El nieto del maquinista trovador

Junio 22, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA

Esteban Copete no solo es el heredero de la tradición folclórica de su abuelo, Petronio Álvarez, sino uno de los músicos que le está regalando al Litoral una nueva sonoridad con su Kinteto Pacífico. ¿Cómo se recorre la vida portando el apellido del artista más célebre del Litoral? Historia a ritmo de marimba y saxofón.

Ana Cristina lo supo desde que Esteban era apenas un niñito. Es un mediodía de viernes y en un rato breve, sentada en el comedor de su casa del barrio Salomia, al nororiente de Cali, contará cómo sucedió todo: lo del hijo músico, lo del muchacho célebre al que le están tomando fotos mientras ella habla. Comienza por una anécdota que ahora le provoca una risa luminosa, pero más de veinte años atrás un enojo que no se curaba rápido: recorrer su casa del barrio Niño Jesús hasta comprobar que el segundo de sus cuatro hijos se había escapado nuevamente. Pasaba siempre en los meses de octubre, cuando —tal como sigue sucediendo hoy— la vida en Quibdó se resolvía alegremente al ritmo de las tamboras, redoblantes, clarinetes y platillos de las chirimías. Cuando llegaban las fiestas de San Francisco de Asís, ese monje italiano al que todos sus devotos chocoanos, por el puro cariño, han preferido llamar San Pacho.El niñito Esteban, recuerda su mamá, saltaba a la calle con una flauta dulce que ella misma le había comprado y que a él le tomó apenas un par de días aprender a interpretar. Lo hacía junto a Beto, Walter y el negro Carlos, a quien todos en la cuadra le decían ‘apufa’. Ninguno tendría más de 8 años. Los días de jarana comenzaban bien temprano. Y la consigna consistía no solo en llevar instrumentos de viento o de percusión, sino en salir al parque disfrazado, de lo que fuera, no importaba. Esteban, recuerda Ana Cristina, echaba mano de lo único que tenía al alcance un chico de hogar humilde, su ropa. Pantalones y camisetas que él rompía y transformaba con esmero con la ilusión de verse distinto, disfrazado, pero que casi siempre —y ese era el motivo de la molestia de mamá Ana— terminaban haciéndole falta después al muchacho para poder ir a estudiar.“Es que él desde niñito quiso ser músico, la vocación le llegó muy temprano”, dice esta odontóloga caleña que estudió su carrera en Brasil para luego hacer su año rural en el Chocó. Hasta allá se mudó con Juan Víctor Copete, su marido, y allá nacerían sus cuatro hijos, Andrés Felipe, Ana del Pilar, Isabel y Esteban. Nacerían en San José de Tadó, un pueblo pequeño bañado por el río Iró, distante 30 minutos de Quibdó, a donde se mudaría la familia apenas unos años después.Lo de querer ser músico se lo advirtió Esteban a mamá Ana cuando ni siquiera había terminado la primaria. Juan Víctor, el papá, se negaba a la idea. Lo mejor era que estudiara “algo de bien”, derecho, medicina; porque “eso de la música era cosa de trasnochos, de bebida y de parranda”, le repetía con severidad.Pero el muchacho, terco, le suplicaba a su mamá que lo mandara a Cali cuanto antes para no perder más tiempo, para comenzar a estudiar rapidito. Ella, con su voz afelpada de canción de cuna, trataba de calmarlo: que tuviera paciencia, que terminara al menos el bachillerato para entonces sí viajar todos a Cali, en familia, e instalarse en la casa de la abuela Veneranda y la tía Juana Francisca. Esta misma casa en la que está hoy sentada, en el barrio Salomia y que la familia en pleno —con el abuelo Petronio a la cabeza— habían ayudado a fundar en los años 60.A cambio de paciencia, el pequeño mostró una terquedad y una determinación que todavía hoy, convertido en un joven 28 años, sigue cargando en la maleta: “Si usted no me manda a Cali, yo me voy a pie”, le respondió la última vez. Ana Cristina, pues, no tuvo más remedio, y lo subió con su hermano mayor en una flota para emprender más de veinte horas de camino. Adiós Chocó. Primero los sueños, después la madre. Adiós, porque el muchacho —¡San Pacho bendito!