciones sexuales pues Lilit tuvo hijos con ellos.Dios, tan paciente con los desmanes de la libido de Adán que había fornicado con todos los animales, tan comprensivo que hasta le procuró una solución, no entendía de necesidades femeninas. A Lilit la condenó. Y su castigo fue hacer que murieran cien de sus hijos cada día. Desde entonces, dicen las tradiciones judías, Lilit se venga matando niños. Dicen. Y uno se la imagina vagando por los montes, despeinada y de blanco, traslúcida como un fantasma, lamentándose por sus hijos y preguntándose ¿Dónde están mis hijos? Uno se imagina que el alma en pena de la Llorona es Lilit, la primera feminista de la creación.Pero entonces Dios, quizás para aliviarle el despecho a Adán que otra vez se había quedado solo, sacó a Eva de su costilla. Un ser humano de segunda generación y subsidiario del hombre, y al mismo tiempo tan perverso y dañino que fue capaz de perder a toda la humanidad. Y fue Eva quien dominó el concepto de mujer en el imaginario occidental.Si las mujeres hubiesen escrito libros…En 1405 la escritora Christine de Pisan desafió los argumentos en los que estaba fundado el imaginario de la mujer. La corrupción y la maldad. En ‘La ciudad de las damas’, tal vez el primer libro feminista de la historia, ella se aplica a demostrar que no existe un solo texto que no esté contaminado de misoginia. Los textos, claro, habían sido escritos todos por hombres. “Si las mujeres hubiesen escrito libros, todo habría sido diferente”, escribe de Pisan para quien había “llegado el momento de que las severas leyes de los hombres dejen de impedirles a las mujeres el estudio de las ciencias y otras disciplinas”.Tuvieron que pasar casi cuatrocientos años, sin embargo, para que estas ideas incipientes de igualdad tuvieran algún efecto en la vida real. Con la Revolución Francesa se entendió que la igualdad aplicaba para todos los individuos o no aplicaba para nadie.Nicolás de Condorcet publicó en 1790 un ensayo para que se incluyera a las mujeres en los derechos ciudadanos. A este le siguieron trabajos igualmente importantes de pensadoras como Olympe de Gouges en Francia y Mary Wollstonecraft en Inglaterra, que defendían la igualdad de los sexos y promovían el acceso de la mujer a todas las esferas de la sociedad. El trabajo, la academia, la política, la propiedad e incluso las obligaciones fiscales y el ejército.Las mujeres tuvieron un respiro. Salieron a la calle, escribieron, empuñaron la espada y combatieron al lado de los hombres, fundaron clubes y asociaciones y alcanzaron el reconocimiento y la fama. El furor revolucionario duró muy poco. Con la llegada del Terror, para citar a Rosa Montero, “se volvió a meter a la mujer en casa”. O bajo la guillotina y el manicomio, agrego yo, que fue donde terminaron algunas de estas revolucionarias.¿Y acaso no soy una mujer?No fue hasta mediados del siglo XIX que la cuestión de la mujer pasó a ser entendida como un problema social. Aunque desde siempre habían estado sujetas al gobierno de los hombres, sus padres, maridos o hermanos, de quienes dependían económicamente y eran legalmente inferiores, el hogar había sido siempre el dominio de las mujeres.Ellas se encargaban de la huerta y los animales de corral, fabricaban el jabón, las velas y la ropa de la familia, salaban el pescado y hacían conservas, conocían las hierbas medicinales y cuidaban de los enfermos. Con el crecimiento de las ciudades no quedó espacio para huertas ni corrales, la producción en masa permitió que casi todo pudiera comprarse en los almacenes, las nuevas máquinas simplificaron los trabajos domésticos y los enfermos pasaron a ser asunto de los médicos. La revolución industrial les quitó a las mujeres su lugar en el mundo. Las de clase media para arriba quedaron atrapadas en sus jaulas de oro y las de clase media para abajo tuvieron que salir a trabajar en las fábricas.El ideal femenino de la era victoriana, con el matrimonio y la maternidad como valores absolutos, seguía vigente mas ya no se correspondía con la realidad de las mujeres ni podía llenar sus expectativas. En la literatura de las hermanas Brontë, George Eliot y Elizabeth Gaskell los entornos son opresivos y asfixiantes y las heroínas, las creadas por escritores hombres también, como Madame Bovary o Ana Karenina, son todas mujeres brillantes pero incomprendidas, amas de casa aburridas y ahogadas