'El abrazo de la serpiente' en la voz de Ciro Guerra

'El abrazo de la serpiente' en la voz de Ciro Guerra

Enero 14, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
'El abrazo de la serpiente' en la voz de Ciro Guerra

El director Ciro Guerra conversó con GACETA sobre ‘El abrazo de la serpiente’, su tercera película. Un sueño que comenzó hace cinco años, al tropezar con los diarios de unos exploradores que recorrieron el Amazonas, y del que solo pudo despertar con la sonora ovación que recibió en el pasado Festival de Cine de Cannes.

El director Ciro Guerra conversó con GACETA sobre su película. Un sueño que comenzó hace cinco años, al tropezar con los diarios de unos exploradores que recorrieron el Amazonas.

Solo Karamakate podía salvarlo. Fue lo que le advirtieron al etnobotánico alemán que llegó hasta lo más profundo de la selva, a comienzos del siglo pasado, con una extraña enfermedad, curable únicamente con una planta sagrada conocida como ‘yakruna’. Karamakate, pues, sabía cómo y dónde hallarla. Era el último miembro de su tribu.    

Durante una poética alucinación, en la que durante dos horas vamos, como espectadores, remontando un vasto río, esta historia se va tejiendo poco a poco con una igual de poderosa: la de otro etnobotánico, esta vez estadounidense, que sigue los pasos del primero cuatro décadas más tarde hasta encontrarse, cómo no, ante la figura del misterioso chamán amazónico. 

Tal como ya lo había logrado en ‘La sombra del caminante’, su ópera prima, el realizador de Río de Oro, Cesar, Ciro Guerra, nos deja frente a la provocación de una película en blanco y negro, ‘El abrazo de la serpiente’, que indaga sobre esas segundas oportunidades que pocas veces nos permite el destino.  

Una narración que apareció treinta años después de no realizarse una película de ficción en la selva. Por lo que muchos aún seguían con el recuerdo del cineasta alemán Werner Herzog, que había recreado  ‘Fitzcarraldo’ y ‘Aguirre, la ira de Dios’ en estos mismos escenarios.

Pero la apuesta de Guerra es distinta. No es la típica historia de colonizadores que acaban abrumados por la desmesura de la selva. El rol protagónico de ‘El abrazo de la serpiente’, quizá su mayor mérito, recae  precisamente en esas culturas indígenas, avasalladas durante años por la civilización con  su histeria, sus fusiles y sus  caucheros.

Guerra, en cuyo corazón de cineasta palpitó siempre el sueño de grabar una película en la selva, comenzó a escribir el guion un lustro atrás, con 29 años, tras leer los diarios de dos de los primeros exploradores que se aventuraron a recorrerla, Theodor Koch-Grunberg y Richard Evans Schultes. 

“Los primeros en humanizar a los indígenas, en entenderlos no como almas en pena que había que salvar, sino como seres llenos de sabiduría”, asegura Ciro Guerra.

En asocio  con el también director Jacques Toulemonde, Guerra moldeó  el guion para luego emprender una tarea que parecía tan exótica como la selva misma: encontrar actores naturales que encarnaran los papeles de los indígenas y conseguir los $3.700 millones  (millón y medio de dólares) que necesitaba para tener a un equipo de rodaje de 40 personas durante un mes en el Guainía y el Guaviare. 

 Pero lo logró. La  producción estuvo a cargo de Cristina Gallego, con quien el  director de 34 años había trabajado ya  en ‘La sombra del caminante’ y  ‘Los viajes del viento’.

Esta última, una bellísima postal sobre el vallenato, fue su debut en el festival de cine de Cannes, el más importante del mundo. Aquella participación ocurriría una década después de que nuestro país  pisara este espacio con ‘La vendedora de rosas’, de Víctor Gaviria. La crítica tuvo que preguntarse esa vez quién era acaso ese muchacho colombiano que había hecho delirar a todos con una ‘road movie’ a lomo de burro y a ritmo de acordeón.

Y este año, repitió la hazaña. Al finalizar el estreno de ‘El abrazo de la serpiente’,  fue ovacionado durante diez minutos,  consiguió el premio ‘Cine Arte’  en  la Quincena de Realizadores de la CICAE, organización de salas dedicadas al cine de calidad,  que agrupa tres mil en 32 países de toda Europa, y cosechó  críticas benévolas en  Le Monde y Libération.

