El escritor Mario Mendoza cumplió una promesa en el barrio Petecuy

Abril 04, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA

¿Cómo termina el escritor Mario Mendoza con una biblioteca creada en su honor en el barrio Petecuy de Cali? La respuesta la tiene Gustavo Gutiérrez, un soñador que cree que es posible cambiar libros por balas. Esta es la historia.

El cruce de mensajes entre los dos había iniciado hacía dos años. El primero en contarle al otro quién era fue Gustavo Gutiérrez, un joven caleño de 28 años que nació y creció en el barrio Petecuy. A centenares de kilómetros de distancia, en Bogotá, el escritor Mario Mendoza lo leía con ojos atentos. Las palabras de Gustavo terminaban siempre, a manera de comentarios, en ‘Proyecto Frankestein’, un blog creado por ese autor que comenzó a ser noticia en la literatura colombiana desde la aparición de ‘Satanás’, novela publicada en el año 2002, en cuyas páginas revivía la figura de Campo Elías Delgado, el responsable de la masacre del restaurante Pozzetto, que acabó con la vida de veinte personas una noche de diciembre de 1986.Mucho antes de teclear el primer comentario, Gustavo, en su humilde vivienda de Cali había leído no solo ‘Satanás’ sino ‘Cobro de sangre’, libro que narraba desde la ficción de un personaje, un maestro de literatura universitario, los años dolorosos de exterminio de la Unión Patriótica. Ese maestro, en esa historia —tal como recuerda Gustavo— había escrito para sus alumnos una ‘carta a un joven prosista’. Y ese texto no fue solo un momento más del libro. Fue un guiño, dice hoy Gustavo convencido.Porque nada volvió a ser igual después de esas líneas. Era una carta dirigida a jóvenes que soñaban encontrar en la escritura un oficio. Y Gustavo —empezó a sentirlo desde niñito— quería que en la vida lo llamaran escritor.La sospecha se convirtió en certeza una vez terminó el bachillerato. Fue por esos días que tropezó con ‘Satanás’, que se había quedado con el premio Biblioteca Breve y tenía a la crítica preguntándose quién era ese literato de la Universidad Javeriana que, sin buscarlo, había resultado siendo amigo del excombatiente de Vietnam que, después de asesinar a varias mujeres, entre ellas a su propia mamá, había convertido una cena en tragedia para varios comensales. Desde entonces, Gustavo buscó la forma de leer todo lo que publicaba este autor: ‘Buda blues’, ‘La locura de nuestro tiempo’, ‘Apocalipsis’, ‘La importancia de morir a tiempo’, ‘Lady masacre’...Lo buscaba también en las entrevistas que quedaban por ahí y que alguien acababa colgando en YouTube; en ‘La ciudad y el mundo’, las columnas que cada sábado Mendoza publicaba en un diario capitalino y el joven caleño devoraba. Lo buscaba en las escasas oportunidades que Mendoza venía a Cali a dictar alguna charla. Otras veces, Gustavo se recuerda a sí mismo recorriendo doce horas, o más, de camino rumbo a Bogotá, con igual propósito e ilusión. Se bajaba del bus, iba a la conferencia que le interesaba escuchar de su admirado escritor y nuevamente, con su maleta en la espalda, emprendía el viaje de regreso.“Yo leía en sus novelas, de alguna manera —confiesa el joven— lo que por años había visto en las calles de mi barrio: la violencia, la esquina, el barrio, lo marginal, la exclusión. Yo sentía que sus personajes urbanos le daban identidad a una ciudad. Y ese ejercicio literario no lo hemos hecho en Cali”. En todo eso vino a pensar el muchacho mientras veía caminar por las calles de su barrio a Mario Mendoza, la tarde del pasado martes 25 de marzo, vestido de jeans, lentes oscuros y camisa azul de mangas largas.Lo que estaba sucediendo era una suerte de promesa cumplida: el autor bogotano sabía que Gustavo, enfermo de amor por la literatura, había creado hacía varios años la Fundación Biblioghetto, a través de la cual realizaba actividades lúdicas de difusión de lectura en Petecuy y alimentaba la fe de que los ‘pelados’ del sector cambiaran libros por balas. Palabras por sangre.De eso hablaban también muchos de los mensajes que Gustavo dejaba en el blog de Mario. ¿Biblioghetto? ¡Qué palabra más fuerte!, pensaba el autor. Es que gueto no rima con libros, se decía enseguida. “Son cosas opuestas”. Pero ese nombre terminó siendo mera anécdota. Dos años más tarde, Mario Mendoza, el atildado escritor del que tanto Gustavo le habla a Gloria Estela, su mamá, estaba sentado en una escombrera, a orillas del jarillón del río Cauca, leyéndoles a varios pequeños de Petecuy algunos pasajes de ‘La colonia de Altair’, una de las novelas que hacen parte de su saga juvenil. Horas antes se había sentado en un salón de clases del colegio Rafael García Herreros, el más grande del barrio, para conversar con una veintena de estudiantes de 8 y 9 grado sobre cómo nacían sus personajes y cómo las historias que tejía alrededor de ellos se convertían en libros. Se había asomado también, brevemente, a una guardería del Icbf a la que Gustavo suele llegar a veces para —lo dice con voz muy grave y seria— “hacer promoción de lectura en la primera infancia”.Más tarde, en la noche, participaría del conversatorio ‘Los retos de formar lectores y escritores en una ciudad violenta como Cali’, donde compartiría su experiencia con caleños comprometidos en la fuerza de la palabra y de los libros. Mario Mendoza, en esta ocasión, llegó a Cali por su propia cuenta, escoltado por Érika Buitrago, la ilustradora de sus obras y de Guillermo García, el responsable de hacer la agenda que le permite al autor recorrer colegios de todo el país. Fascinado por lo que Gustavo le narraba en tantos y tantos comentarios de blog que después se hicieron cálidos y frecuentes correos electrónicos, el escritor sacó tres días para conocer, sobre el terreno, cómo era que un muchacho soñador de esta ciudad había logrado la magia de que gueto rimara con libro.Lo pudo comprobar en el rostro asombrado de Dylan, un chico de 8 años —hijo de padres que se ganan la vida vendiendo arepas y fritanga en Petecuy— que durante su ‘visita’ a la escombrera fue el que más siguió con atención los dibujos que sus dedos gruesos le iban mostrando mientras la historia de ‘La colonia de Altair’ iba transcurriendo frente a los ojos de los dos. Gustavo Gutiérrez, pues, tenía la razón: en ese barrio del nororiente de Cali no solo se habían multiplicado los libros. Tras ellos, felices, llegaron los lectores. ******—¿Sabés qué fue lo que más me conmovió de lo que vi en Petecuy, Gustavo?—¿Qué cosa?—No fue tanto la dureza del barrio, o que de repente te vieras en un espacio lleno de escombros o de basura. Ni siquiera las familias de recicladores, con sus chiquitos, que ves a tu alrededor. Lo que más conmueve es que el espacio que tienes para guardar los libros de Biblioghetto sea tan pequeño, tan estrecho. Yo siempre imaginé que el asunto funcionaba en un localito, a lo sumo un garaje pequeño. Es que tú llegas a ese lugar donde te sientas a leer cada semana con esos ‘pelados’ y eso parece tierra de nadie. Te da la sensación de que estás llegando al lejano oeste norteamericano del Siglo XIX. —Sí, es que la cosa allá es dura, es difícil conseguir apoyo. Yo he pedido, varias veces, el apoyo de la Alcaldía. Pero nada. —Lo que yo realmente veo en vos, Gustavo, es un ciudadano que, en medio de la desidia del Estado, del abandono, decide crear un espacio pequeño, no más grande de 3 o 4 metros cuadrados, para hacer resistencia civil. Hacerlo además con las uñas. ¡Eso resulta tremendo! Es que Mario