en matrimonios sin sentido que buscan la salida a su desesperación en el amor romántico y la encuentran solo en la muerte. En su novela A Long Fatal Love Chase, aunque también la heroína muere, Louise May Alcott sugiere que acaso la salida podría estar en dejar al marido y llevar una vida independiente.Las obreras, que trabajaban tanto como los hombres, se involucraron en los movimientos reformistas de la época, participaron en las huelgas y se organizaron. Su lucha se centraba en mejorar las condiciones de los trabajadores, sin distingo de sexo, y estaba muy ligada con los movimientos en pro de la abolición de la esclavitud. Pero ya surgían voces que se dirigían específicamente al problema de la mujer. ¡Mírenme! ¡Miren mis brazos! ¡He arado y sembrado, y trabajado en los establos y ningún hombre lo hizo mejor que yo! ¿Y acaso no soy una mujer?Estas palabras se le atribuyen a Sojourner Truth, una afroamericana que nació esclava, se hizo libre y dedicó su vida a luchar por la abolición de la esclavitud y los derechos de los negros y las mujeres. Con los años la frase “¿Y acaso no soy una mujer?” se convirtió en la consigna de la primera ola del movimiento feminista que, poco a poco, conquistaría las libertades que habían estado vedadas para las mujeres: el acceso a la educación, el derecho a heredar y a tener propiedades, a la mayoría de edad, a la custodia de los hijos en caso de divorcio, al divorcio, y finalmente a ser elegidas y a elegir a sus gobernantes. Para la primera mitad del siglo XX la mujer ya había conseguido la igualdad frente al hombre. Por lo menos en el papel.¡Nosotras podemos!Si Sojourner Truth se jactaba de tener brazos fuertes, los de Rosita la remachadora no se quedaban atrás. El afiche de una mujer poderosa, con una pañoleta de obrera en la cabeza y el bíceps brotado, bajo la leyenda “¡Nosotras podemos!”, se popularizó durante la Segunda Guerra Mundial en EE. UU.Los hombres estaban en el frente y las mujeres tuvieron que reemplazarlos en oficios que antes eran impensables para ellas. Trabajaron como policías, bomberos, mecánicos. Fueron soldadoras, maquinistas y remachadoras. Fabricaron buques y bombarderos, obuses y metralletas. La experiencia les demostró que podían hacer el trabajo de los hombres y que podían hacerlo bien. Eso sí, una vez los soldados regresaban, se esperaba que volvieran mansamente a las labores domésticas que era en verdad lo que les correspondía hacer.El fin de la guerra marcó el retorno del ideal hogareño que las revistas y los programas de televisión propagaban. La mujer siempre en la casa, entregada al servicio de la familia. En su ensayo ‘El segundo sexo’, Simone de Beauvoir explora esta noción de mujer. La mujer como un producto cultural que se ha construido siempre a partir de sus relaciones con los demás. La mujer como madre, esposa, hija o hermana. La mujer como un ser carente que necesita de los otros para tener un lugar en el mundo, lo que a lo largo de los tiempos reforzó las creencias en su inferioridad frente al macho independiente que se gobernaba a sí mismo. Beauvoir evidenció la necesidad de que la mujer conquistara su identidad desde criterios propios y su ensayo se convirtió en la piedra fundacional de la segunda ola del feminismo.El movimiento estalló en 1963 cuando el libro de Betty Friedan, ‘La mística femenina’, fue un éxito de ventas y el Presidente Kennedy entregó un revelador informe sobre la inequidad de género. El primero documentaba el descontento de muchas mujeres, especialmente amas de casa, y el segundo daba cuenta de la discriminación que prevalecía en la práctica, a pesar de las leyes igualitarias.Se desató una fiebre de grupos gubernamentales y organizaciones independientes para liberación de la mujer, y el movimiento creció con victorias legales. Se implementaron programas de acciones afirmativas, se penalizó la discriminación por sexo y se incluyó a la mujer en ámbitos que antes estaban reservados para los hombres, como las academias militares y el ejército, los colegios para varones, los clubes sociales masculinos, la Corte Suprema de Justicia y la NASA. No obstante, el mayor triunfo de la segunda ola del feminismo fue el cambio de las actitudes sociales.Las feministas de la segunda ola veían la cultura popular como sexista y crearon una cultura pop propia para contrarrestrarla. La canción ‘I Am Woman’ de Helen