El periodista que desnudó la historia del narcotráfico del Eje Cafetero

Agosto 06, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Gerardo Quintero Tello / Jefe de Cierre de El País
El periodista que desnudó la historia del narcotráfico del Eje Cafetero

Juan Miguel Álvarez se sumergió durante cuatro años en una investigación que, a través del libro ‘Balas por encargo’, nos muestra un pasado que su ciudad, Pereira, ha pretendido meter “bajo la alfombra”: el narcotráfico y su huella de sangre a través de una temida escuela de sicarios.

“Oiga, Juan, y usted qué hace todavía en Pereira”. Este comentario que le soltó a quemarropa un colega en una calle de la capital risaraldense no acaba de sorprender a Juan Miguel Álvarez, el periodista que se adentró en el mundo del narcotráfico y sus violencias en esa región del país y el Norte del Valle y que, tras cuatro años de investigación, publicó ‘Balas por encargo’ con editorial Rey+Naranjo.Las palabras de su colega no eran en vano. Álvarez, en 300 páginas y 21 capítulos, devela historias de narcotraficantes de Pereira que murieron de viejos, sin que la justicia los tocara una sola vez. En sus páginas, a la usanza de la crónica anglosajona, ceñida al detalle, cifras y contraste de fuentes, este periodista de 36 años va a los orígenes del narcotráfico en su región y revela la estela de muerte que dejó la tristemente famosa ‘escuela de sicarios’ de La Virginia.Las primeras huellas de la mafia las conoció en Cali. Aquí vivió en los 90 y aquí vio cómo gente cercana era asesinada por bandas de sicarios alimentadas por el dinero de la droga. A la par que crecía el ‘milagro pereirano’, florecía ese mercado de droga, sicarios y muerte que llegó a convertir a esa ciudad en la más violenta del país.Álvarez quiso contar este entremado: cómo esas muertes se cruzan con la violencia política de los 40 y cómo esos sicarios son hijos y nietos de esos años de sangre. Hijo de Miguel Álvarez de los Ríos, el periodista más reconocido y laureado de Pereira, Juan Miguel fue seleccionado, en 2012, por la Universidad de Guadalajara como una de las Nuevas Plumas menores de 35 años de la crónica Iberoamericana. En diálogo con GACETA, desenredó la madeja de su investigación y, como excelso jugador de billar, respondió con efecto, picando la bola y con mesa abierta. Cuando usted lanzó el libro, algunas personas se le acercaron a decirle que en Pereira mucha gente se iba a molestar. ¿Por qué asumir ese riesgo? Pereira es una ciudad muy pequeña, los estamentos políticos y empresariales están muy conectados y en general ha habido una actitud de pelear a toda costa contra textos periodísticos que muestran el lado oscuro de la ciudad. Cuando entró el nuevo alcalde, que ya lleva dos años y medio, una de sus sugerencias fue decirle a la prensa que debíamos hablar positivamente de la ciudad, pues este 2013 se cumplen 150 de fundación. Eso al principio me producía indignación, ahora mucha gracia. Es que no se puede tapar el sol con los dedos. Mi vida ha estado atravesada por historias de gente cercana asesinada de manera fría y vi las consecuencias de esos asesinatos en sus familias. Recuerdo que mientras hacía las páginas culturales del periódico La Tarde, mi colega de judiciales se dedicaba a escribir de esos asesinatos, pero como un mero registro noticioso. Gran parte de todo lo que averiguaba se quedaba sin publicar. No se profundizaba en las causas. Y yo sentía que eso había que contarlo. Pero gran parte de la ciudadanía y los gremios no se interesaban en eso, vivían como de espaldas a esa realidad. Es en ese momento que decido hacer este libro. Uno de los aspectos que llama la atención es el papel de dos narcotraficantes muy poderosos en Pereira en la década de los 70, Antonio Correa y José Olmedo, que murieron de viejos, ¿a qué atribuye ese nivel de impunidad?El caso del cartel del Norte del Valle y de todos estos narcotraficantes de Pereira fue muy curioso, porque antes de que fueran agrupados por la DEA como un cartel, esta gente en vez de confrontar al Estado lo incorporaron a sus filas. Eso determinó todo el poder que llegaron a tener. Esta región ha