Mendoza se ha dedicado, desde hace varios años, “a estar atento de lo que ocurre con procesos comunitarios” de grandes ciudades como Bogotá y Medellín. “Todo el tiempo me la paso tras el rastro de experiencias como Biblioghetto. En Medellín recuerdo haber trabajado incluso con pandilleros que te confiesan que tienen varios ‘muñecos’ encima”.Lo hace, algunas veces, de la mano del ‘Proyecto Buda Blues’, que recoge las iniciativas de más de 2 mil estudiantes de colegios y universidades de todo el país, todos ellos devotos lectores de la obra de Mendoza, “que tienen ideas e inquietudes parecidas a las de Gustavo en Cali”, cuenta Mario.Lo que sucede, advierte a continuación el padre de ‘Satanás’ , es que “por primera vez estoy sintiendo en esta ciudad, algo que no había notado en otras oportunidades que he venido. Que la gente se mamó de que no se haga nada, de que el Estado y por los que han votado no hagan nada. Entonces muchos, como Gustavo Gutiérrez, han decido actuar por cuenta propia. Quieren cambiar las cosas”. —Lo que yo creo, Mario, es que uno, con los libros, puede transformar la vida de muchachos de mi barrio, como un día me la cambió a mí. —Sí, sí. Uno solo. Con uno solo que decida cambiar, valdrá la pena lo que estás haciendo. A mí me ha pasado. Alguna vez encontré en Londres un muchacho que había conocido en un barrio tenaz de Bogotá. Como pudo buscó una beca y se fue a estudiar literatura porque él siempre había querido escribir. Y eso se dio después de haber estado en una charla que yo dí.—Yo también estoy seguro de que vale la pena, Mario...—Es que creo que a uno nadie en la vida le enseña lo más importante, lo fundamental, Gustavo: el sentido profundo de la existencia. La vida no tiene sentido per se, hay que buscarlo. Lo que pasa es que el 90% de la gente termina equivocada y lo único que busca es plata. Por eso, lo que más me impactó de este proyecto tuyo de Biblioghetto es el sentido tan profundo que tiene. Tu tienes una cosa que envidia mucha gente con dinero: un sentido hondo de la vida. Y lo descubriste desde muy chiquito. Ya llegará el resto, Gustavo: ya llegará el apoyo económico, la empresa privada ya se sumará. Ya te llegará la oportunidad de estudiar, que es lo que más anhelas. ******La biblioteca se llama Mario Mendoza. Se lee en letras mayúsculas de varios colores, pintados sobre un retablo de madera que pende sobre la puerta de la pequeña sede de la Fundación Biblioghetto. ¡Mierda!, alcanzó a exclamar el escritor. Fue toda una sorpresa.Que falta más espacio, que son necesarios muchísimos más libros de consulta y varios más de literatura infantil y juvenil. Y ojalá ilustrados. Gustavo, hasta ahora, ha podido acopiar unos 350, todos ellos regalados.El autor escudriñó con ojos benévolos cada uno de los títulos que el muchacho, ordenadamente, había dispuesto en un par de repisas días atrás. Estaba decidido: esa biblioteca que llevaba su nombre debía tener su colección personal de libros. No faltaba más.Ya los había leído lo suficiente, al menos tres veces cada uno, les dijo, como para que no estuvieran ahí, en Petecuy, al alcance de todos esos niños y jóvenes a los que Gustavo convoca en sus jornadas de lectura. Y cumplirá, seguro. En esos estantes no solo estarán ‘Satanás’ y las novelas que le han asegurado un lugar a Mario Mendoza en las letras más recientes del país.El hombre que hizo rimar libros con gueto aspira poder contar en su colección con ‘Mi extraño viaje al mundo de Shambala’, ‘La colonia de Altair’, ‘Crononautas’ y el cuarto título de la saga juvenil que Mendoza lanzará en la Feria del Libro de Bogotá este mes de abril, ‘Metempsicosis’, se llama. Gustavo, claro, ya se lo leyó.

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