Reddy se convirtió en el himno feminista y su intérprete en el ícono del movimiento. En la literatura hubo una explosión de autoras y títulos sugestivos como ‘El eunuco femenino’, ‘Contra nuestra voluntad’, ‘Feminidad’, ‘El hombre hembra’, ‘Cuando Dios era mujer’ y ‘El primer sexo’, todos con el tema del género en su agenda y la exaltación del concepto femenino, a veces en abierta oposición al masculino.Para las feministas de línea dura las causas de la exclusión de la mujer no estaban tanto en las circunstancias sociales y los sistemas legales como en los hombres. La supremacía masculina, así la llamaron. Y la emprendieron contra el brasier, los tacones, el pintalabios, las pestañas postizas y el secador de pelo. Estos no eran detalles de fina coquetería como querían creer algunas. Eran símbolos de cómo la ropa y los accesorios moldeaban y aun deformaban los cuerpos de las mujeres para que encajaran dentro de los ideales estéticos que los hombres encontraban deseables.Demonizaron los valores que se creían masculinos y enaltecieron los que se creían femeninos, como antes se había demonizado lo femenino y enaltecido lo masculino, desconociendo las zonas grises y las fronteras siempre difusas entre unos y otros. Y así las feministas rabiosas cumplieron el sino trágico de todas las subversiones, donde los oprimidos terminan por parecerse a sus opresores.Con amor, Pat/TomLos casos de travestismo en el mundo de las letras no son infrecuentes. George Sand, George Eliot, Víctor Catalá y Fernán Caballero fueron todas mujeres que usaron seudónimos masculinos para firmar sus obras. Concepción Arenal, la escritora española del siglo XIX, se disfrazaba de hombre para asistir a las clases de derecho. Incluso hubo algunas que hacían el trabajo para que lo firmaran los hombres, como María Lejárraga que al parecer fue la autora de las obras atribuidas a su esposo, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. Ninguno, sin embargo, es tan total como el travestismo literario de Patricia Highsmith.Cuando la leí por primera vez me costó trabajo creer que no se trataba de un hombre. Jugué con la idea de que era un caso excepcional de travestismo a la inversa, que también los hay. Si en 1874 Mallarmé había firmado artículos como Marguerite de Ponty, era posible que hubiera un hombre oculto tras el disfraz de Patricia Highsmith. Pues no. Patricia Highsmith era mujer. Y, para mayores señas, una mujer que había nacido, crecido y producido toda su obra durante los años duros del feminismo en los Estados Unidos.Sin embargo, en su obra no hay un solo tinte que evoque “una sensibilidad femenina especial”, ningún intento por afirmarse como mujer o atender los problemas de su sexo. Lo que en apariencia podría verse como una contradicción, me parece a mí que es más bien un resultado. Y es que si Patricia Highsmith no necesitaba mirarse al ombligo, como muchas de sus contemporáneas, tal vez es porque estaba liberada y podía escribir como los hombres. Esto es, sin asunto del género metido en la cabeza. Podía escribir lo que le daba la gana y ser ella misma en su escritura.Y Patricia era TomTom Ripley apareció por primera vez en la novela 'El talentoso señor Ripley', traducida originalmente al español como A pleno sol. Desde entonces Highsmith cultivó la idea de que él llevaba una existencia autónoma. “Sentí como si Ripley la estuviera escribiendo”, dijo alguna vez. Tom siguió escribiéndose a través de Patricia a lo largo de 37 años y otras cuatro novelas.Era inevitable que sus identidades terminaran por confundirse. Tenían los mismos gustos y aficiones por el arte y los buenos vinos, la música y la jardinería. Sentían la misma aversión por la vulgaridad y compartían el amor por Europa. Tom es un dandy de modales exquisitos y Patricia, según la recuerda una de sus amantes, era el perfecto caballero que se levantaba cuando una mujer llegaba, les abría las puertas y siempre pasaba después de ellas. Pero los dos tenían su lado oscuro. Bajo la figura del Tom Ripley aparente se agazapa un resentido y un psicópata que mata sin culpas aunque solo por necesidad. Para Patricia la vida sin crimen no tenía sentido. De no haber sido escritora, está convencida una de sus biógrafas, habría sido homicida.Sin embargo, más que homicida, Tom Ripley es un maestro de la simulación. La saga del personaje empieza cuando él, que es un estafador