El escritor peruano Carlos Arámbulo narra el cuento de su vida en su visita a Cali

Noviembre 27, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros / Reportera de El País
El escritor peruano Carlos Arámbulo narra el cuento de su vida en su visita a Cali

Carlos Arámbulo, escritor peruano.

El escritor peruano Carlos Arámbulo pasó por Cali para contar cómo pasó de ser visitador médico a convertirse en uno de los finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.

El perro se llama ‘Borges’, un labrador rescatado de la calle. Está viejo, ciego y desde hace tres días decidió que se iba a morir: dejó de comer y no se mueve del primer piso de la casa de su dueño, el escritor peruano Carlos Arámbulo.

Sentado en un restaurante de Cali, a Carlos se le hace un nudo en la garganta cuando lo cuenta. Es una tarde de martes y él  aguarda  por el fallo que se conocerá hoy (viernes) en el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez del que es finalista. 

Debe ser —piensa Arámbulo, secándose las lágrimas— de que allá, en su casa de Lima, el fiel ‘Borges’ aguarda a que su amo llame para dar buenas noticias. Debe ser que eso es realmente lo que lo mantiene vivo.

Una fe parecida fue la que lo movió, hace unos  seis meses, a enviar al concurso ‘Un lugar como este’, el libro de cuentos que había escrito hacía  22 años y que solo se atrevió a publicar en 2014, movido por el sueño descabellado de tres amigos que aspiraban revivir una vieja editorial, Dedo Crítico.

Para entonces, Carlos había decidido ya torcer el destino que lo había convertido en visitador médico —“por  pura supervivencia, porque un día entendí que de las letras no puedes vivir”— y se entregó a terminar una maestría y un doctorado en literatura. Ese es el epílogo feliz de su propia historia. Los  capítulos que tuvo que escribir antes se los contó a El País.

Carlos, ¿por qué hay que leer este libro que lo tiene de finalista en el premio Gabriel García Márquez?

Porque es un libro de cuentos en el sentido más redondo. Cada uno de los seis relatos se lee independientemente, pero están tejidos con personajes que aparecen en uno y otro. Todo comenzó con ‘Un lugar como este’, el primer cuento. Un día se me vino a la mente la idea de un entierro con un significado simbólico: algo que regresa a la vida. Y la imagen de unos amigos que acompañan a uno de ellos a enterrar a su padre, en un pueblo fundado por él, pero que había quedado destruido.

Ese pueblo es Calderas, que se parece al Comala de Rulfo y al propio Macondo de Gabo...

Sí, es cierto. Es un pueblo sin agua, un drama muy común en América Latina, sobre todo en la costa del Pacífico. Desde el primer cuento del libro sentí que había creado un mundo y unos personajes que lo habitan, inmigrantes que habían llegado hasta  ahí escapando de la justicia, del destino, del amor. Fue una especie de territorio fundado por mí como escritor y que siento que es más cercano por su sensibilidad a Comala, pero que tiene de Macondo  el artificio.

¿Cómo es eso de que este libro vio la luz 22 años después de ser escrito?

Yo me formé en literatura y he sido gran lector desde niño. Mi habitación es la biblioteca de la casa. Pero en el 93, casado y con un hijo, tuve que tomar una decisión de subsistencia: mantener a mi familia. El libro lo escribí por ese entonces, en seis meses, y cada que podía, en la noche, al regresar de trabajar, lo revisaba. Corregía y tachaba. Tuve que dejar este y otros proyectos literarios, poemas y dos novelas,  en un cajón pues debía trabajar para vivir. Tanto, que olvidé ser escritor. Ahora es que me lo estoy volviendo a creer. 

¿Cómo acaba un literato convertido en visitador médico?

Esa fue otra conquista. Un día me vi sentado en un hotel donde dos mil personas esperaban quedarse con tres vacantes para ese oficio. Cuando me hicieron la entrevista, me dijeron que perdía mi tiempo, que no tenía chance.

Pero entonces relacionaron mi apellido con otro Carlos Arámbulo, mi papá, que había sido visitador médico, gerente de productos,  de márketing y comercial en la industria farmacéutica. Por eso  me quedé con el puesto y con los años tuve esos mismos cargos también. Ya él me lo había dicho: “en esto puedes ganarte la vida, eres culto, con facilidad de palabra”. Entré y me quedé atrapado hasta que le dije a mi esposa “no va más”, y volví a lo que sí me hace vivir: la literatura.    

Este premio busca exaltar una de las facetas quizá menos celebrada de García Márquez, la de cuentista...

Sí, y es lo que más me gusta. Cuando yo tenía 14 años leí ‘Cien años de soledad’. Lo empecé en la mañana y terminé a la hora del almuerzo. Nadie me creyó y comenzaron a preguntarme para corroborarlo. Pero el primer libro suyo que leí, a los 9, en el 74, fue  ‘Ojos de perro azul’. Un libro raro, en una edición con ilustraciones. No fue un buen comienzo del mundo de Gabo pues tenía una atmósfera medio tanática, eran cuentos de muertos que hablaban sobre su muerte con fantasmas, pesadillas.

¿Y le aprendió algo?

Ya desde esos libros uno advertía ese manejo inteligente y estético de Gabo y su habilidad para encontrar adjetivos inéditos. También el concepto de la frase redondeada y sobre todo el esfuerzo por construir un lenguaje bello, un esfuerzo que demuestra que el lenguaje es el que soporta la narración, más que la anécdota.

Fue lo que más le aprendí: que una buena narrativa, una buena historia pesada, debe estar soportada por el lenguaje. Que la belleza del texto debe ser también la que haga que uno quiera seguir leyendo. Por eso, tal como lo hacía él en sus inicios, no escribo libros para vender un montón, lo hago por hacer buena literatura.

Hoy, a las 11:00 a.m., será la ceremonia de la segunda versión del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, en el Teatro Colón de Bogotá.  Al premio aspiraron 136 autores. El jurado lo integraron los escritores colombianos Conrado Zuluaga y Luis Fayad; el escritor, traductor y editor argentino Alberto Manguel; la escritora, ensayista y crítica literaria Margo Glantz y la cuentista, novelista y ensayista argentina Liliana Heker.
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