Dulces nostalgias: siete vallecaucanos reviven sus recuerdos sobre las macetas

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Los adultos de hoy también fueron niños, tuvieron padrinos y aguardaron con ilusión la llegada del 29 de junio, para recibir las macetas y volar los ringletes.

Dulces nostalgias: siete vallecaucanos reviven sus recuerdos sobre las macetas

Junio 29, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Elpaís.com.co
Dulces nostalgias: siete vallecaucanos reviven sus recuerdos sobre las  macetas

En San Antonio están las familias con más tradición en la elaboración de macetas. En algunos casos estos conocimientos han pasado de generación en generación.

Los adultos de hoy también fueron niños, tuvieron padrinos y aguardaron con ilusión la llegada del 29 de junio, para recibir las macetas y volar los ringletes.

Las tradiciones tienen la virtud de revivir los recuerdos de la infancia. Y si alguna lleva a los caleños a retroceder en el tiempo, es la de las macetas. Esta dulce tradición que se conserva en la capital del Valle como en ninguna otra, logra que hasta los más serios y solemnes vuelvan a la niñez.Sucede cada 29 de junio, ‘Día de los padrinos’, una celebración que parece exclusiva de Cali. Hoy la ciudad se agita de felicidad y todos vuelven a ser niños: padres y padrinos que salen a comprar las macetas; hijos y ahijados que las aguardan con ansiedad.Entonces, por un día, se vuelve al juego elemental de correr contra el viento para hacer girar el ringlete y sentir que se vuela. Y, también por un día, los padres son menos estrictos con la cantidad de dulce que comen sus hijos. Es un día feliz. Les preguntamos a siete vallecaucanos destacados en la política, el periodismo, la moda, la historia, la cultura, el cine y la empresa, cómo vivieron la experiencia de recibir macetas cuando eran niños.Rodrigo Guerrero, alcalde de Cali“El principal recuerdo que tengo es triste. Cuando tenía 6 años me regalaron una maceta y la costumbre en ese entonces era ir a San Antonio a correrlas y a fanfarronear. Pero un niño más grande que yo me la robó y lloré mucho. Esa fue una tragedia muy grande para mí. A pesar de ese episodio, tengo muy buenos recuerdos con las macetas en mi niñez. Cada año nos regalaban una, no recuerdo hasta qué edad”.Soffy Arboleda, historiadora del arte“Para decir la verdad, hace tantos, tantos, tantos años que fui niña, que ya no me acuerdo. Pero, ¿cómo no iba a comer maceta en Palmira? Y moscorrofio, que es un pariente. ¡Si las macetas que hacían donde Pilar eran regias!”. No eran muy diferente de como son ahora: el balso pelado y los chuzos. También le ponían ringletes y uno salía a correr por todas partes con él”.“Mis padrinos fueron don Chepe Materón, que era el dueño de los teatros de Palmira y mi papá trabajaba con él. La madrina fue una amiga de mi mamá, Elvira Echeverri. Ellos no me regalaron macetas, pero en mi casa me daban. Don Chepe nunca me dio nada, pues aunque era muy rico, era tacañísimo. Alejandro Buenaventura, dramaturgo y actor de teatro“Mi mamá hacía macetas y banderas de Colombia para el 20 de julio. Nosotros le ayudábamos a hacerlas y luego salíamos también a vender. Nuestra clientela estaba en San Antonio y San Fernando”. “Además nuestros padrinos nos regalaban macetas, entonces en casa había muchas, muchísimas, porque éramos una cantidad muy grande de muchachos. Eso era una comedera de dulce impresionante...”.Amparo Sinisterra de Carvajal, presidenta de Proartes“Mi padrino se me murió. A mi papá le daba mucho pesar, entonces era él quien me regalaba macetas, porque yo era muy consentida. Con mis hermanos intercambiábamos las figuras, pero peleábamos porque alguno quería alguna que yo no pensaba cambiar. Eso era una cosa muy complicada, porque yo estaba entre dos hombres y no me dejaba de ellos. Pero gozábamos mucho”.