de segunda categoría, asesina al millonario Dickie Greenleaf para adoptar su identidad y darse la gran vida. Las demás novelas de Ripley son todas variaciones de esta dicotomía. Tom siempre está poniéndose prendas y máscaras para convertirse en alguien más. Lo mismo que hacían los héroes de los comics que Highsmith escribía para ganarse la vida al principio de su carrera. O lo mismo que hizo ella a través de su personaje más celebrado. Highsmith llegó a firmar sus cartas como Pat/Tom.La dualidad está presente en la vida y obra de Highsmith desde muy temprano. En sus diarios de niña, fantaseaba con que detrás de la fachada de normalidad sus vecinos escondían personalidades criminales y asesinas. Para ella el amor y la muerte estaban muy ligados. Dice aquella misma biógrafa que tendía a asesinar gente en sus novelas cuando en la vida real hacía el amor. Lo hacía sobre todo con mujeres y ocasionalmente con algún hombre. Un poco como Tom, que también tiende a la bisexualidad.A los veintiséis años Highsmith escribió en su diario un brindis de año nuevo “a todos los demonios, lujurias, pasiones, codicias, envidias, amores, odios, deseos raros, enemigos reales e inventados, el ejército de memorias, con los que batallo a diario, para que nunca me dejen en paz.” No lo hicieron. Cuentan quienes la conocieron que llegó a convertirse en una vieja racista, compulsiva, homofóbica, borracha, amargada y odiada por cuantos la conocían.A mí me gusta más verla en Tom. Un psicópata con el inquietante poder de ganarse la simpatía del lector y salirse siempre con la suya. Resulta fascinante que así como los retratos más convincentes de mujeres en la literatura, volvamos a Madame Bovary o Ana Karenina, fueron creados por hombres, haya sido una mujer la que trazó el retrato perfecto del nuevo criminal. Desde Tom Ripley todos los psicópatas que nos presenta la ficción en libros y películas son tan encantadores como él.¿Tu literatura es femenina?Cuando publiqué mi primera novela y me hicieron mi primera entrevista, me preguntaron si me consideraba una escritora feminista. Para nada, dije. Agregué que no me gustaban las etiquetas que se le ponían a la literatura, que lo mío era literatura a secas y que yo era un escritor que por casualidad también era mujer.En una segunda entrevista me preguntaron si mi literatura era femenina y yo dije lo mismo. Que no. Y me lo siguieron preguntando en todas las entrevistas que me hacían. Cada vez que sacaba un libro, que iba a un evento, que me daban algún reconocimiento. La cosa empezó a mosquearme. Me mosqueó del todo cuando me eligieron entre los 39 escritores menores de 39 años más destacados de América Latina y alguien insinuó que a mí me habían escogido por ser mujer.Entonces aproveché una columna que tengo para decir que mi marido cocinaba, limpiaba y atendía a los invitados a la par conmigo. O solo, mientras yo escribía. Que eso se lo debía a las feministas, por supuesto, y que muchas gracias. Pero que había cosas del feminismo que me caían mal. Por ejemplo, que cuando una mujer salía elegida en algo quedaba la sospecha en el aire de que no la habían elegido por sus méritos sino para cumplir con una cuota necesaria de mujeres y que el evento no pareciera sexista. O que siempre estuvieran asociando a las mujeres que escribíamos con la literatura femenina. Como si no pudiéramos trabajar más que para reivindicar el género y no por gusto. Como si no pudiéramos ver más allá de nuestras narices ni construir obras universales. Solo un subtítulo dentro del gran capítulo llamado Literatura. Dije que me parecía insultante, y que nunca me gustaría pertenecer al subgénero de la llamada “literatura femenina” porque el mundo era mixto y la literatura, fuera hecha por hombres o mujeres, una.Creo que escribir esa columna me dejó en un espíritu beligerante. La siguiente vez que surgió el asunto, en un festival en Puerto Rico, me puse furiosa y dije que me rehusaba a hablar del tema porque yo no tenía conflictos de género. Ni en la vida ni en la literatura. Desde entonces no me lo han vuelto a mencionar. En cambio me invitaron a un evento de escritoras, de solo escritoras, en Brasil e inmediatamente me puse a pensar en la Llorona de mis terrores infantiles.*Escritora caleña. Autora de cuentos y novelas, entre ellas 'Conspiración Iguana'.

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