Edinson Moreno, el violinista de Siloé que brilla en EE.UU.

Edinson Moreno, el violinista de Siloé que brilla en EE.UU.

Marzo 13, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | Editora de GACETA
Edinson Moreno, el violinista de Siloé que brilla en EE.UU.

A los 26 años Edinson recibió el grado Cum Laude de la Texas Christian University. Ahora aspira a la maestría.

Nacer en alguna de las empinadas calles de Siloé no suele sumar en las cuentas de los niños que sueñan con un futuro más azul. Edinson Moreno, sin embargo, logró lo que parecía impensable gracias a la música: se graduó cum laude en la Christian University de Texas.

Era un lugar común que le gritaran cuando, a paso lento, cadencioso, subía por las lomas de su barrio, el Lleras Camargo. “Ahí va el violinista”, le decían. El grito venía de voces risueñas, algunas conocidas, otras no tanto. Gente de su calle y de otras más abajo que se sorprendían de ver a aquel adolescente cargando ese instrumento a la luz del día, en un barrio en el que la costumbre no es portar  instrumentos sino armas.

Al principio le causaban gracia. Muchos eran sus mismos amigos con los que durante años jugó al fútbol metiendo goles en arcos improvisados en las  esquinas y los andenes. Después, años después, llegó a sentir algo que se le parecía al miedo. “Es que ya no éramos unos niños, y cuando uno crece en Siloé los juegos cambian”, dice.

Por eso Edinson intentaba seguir  a pie juntillas el consejo de su mamá, doña Rubiela, juntos pero no revueltos, mijo, no vaya ser que termine como ‘el Moño’ o Michael, dos chicos que murieron en disputas cuando sus vidas apenas comenzaban. “A mi me salvó el violín”, dice. Parece no tener dudas.

Edinson Moreno hoy tiene 27 años, vive en Fort Worth Texas y acaba de recibir el grado cum laude en interpretación de violín otorgado por la Christian University de Texas. Actualmente tiene tres trabajos, es monitor de la academia Suzuki, toca todos los domingos en la Iglesia y da clases en el B Sharp Youth Music  Program.

Todo eso mientras recibe alguna respuesta a las aplicaciones que adelanta en varias universidades para realizar una maestría, “porque si quiero cumplir mis sueños tengo que estar preparado”, dice como si lo que hubiera logrado hasta ahora fuera apenas un comienzo. Y entonces, con esa voz cálida, cuenta su historia por Skype.

Cuenta que cuando tenía apenas 5 años su mamá se instaló como empleada doméstica en una casa de familia en un barrio acomodado de Cali, cuya patrona,  Liliana Arboleda, era una avezada violionista que se dedicaba nada menos que a preparar niños para que aprendieran a tocarlo. 

Cuenta que era tan buen patrona doña Liliana, que un día ella  le preguntó a Rubiela si no le gustaría que su hijo ingresara a clases de violín, para que no se quedara en la casa solo, y la mamá contestó que sí. 

“Yo me acuerdo que mi mamá no me preguntó si quería o no  estudiar música. Ella me dijo, esa es la única oportunidad que hay, así que hay que tomarla”, recuerda. 

En ese momento empezaron sus rutinas de recorrer la ciudad de sur a norte subido en un Gris San Fernando Ruta 2 que abordaba junto con su tía Helena, abajo en el plan, en la estación de Policía de El Cortijo, y que lo dejaba en el barrio Vipasa, a siete cuadras de la Academia Arboledas. 

Hasta allí llegaba con su camisa bien planchada, metida dentro del pantalón, y los zapatos limpios, porque no quería que sus compañeros que llegaban en carro, manejado  por sus papás, creyeran que él venía de un barrio de pocos recursos y se apartaran de él. Pero sus  temores eran infundados. “Nunca los otros padres me hicieron sentir mal. Me acogieron al igual que los otros niños”, recuerda ahora desde Fort Worth, Texas. 

Eso lo confirma Janeth Lotero, la mamá de Sebastián Romero, quien no tuvo problema en que su hijo, que estudiaba en el Colegio Juanambú, recibiera clases junto a un niño de Siloé. “Desde muy niño Edinson fue increíblemente disciplinado, dedicado a la música, muy respetuoso y amable, entonces todos empezamos a cogerle cariño porque veíamos el esfuerzo que hacía por salir adelante”, cuenta. 