En su caso pareció cumplirse la máxima que expone en la película uno de sus protagonistas: “Muchos se pierden en la selva. Algunos nunca vuelven. Pero los que lo hacen ya están listos para enfrentar todo lo que pueda venir”... 

Ciro, ¿cómo llegan a sus manos los diarios de esos exploradores que recorrieron el Amazonas a comienzos del siglo pasado?

Fue a través de un amigo antropólogo, Ignacio Prieto, actor de ‘La sombra del caminante’, con quien llevo trabajando mucho rato. Él sabía de mi interés por desarrollar un proyecto en el Amazonas y en 2010 me acercó los diarios de Theodor Koch-Grunberg y Richard Evans Schultes, los primeros exploradores de Occidente que se refirieron  a los indígenas como seres humanos. Los naturalistas del Siglo XVIII los describían como si hablaran del tapiro o la danta. Ellos, en cambio, le dieron  importancia al pensamiento indígena. No los vieron como seres primitivos, almas en pena que había que rescatar, sino que advirtieron un conocimiento  que trasciende la cultura occidental. Hace 100 años, por ejemplo, nadie hablaba de conciencia ecológica, pero esos dos investigadores vieron que para nuestros indígenas era una prioridad desde entonces, mientras el mundo estaba rendido ante la Revolución Industrial y creía que la tierra era algo  para extraer y arrasar.

¿En qué momento lo que halló en esos libros se le reveló como una película, como ‘El abrazo de la serpiente’?

La película está inspirada en las fotografías que ilustran esos diarios. Al verlas, sientes que estás frente a un mundo extinguido. Comencé a viajar a la zona, visitar a las comunidades e iniciar la exploración del terreno. Y lo que hallé en esos viajes fue un relato, la historia amazónica de Colombia que nunca ha sido lo suficientemente conocida.   

¿Qué tanto se parecía ese Amazonas que retrataron los exploradores a lo que usted encontró?

Sabía desde el comienzo que lo que podía lograr era un Amazonas recreado porque el Amazonas que ellos  habían visto  se perdió casi por completo. Pero no quería contar la película de siempre:  un blanco que llega a ese mundo y, deslumbrado, la narra desde su visión. Esta película es la historia de dos vidas y hacerlo así, a través de dos vidas, es muy indígena. Una idea muy nativa del tiempo sin tiempo, del tiempo como una unidad que ocurre simultáneamente. Era algo que el cine podía transmitir, porque el cine es justamente eso: un arte del tiempo. 

Dicen que alguna vez Coppola, consultado por un realizador que le pedía consejo sobre cómo grabar en la selva, simplemente respondió “no vayas”. Y usted sí fue, pese a tropezar con un escenario desdibujado por el hombre...

Siempre se han escuchado historias de rodajes que se convirtieron en  infiernos para sus directores. Yo lo que creo es que ellos  no respetaron la lógica de la selva y   buscaron imponer la lógica de una súper producción. La selva es un mundo contra el que no puedes luchar, que te puede devorar vivo fácilmente. Nosotros asumimos una actitud de respeto, de dejarnos guiar por las comunidades y recibir su protección espiritual. Gracias a eso la selva nos ‘colaboró’ y nos permitió grabar; durante siete semanas no nos llovió y eso nunca pasa.

Uno de los aspectos que más celebró la crítica en ‘El abrazo de la serpiente’ fue su trabajo con actores naturales. ¿Cómo encontró a Nilbio Torres y a Antonio Bolívar? 

No creo que sean actores naturales, son sobrenaturales. Nadie más hubiese podido hacer esos personajes sino ellos. Yo pensaba que el reto mayor iba a ser explicarles  qué es el cine. Pero como ellos vienen de una tradición oral tan fuerte, tienen la capacidad de escuchar, que es algo que muy pocos actores tienen. Cuando ellos entendieron el corazón de la historia, se soltaron frente a las cámaras, con mucha pasión y también algo de inocencia. No se aproximaron, como hacen casi todos los actores, desde el ego. 

¿Cómo logró convencerlos, especialmente a don Antonio, un señor casi septuagenario?