estado, históricamente, atrapada por la violencia: primero por la política, después la del conflicto armado y después la del narcotráfico, casi que nos acostumbramos a vivir con ella, a tolerarla. Eso responde por qué tanta impunidad: la fuerza pública en los 70 y 80 estaba implicada con estos narcos, y eso salpicaba también a las instituciones políticas. La población campesina, mejor dicho la sociedad civil simplemente calló.Esa misma sensación de intocables (que se vivió en Cali en su momento) hace que aún hoy personajes como Antonio Correa tengan incluso su nombre inscrito en un edificio emblemático de Pereira…No sé cómo entender eso. La vida de Antonio Correa, aquí en Pereira, sigue siendo discutible. Muchos no creen lo que cuento en el libro. Un abogado me mandó a decir que yo no tenía ni idea de quién había sido Correa, pues había trabajado con él muchos años y no era, según decía, ninguna de las cosas que yo contaba en el libro. Pero yo consulté muchas voces. De hecho, cuando existía El Tiempo Café este periódico preparó un especial sobre personas destacadas de la ciudad. El editor general de la época (que era de Manizales) me contó que le llamó la atención un edificio, contiguo a la Alcaldía, llamado Antonio Correa. Ese señor debe ser muy importante, pensó. Cuando pasó la lista de los ‘ilustres’ al editor en Bogotá, este le respondió que la Policía advirtió que se trataba de un gran narcotraficante. Pereira ha querido olvidar su pasado con la mafia, lo ha querido meter debajo de la alfombra.Otra parte de su relato se centra en esa escuela de sicarios de La Virginia. Impacta que todo el mundo al parecer sabía dónde quedaba y qué pasaba ahí…El narcotráfico del Norte del Valle y Pereira no era perseguido, pues los esfuerzos de la fuerza pública estaban concentrados, primero en Medellín y luego en Cali. Sus integrantes tuvieron años sin presión de las autoridades. No se sabía quiénes eran realmente sus integrantes, pero todos sabían que en los 90, cuando Olmedo Ocampo asume su liderazgo, dentro del cartel emergen los Henao Montoya, Rasguño y Don Diego. Al final, solo les ofrecieron un proceso de sometimiento a la justicia, por eso los Henao Montoya y los Urdinola se entregaron. Y la escuela de sicarios y de cobro que estaba a su servicio se atomizó del todo. Y, claro, toda esa persecución tan tibia también cobijó a esa escuela de sicarios. ¿Cuál fue la suerte de esas escuelas de sicarios? ¿Mutaron?En esa época la oficina de sicarios de La Virginia fue una cosa gigantesca. Dotaba de matones a los capos del Norte del Valle y el Eje Cafetero. Hoy, La Virginia sigue siendo punto de llegada de los pueblos del occidente de Caldas, Risaralda y la cordillera occidental. Por eso, a pesar de que esa oficina ya no está, han existido unas fuerzas criminales históricas que siguen teniendo su reinado allá. Durante largo tiempo hubo reclutamientos forzados, algunos liderados por Macaco, natural de Pereira y Dos Quebradas. El hombre encontró un terreno fértil para mover a sus paramilitares y toda la década del 2000 fue de muchos asesinatos. Varios de esos paras eran hijos y nietos de quienes vivieron el azote de la violencia política, al punto que las generaciones que siguieron vieron la violencia como una manifestación cultural aceptada, con toda su atrocidad. ¿Para qué escribir sobre los victimarios, responsables de muertes masivas, y darles tanto protagonismo en un libro?Es la segunda vez que me lo preguntan. Siento que los periodistas, de un tiempo para acá, estamos casados con la idea de que en Colombia solo es posible contar la historia de la violencia desde las víctimas, no desde los victimarios. Y esa es una posición maniquea. Pone al victimario como una persona malvada por naturaleza y desconoce que para que esa persona se haya convertido en el matón hay causas sociales. ¿Cada cuánto nace un nuevo sicario en nuestras ciudades? Eso es lo que debemos preguntarnos. Te pongo el caso de los hermanos Rayo, en Buenaventura, década de los 70, brazo armado del Cartel del Cali y después del Cartel del Valle. Pablo Rayo fue el hombre más temido de Buenaventura pero no nació malo, ¿qué hizo que se