'Domingo de Revolución', la novela de Wendy Guerra que muestra la censura en Cuba

Agosto 28, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa / Editora de GACETA

Policías que registran casas sin previo aviso; micrófonos en los teléfonos que graban conversaciones; decomisos súbitos. Esa es la Cuba de 'Domingo de Revolución', novela de la escritora Wendy Guerra, quien estará en Cali en el Festival Internacional de Literatura 'Oiga Mire Lea'.

Un día una mujer decide que es hora de jugar a decir la verdad. Entonces esculca en sus diarios de infancia y adolescencia; aquellos cuadernos ajados que escaparon, en insólitos escondites, al ojo avizor de la censura. Todo está allí. Los días de hambre y golpizas al lado de su padre. Los meses en que el régimen le arrebata a su madre porque no es una mujer confiable para el sistema.

Las horas de adoctrinamiento político en un salón de clases en el que las sumas y las restas son tan importantes para los niños como aprender que el cuerpo ovoide de una granada de mortero original está divido en dos partes que se unen a una rosca, o que lo exiliados deben ser repudiados, todos, por traición a la patria. 

Ese primer juego a contar la verdad tuvo por nombre ‘Todos se van’, una novela de ficción que echa mano de 12 años de escrituras personales. Publicado en 2006 y  galardonado en España con el Premio Bruguera fue editado en decenas de países. Países  que supieron una vez más de esa malograda revolución que quiso ser y no fue. 

Sí, dirán que eso ya lo sabíamos. Que ya Reynaldo Arenas y Leonardo Padura  y Dulce María Loynaz y tantos otros se habían encargado de narrarnos esa Cuba de libros prohibidos, de poetas censurados, de apagones diarios y filas interminables. Pero esta vez la voz venía de una joven mujer que no pertenecía, como los otros, a la generación de los hijos de la Revolución. “Somos los hijos de los hijos de los que empezaron a prohibir”, dice.  Nadie les dio la opción de escoger. 

[[nid:570880;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/08/p8gacetaagos28-16n1photo03.jpg;left;{La represión contra los intelectuales.Elpais.com.co / AFP}]]Wendy Guerra nació en La Habana, Cuba, en 1970. Estudió dirección de cine en el Instituto Superior de Arte y fue discípula de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. 

De niña trabajó como actriz de televisión en programas infantiles en donde llegó a ser una figura muy popular en su país en los años 80. Pero esa popularidad desapareció de manera súbita cuando decidió dedicarse a escribir. “Me ha tocado como castigo el profundo silencio, la indiferencia”, dice la escritora desde Cuba quien, paradójicamente se convirtió en una figura mediática en el resto del mundo, precisamente, por esas verdades tan incómodas para el régimen. 

Y es quizá ese absurdo silencio el que, contrario a frenarla, ha espoleado su carrera literaria que ya suma cuatro libros de poesía y cinco novelas. La más reciente, editada este año,  es ‘Domingo de Revolución’, en la que vuelve a hablar de esa isla prisión, pero esta vez a través de la historia de Cleo, una poeta que vive bajo doble sospecha: mientras en Cuba creen que su éxito es producto de la CIA, los exiliados cubanos la consideran una infiltrada de la inteligencia cubana.

Sobre esta y sus otras novelas  habló Wendy Guerra con GACETA, a propósito  de  su visita a Cali, el próximo 6 de septiembre, invitada por la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero.

Wendy, cuando uno lee la historia de Cleo es inevitable pensar en la historia personal de Wendy Guerra. Ambas, escritoras exitosas que han sido silenciadas en su país. Pero has dicho que la novela tiene mucho que ver con Dulce María Loynaz...

Me parece tan extraño que a ninguna otra autora cubana se le hubiese ocurrido narrar algo semejante. Quiero decir, dejar debajo del seguidor, de ese reflector directo que es el sol, la luz de Cuba, a una intelectual cuyo único pecado es decir lo que piensa.

Cleo es esa mujer construida de muchas piezas, rasgos, anécdotas y síntomas de autoras cubanas que vivieron aquí durante casi seis décadas, tiene un poco de todas, las ignoradas o avasalladas a base de silencio y las amenazas o atemorizadas que hoy, por fin, tienen la palabra, una palabra clandestina, fundida a pulmón y soledad, pero que al liberarla en Domingo de Revolución, desata una saga de autoras que seguirán siendo referidas en  adelante. ¡Ya verás!

Hay también en Cleo, algo de tu madre, Albis Torres, quien te impulsó a escribir los diarios.  ¿Cómo la recuerdas a ella, una poeta que no publicó, que murió muy joven de Alzheimer y que, además, fue una convencida de la Revolución?

[[nid:570883;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/08/p8gacetaagos28-16n1photo04.jpg;left;{Una novela inspirada en sus diario. Elpais.com.co / AFP}]]

Era una mujer que merecía crear, narrar, recordar. Una poeta singular, una directora de programas muy seria, pero seguramente lo más valioso de ella: fue un ser humano, pero como siempre pasa con las buenas personas, con los seres excepcionales, se van primero.