La comunidad aceptó dejarnos rodar si les permitíamos hacer parte de la película delante y detrás de cámaras. Participaron integrantes de los cubeo, ticuna, okaina (como don Antonio), wanano, yuruti, sirianos y karapanos. Yo pensé que nunca iba a encontrar al personaje que interpreta Antonio: un señor de esa edad, con esa sabiduría y que, encima, actuara.  Lo mismo sucedió con el personaje del Karamajanta joven. Había buscado muchas opciones, incluso en Bogotá con actores profesionales, pero sabía que para un actor sería difícil convertirse en indígena, hay una verdad interior que es imposible  reemplazar.

Hacía treinta años no se grababa una película de ficción en la selva. ¿Cómo logró que esa región no se lo devorara?

Fue muy complejo. Tuvimos que movilizarnos en todo tipo de vehículos. El viaje de Mitú a Guainía, por ejemplo, lo hicimos en un DC3 de la Segunda Guerra Mundial. Y todo tipo de canoas, 4x4 y motos para llegar a lugares de difícil acceso. Otra opción era llegar por río, pero demoraríamos semanas. Como lo sabía desde antes de grabar, para mi equipo busqué a los más guerreros y aventureros; gente que estuviera dispuesta a entrar en el espíritu de la película. Éramos cerca de 40 personas. Rodamos primero seis semanas en Vaupés y después una semana en Guainía.  

¿Por qué el blanco y negro en una película sobre el Amazonas en la que uno espera mucho verde?

Es que las fotos de los diarios de los exploradores eran en blanco y negro, de placas fotográficas antiguas en las que uno puede ver un mundo lejano, que se perdió, desprovisto de todo el exotismo y la exuberancia que normalmente asociamos al Amazonas. El blanco y negro busca algo de distanciamiento para una historia contada desde otro mundo y otro tiempo. Mis películas favoritas son en blanco y negro, que es más expresivo, rico en matices y que genera gran concentración sobre la historia.   

Lo traslado ahora al momento en que se termina la proyección de su película en Cannes y llega esa ovación que se prolongó por diez minutos... 

Fue un momento absolutamente emocionante, en especial porque habíamos reunido a todos  los actores y al equipo de la película. Siempre dudé sobre cómo el público  la iba a recibir. En Cannes, o triunfas o te abuchean. O son  indiferentes, lo que tampoco es grato. Cuando se acabó ‘El abrazo de la serpiente’ la gente se paró y comenzó a aplaudir, y seguían  y seguían. No paraban. Entre nosotros nos mirábamos y nos preguntábamos, emocionados, ¡Dios mío, qué pasa! Miramos hacia el palco y notamos que  los que allí se sentaban se habían parado y caminaban hacia el escenario para aplaudir. Y pasaban los minutos y no paraban. Don Antonio levantaba los brazos y saludaba y veíamos a la gente con lágrimas en los ojos, con una emoción profunda. Yo lo que pensaba, ahí parado, es que uno trabaja cinco años para eso: ese momento en que la película deja de ser de uno y se vuelve del público. 

Ciro Guerra ya es un nombre hospitalario en Cannes. Ya había presentado ‘Los viajes del viento’ con mucho éxito, ¿eso alguna vez estuvo en su guion?

Cuando iba de niño al Festival de Cine de Cartagena soñaba con eso, pero lo veía inalcanzable. Ahora, uno no hace películas para ganar premios. Uno las hace porque las tiene atoradas en el corazón y, si no las haces, te mueres, te comen por dentro. Y aplazas todo lo demás de la vida para grabarlas. Y cuando las exhibes, esperas que haya alguien que las entienda, que las abrace. Y eso ha sido, ni aún yo me lo creo, lo que me ha pasado en Cannes. 

¿Esta película es, de alguna manera, la demostración de que el cine colombiano puede contar historias ajenas al narcotráfico y la violencia?

Eso  es una estigmatización sobre el cine colombiano, que es mentirosa e injusta. Si uno se pone a ver juicioso nuestro cine  descubre que el narcotráfico es un tema del que no se ha hablado. Menos del cinco por ciento habla de ese tema. Igual la violencia. Estamos haciendo todo tipo de cine: desde comedia hasta de ciencia ficción. En este momento tengo  interés en hacer una película sobre narcotráfico; un tema que se está volviendo tabú, sobre el que no se puede hablar. Y cuando algo amenaza con volverse tabú, hay que ir contra eso. Fíjese, si yo también le hubiese hecho caso a Coppola, no existiría ‘El abrazo de la serpiente’.

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