El Mediterráneo de Cervantes

Mayo 15, 2016 - 12:00 a.m. Por:
María Antonia Garcés | Especial para GACETA
El Mediterráneo de Cervantes

El Mar Mediterráneo ejerció una fascinación en el escritor que reflejó en su obra.

“El Mediterráneo no solo fue para Cervantes el escenario de la guerra con el Turco y del cautiverio argelino, que dejaron una huella indeleble en su obra. También fue el espacio de los moriscos deportados que lloraban por España o retornaban disfrazados de peregrinos”.

Quisiera proponer en estas páginas sobre la presencia del Mediterráneo en la producción literaria cervantina que, sin la emoción mediterránea, no existiría la obra de Cervantes. En efecto, las travesías del soldado castellano por el mar “color de vino tinto” marcarían para siempre su futuro quehacer artístico.

El soldado de Lepanto ciertamente vivió la gran lección del Mediterráneo. Desde el golfo de Corinto hasta Valencia, Cervantes recorrió de un lado a otro el Gran Mar, así llamado por los hebreos. Pese a que el futuro autor cruzó por última vez el mar de Alborán a los treinta y tres años en su misión secreta a Orán, el recuerdo del Mediterráneo permanecería continuamente en su memoria.

Perduraron también en su retina los paisajes de azul cobalto y “las levantadas ondas” del mare nostrum latino, junto con la imagen de las festivas galeras cubiertas de gallardetes. “Cervantes ?escribe Azorín? no olvida el mar, no puede olvidar el mar, no olvidará nunca el mar”. Y ese mar que Cervantes “ha visto, ha viajado, ha sentido, es el Mediterráneo”. Así es: cuando se trata de modificar mediante la creación artística las desilusiones sufridas, las cicatrices encubiertas y las glorias olvidadas, el retorno al mar de su juventud constituirá uno de los recursos cervantinos más utilizados.

Desde luego, hablar del Mediterráneo en Cervantes implica examinar el espacio inquietante de los conflictos entre la Cruz y la Media Luna y su reflejo en la obra del escritor alcalaíno. Iniciaremos este recorrido con La historia del cautivo (I, 38-41), interpolada en el Quijote de 1605. Esta es la gran ventana por donde la novela se asoma a la realidad histórica del tiempo de Cervantes, escenario de las guerras mediterráneas entre el Imperio español y el otomano. Empero, la historia del Capitán cautivo tiene su correlato en la segunda parte de la obra, mediante los episodios de Ricote y de su hija Ana Félix (DQ II, 54, 63 y 65), a los cuales se llega también por la ruta mediterránea. Ambos episodios, incluidos simétricamente en las dos partes del Quijote, revelan su apertura al rico escenario humano del Mediterráneo del siglo XVI, crisol al rojo vivo de religiones, de pueblos y de lenguajes.

Ahora bien, tanto el Mediterráneo, como Lepanto y Argel retornan insistentemente a la pluma de Cervantes. Marinas, calmas, tempestades, batallas navales y encuentros con el Islam y sus gentes serán para Cervantes materia de infinita recreación estética.

Precisamente, más allá de los intensos combates con el Gran Turco, el Mediterráneo le ofreció al soldado Cervantes la posibilidad del cruce con otras culturas, otras religiones y otras etnias, descubiertas al vaivén de sus travesías. Por ende, mediante una dilatada serie de figuras desplegadas sobre el telón de fondo del mar interno, Cervantes propone temas de solidaridad humana y de comunidad desde el centro del Imperio.

Como es sabido, los mejores años de la vida de Cervantes estuvieron marcados por las diáfanas o tempestuosas aguas del mar Mediterráneo ora como soldado inmerso en los violentos ejercicios de la guerra, ora como cautivo encandilado por “las levantadas olas” percibidas desde Argel. En efecto, Cervantes no solo fue soldado de Infantería terrestre sino también ?y principalmente? soldado de marina.

“Las horas más intensas de su vida las ha pasado Cervantes navegando, como Ulises, con los mismos mares que Ulises, con los mismos azares ?o mayores? que Ulises”? son palabras de Azorín. Cabe incluso imaginar que el Mediterráneo fue una patria para Cervantes. Una patria que lo recibiría con el bautizo de fuego de la Batalla de Lepanto, pero que también le brindaría nuevos horizontes, como la visión del mar Tirreno, del Adriático y del Jónico y el hallazgo de las islas meridionales: Sicilia, Malta, Cerdeña y Pantallearía, entre otras.