“Nosotros vivíamos en San Antonio y allá salíamos a correr macetas, a elevar cometas y a rodar por la loma en hojas de palmas. Siempre íbamos con mi papá, que le sacaba 80 cuentos a cada cosa. Entonces se inventaba que el que llegara primero arriba recibía un dulce de la maceta de los otros, pero no cualquiera, sino el más bonito. A él le encantaba inventarse cosas para ponernos a jugar”.“Las macetas de mi niñez eran iguales a las de ahora y eso es lo más lindo que tiene esa tradición. No porque estemos en el Siglo XXI tienen que ser diferentes o sicodélicas u otras cosas. No, la misma perrita con distinta guasca”.Phanor Luna, periodista y relacionista público“Mis recuerdos con las macetas se remontan a cuando tenía 7 años. En aquella época, la pobreza extrema en que vivíamos obligó a mi madre a poner una venta de macetas sobre la Carrera 10 entre calles 12 y 13, en la antigua Galería Central. Durante cuatro o cinco días nos tocaba atender gente, era muy intensa la actividad y nos dejaba cierta holgura económica”. “Eran muy distintas a como son hoy, porque los ringletes no es que fueran de muy fina elaboración. Incluso los hacíamos con papel periódico o con papel de revistas, para hacerlos más económicos. Pero las figuras sí eran parecidas, en especial las piñas y las muñecas. Yo las recuerdo mucho, porque había que subir donde las Otero, a San Antonio, a comprar los materiales para elaborar las macetas.“De niño, a mí no me regalaron macetas. No propiamente. Tampoco corrí macetas, pero sí las comí, porque era muy dulcero y aún lo soy.“Años después, con los ahijados que fueron llegando, me hice a la costumbre de regalarles, hasta hace poco tiempo. Por eso, cada vez que llega esta época recuerdo con cariño mis años de infancia y en memoria de ellos sigo consumiendo mi palito de macetas”.Armando Garrido Otoya, director de Comfandi“De los recuerdos más agradables que tengo de mi niñez es el de las macetas. Tuve un par de padrinos bastante cumplidos, que sin falta me regalaban la maceta cada año: Guillermo Otoya Rengifo, hermano de mi mamá, y Ruby Garrido de Cabal, hermana de mi papá”. “Yo escondía los dulces, porque fuimos cinco hermanos y no a todos les llegaba maceta. Entonces había que repartir un poco pero yo me reservaba las figuras más bonitas. Y había peleas, porque no faltaba el que dijera: ‘Armando no me quiere dar maceta’ y entraban los papás a decir que las cosas son para compartirlas, y cuando yo decía que me la habían regalado a mí, respondían: ‘No importa, hay que compartir y tus padrinos se van a poner muy contentos de que las compartas con tus hermanos’. Los padres aprovechaban para dar lecciones de convivencia. Y nosotros nos empachábamos con la cantidad de dulce que comíamos.“Claro que salíamos a correr con las mariposas. Así se llamaban en esa época. Ahora es que los llaman ringletes y no eran tan cuidadosamente hechos como lo son ahora. El alfiler que clavaba la cartulina se doblaba y uno lo recomponía. Siempre era mucho lo que se jugaba en esa época. Pero lo hacíamos en la cuadra de la casa, nunca nos llevaban a San Antonio.“Allá sí compraban las macetas, donde las Otero. Ellas son una referencia absolutamente familiar, porque en San Antonio vivían los artesanos que hacían los arreglos de la casa”.Andrés Otálora, diseñador de modas“Mis recuerdos de niñez con las macetas son absolutamente lindos, porque mis padrinos son casados entre sí, y fueron padrinos de bautizo y confirmación. Entonces me regalaron macetas hasta que estuve grandecito y luego me dieron chocolates y otros dulces, que dejaron en mí el recuerdo tierno de los padrinos hacia uno”.“Yo jugaba con ellas y me comía los dulces. Mi mamá me la guardaba para que no me la comiera toda de una vez, porque era mucho dulce. Y no había disputas con mis hermanos, porque a ellos también les regalaban sus macetas.Eran las macetas que se ven hoy en día. Claro que han modernizado muchas cosas y les han puesto más cosas. Antes tenían más dulce y menos juguetes”.

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