Mi madre, ante la caída del muro de Berlín y el fin de la utopía cubana, por la que dejó todo, me comentó: - No entiendo este mundo, no puedo entender que tú, mi hija, me mantengas, que todo lo que he hecho en mi vida por mi país no valga nada y no pueda ganarme la vida por mí misma.

Creo que ella no determinó partir pero sí decidió olvidar y así, de a poco, se fue. En lo adelante mi trabajo ha sido la reconstrucción de su, nuestra memoria. Como ella dijera: Palabras contra el olvido”. A eso me dedico, a recordar lo que en mi país se ha decidido olvidar. 

En ‘Domingo de Revolución’, hay una situación que parece sacada de lo absurdo, y es el hecho de que a Cleo en Cuba la consideran una agente del imperialismo, pero en el exilio también desconfían de ella, la repudian,  pues creen que es una espía de la Revolución. ¿Qué tanto de eso te ha  pasado a ti?

Hay muchas Cleo en Cuba, mujeres que son examinadas bajo la campana de cristal de la sospecha. A mí en el exilio me han tratado  bien porque ya, a estas alturas, tengo  casi todos mis afectos en el exilio. Me miman a donde voy y soy como una pequeña Cuba que se desplaza por el mar, navega, rema, y logra llegar para abrazarlos y volver a casa.

Eso, hace veinte años no era posible para los cubanos. Huelo a Cuba, llevo noticias frescas, las pocas cosas  que se pueden regalar o  transportar de la isla, música, libros y (hasta frutas) que nos hacen inseparables. Pero entiendo que sobrevivir en Cuba, escribir desde Cuba, tener el coraje de decir lo que piensas y no irte, no salir de aquí corriendo o tirando la puerta con la cantidad de problemas que uno atraviesa suena sospechoso para quienes no me conocen. 

De cualquier modo soy muy feliz con lo que hago y nunca leo ofensas ni calumnias, le pido a mis amigos que no me reenvíen nada de lo insustancial o vulgar que sale sobre mí. Tengo mis protecciones mágicas, tengo a mi madre cuidándome en el cielo, tengo la poesía, tengo el mar, un hogar y una fortaleza de espíritu creado a base de soledad. Poseo un modo de sobrevolar todo lo que no es valioso para el espíritu, eso lo aprendí de Gabo, a quien tampoco le faltaron detractores, incluso en su propia patria.

¿Cómo fue pasar de ser alguien tan conocido en Cuba por tus programas de televisión infantil a casi ‘dejar de existir’ de manera pública? 

Me ha tocado como castigo el profundo silencio, la indiferencia. En la Feria del Libro de la Habana algunos de mis colegas extranjeros han preguntado por mí a ciertos funcionarios y ellos les han dicho que yo ya no vivo en la isla. Jamás he dejado Cuba, jamás.

En las sociedades cerradas es un canon desaparecerte socialmente, transparentarte, desacreditarte, decir que tu trabajo no tiene valor o simplemente que no existes. Esa es mi situación actual y yo lo veo como parte del doloroso momento que estamos atravesando los cubanos.

En Cuba no hay ni les interesa -a quienes lo deciden- tener libertad de expresión porque a nadie en el mundo verdaderamente le duele. A la izquierda (incluso a los más críticos) no le gusta que Cuba sea puesta en tela de juicio, la utopía debe continuar y la derecha está muy ocupada en otra cosa. Para algunos intelectuales de izquierda 

“ Cleo es esa mujer construida de muchas piezas de autoras cubanas que vivieron aquí durante casi seis décadas, tiene un poco de todas,  las  ignoradas o avasalladas a base de silencio y las amenazas o atemorizadas que hoy, por fin, tienen la palabra, una palabra clandestina”.

es, hasta de mal gusto cuestionar a Cuba, eso lo sufro cada día.

¿Porqué deberían estar preocupadas las autoridades? Aquí no publicas y punto, a lo macho, simplemente de eso no se habla. Mi opinión sobre esto es la siguiente: Si prohibir una idea, un libro o un autor es un crimen, acallar la voz de una mujer en el siglo XXI representa una vejación.

¿Qué tanto influyó tu formación en cine en tu forma de escribir? 

Más que el cine, las artes visuales. La morfología de mi trabajo y parte del modo en que enfoco el juego literario nace del mundo de las artes visuales, del performance, de las intervenciones públicas y también siento que me sirvo de los gestos apropiativos de la pintura contemporánea.

Pero ‘Domingo de Revolución’ es muy cinematográfica: los oficiales de guayabera que destruyen documentos, los micrófonos en el teléfono, computadoras decomisadas cuyo contenido es desaparecido, cartas que nunca llegan a su destino porque nunca salieron del correo… al leerla es inevitable pensar en 'La vida de los otros', esa magnífica película alemana premiada con un Oscar en la que oficiales de la Stasi vigilan a un dramaturgo. ¿La viste?

En una frase: Es la vida de nosotros.

¿Cómo ha sido tu relación con el miedo?  Me refiero al miedo que puede producir sentirse vigilada, perseguida.

