El museo La Tertulia recordará con una exposición el legado de Hernando Tejada

Noviembre 30, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA

Mujeres, manglares y gatos. La obra del maestro Hernando Tejada será repasada en una exposición que abre sus puertas en La Tertulia este 11 de diciembre. Pinceladas del hombre pequeño con estatura de gran artista.

Fue entonces cuando a Hernando Tejada le encargaron un gato. Uno de gran tamaño que pudiera ser visto desde la ribera del río de Cali, a su paso por el extremo oeste de la ciudad.Por ese entonces, 1995, la Gobernación del Valle, con Germán Villegas a la cabeza, pulía los últimos detalles de un plan para recuperar el paisaje del río tutelar de los caleños. Sentado en su taller —ubicado justo frente a la esquina que terminó habitando el felino que lo puso en la memoria de esta ciudad— el maestro Tejada plasmó un primer boceto.En esas líneas se advertía ya lo que durante dos décadas ha sido casi una postal de la caleñidad: un gato de gesto burlón, de bigotes enrroscados y cola en alto. Pícaro. Juguetón. Como los gatos que él mismo solía tallar durante meses enteros en trozos de pinos, balsos y robles, allí en su taller de Normandía. El boceto acabó convertido en una escultura de bronce de tres metros y medio de alto, un ancho de 3.40 metros y tres toneladas de peso, que a lo largo de un año fue tomando forma en el taller de fundición de Rafael Franco, del barrio Las Ferias de Bogotá. La razón era elemental: Cali no contaba con un espacio para aplicar la técnica ‘cera perdida’, indispensable para sacar adelante una obra tan colosal.Ese recuerdo está en la memoria de Alejandro Tejada, su sobrino, el hijo de Lucy. También escultor. También artista plástico.Apurando un trago largo de cerveza, justamente en el taller que fuera de su tío, Alejandro llega de nuevo al día en que vio cómo fue necesario derribar el techo y una de las paredes del taller de fundición para ‘acostar’ y amarrar al gran felino a una ‘camabaja’ y así traerlo por tierra hasta Cali.La obra —lo evoca Alejandro con precisión— costó unos 20 millones de pesos de la época. El gobernador Villegas, claro, posó dichoso para la foto de la inauguración de la escultura, que se ubicó sobre la margen izquierda del río, pero de su administración no salió un solo billete. El sueño de Tejadita —como lo llamaban todos— de tener una obra de esas proporciones en la Cali donde se hizo artista, fue posible vendiendo pequeñas réplicas idénticas entre amigos y empresarios.El Gato del Río sonrió por primera vez el 3 de julio de 1996. “El día más feliz de mi vida”, confesaría más tarde. Era por eso, quizás, que el maestro lo visitaba a diario. Le bastaba con cruzar la Avenida 4 Oeste. Una vez frente a su escultura, la repasaba con sus ojos negros por todos los rincones hasta hallar, divertido, un nuevo mensaje de amor desesperado, de manos tal vez de algún novio furtivo o de una parejita fugada del colegio.Alguna vez, incluso, contó que lloró frente a él. Sucedió cuando un grupo de chiquillos del jardín infantil Críos lo invitó para entonar en presencia suya una canción infantil que habían ensayado con esmero: “Muy cerquita del caserío, de gran colorido, me encuentro con el gato, con el Gato del Río. Me espera muy sonriente, lo saludo y me despido”...Hernando Tejada, el ser que siempre hizo reír a todos, acabó rendido a las lágrimas. Estaba a solo dos años de fallecer, tras luchar 43 días contra una afección cardiaca en la Clínica Valle del Lili. La muerte se llevó al maestro pereirano a los 74 años, el 1 de junio de 1998, con sus 1,54 metros de estatura intactos. Ese tamaño que siempre lo hizo lucir como un niñito travieso. Como el niñito, en eso están de acuerdo todos sus amigos, que nunca dejó de ser. *****Teresa Garcés, vecina del barrio Normandía, señala con sus dedos blanquísimos un hueco sobre la parte baja de la cola del Gato del Río. Del orificio, cuenta indignada, algunos han colgado hasta ganchos de ropa. Los más benévolos intentan a veces disimular la avería con flores. Hoy, una tarde