Don Gustavo, el último Makuna

Don Gustavo, el último Makuna

Junio 15, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Idárraga | Especial para Gaceta
Don Gustavo, el último Makuna

Los jovenes, se queja don Gustavo, andan distraidos con otros asuntos distintos a los propios de su etnia.

Tras un viaje a la profundidad de la selva amazónica, donde convivió con indígenas de la etnia Makuna, el reportero gráfico y publicista Jorge Idárraga capturó estas bellísimas imágenes. Mundos paralelos.

Cuenta el mito que los Makuna descienden de la anaconda y que son, en otra dimensión, peces. Por eso también se les conoce como “la gente del agua”. Habitan fundamentalmente entre los ríos Vaupés y Apaporis, en la amazonía colombiana. Se les caracteriza como seminómadas, pero don Gustavo Makuna asegura que llegó por los lados de Leticia a los 7 años, en uno de los muchos desplazamientos de los que ha sido víctima su etnia. Don Gustavo tiene 65 años, y contradice la imagen del indígena como persona silenciosa, introvertida. Por el contrario, es hombre hablador, expresivo y amistoso con los foráneos que llegan hasta su maloka, ubicada a once kilómetros de Leticia, junto al río Takana.Ahí estaba, al borde de la carretera, como una esfinge entre las sombras, esperándonos. A don Gustavo no le gusta el término maloka, pues dice que esa es la palabra que utilizó el conquistador. Él prefiere Ukuabiri que traduce “casa del anciano”. Depositario de la sabiduría ancestral de su etnia, dice que este conocimiento morirá con él, pues los menores, distraídos en la televisión, tomando trago y enamorando mujeres en Leticia, no quieren aprenderlo. Afirma conocer nueve idiomas, haber hecho más de veinte cursos en el Sena, e iniciado una carrera en la Universidad del Amazonas. En esas andaba cuando, en un ritual de conexión con las divinidades, le fue encargado construir un Ukuabiri, una casa colectiva donde ahora enseña, para quien quiera aprenderlo, rituales y costumbres de su etnia. En la casa viven otras siete personas de las etnias Bora y Huitoto.Fue mucho lo que contó durante esa noche don Gustavo. Antes, sacó un pequeño recipiente, que contenía coca, y se puso a mambear. “Siempre mambeo cuando voy a hablar, para hacer memoria”, dice. Durante horas habló de la selva y los espíritus, de medicina, de mitos y palabras mágicas, de seres extraordinarios, de mundos invisibles. Para nosotros, que hablamos y vivimos en otra clave, era difícil seguir su relato. Para equilibrar la coca, que es femenina, también consumía tabaco, cuyo principio es masculino. La hoja de coca la ponen a secar en una plancha metálica sobre fuego, hasta deshidratarla. Luego la maceran en un pilón hasta convertirla en polvo. Las hojas de yarumo, ricas en minerales, las queman para obtener ceniza. Esta ceniza la mezclan con el polvo de coca para restarle su acidez. Además de servir para hablar y “hacer memoria”, pues activa el cerebro y da fluidez mental, mambear sirve para inhibir el sueño, el cansancio y el hambre, y sus propiedades medicinales y analgésicas sirven para curar algunas molestias de la boca, la garganta y el aparato digestivo.Las hojas de tabaco también las secan y maceran hasta convertirlas en un fino rapé que en pequeñas dosis sirve para tratar afecciones respiratorias, soplándolo a través de una especie de tubo, directamente en las fosas nasales. En altas dosis, lo consumen chamanes y curanderos como un medio de comunicación con los espíritus de la selva, para pedir permiso y poder salir a cazar, utilizar el agua o llamar la lluvia.En el interín, entre cuento y cuento, comíamos casabe. El casabe es la base alimenticia de la mayoría de etnias que habitan el Amazonas. Su sabor neutro, un poco para nosotros como el arroz, lo hace ideal para combinar con casi cualquier otro alimento. El casabe se hace de la yuca dulce, que rayan recién pelada, exprimen y ciernen hasta obtener una harina que vierten en un tiesto redondo, en el que con maestría arman una especie de arepa gigante, del tamaño de una pizza familiar.Poco a poco el barullo nocturno de la selva le fue ganando el combate a la parla de don Gustavo. En la hamaca, mientras extenuados entrábamos en un sueño profundo, se oían y distinguían los sonidos de la noche, haciéndonos sentir pequeñitos y felices, en alguna parte del Amazonas.

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