Justamente, tanto la carrera militar como la ficción literaria del futuro autor de Don Quijote se desarrollaron en las fronteras entre el Islam y la Cristiandad en el Mediterráneo del siglo XVI. Conjuntamente, la obra de Cervantes fue influida de manera fundamental por su cautiverio en el Norte de África entre 1575 y 1580.

Nuestro gran escritor nos dejó un testimonio vital sobre la vida en los confines de los dos grandes imperios que luchaban por el control del Mediterráneo. Su experiencia de cautivo en las prisiones argelinas; su trato personal con moros, turcos y renegados; su encuentro con culturas y religiones diversas en Argel, ciudad a la que llegaban corsarios de todas partes del mundo, le brindaron la oportunidad de enfocar estos temas desde una atalaya única. Asimismo, la experiencia del cautiverio argelino le permitió a Cervantes ver a España desde la otra orilla ?es decir, desde el lado de los que “pasaban allende”.

El mar adquiere una función vital en la creación cervantina, desde La Galatea hasta el Persiles, cuyos dos primeros capítulos transitan casi siempre por ambientes marinos. Como ha afirmado Astrana Marín, quien lea en esta novela las descripciones del sortilegio imponderable del mar ? “mar sesgo, viento largo, estrella clara”? no puede dudar del hechizo que ejerció el mar sobre Cervantes.

Aun en La Galatea, cuya trama transcurre por montes y praderas, encontramos episodios mediterráneos relatados por varios personajes. Por ende, las novelas La española inglesa y El amante liberal presentan magníficas descripciones de peripecias marinas ocurridas a los navegantes. Así, el Mediterráneo sería el otro protagonista de El amante liberal, obra especialmente rica en odiseas marítimas, al punto que ha sido calificada como una “épica del Mediterráneo oriental”. Incluso el poema autobiográfico Viaje del Parnaso relata un viaje por el Gran Mar en una galera que “toda de versos era fabricada”.

El derrotero de esta travesía por la “mar ligera” tiene su punto de partida en Cartagena, escala en Valencia, Génova, las islas Eolias, costa de Gaeta, Nápoles, estrecho de Mesina, costa del Epiro, vista de Corfú y riberas de Grecia, para terminar en el monte Parnaso. También las comedias turco-berberiscas de Cervantes desarrollan su acción en el mar, o a orillas del mar, “que con su lengua y sus aguas / ya manso, ya airado” llega hasta las murallas de Argel, como subraya el bello romance que cantan unos cautivos en Los baños de Argel.

El primer viaje de Cervantes por el Mediterráneo lo llevaría como cruzado a luchar en Lepanto “contra el enemigo común que es el Turco” (DQ I, 39). Lepanto fue, sin duda, la última gran batalla naval del Mediterráneo, donde perdieron la vida cerca de 40,000 hombres. Allí vería el arcabucero Cervantes “el embestirse las galeras por las proas en mitad del mar espacioso” y el terror del soldado que se balancea sobre “dos pies de tablas del espolón” mientras confronta los cañones enemigos ?lo cuenta don Quijote en su “Discurso de las Armas y las Letras” (DQ I, 38).

Como es sabido, en la Batalla Naval, el soldado Cervantes fue herido por tres balas de arcabuz, que le otorgaron su título: “Manco de Lepanto”. Testigos presenciales cuentan que, al finalizar el combate, las aguas de Lepanto ofrecían un cuadro dantesco de despojos humanos flotando en el mar, navíos medio hundidos, galeras ardiendo, esquifes llenos de cadáveres y alaridos de heridos y mutilados.

No obstante, aunque Cervantes menciona una y otra vez a Lepanto en su obra, jamás se explaya en el horror de la batalla. Seis años después desde Argel, en su epístola a Mateo Vázquez, el soldado cautivo recordaría sobriamente ese mar ensangrentado: “Vi el formado escuadrón roto y deshecho / y de bárbara gente y de cristiana / rojo en mil partes de Neptuno el lecho”.

En el Quijote de 1605, las experiencias traumáticas de Lepanto y de Argel se plasman en el relato del Capitán Ruy Pérez de Viedma, un alter-ego de Cervantes. En efecto, La historia del cautivo (DQ I, 39-41) está enmarcada por los eventos históricos que inauguraron y clausuraron la carrera militar de Cervantes en el Mediterráneo, a saber: la Batalla de Lepanto en 1571, y la toma de Túnez y La Goleta por los turcos, en 1574.

Pero esta novela no solo presenta un resumen de las andanzas soldadescas de Cervantes por el Mediterráneo: también ofrece una extraordinaria representación de la vida de los cautivos en Berbería, que incluye sus relaciones con renegados o musulmanes nuevos. Por lo demás, esta narración contiene uno de los más hermosos textos cervantinos, la historia de la conversa argelina Zoraida. Asimismo, La historia del cautivo adquiere, por momentos, un marcado sesgo autobiográfico. Lo sugiere la aparición fantasmal de “Un soldado llamado tal de Saavedra” en la puesta en escena del propio cautiverio de Cervantes.

[[nid:535895;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p6gacetamay15-16n1photo02.jpg;left;{Maria Antonia Garcés, catedrática de la Universidad de Cornell.}]]En el conocido episodio de la llegada de don Quijote y Sancho a Barcelona ?capítulos 61 a 65 de la segunda parte del Quijote? se nos cuenta cómo el caballero de la Triste Figura, tras convivir durante varios días con el bandolero catalán Roque Guinart, es conducido por él a través de caminos escondidos hasta las playas de Barcelona (DQ II, 60). Precisamente, la llegada de don Quijote y Sancho a esa ciudad tiene lugar en “la víspera de San Juan” (DQ II, 61). 

Al día siguiente, el caballero y su escudero se topan con los grandes festejos populares con que siempre, en Barcelona, se ha celebrado el Natalicio del Santo (24 de junio). En seguida, mientras amanece en la playa, al “son de muchas chirimías”, don Quijote y Sancho ven por primera vez el mar: “Vieron el mar, hasta entonces de ellos no visto; parecioles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa” (DQ II, 61).

La descripción del primer encuentro con el mar por parte de dos hombres de tierra adentro resulta curiosa en un escritor tan elocuente como Cervantes. De hecho, la insistente repetición del verbo ver en el texto sugiere que al autor ?o a su narrador? le faltaron palabras para narrar la conmovedora impresión que suscita la aparición del Mediterráneo. La mirada que se proyecta sobre el espacio desde la playa de Barcelona enfatiza así un momento trascendental en el Quijote de 1615: el arribo al lugar donde tendrá lugar la última aventura del héroe. Como anotó acertadamente Ángel Valbuena Prat: “Cuando don Quijote vio el mar, se acercó la hora de su desgracia y su derrota”.

Con todo, esta perturbadora visión del mar también apunta a la oscilante frontera entre vida y creación en Cervantes. Porque el deslumbramiento de don Quijote y Sancho se encadena con la jubilosa visión de las galeras que revive las experiencias marinas del soldado de Lepanto: “Vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua”. Dentro sonaban clarines y trompetas que “llenaban el aire de suaves y belicosos acentos”. La festiva visión del mar adquiere ahora los ritmos del lenguaje poético: “El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro, solo talvez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo gusto súbito en todas las gentes” (DQ, II, 61).

Desde luego, tanto Cataluña como Barcelona pertenecen históricamente al Mediterráneo. Como en la primera parte del Quijote, el encuentro con el Mediterráneo en la segunda trae consigo el choque con la realidad histórica de la época.

Aquí tenemos las primeras muertes violentas del Quijote: una en el episodio de Claudia Jerónima y dos asesinatos más en el de Ana Félix. En efecto, la Historia de España del siglo XVII irrumpe inicialmente en estos textos mediante la aparición del bandolero Roque Guinart. Como es sabido, este fue un personaje histórico, bandido que desafiaba de continuo a los ejércitos de Cataluña. En 1611, obtuvo el perdón a cambio de servir durante diez años en Nápoles como capitán de un tercio español.