convirtiera en criminal? La historia del conflicto colombiano ya está muy documentada. ¿Qué hace que este libro no caiga en lo que Castro Caycedo llama la ‘sicaresca’ de nuestra literatura?No estoy enfocando mi historia en un solo personaje. Mi crónica se inscribe en la tradición anglosajona que busca causas y circunstancias. Por eso tiene muchos personajes y derroteros históricos. Mi libro propone, al final, un análisis sobre la Ley de Infancia y Adolescencia en el que varios penalistas y teóricos del derecho explican por qué ese marco legal tiene muchas carencias y no impide que los muchachos delincuentes reincidan. Así que no me quedo en la anécdota y lo curioso en la vida de los mafiosos. Su investigación es abrumadora al confirmar como toda una generación de jóvenes entre 14 y 18 años son víctimas, pero también victimarios, hecho que se repite en varias zonas del país...Siempre me pregunté qué pasa por la cabeza de estos muchachos para que se hagan matar y maten con tanta facilidad. Tenían hijos, se casaban pero seguían viviendo al borde de la muerte, resignados a las condiciones más precarias de vida económica y sentimental; carentes no solo en lo material, sino de perspectiva ante la vida, incluso de amigos. Eso me dejaba desolado. Jeison, uno de los muchachos que entrevisté, me decía que yo era la primera persona con la que él podía conversar pues casi todos sienten que no pueden contar con nadie. De hecho, muchos de ellos siguieron buscándome solo para que los escuchara y les diera la mano. Con qué tanta libertad se puede escribir un libro como este, cuando se mencionan narcos y sicarios que aún están vivos o tienen herederos...De cierta manera, estuve trabajando en esta investigación de manera incógnita desde 2007 hasta parte del 2010. La policía no sabía bien quién era yo ni el estamento judicial tampoco, eso me permitía cierta libertad de movimiento. Después, cuando empecé a escribir cosas de violencia, por ejemplo en El Malpensante, me hice visible y me empezaron a ‘pistear’ en la Policía y ya me pusieron más trabas para responderme. Ahora, lo cierto es que la gente tiene más temor que el que yo tengo. Me encontré un colega que me dijo: ‘Oiga, Juan, y usted qué hace en Pereira’. Finalmente no le doy importancia, pues todo lo que cuento ya lo conocía la ciudad y todos saben quiénes son las personas que describo allí. Lo que hice fue ponerle soporte histórico al relato. ¿Qué tanto cambió su visión del fenómeno del narcotráfico y la violencia que lo rodea?Antes de empezar este libro pensaba en la necesidad de legalizar la droga, pero para que sea efectiva tiene que ser de carácter global. Me convencí realmente de que el problema que tenemos es de enfoque. Al presentar el fenómeno de la seguridad en una ciudad a partir de cifras de detenciones, capturas o cifras reducidas de homicidios estamos perdiendo: la pregunta que debemos plantearnos es qué hacemos para que la gente se dedique a eso como un proyecto de vida. El mal está dentro de nosotros como comunidad y nosotros mismos tenemos que hacer las cosas para cambiar. Esto que ha sucedido en Pereira —políticos tratando de desvirtuar a periodistas internacionales y locales, tratando de influir en la agenda de los medios, de decir que aquí no pasa nada— no muestra la realidad, que en Pereira están matando mucha gente. Si eso no es un síntoma de que esta ciudad está fracturada como proyecto democrático, entonces ¿qué es?Como lector uno queda con cierta desazón: la espiral de muerte no termina y estaremos condenados a una violencia sin fin no solo en Pereira sino en todo el país…Soy muy escéptico. La gente me pregunta qué salida hay, pero creo que no existe. Aún así, confío en el poder del ser humano para encontrar soluciones. El problema es que estamos abocados a esta forma de vida, a este tipo de sociedad, estamos acostumbrados a la sociedad que somos. Muchos asesinatos en Colombia no tienen que ver con vendettas de narcos ni con el conflicto armado sino con que la sociedad en general ha asumido el asesinato como una práctica cotidiana y eso nos hace una ciudadanía inviable.

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