de viernes de noviembre, el hueco luce a la vista de todos, incluso de un par de desprevenidos turistas españoles que intentan un video, como recuerdo, del felino. Cuenta la mujer que ella misma vio muchas veces a Tejadita contemplando a su gato. Solía pasar, temprano en las mañanas, cada que ella sacaba pasear a ‘Nerón’, su ‘golden retriever’. Hoy, mirando con desconsuelo los agujeros, pelones, balazos y rayones de este gato colorado, agradece que el maestro Tejada no viva ya. Así, dice, se ahorró la tristeza de advertir “el olvido en el que tienen a la más importante escultura de esta ciudad. ¿Habrá acaso algún caleño que no tenga una foto junto al Gato de Tejada?”.El minino recibió su última restauración en 2004. Pero hoy vive sus días más aciagos. Si Alejandro Valencia ya hubiese conseguido los $20 millones necesarios para restaurarlo, lo habría lijado por completo y soldado las perforaciones. Incluso le habría dado de nuevo la pátina original de nitrato de cobre con hermatite roja. Pero, lo sabemos de sobra, en Cali para estas cosas no hay plata.Lo que sospecha William Contreras Alfonso es que quizás el maestro no se hubiese mortificado. Él es el curador de la exposición ‘Tejadita, el gran sibarita’, que sube el telón este 11 de diciembre en el Museo La Tertulia como homenaje al artista.Sumergido durante un año en el estudio de su legado artístico, Contreras está seguro de que el gran aporte de ‘Teja’ al arte del Siglo XX en Colombia radica justamente en ser pionero en eso de “crear objetos utilitarios para que la gente interactuara con su arte”.Lo advirtió a tiempo también Óscar Roldán, otrora curador del Museo de Arte Moderno de Medellín, el MANN, que hace casi una década se llevó para la capital paisa gran parte del acervo artístico de Tejada. Porque con el padre del Gato del Río sucedió lo mismo que con las obras de Andrés Caicedo o de Lucy Tejada: en Cali no encontraron dolientes. Nadie dijo yo. Nadie pudo conseguir dinero suficiente para garantizar el mantenimiento de ese patrimonio.En Medellín, sí. Visitante frecuente de salones de arte de esa ciudad, el valor de la obra Tejada fue comprendido allí en toda su dimensión. Roldán tiene las razones: “cuando se habla de Tejadita, se habla del primer colombiano que empezó a vincular cierto grado de interacción con las piezas de arte que hacía. Sus obras, para que nos entendamos, vinculaban al espectador por esa capacidad para encontrar rutas distintas en el arte y promover una actitud menos contemplativa y más participativa en quien observa”. La señal más contundente de ese rasgo artístico es la memorable serie de mujeres-objeto que diseñó entre 1968 y 1978. Mujeres que eran arte y muebles a la vez. Inició con ‘Abigaíl, la mujer atril’ y desde entonces no le fue posible concebir su oficio sin lo femenino, sin ese mundo sensual y voluptuoso: ‘Sacramento, la mujer asiento, ‘Isadora, la lechuza mecedora’, ‘Paula, la mujer jaula’, ‘Estefanía, la mujer telefonía’.Que lo diga Nubia Marmolejo, quien se sigue ganando la vida como en los días en que fue amiga de Tejadita: en una peluquería. Fue ella la mujer que inspiró ‘Teresa, la mujer mesa’, de 1969. A Tejadita, dice, lo conocía desde niña cuando almorzaba en casa de su mamá. Y, como a todas las mujeres con las que tropezaba, él dejó el rostro y la figura de su amiga inmortalizados en varios dibujos que ella aún conserva, guardados por ahí.“Que terminara convertida en una de sus esculturas de madera —piensa hoy Nubia—, me pareció normal. A Tejada las mujeres lo inspirábamos todo el tiempo. Nos pedía consejos. A mí, por ejemplo, me preguntaba de qué color debía pintar los labios de sus muñecas, qué tono le iba mejor en los ojos o cómo debían ser los aretes. Nunca se casó, pero conocía e interpretaba muy bien a las mujeres”.Lo supo también Susy Bonilla, una de sus novias más conocidas. El amor de su vida. A la bella Susy la pretendían Enrique Buenaventura y Tejadita. Enterado del dilema, el papá de la muchacha creyó que aquél pintor bajito era el más inofensivo. El noviazgo surgió, pero