Dunkirk: los estruendos del silencio

Dunkirk: los estruendos del silencio

Agosto 09, 2017 - 03:42 p.m. Por:
Por Bernard Rieux / Especial para El País
Dunkerque

Fotograma de la película de Christopher Nolan.

Especiales para El País


Silencio. Hay demasiado silencio, vasto, denso, pero no vacuo sino un silencio preñado de significación, un silencio pesado y elocuente.
En ‘La peste’, Albert Camus escribió: “En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir, al silencio”.

Ese silencio es uno de los elementos más poéticos de ‘Dunkirk’, la más reciente película de Christopher Nolan, en la que se narra el asedio a la ciudad costera del norte de Francia, Dunkerque, por parte del ejército Nazi en la Segunda Guerra Mundial.

Se calcula que hay 400.000 soldados entre ingleses, franceses y belgas que esperan por barcos para salir del puerto de Dunkerque. Llevan varios días esperando, saben que no tienen oportunidad de luchar, ven cómo los barcos en los que pueden salir hacia Inglaterra son destruidos por los bombarderos alemanes. Sienten que no queda esperanza. Entonces se quedan en silencio.

Durante toda la primera secuencia de la película apenas hay ruido ambiente y una musicalización que acentúa la sensación de angustia. Luego hay algunos diálogos entre soldados, dispersos, y después el sonido de los aviones alemanes bombardeando la playa en la que los militares aliados esperan.

Una vez pasa el estremecimiento del primer bombardeo escuchamos uno de los pocos gritos que hay en la película: “¿Y dónde está la Fuerza Aérea?”.

Es una pregunta lanzada al cielo, al aire, al mar, a la nada. Es un soldado el que grita y los otros, los centenares que están a su alrededor, solo lo ven gritar, indiferentes, todos con la certeza íntima y brutal de que es inútil, de que solo queda esperar.Entonces lo hacen, esperan, desesperados, como Didi y Gogo, esperando a Godot.

 Es evidente que el silencio en la película está concebido como una forma de comunicación, como una forma de decir lo que no se puede decir, de expresar aquello que las palabras parecen no aprehender.

Nolan se ahorra los lugares comunes de la mayor parte de películas de guerra: los diálogos de oficina entre los generales, por ejemplo. Incluso, para el caso de películas de la Segunda Guerra Mundial, se ahorra la presencia de los nazis.

No están, no se ven. Son una presencia invisible pero espesa e insidiosa. Solo están los diálogos necesarios de los comandantes del Ejército aliado que permiten comprender qué pasa, por qué no llegan los barcos, cómo se hará la evacuación. Y luego, de nuevo, el silencio.

Las escenas más desesperantes se suceden: los soldados escuchan los bombarderos alemanes planear sobre ellos, los ven venir, ven las bombas caer y no hay gritos. Es evidente que llevan demasiado tiempo padeciendo la guerra como para haber comprendido, incluso de un modo inconsciente, que es inútil gritar, que incluso es inútil hablar.
Esta es quizá otra de las virtudes de la película: Nolan, que también escribió el guion, no construye escenas conmovedoras sobre los días pasados en paz, sobre la vida cotidiana anterior a la guerra de los soldados.

No. Los personajes hablan muy poco entre sí. Apenas lo suficiente como para saber qué hacer juntos, apenas lo suficiente como para saber qué será lo siguiente en hacer.

Están ahí, sentados en la playa, haciendo filas en la arena, algunos incluso duermen. Es evidente que no desean hablar, que no desean hacerse ilusiones, ni contarse intimidades, ni hablar de lo que harán después de la guerra, ni de las madres que los esperan, ni de las mujeres que los añoran.

Parece que no reflexionaran, parece que están hartos de estar uno al lado del otro. No quieren hacer poesía barata. Es la guerra, es el infierno, no hay nada qué decir.  No intentan persuadirse de que ha sido una aventura heroica. No, es la guerra y solo desean que los barcos lleguen de una maldita vez y los saquen de ese lugar.

Están allí, acostumbrados a la verdad, a su verdad, es decir, a su silencio.

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