'El año pasado bajo tierra', el nuevo libro del poeta Carlos Patiño

'El año pasado bajo tierra', el nuevo libro del poeta Carlos Patiño

Diciembre 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Hernando Urriago Benítez / Especial para GACETA
'El año pasado bajo tierra', el nuevo libro del poeta Carlos Patiño

Carlos Patiño Millán (Cali,1961) es profesor de literatura de la Universidad del Valle.

¿Es posible que un año tenga 107? Sí. Al menos en el más reciente libro del escritor Carlos Patiño Millán, publicado por Antípoda Editores. ‘El año pasado bajo tierra’, un viaje al interior del Yo.

Transitando por ‘El año pasa do bajo tierra’, nuevo libro del poeta Carlos Patiño Millán (Cali, 1961), damos de frente con una certeza: todo acto de escritura autobiográfica promete una verdad y sin embargo es uno de los mayores actos de impostura porque bajo la promesa de unidad y sinceridad esconde la irremediable desfiguración del ser.Y celebramos que así suceda, sobre todo cuando al sol de hoy ha corrido tanta fragmentación del sujeto bajo los puentes del Yo, que para decir su pasado regresa a un tiempo que sólo existe en tanto que lo imagina. Ese pasado, que los recuerdos y las fotos inventan, está hecho de vestigios, de voces, de vivos y de muertos que llevamos a cuestas, dormidos o sepultados, ahora puestos a andar, como Lázaro, mediante el ejercicio representativo o resucitador de la escritura.He aquí un libro que proviene de ciertos “cuadernos de apuntes”, especie de ‘sótanos’ de la escritura donde el creador esboza rostros, traza sueños o sospechas, dibuja tentativas de imágenes poéticas, y, como en el caso de Patiño Millán, inventa ese pasado en el cual el contorno auto-vital juega a mimetizarse con la voz poética a fin de emular la voz imposible del Yo material del poeta que firma el libro.Entonces, ni el ‘año’ es todo el año, ni el pasado es del todo el pasado, como tampoco ‘Carlos’ es del todo Carlos (Patiño Millán), porque en esta travesía encontramos apenas 107 días contados en fragmentos y epifanías, y hallamos el pasado imaginado a través de la poesía, la música, las noticias del mundo y las voces de otros que velan al muerto (niño, amante, poeta) cuyo “nombre ahora es polvo”. De hecho, la única vez que leemos ‘Carlos’ la palabra aparece en cursiva, a fin de establecer distancias con respecto al Carlos que vemos en los bordes del libro.Desde los poetas greco-latinos tenemos noticia de la escritura autorreferencial, pero es con San Agustín en la Edad Media y con Michel de Montaigne y J. J. Rousseau en la Modernidad que asistimos a la voluntad confesional de un sujeto al que sólo le queda la escritura para saber de sí, estabilizarse como persona en el tiempo y en el espacio, comprenderse y también auto-inventarse. “Yo vivo pero también imagino”, declara Patiño Millán en su búsqueda por espantar las moscas de la curiosidad lectora que intente tomar como ‘verdad’ lo que allí se inventa. De modo que ‘El año pasado bajo tierra’ recupera nombres, amistades, canciones, lecturas, intimidades de y en torno a un muerto que nos deja ver al poeta, vivo, supurando ironía. Así como la metáfora es la imagen reguladora del acto poético, la prosopopeya le da cauce a las aguas de la escritura autobiográfica. En la fábula ésta funciona como mecanismo humanizante de los animales y los objetos, pero en la autobiografía la prosopopeya aparece como el artificio con el cual le damos voz a personas ausentes; para el caso, la voz de un yo que no es el Yo, simple máscara que cumple con relatar la desfiguración de un sujeto que jamás podrá mostrarse porque está sometido al trajín especular de la escritura.La desfiguración se muestra aun más cruda porque la voz de ‘El año pasado bajo tierra’ es la de un muerto. En una primera declaración de su auto-descubrimiento dice: “De tanto enterrar a mis muertos, tengo la sensación de estar muerto”. Otro día lo encontramos enterrado, descifrando el mundo desde su ataúd; en otras lo vemos olvidando que yace, que vuelve a ser tierra para escuchar y ver a sus amigos, a su hijo, a sus mujeres y a sus deudos. En otro sentido, la escritura expone una presencia fantasmática: la del poeta desfigurándose en múltiples difuntos, porque “Nadie sabe los muertos que cargan los muertos”. Roland Barthes acuñó un concepto plural que celebramos a la luz de ‘El año pasado bajo tierra’. Hablamos de los ‘Biografemas’, esos gustos aparentemente superfluos, los ‘momentos plebeyos’ –diría Bajtín— de los cuales debería ocuparse el biógrafo una vez el sujeto-objeto de su escritura hubiese muerto. El biografema puede ser asumido como un ‘memento mori’ o como una posible evocación del otro que ya no es; en el caso de ‘El año pasado bajo tierra’, la auto-comprensión en ese tiempo pasado ocurre, por ejemplo, a través de tres biografemas: la infancia (“Ah, la infancia del niño muerto, la época más feliz de la vida…”), la vocación (“No hay deudas en la literatura. Uno mismo es su propia, impagable deuda”) y la afectividad (“Mi abuela a mi lado en mi lecho de enfermo, su boca en mi frente, su boca en mi boca”). De ahí que el libro aparezca a nuestros ojos como un sarcófago dialógico pero también como una cámara de ecos o un álbum de sueños donde el durmiente está muerto.De modo pues que este libro de Carlos Patiño Millán no es ni una antología memoriosa ni una abierta declaración de vida sino una confesión auto-inventiva en la cual el sujeto real, el Yo con el que hemos compartido cuitas, noches, lecturas y mordacidades, es simple pretexto para des-figurarse en la voz inerte de todos los muertos que se llevan dentro.

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