Viví sola, quiero decir, separada de mis padres desde muy pequeña. Aprendí a tirar con un AK ruso a los 13 años, perdí muy joven a toda mi familia y mi primer amor resultó ser un extraño.

Vivo en un país donde me vigilan y el enemigo puede estar en todas partes, hasta en la toma de la electricidad. Juego a meterle miedo al miedo, a veces me vence. No soy esencialmente miedosa, tiene que pasar algo muy terrible para que tenga miedo, quienes han atravesado conmigo momentos duros lo saben, pero soy un ser frágil, “tengo el alma a flor de piel y puedo ser herida con facilidad” dijo Dulce María Loynaz. Le temo a las heridas del alma, de esas nunca me he podido recuperar.

'Domingo de Revolución’ está dedicada a García Márquez. Ustedes fueron muy cercanos…

Muy cercanos, no es un secreto y me enorgullece. Su influencia está en la obra de tres generaciones, a partir de él se inicia todo el retozo sensorial que ha devenido en la identidad de un autor latinoamericano.

No necesitaba conocerlo para heredar su obra, cuando nos conocíamos ya yo tenía un  pasado macondiano, porque soy costeña, escritora, porque tenemos países que nos tientan y nos seducen culturalmente, pero su herencia es humana. Su placer al pasar horas enteras creando, delirando frente a la pantalla, el lujo de escucharlo contar historias, el modo en que atravesaba la vida como si en vez de vivirla, la inventara.

‘Todos se van’ fue llevada al cine por otro colombiano, Sergio Cabrera. ¿Cómo te sentiste con esa versión de tu novela, o, con esa versión de  tu vida?

Siempre digo que Sergio y yo somos  almas gemelas con historias que se unen en un punto sentimental, ideológico, sensorial. En este sentido su propuesta cinematográfica vistió de modo maravilloso la idea original de mi novela.

No creo que los autores tenemos la última palabra sobre cómo llevar al cine nuestras historias. Lloré, medité, respiré con Sergio su otra versión de nuestras vidas, la suya, la mía en una película muy particular. Lo mejor de todo, que Colombia sea la que lleve al cine: TODOS SE VAN.

Imposible no preguntarte por el erotismo siempre tan presente en tus relatos; esas descripciones de una  sexualidad asumida con una libertad absoluta… 

Esto es un nicho que solamente lo reservo abierto a la literatura que escribo o a mi experiencia personal, erótica, lúdica. Siempre he pensado que si doy la receta pierdo mi don, el de sentir lo que escribo, que a la vez, puede ser parte de lo vivido en Cuba, en nuestros secretos colectivos o en la sagrada y gregaria intimidad de una cubana como yo.

La visita de Obama a La Habana, el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos generó muchas expectativas. Pero el embargo aún existe. ¿Sigue el mismo entusiasmo en Cuba que produjo este primer acercamiento o eres escéptica?

El poeta Eliseo Diego dijo: “Pasa la fiesta y es, como si no hubiese venido nadie”.

Los cubanos llevamos una cruz social que tras tanto revolucionar hoy es estática y nos paraliza, sabemos que nadie de fuera nos va a cambiar el país y sus circunstancias, tampoco hemos sido nosotros capaces de renovarnos. Se supone que aquí ya todo está hecho.

Obama hizo, con diplomacia y distinción, todo lo que pudo, vimos que “el enemigo” no era tal, sentimos su espíritu familiar, su naturaleza dulce, aguda y sabia que viene de lejos, de culturas muy semejantes a la nuestra, la afrocubana. Su sentido práctico de la vida, su encuentro con los emprendedores, su disfrute de la vida, su transparencia, todo eso nos puso a pensar sobre la posibilidad de habernos quedado sin enemigo.

Luego vino un poderoso espacio de silencio sin mucha acción. Nos quedamos solos nuevamente, los periodistas se fueron de la ciudad y bajó un poco el turismo.

Estamos en un momento de meditación personal y colectiva, es normal que ahora se produzca la oleada de fugas por mar que están ocurriendo, la cantidad de cubanos en fronteras latinoamericanas intentando llegar a Miami son parte de todo este proceso. Hemos llegado pues, al fondo de las cosas.

Finalmente, Wendy, ¿qué significa para ti el mar, tan presente en ‘Domingo’ y, supongo, en tu vida? 

Es lo que no poseemos pero tenemos. El mar es nuestra frontera, nuestro confesor, nuestro paisaje, lo que nos despoja y lo que nos viste, lo que nos penetra en época de ciclón, lo que nos salva y lo que nos aísla y nos reencuentra.

Termino con una frase de Nicolás Guillén que casi todos los cubanos usan en su cotidianidad y que hoy cobra lecturas diferentes a cuando fue escrito. 

“En las sociedades cerradas es un canon desaparecerte socialmente, decir que tu trabajo no tiene valor o simplemente que no existes.  Esa es mi situación actual y yo lo veo como parte del doloroso momento que estamos atravesando los cubanos”.

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