— lo que más anhelaba con el alma era hacer música. ***El ensayo terminó hace poco menos de media hora. En pocos días Esteban y sus músicos del Kinteto Pacífico se presentarán en el Festival de Percusión Tamborimba y en unas semanas viajarán a Francia gracias a una invitación que les hizo la embajada de Colombia en ese país.Uno a uno se presentan. Sergio Ramírez, Fernando Hurtado, Jefferson Obando y Carlos Loboa. Todos descansan sobre los muebles verdes de una sala donde se cuela la espesura del bochorno. La marimba y el bombo, a un costado. Los demás instrumentos están empacados ya en estuches negros. El grupo nació en 2008. Todos los que ahora están aquí hicieron parte de un experimento en el que su líder puso a conversar dos sonoridades que parió la misma madre: la del Litoral Pacífico con la del jazz del río Mississippi. Se llamó ‘Ancestros’ y lo integraban nueve músicos. El grupo participó en varias versiones del Festival Petronio Álvarez y una de esas veces la gente no paró de aplaudirlos y batir sus pañuelos de colores porque se habían quedado con el primer lugar de la categoría Libre.Seis años más tarde se disolvió, pero cuatro de ellos decidieron seguir con Esteban, esta vez para probar un formato poco usual, cuando se habla de currulaos, abosaos, jugas y aguabajos: el quinteto.‘Ancentros’ fue el primer intento de Esteban Copete por tener su propia agrupación después de hacer parte de proyectos musicales ajenos. Uno de ellos fue el de Jacobo Vélez, quien recién llegado de La Habana, en donde había estudiado música, lo invitó a La Mojarra Eléctrica, propuesta que hace diez años se preocupó de manera brillante por rescatar los aires folclóricos de la música colombiana para fusionarlos con instrumentos y ritmos más progresivos.Quien hace memoria es Jacobo mismo, ya retirado de La Mojarra, porque hace poco fundó y comenzó a dirigir otro sueño, La Mambanegra. El ejercicio le ayuda a recordar con detalle cómo se veían los dos, tantos años atrás, cuando él era un pelado de 17 años y Esteban apenas un adolescente llegado de la selva, que sin embargo ya lucía esa figura de gladiador romano que hoy tiene 28 años y 1,85 metros de estatura.Juntos aprendieron a recorrer la Cali de los años 90, mientras Esteban sacaba adelante sus clases de música y saxofón soprano en el Conservatorio y sus lecciones de marimba con Gualajo. Juntos iban a parar a los ensayos del maestro Hugo Candelario y su grupo Bahía o intentaban, no siempre con éxito, colarse en el pequeño local donde funcionaba Tintindeo, en esa esquina discreta de la Calle Quinta con 20.“Cuando decidí fundar La Mojarra, buscaba desesperadamente a un marimbero. Y un día, de paso por el Centro Cultural de Cali, me encontré con Esteban y su mamá que acababan de retirar su inscripción para el Petronio porque los músicos que habían convocado para participar les habían quedado mal”. Esteban dijo sí y terminó grabando junto a Jacobo los tres primeros álbumes de la agrupación, ‘Calle 19’, ‘Raza’ y ‘Poder para la gente’. Ya desde entonces —reconoce Jacobo— dio muestras de lo que a muchos parece sorprenderles hoy, como si fuera un asunto que recién aprendió: “una gracia natural para interpretar la marimba. Vos lo ves tocar, lo escuchás, y de verdad sentís que se conecta con sus ancestros africanos, con el abuelo Petronio”.De eso, del abuelo famoso que le regaló al Pacífico ese himno que todos nos aprendimos desde chiquitos —‘Mi Buenaventura’— comienza a hablar Esteban ahora. La pregunta la ha escuchado en distintas voces, muchas veces. ¿Cómo se va por la vida portando el apellido del artista más célebre de todo el Litoral?El joven busca la complicidad de Ana Cristina, que lo mira atenta y en silencio desde el marco de la puerta de una de las habitaciones de la casa: “Lo que yo creo es que si no estuviera haciendo mis propias composiciones, mi propia música, mi propio sonido, si no hubiera hecho una carrera de música en la Universidad del Valle, pues no serviría de nada ser nieto de Petronio Álvarez”.No la tuvo fácil, seguro. A ese abuelo famoso lo conocieron como el Gardel del Puerto, porque no solo fue un amante declarado del folclor del Pacífico sino que interpretó tangos y milongas.El maestro Petronio vivió sus últimos años y murió en esta casa de Salomia, después de pensionarse como el ‘maquinista trovador’ del Ferrocarril del Pacífico y dejar una obra musical extensa en donde se destacan ‘El bochinche en el cielo’, ‘El porteñito’, ‘La muy indigna’, que solo pudo truncar un cáncer en los huesos en 1966, a los 54 años.Esteban no lo conoció, pero de ese legado tuvo noticias siempre. Porque en esta casa nunca ha dejado de sonar la música. Porque durante un almuerzo sin motivo, cualquiera de los tíos golpeaba la marimba o soltaba versos con una guitarra o cualquiera de las primas entonaba un arrullo. Pasaba también que alguien más, espontáneamente, recordara al abuelo y