la pareja se separó por el viaje del artista a Europa. Era 1958. A su regreso, dos años más tarde, la encontró casada. Si hubo ‘tusa’, nadie se enteró. Con ese humor que Tejadita sabía usar tan bien como la madera misma, le soltó a la chica una sentencia jocosa: “Ahora el que no se casa soy yo”. Y cumplió. Es este momento de su obra, concebido en los 60, el que más valora el crítico Miguel González: cuando Tejada decide pasar de la pintura a la talla en madera, después de explorar —en compañía de Marta Traba— los relieves expuestos por primera vez en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Toda una revelación. Desde entonces, “quedó incorporado, con derecho propio, al mejor y más original pop colombiano”.Mucho antes, Tejada había coqueteado con el dibujo. Se había formado inicialmente en el Conservatorio Antonio María Valencia y después en la Universidad Nacional de Bogotá, donde tuvo de maestro al mismísimo Alejandro Obregón.De hecho, la exposición que exhibirá La Tertulia consta de unos 3 mil dibujos. “Es que él dibujaba todo el tiempo”, asegura William, el curador. “Y todo lo guardaba. Lo hacía por ejemplo en sus libretas de viaje. Se conservan unas 70 y esas también las podrá ver la gente en La Tertulia”. De esa obsesión por su trabajo habla Susana Santiago, la asistente de su taller de Normandía en los últimos diez años de vida de ‘Teja’. Cuando ella llegaba al lugar, sobre las 8 de la mañana, el maestro tenía listos ya los diseños a realizar y los formones afilados para pulir la madera. Trabajaba hasta las cinco de la tarde. Al fondo música clásica. Una sola de sus piezas podía tomar hasta dos meses de trabajo incansable. Poco antes de su llegada a la talla de madera —que algunos criticaron pues creyeron erróneamente que se había convertido en artesano— Tejada le había hecho ya otros dos grandes regalos a esta ciudad: un par de murales, ‘Historia de Cali’ e ‘Historia del Transporte’, que sobreviven en la actual sede de Metrocali. Cuando fueron pintados, el lugar funcionaba como estación de ferrocarril.Corrían los años 50. La misma época de Negret, de Botero, de Grau, del genial Ramiro Villamizar. La generación antesala de ese estallido cultural caleño solo una década más tarde, de la mano de Lucy y Hernando Tejada, de Jan Barstelman, María Thereza Negreiros y Tiberio Vanegas. Los conocían como El Grupo Taller. Y de sus encuentros surgieron memorables Festivales de Arte y hasta el propio Museo La Tertulia. Cali era un hervidero cultural. Y ‘Teja’, su más entrañable protagonista. Fueron verdaderos días de fiesta. Tejadita era el alma de todas. Siempre frenético, siempre excesivo, siempre como un coqueto insobornable, el hombre se las ingeniaba para disfrazarse y hacer reír a todos. Su atuendo favorito era el de Chaplin. Y todo lo que necesitaba para darles vida a sus personajes lo guardaba en su casa del barrio El Peñón. Una casa pequeñita, a pesar de sus cuatro pisos. Una casita, dice la artista Marucha Vallejo, como hecha a la medida del propio Tejadita.La propiedad, habitada por Tejada durante 20 años, está hoy en manos también del MANN de Medellín. Y entre sus paredes aún hay pistas de la personalidad arrolladora de su dueño, de los mundos fantásticos que ideó. El segundo piso, por ejemplo, lo pintó por completo de azul y le colgó una hamaca. Era allí donde se refugiaba cuando deseaba sentirse frente al mar. Esas aguas del Pacífico que llevó a varias de sus pinturas y que a la postre fueron el sustento de su serie ‘Manglares’, la última obra que desarrolló antes de morir y que alcanzó a exhibir en ExpoLisboa, en 1998.Los amigos de Tejada se la imaginan convertida en una casa museo. Como debió ocurrir desde hace mucho tiempo. Han pasado ya 16 años desde que el artista se despidió de su Gato, de sus mujeres, de sus murales, pero aún no ha sido posible. Enrique Grau, días antes de ese 1 de junio de 1998, lo había presentido: “Colombia sólo va a entender, cuando Tejada se muera, que ha perdido a su artista más original”.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad