El experimentado bailarín Julio Bocca habla de su larga trayectoria

El experimentado bailarín Julio Bocca habla de su larga trayectoria

Junio 15, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Isabel Peláez | Reportera de El País

El bailarín Julio Bocca, director del Ballet Nacional del Sodre, invitado al Festival Internacional de Ballet de Cali, habló con El País.

Julio Bocca, reconocido bailarín argentino, que tras su retiro hace cinco años dirige el Ballet Nacional del Sodre, de Uruguay, fue uno de los invitados al Festival Internacional de Ballet que culminó el domingo en Cali. 

En esta, su primera visita a la ciudad, se mostró “gratamente sorprendido con lo que Gloria Castro ha logrado en estos nueve años de trabajo y de ir educando al público,  más que educándolo, dándole  la posibilidad de que pueda ver ballet, que es algo maravilloso, ya que el ballet es para todos, simplemente cada uno elige si le gusta o no,  no tienes que  entenderlo, sino sentirlo. Estuve en el Teatro Municipal el viernes,  y el sábado en el Teatro al aire libre Los Cristales y la verdad, la respuesta del público fue increíble. Es maravilloso ver cómo están atentos y cómo disfrutan de los diferentes artistas que vienen a este festival”.

¿Cómo sintió la respuesta del público con sus bailarines?

Nuestra participación fue con dos parejas y la respuesta del público  con ellos ha sido muy favorable. Lamentablemente uno de mis bailarines se lastimó en la primera función, así que anoche no pudo actuar. Pero la otra pareja sí y me sentí muy contento como ha salido la función de ellos anoche haciendo el pas de deux del Ballet de Don Quijote y feliz con poder compartir con los colombianos  y  ayudar a la danza en Latinoamérica.

¿Qué piensa de los bailarines colombianos?

He visto  una pareja de bailarines colombianos. Me pareció muy interesante el trabajo de una bailarina muy bella, colombiana, Tatiana Martínez, le he pedido el contacto, y estaré hablando con ella. Quizás hay una  posibilidad de que venga a mi compañía en Uruguay, al Ballet Nacional. Conozco otros bailarines colombianos, como un compañero de muchos años del American Ballet como Flavio Salazar. A través de él he conocido otros más que han tenido que irse a otros países,  porque no hay una compañía con la cual puedan disfrutar y mostrar sus años de estudios  en su  país. 

Usted se retiró a los 40 años. ¿A qué edad debe retirarse  un bailarín?

Para  mi gusto entre los 40 y 42 años es el momento justo para que cualquier bailarín se retire, y más un bailarín clásico, que debe ser gente joven, fresca, con una técnica ágil.  Cuando uno llega a los 40 artísticamente está con mucha más experiencia quizás que un chico de 18 o 20 años, pero también para el ballet se necesita esa frescura, esa energía del cuerpo que lamentablemente se  va perdiendo. Igual, respeto a todo bailarín que siga en el escenario después de los 40. 

Yo estoy muy  feliz de haberme retirado en el punto más alto. Prefiero que la prensa y el público me recuerden  en el mejor momento y no que estén comentando ‘este  cuándo se retira’. Saber que uno  en 27 años de carrera ha hecho mucho, ha viajado por todo el mundo, ha trabajado con las grandes figuras de la danza, con  grandes coreógrafos y  compañías,  ha hecho  creaciones. Estoy comenzando otra etapa,  de transmitir esas experiencias maravillosas  a la gente joven y a los bailarines latinos, y tratar de  apoyar que la danza se siga respetando y admirando, con la calidad que este arte necesita y merece. 

¿En 27 años  de carrera qué lesiones sufrió? ¿Tuvo varias operaciones?

Tengo nueve operaciones, cuatro de rodilla izquierda, meniscos, rótula, una de rodilla derecha, menisco, y  en los dos pies tengo los ligamentos rotos. También tengo cirugía de costilla, después de uno de los dedos de la mano. Así que usé mi cuerpo bien, hasta el último segundo de mi carrera, pero  todas son operaciones por  haber trabajado y disfrutado de esta carrera.

Solía decir que le gustaba bailar tanto como respirar, ¿ le gusta enseñar tanto como qué?

Por lo menos en este período, me gusta más respirar que enseñar,  estoy disfrutando mis tiempos que por muchos años no lo pude hacer.  Disfruto  dirigir, transmitir, dar posibilidades a otros bailarines en Latinoamérica, que puedan trabajar en sus países  o en nuestra región, con nuestro idioma. Disfruto ver cuando se levanta y se cierra el telón y ver todo ese trabajo que han hecho los bailarines.

Tras su retiro descubrió una nueva faceta, la de chef, ¿no es así?

Esa faceta duró muy poco. Al retirarme estuve casi dos años sin hacer nada. Era maravilloso  levantarme, desayunar y volver a la cama, caminar sin problema de un horario o sin  saber qué tenía que hacer, porque siempre tuve programada  mi  vida, por dos años anticipados sabía dónde iba a estar,  en qué país, en qué hotel, qué obra. Disfrutar el día a día fue maravilloso.  Me arriesgué a cocinar, a hacer salsas, antes   siempre eran cosas muy cuidadas y livianas por la dieta que requería como bailarín. Pero mi gran talento no es el cocinar. 

¿Se fue  a vivir a Uruguay porque se sentía muy acosado por la fama?

Uno siempre está agradecido con el cariño de la gente y me lo siguen dando. Pero necesitaba estar en un lugar   relajado. Estaba acostumbrado a estar rodeado de mucha gente o en un ritmo muy alocado todo el tiempo,  necesitaba esa  calma para encontrarme conmigo mismo y Uruguay me daba esa posibilidad.  Nunca fui de estar saliendo todas las noches a  fiestas. Es culturalmente  muy rica, tiene esa conexión con el mar y estaba  cerca de Buenos Aires. Conté con  la suerte de conocer a mi pareja.

¿Tener  a su mamá como maestra, tuvo más  ventajas o desventajas?

Ventajas siempre.  Empecé jugando, a tomar danza cuando  tenía cuatro años, que  entraba y salía del aula donde ella daba clase. Hacía lo que tenía ganas de hacer,  nunca tuve esa obligación por parte de ella de estar todo el tiempo ahí, ella me dio siempre libertad. Yo mismo le  dije qué quería estudiar y me llevó a la Escuela Nacional de Danzas, al Teatro Colón.  Tuve siempre una madre y  una amiga, la maestra estaba pero no era la principal.   Cuando  me fui solo a los 14 años a Caracas  sabía que si la llamaba, me iba a estar apoyando y no me iba a estar  diciendo “yo te dije que  no te fueras”, sino “ va a estar todo bien”,   eso es importante en la carrera  de cualquier niño, porque hasta que uno crece  no se sabe si va a tener éxito.

¿De tantos escenarios, llega un momento en que no hay asombro?

Siempre uno se sorprende. Cuando fui a Nueva York la primera vez todos me decían el público americano es muy frío, distante, pero me  pareció  muy caluroso, respetuoso. En  Argentina ver a  300.000 personas en un espectáculo de ballet y  en Uruguay te agradecen por lo que haces. El otro día una persona en  la calle, en silla de ruedas,  a la que  le faltaban las dos piernas,   me dijo: “Uy, Julio, muchas gracias por lo que estás haciendo por la cultura del país”.  Qué lástima que muy pocos políticos se den cuenta  que la cultura y la educación deben ir de la mano para mejorar un país.

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