entonces hiciera sonar una canción compuesta por él, con la sorpresa de que resultara desconocida para todos. Fue en ese ambiente que Esteban creció y fueron esos encuentros familiares los que quedaron titilando siempre en su corazón de músico para acercarse luego a la sonoridad del Pacífico con la misma minuciosidad con la que un poeta conoce su lengua. “Soy consciente de ese legado, pero nunca he buscado sacar provecho de ese parentesco, lo que siempre he querido es hacer mi propio camino, que la gente me reconozca como Esteban Copete, no como el nieto de”. ***El álbum se llama ‘Goza con mi bambasongo’. Es el segundo del Kinteto Pacífico. A Jaime Andrés Monsalve, jefe musical de Radio Señal Colombia, le llegó a las manos hace cerca de un mes e hizo lo de siempre: escuchar con oídos afinados.“Con este trabajo —cree el periodista musical— Esteban y sus muchachos se liberaron un poco de la tradición y corren riesgos, fusionan sin miedos. Ha sido su búsqueda desde que tenía el grupo ‘Ancestros’: redescubrir, hacer una revolución dentro de la tradición”.Lo cree también el crítico musical Juan Carlos Garay, quien viene siguiéndole la pista a Esteban desde que fue jurado en el Festival Petronio Álvarez, justo en el año en que el hijo de Tadó y su grupo se impusieron en la categoría libre. “Algo está pasando con la música del Pacífico desde que salió de la selva y comenzó a recorrer ese camino por el que hemos visto pasar también a ‘Choquibtown’ y a ‘Herencia de Timbiquí’. El mismo camino de Esteban, que tiene una propuesta fresca, pero con un respeto absoluto por sus raíces”. Y eso está bien. Y se escucha mejor. ‘Bambasongo’, por ejemplo, la primera del álbum, que lleva un mes en el Top 20 de Radio Señal Colombia, es una canción que ha bebido del songo, ritmo afrocubano hermanado con el son, que nació de la mano del desaparecido Juan Formell. ‘Diáspora’ sabe a currulao; ‘Apolique’ es un tamborito, ritmo de influencia africana que se hizo tradición en el Chocó. Es que lo que hace el Kinteto es explorar las huellas de África en América, no solo en Colombia, no solo en su Litoral. Lo dice Carlos Loboa, uno de los percusionistas, quien conoce, tanto como Esteban, la búsqueda musical que ha hecho el grupo desde sus inicios. Lo explica de una manera simple: “Mira, es como si nosotros nos paráramos desde la Costa Pacífica y desde allí miráramos hacia toda la geografía que está atravesada por la música que nos dejaron nuestros ancestros negros. La que se hace en Venezuela, en Cuba, en Perú; nosotros la investigamos, buscamos de qué están hechas”.Dice la verdad Monsalve cuando explica que Esteban y sus muchachos no le temen a la fusión. En su anterior álbum, que llevó a secas el nombre del grupo, se arriesgaron con un asunto extraño: lograr que ‘María’, ese clásico del director de orquesta estadounidense Leonard Bernstein escuchara en clave de aguabajo. Y funcionó. Sucedió igual con ‘Despedida’, la última canción de este segundo álbum. Es una composición de su abuelo, la última que dejó antes de morir. “Yo la había escuchado desde pequeño, en la voz de mis tíos. El abuelo se la dictó a su hermano Flavio, él la escribió en su lecho de muerte y gracias a eso la canción ha pasado en mi familia de generación en generación”.Ana Cristina la conoce de sobra... “Hoy me despido, porque mañana estaré en el olvido, y tus creencias mías no han de ser, porque en el puerto a mí no me han de ver”... “El año pasado noté que Esteban se levantaba a ensayarla, pero pensé que hacía parte de alguna rutina, de esas cosas que se le ocurren mientras ensaya. Hasta que un día me contó que quería grabarla. Y, peor que eso, que deseaba que yo la cantara porque solo yo podía interpretarla con esa nostalgia con la que mi padre la compuso”.Ana Cristina, cantaora desde niña, se negó. Llevaba diez años sin subirse a un escenario ni grabar. La última vez fue en ‘Esencia de currulao’, un álbum de Aléxis Lozano. Pero al final aceptó. La ‘Despedida’ de su hijo Esteban está grabada con cajón peruano y en clave de ‘landó’, un ritmo afroperuano que le atraía desde hacía tiempo. Sentada aún en el comedor, Ana Cristina sigue mirando de lejos a ese hijo célebre al que no han parado de fotografiar. Al nieto del maquinista trovador que cruzaba la cordillera en una locomotora y a quien San Pacho seguro bendijo cada vez que salía a correr detrás del sonido alegre de una chirimía.

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