‘El planeta de los simios’: ¿solo micos dando bala?

Agosto 03, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Especial para GACETA
‘El planeta de los simios’: ¿solo micos dando bala?

'El planeta de los simios, la confrontación', dirigida por Matt Reeves.

En apariencia, en ‘El planeta de los simios, la confrontación’ pasa mucho, pero en realidad no pasa nada. La historia, que se basa en otro de los enfrentamientos entre humanos y simios, no supera la anécdota de una traición, ni ahonda en las consecuencias de vivir bajo el miedo.

Luego de tres largos años, de impaciente espera para unos y de indiferencia total para otros (su servidora, entre ellos), llega la segunda parte de la saga de ‘El planeta de los simios’, esta vez dirigida por Matt Reeves, un hombre con experiencia televisiva (‘Felicity’, protagonizada por Keri Rusell, con quien por cierto trabaja aquí también) y con algunos largometrajes sin renombre. La precisión del director se hace necesaria: este libro se ha convertido en una toda franquicia que ha generado ya siete adaptaciones, incluyendo, por supuesto, la famosa serie de televisión, que termina siendo el único referente de muchos. Su antecesora había corrido por cuenta de Rupert Wyatt. Esta segunda parte, que lleva por subtítulo ‘La confrontación’, retoma los puntos suspensivos en que quedara su antecesora, cuyos créditos nos dejaron en vilo mientras en el planeta se propagaba aquel terrible virus simiesco. Bien, esta segunda parte empieza ubicándonos pronto en el escenario en que va a desarrollarse. Por cuenta del dichoso virus, la humanidad se ha extinguido casi por completo, mientras que los simios han desaparecido en los bosques donde viven en una sociedad regida por sus propias normas. Bajo el mando del ahora maduro y reflexivo César, las dinámicas han sido claras y pacíficas, intentando olvidar aquella gran insurrección ocurrida años atrás, cuando pusieron fin a la naciente relación con los humanos, que dejó pérdidas de ambas partes. Sin embargo, allí no todo es miel sobre hojuelas y el temor de regresar a la opresión persiste en medio de la relación hostil que se establece con los humanos. Entre ellos está Koba, el segundo al mando, en quien aún permanecen abiertas las heridas emocionales de aquel maltrato sufrido cuando fue víctima de experimentos científicos. Él no conoce el sociego, mucho menos de la confianza y se opone de manera radical a la forma cómo César intenta establecer una relación con los humanos. Entonces, al mejor estilo de una tragedia ‘shakespeareana’, los temores acrecientan el resentimiento que dormitaba en su corazón y emerge su odio contra César. Sintiéndose traicionado, Koba ataca a su mejor amigo y consigue apoderarse del mando, transformando las dinámicas de relación con las personas. Y arranca la balacera. Porque en eso se convierte esta historia: una película oscura y ruidosa que se limita a mostrar aquello que ya se esbozó tres años atrás y que se convierte en el único insumo de esta súper producción. ¿De qué otra cosa puede hablar una película que lleva la palabra ‘confrontación’ en su título? La culpa, como siempre, la tiene el que espera y pone demasiado altas las expectativas. Aquí no hay engaño, nos ofrecen enfrentamientos y eso es lo que hay: efectos, armas, miedo y por supuesto, bala que va y viene. Micos armados, atacando sin saber muy bien porqué y humanos asustadizos, que se animan entre ellos diciendo una y otra vez que aquéllos son animales y jamás pensarán como ellos. Una película predecible desde su trama, en la que no parece haber interés en avanzar ni sorprender. La historia se plantea en términos mínimos y de la misma manera permanece hasta el final sin progresar. La verdad es que parece haber más sorpresa en la traición de ‘El rey león’ que en la que nos presenta Reeves. Un gancho directo a la nariz, un ejemplo claro del maniqueísmo dramatúrgico donde solo hay buenos y malos. Una trama hecha a prueba de ‘dummies’ en la que al final no hay conclusiones y las preguntas siguen sin resolver casi dos horas después de haber arrancado. Muy meritorio resulta, eso sí, el trabajo de arte y, de paso, las actuaciones de los simios, interpretados por actores aún en ascenso como Andy Serkis (‘El gran truco’ 2006 y ‘King Kong’ 2005) y Toby Kebbel (‘El aprendiz de brujo’ y ‘El príncipe de Persia’, las dos del 2011) y de un Gary Oldman que se instala en el otro lado de la guerra. A pesar de esto, la película no logra alcanzar un clímax y permanece todo el tiempo en la misma tensión: en la amenaza de un ataque y en el cumplimiento de este ataque que, por lo mismo, no sorprende a nadie. Lo desconcertante de encontrarse con películas como estas radica en que, por un lado, se comprueba la indolencia con la que se despilfarra el dinero a punta de efectos, mostrando tan poco. Y, lo que es aún peor, que se saturen las salas con cientos de estas copias, obligando a ver tamaño desacierto. Y, de nuevo, la culpa no es del que ve, porque si asiste al cine en alguna sala debe meterse, sino del que ofrece. No solo del que exhibe sino del autor que puedo haber hecho algo mejor con la Pierre Boulle.

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