Detrás de eso, claro, estaban doña Rubiela y su tía Helena que le pusieron unos horarios y una reglas. “Para ser sincero a mi lo que me gustaba era salir a la calle a jugar microfútbol, pero ellas me dijeron que el compromiso era que tenía que estudiar violín una hora al día, aparte de las clases en la academia y de las clases del colegio. Y lo tenía que cumplir porque, imagínese, doña Liliana nunca me cobró un peso por enseñarme”, recuerda. 

Así, entre clases de solfeo, repertorio y ensayos de conciertos, Edinson se fue encariñando con cada una de las cuatro cuerdas del  violín. Y empezó a sacarle gusto a las notas que de él se desprendían. Tanto que, algunas noches, mientras ensayaba en su casa del Lleras Camargo, se emocionaba cuando llegaba a la partes melódicas. Entonces las tocaba fuertes, y los vecinos que habitaban esas casas apeñuscadas le gritaban que se callara, o prendían el equipo de sonido a todo volumen para no escucharlo más. “Yo lo tomaba como una recocha, pero es que  lo que yo quería era que todos supieran que el violín sonaba muy bonito”, dice. 

Edinson aún recuerda el  momento en que supo que quería dedicarse a la música. Fue en un concierto que ofreció con sus compañeros de Fundarboledas en el Hotel Intercontinental. Venía el presidente Uribe, les habían dicho. Y ellos que se morían de susto. “Esa noche toqué el concierto en La menor de Vivaldi. Nunca me había sentido tan emocionado”.   

Pronto ese empeño rindió los primeros frutos. Siendo ya un adolescente fue nombrado monitor en Fundarboledas. Y cuando se graduó de bachiller se presentó en el conservatorio Antonio María Valencia y se graduó en música. 

Su sueño, sin embargo, era estudiar en Estados Unidos. Sabía de un amigo suyo, José Miguel Romero, también hijo de Janeth Lotero,  que había viajado becado al College del Conservatorio de Música de Boston. “Tanto él como doña Janeth me motivaron para que aplicara  a una Universidad en Texas que ofrecía becas para estudiantes latinoamericanos, en un programa del músico y profesor colombiano Germán Gutiérrez. Cuando le pregunté a mi mamá qué le parecía la idea, ella ni lo pensó, me dijo váyase, aquí nunca va a tener una oportunidad de esas”.

 A Texas llegó en el segundo semestre de 2011 para aprender inglés, y después de tres intentos fallidos de pasar el Toefl, logró un puntaje de 85 que le permitió acceder a la beca que le había ofrecido la TCU. 

Los dos primeros meses fueron durísimos. Lloró hasta el cansancio porque se sentía solo. Esas calles solitarias llenas de silencio solo lo hacían extrañar el bullicio de Siloé, con sus parlantes instalados en tiendas y supermercados e incluso en la mitad de las calles.  

Pero el hombre es un animal de costumbres. Y decidió no quejarse.   Se enamoró de las clases de historia de la música que iban desde la antigüedad y el barroco, hasta el renacimiento y la modernidad. Se empeñó en ser uno de los mejores del violín. A partir del segundo año consiguió los trabajos que necesitaba para sostenerse por si mismo. Para entonces llamó a Janeth Lotero a agradecerle por su ayuda infinita. “Ya no me mandé más doña Janeth que ya me las arreglo solo”, recuerda ella. En diciembre de 2015 recibió el grado cum laude de la TCU. 

Ella, por supuesto, ha sido una de sus grandes promotoras. En los dos viajes que Edinson ha podido hacer a Colombia en los últimos cuatro años, lo lleva a Fundarboledas y lo pone de ejemplo. “Edinson es el fruto de tres cosas muy concretas: la ayuda que recibió de Fundarboledas, pero sobre todo de su disciplina y de su actitud. Nunca lo he visto rendirse ante nada ni quejarse. Es muchacho que solo mira para adelante”.

Hoy, mientras espera las respuestas de las universidades, y disfruta de la compañía de su novia, quien ya terminó la maestría en clarinete, sueña con volver algún día a Cali. Quiere enseñarles a otros niños que los sueños sí se pueden cumplir si se tiene la disciplina suficiente.

Aún no sabe cuándo ni cómo ni si lo logrará. Pero entonces dice lo siguiente: “En el peor de los casos, que nadie me abriera las puertas en Cali, yo llegaría a mi casa y movería los muebles de la sala y pondría afuera un letrero ‘Se dictan clases de música’. No cobraría por ellas. Y no me importa de qué viviría, sería una forma de devolver lo que yo tuve la fortuna de tener”. 

Fundarboledas    ofrece clases a estudiantes de escuelas de   estratos 1 y 2.   Los mejores de cada semillero luego   pasan  a integrar la orquesta sinfónica Mensajeros de Esperanza.

 

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