El documental que explora las razones por las que jóvenes indígenas se suicidan

El documental que explora las razones por las que jóvenes indígenas se suicidan

Marzo 29, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Isabel Peláez | El País.

El 31 de marzo será el estreno de ‘La selva inflada’, en Bogotá, Medellín y en Cali: en Centenario y luego en La Tertulia.

 

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A las manos de Alejandro Naranjo llegó en 2009 una noticia sobre uno de los picos más altos de suicidios en el Vaupés en un  mes. “Según el Dane, la tasa de estos  en Colombia es entre 5 y 10 casos por cada 100.000 habitantes, y en el Vaupés se dan  40 casos por igual número de pobladores”, cuenta el cineasta, quien se inspiró en dicho caso para hacer su  película ‘La selva inflada’. 

Confiesa Alejandro que, como la mayoría de los colombianos, cuando estaba en el colegio para él “Vaupés era una de esas regiones  que uno ve  como una mancha en el mapa, uno piensa que  es puro bosque, animalitos e  indígenas con taparrabo”. Luego se aprende lo básico,  que es uno  de los  32 departamentos del país situados en la amazonía colombiana y   que limita al norte con Guaviare y Guainía, al oeste con Caquetá y Guaviare, al este con Brasil y al sur con el río Apaporis.

Entre las hipótesis que manejaba la noticia  es que había un choque cultural entre los jóvenes indígenas que llegaban de las comunidades al Mitú.  Decía que acababan con su vida porque  no tenían dinero para comprar sus jeans,  gel para pararse el pelo o para tener unos  tenis de marca. Naranjo tenía la intuición de que  allí había suficiente  material para una  película. 

Y siguiendo su olfato se fue por  una  semana al Vaupés para constatarlo.  En las comunidades los chicos estudian su primaria, y cuenta Naranjo que son “agrupaciones de familias de entre 50 y 100 personas donde hablan  lengua autóctona y tienen   modos milenarios de producción. Pero cuando cumplen la edad para pasar a secundaria, como solo hay enseñanza básica, el gobierno -que  debe cumplir con las cuotas de educación- les paga el vuelo a Mitú y los pone en un internado allá para que culminen el bachillerato”.

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Al llegar a Mitú, una ciudad con un 80% de población puramente indígena, se dio cuenta Naranjo que la tasa de suicidios es alta y que los problemas de los jóvenes son reales. “Si tú le preguntas a alguno por qué se suicidó su primo o su hermano, te dice que porque vio a la novia con otro o porque no tenía plata, pero si ahondas en el tema, te das cuenta de que hay grandes vacíos, de frustración, de ‘no proyecto de vida’. Durante esos años de secundaria lejos de sus comunidades, los chicos no solo aprenden geografía, historia y literatura, sino a manejar dinero, a vivir en un mundo con electricidad 24 horas al día,  a pagar por el agua, a hablar castellano,  a sobrevivir en una ciudad colonizada por los ‘paisas’ (así  llaman a los antioqueños y a todo aquel que no sea indígena) y a  ser tratados como  ciudadanos de cuarta categoría.  

Cuando se gradúan, salen con expectativas de conseguir un trabajo, una casa, una moto, una esposa, pero es un proyecto de vida al  que muy pocos pueden acceder. En Mitú se gradúan al año 200 estudiantes, pero no hay 200 nuevos empleos  calificados. Sus pocas opciones son cargar bultos, picar piedra o el mototaxismo y ya ni  sus mujeres los aprecian, porque para muchas los militares son su salida del Vaupés.

La única opción de los chicos es  regresar a su  comunidad, en el Alto Apaporis (para llegar hay que tomar una avioneta desde Mitú), pero se dan cuenta que    ya no son los mismos niños indígenas que salieron y tampoco los chicos blancos que pueden sacar adelante su proyecto, quedan en un limbo sentimental, laboral y social. 

Naranjo empezó su documental desde 2011 y mientras investigaba encontró un ensayo ganador de un concurso del Banco de la República, llamado  ‘Mitú, un  caso de inflación que ensombrece mi futuro’, de un colegio del  municipio, que narraba: “Como en estas regiones de la selva todo  llega por aire, los precios son exorbitantes, un bulto de cemento   cuesta $200.000, una cerveza vale el doble de lo que debería,   y aparte de todos los problemas que tenemos la inflación es un obstáculo. Si las cosas siguen  así lo mejor es unirse a la guerrilla  o al  ejército, donde la inflación no tiene ninguna importancia”.

Al leer ese ensayo de una clase de economía,  Naranjo se cuestionó que esa no solo era  una inflación de precios en las tiendas, sino de proyecto de vida, “les estamos ofreciendo a estos muchachos una selva inflada, desmedida y descontextualizada de su realidad”.  

También halló  leyendas que buscan explicar los suicidios de indígenas, como la de  que un payé de Brasil que, tras la violación de su hija en la frontera con Colombia, lanzó la  maldición de que en el Vaupés se ahorcarían 50 muchachos. Otra sobre una señora  que tomó unas piedras de un río sagrado  y  liberó  maldiciones, y una más sobre  unas piedras a las afueras de Mitú que antes  eran sitios sagrados y que debido a la urbanización se  convirtieron en canteras y por eso se están matando los chicos.

Concluye Naranjo sobre su ópera prima que “después de ‘El abrazo de la serpiente’ (película de Ciro Guerra nominada al Óscar), hubo ansia de cine colombiano y de Amazonas, pero este es un Amazonas actual, un Vaupés que no conocemos. Aquí nos vendemos como un país megadiverso, como el de ‘Colombia, Magia Salvaje’, pero es una diversidad inocente, de plantas y animalitos, y aquí hay gente que también hace parte de esa biodiversidad y  son justo los niños indígenas a quienes estamos llevando  a quitarse su vida”.

El 31 de marzo  será el estreno  de ‘La selva inflada’,  en Bogotá, Medellín y  en Cali: en  Centenario y luego en  La Tertulia.

 Título original:  La Selva Inflada.Documenta, Colombia. Coproducción de Dirty Mac Docs, Tourmalet Films y Señal Colombia.Director:  Alejandro Naranjo. Cuatro chicos están en sus últimos días de bachillerato y deben decidir qué haran con sus vidas. Al director no le interesó hacer un documental descarnado sobre los altos índices de suicidio en los indígenas de Vaupés; habla del suicidio  desde la vida, desde la mirada de  jóvenes que   sobrevivieron a sus amigos   y lo que hace que eso pase. Logra  que la cámara esté a diez centímetros de los muchachos y sea casi invisible. Los acompaña en su cotidianidad,  para ver su soledad y sus silencios, su “no expresión”.
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