Pero hay algo más. A través del ataque corsario que inaugura el episodio de Ana Félix en el Quijote de 1615, la amenaza turca se hace presente en la marina de Barcelona como otro indicio del contexto histórico del siglo XVII. Justamente, la aventura de la mini-batalla naval que figura en este capítulo describe una endémica realidad en la vida de Barcelona, donde las cuatro galeras de Cataluña descritas por Cervantes actuaban desde mayo de 1609 defendiendo la costa de corsarios turcos.

Hay algo más: entre junio y septiembre de 1610, esas galeras se unieron a las España, Nápoles, Génova y Sicilia para trasladar a las costas africanas a un gran número de moriscos catalanes y aragoneses. De hecho, cerca de 42.000 nuevos convertidos de moros de Cataluña y Aragón fueron embarcaron entonces en los Alfaques.

De modo que el asalto corsario que inicia el episodio de Ana Félix en la segunda parte del Quijote no solo trasluce lo que sucedía en las costas de Barcelona a partir de 1609. También alude al papel de las galeras de Cataluña en el destierro de los 300.000 mil españoles que fueron “deportados en nombre de Dios”. Tanto la historia de Ricote como la de Ana Félix reflejan así la protesta cauta pero elocuente de Cervantes contra el gran exilio morisco que en 1615 ya había sido consumado.

Recordemos estos hechos. Entre 1609 y 1614, la Monarquía de Felipe III expulsó de España a unos 300.000 moriscos o hispano-musulmanes bautizados, incluso a los que eran cristianos sinceros. La propaganda oficial del Estado insistió en la malignidad de los moriscos. Pero no todos los cristianos viejos estaban de acuerdo.

La sociedad española de comienzos del siglo XVII no era monolítica y tampoco se expresaba mediante un solo discurso. Había opiniones diversas sobre los moriscos. Mientras unos favorecían la Expulsión, otros creían que el destierro de individuos bautizados estaba prohibido por los cánones eclesiásticos. Muchos pensaban que los moriscos podían ser integrados en la sociedad católica: ellos seguían siendo moriscos, porque la sociedad los había marginado.

Precisamente Cervantes siguió de cerca y con apasionado interés estas polémicas. Su voz de protesta se eleva mediante un abordaje escueto y elocuente que anticipa el reportaje moderno. De modo que en el encuentro fortuito entre Sancho y el morisco Ricote, es el propio Ricote quien expresa mejor que nadie el amor de la patria y el dolor del destierro: “Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural”.

En efecto, ni el cristianismo ni el islam son para Ricote dogmas esenciales: lo que cuenta para él como valor fundamental es el amor a su familia y a su patria. La maciza y sobria identidad del personaje se erige así por sí sola en un demoledor lamento por el costo humano de la expulsión, pena “blanda y suave, al parecer de algunos, pero al nuestro lo más terrible que se nos podía dar” (DQ II, 54).

Para concluir, el Mediterráneo no solo fue para Cervantes el escenario de la guerra con el Turco y del cautiverio argelino, que dejaron una huella indeleble en su obra. También fue el espacio de los moriscos y moriscas deportados, que lloraban por España o retornaban a la patria disfrazados de peregrinos. Como espacio humano ricamente problematizado en tanto amalgama de religiones, de culturas y de lenguajes, la visión del Mediterráneo constituye también el fecundo manantial que alimenta la creación del autor de Don Quijote.

Precisamente, la percepción cervantina de las variadas formas de interacción humana en medio del conflicto, incluyendo el religioso, coincide con las perspectivas de un gran número de especialistas modernos en los Estudios Mediterráneos. Ellos arguyen que el mar interno ha sido durante siglos una sucesión de fronteras que históricamente no fueron siempre barreras de separación sino también encrucijadas culturales.

En la novelística europea, es Cervantes quien mejor describe esos espacios de convivencia. En su pluma, el Mediterráneo surge como lugar de la mixtura y de las interacciones entre hombres y mujeres a ambos lados del mar. Imposible olvidar el adiós entre un soldado de Orán y el moro Alimuzel en El gallardo español. Mientras que el español se despide con este saludo: “Tu Mahoma, Alí, te guarde”, el moro le responde: “Tu Cristo vaya contigo”.

 

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad