Diego Pombo: el pincel más caleño de todos

Noviembre 28, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros I Periodista de GACETA

Unos lo llaman pintor, otros un amante insobornable del jazz y algunos más un gestor cultural. Pero él, Diego Pombo, nos saca de la duda: es un caleño que “celebra la vida”.

Ahora, más de cincuenta años después, sentado en un sillón de su casa, el maestro Diego Pombo siente ese beso como una premonición. Siente y recuerda: ese beso ocurrió cuando él era un chico de 13 años y marchaba a pasos breves hacia el Politécnico Municipal, el único colegio que se animó a recibir a un rebelde insobornable que había sido despedido de varios colegios privados y que por entonces, 1967, tenía su sede en esa bellísima edificación republicana que se alzaba en lo que hoy es el CAM y que albergó por décadas al Batallón de Infantería Pichincha. El mismo que luego, para tristeza de los caleños nostálgicos, acabaría demolido. Cosas del progreso, dijeron entonces.El beso fue el regalo de una anciana de brillantes ojos de aceituna y piel cetrina, vestida siempre de colores, a la que Diego ya había visto varias veces: todos la llamaban, la saludaban, le gritaban Jovita... Jovita Feijóo. El recorrido del chico era siempre el mismo: salía bien temprano de su casa en el barrio Salomia para que un bus lo dejara a pocos pasos del Puente Ortiz, en el centro de esta ciudad a la que llegó desde Manizales con solo 3 años. En una de esas mañanas, la dulce Jovita le salió al paso y pidió su ayuda para atravesar la Avenida Colombia. Es que los últimos años de su vida le habían caído encima y su motricidad le jugaba malas pasadas. El Diego Pombo que hace memoria recuerda ahora la escena con nitidez: la mujer lo tomó de gancho con fuerza y, aferrada a uno de sus brazos, logró que los lentos andares de su vejez conquistaran la acera de enfrente, justo donde inicia el Puente Ortiz, justo donde tantas veces la fotografió Fernell Franco para memoria de esta Cali sin memoria.Fue entonces cuando ocurrió el beso. El recordado beso que Diego Pombo continúa sintiendo tan premonitorio. Ese beso rojo encendido en la mejilla, el único recurso al alcance de ella para dar las gracias, y que luego causaría la burla de los compañeros del colegio, todo porque el muchacho en medio del susto, de la impresión de saberse besado por una doña loca, no había notado que de aquél gesto de coquetería sobrevivía una evidencia.Pombo ríe con ganas cuando trae al presente a ese chico de 13 años, de pelo negrísimo y lacio. Y ríe más cuando ve de nuevo a su mamá, Isabel Buriticá, lavando con preocupación con agua y jabón perfumado, ese mismo día en la noche, los residuos del beso estampado por la reina eterna de Cali. El maestro Diego Pombo no había querido quitárselo, más bien deseaba “preservarlo hasta la noche para mostrárselo a mi mamá; yo lo imaginaba más un trofeo que una ofensa. Pero ella no lo vio así y creyó que a lo mejor Jovita podía contagiarme la locura... Hoy sigo creyendo que fue demasiado tarde, a mí la locura no se me ha quitado todavía”.Y ríe el maestro otra vez.*****Esos mismos ojos de aceituna observan hoy la ciudad con felicidad merecida, desde el Occidente. Lo hacen desde el Parque de los Estudiantes, un lugar incrustado sobre la Calle Quinta, diagonal al Colegio Santa Librada. Su dueña es una Jovita de cuatro metros de altura y largo vestido azul, que se acompaña de elegantes guantes blancos, corona dorada y flores fucsias y rojas para lucir hermosa.La esculpió muchos años más tarde el muchacho del Politécnico, en resina de poliester y fibra de vidrio, después de luchar contra una ciudad pacata y voces incómodas que le insuaban que Cali sería el hazmereír del mundo por elevar a las alturas “a una vieja, loca y negra”, como le diría “un señor refacho” de la Sociedad de Mejoras Públicas.Pero ganó la terquedad. “Y ese lugar en el que está ella ahora me parece ideal —reconoce Pombo—. Total, fueron los estudiantes los que más adoraron a Jovita. Porque, hasta donde recuerdo, fueron los alumnos de la facultad de ingeniería mecánica de la Universidad del Valle los que la postularon al Reinado de la Caña. Fueron ellos los que quisieron que Jovita fuera la reina eterna de Cali”. De 1967 a enero de 2008, cuando fue inaugurada la colosal escultura, habían sucedido muchas cosas. La premonición era ya promesa cumplida: el chico que se vio sorprendido por un beso callejero se había hecho artista atildado y la loca se había hecho leyenda. Desde entonces, los nombres de ambos casi siempre se escriben, sin remedio, uno enseguida del otro. El Pombo que hace memoria dice que Jovita se convirtió en pintura y escultura en sus manos porque siempre se ha sentido fascinado por los seres que creen en la utopía y en los sueños. “Siempre he admirado de los locos esa capacidad de vivir en su burbuja, sin que nada los perturbe”. Era lo mismo que le producía el Loco Guerra, ese otro demente célebre y personaje del Cali Viejo, que regalaba madrazos sonoros en las calles del centro y a quien Pombo, también sobre el Puente Ortiz, solía ver cantando con delirio: “Voy por la vereda tropical”...“Los locos me gustan —agrega el maestro— porque logran algo para lo que los menos cuerdos no tenemos talento: inventarse el mundo a partir de ellos mismos. Yo ahora creo que cuando veía a Jovita, no veía a Jovita, sino a una mujer que desde que se levantaba hasta que se acostaba interpretaba el papel de reina. Y eso se me hacía tremendamente bello”.Bella es la Jovita, de unos 60 centímetros, esta vez vestida de rojo, que habita una esquina del estudio del maestro en su casa de Ciudad Jardín. Diego está en pie, como es su costumbre, desde antes de que el día se haga día, “sobre las 6:00 a.m.”. Ya llevó a María, la menor de sus hijas, al colegio. Ya saludó con un beso a Beatriz Monsalve, la mujer guerrera que lo acompaña desde hace más de 25 años y con quien cofundaría el grupo de teatro Barco Ebrio y el Teatro Salamandra. Ya saludó a Tai, la inquieta perra ‘alaskan malamute’ que lo sigue a todas partes. Y, si no fuera porque ya tiene empacados todos sus cuadros recientes con motivo de una exposición que abrirá en Proartes, a esta hora estaría frente a un lienzo echando mano, como diría el escritor Daniel Samper Pizano, de su “perversa cualidad de volver siniestros los colores cálidos”. Samper lo llamó alguna vez un “heredero trasnochado y tropical de El Bosco”. Para el escritor bogotano, pues, al muchachito que caminaba de adolescente por el Puente Ortiz y que se hizo artista deberíamos llamarlo El Pombo.Ese asunto de pintar demoró en llegar, en todo caso. Diego Pombo hizo música hasta los 27 años y durante varios de ellos se ganó la vida con el dibujo comercial. Con su lápiz Mirado y un curso del Sena aún por terminar llegó hasta la oficina de Hernán Nicholls, que a comienzos de los 70 vivía su época dorada en la publicidad. Pombo tendría, dice, unos 17 años cuando sucedió.Por esa oficina se asomaban también Carlos Mayolo, Andrés Caicedo, Carlos Duque “y otros genios que se ganaban la vida generando ideas brillantes. Ellos eran mucho más mayores que yo, pero yo absorbía lo más que podía, era alucinante verlos trabajar”.El paso sería breve. Apenas tres años. Al cabo de ese tiempo Nicholls “terminó echándome pues decía que yo tenía aptitud, pero me faltaba actitud”. Y quizás era cierto: ya para entonces Diego Pombo se tomaba la vida con la misma libertad y capacidad de improvisación con que suena el jazz. De la publicidad saltó a la música y el chico de pelo lacio conformó varias bandas en Cali. Algunos todavía recuerdan ‘Chiminangos’, grupo que alcanzó a presentarse en tres versiones de la Feria de Cali, ayudado por una mánager canadiense.Eran los años de las galladas. Diego pertenecía a la de Álvaro ‘Parche’, “un tipo que se cubría con parches los estragos de un acné muy pronunciado que padecía. Fue a partir de esa época que se empezó a hablar de ‘parches’ para referirse a grupos de jóvenes de barrio. Y fue con mi ‘parche’ que me fui metiendo en la música. Primero el rock, luego de la salsa”. El Diego Pombo que hace memoria recuerda ese diciembre de 1968 cuando Richie Ray y Bobbie Cruz visitaron Cali por primera vez en la caseta Panamericana, al pie del hipódromo. Cali no volvería a ser la misma desde ese concierto. Diego tampoco. Es que hacía muy poco había pasado la psicoledia de Woodstock. Del ‘hippismo’ y la guitarra eléctrica de Jimi Hendrix. También la de Santana. “Conocer la propuesta de Carlos Santana fue definitivo para mí. El Santana de los 60 sonaba muy distinto: recogía lo mejor de la percusión latina y la fusionaba con rock. Así que nosotros, en ‘Chiminangos’, no tocábamos baterías sino timbales, congas y bongoes. Pura percusión latina con guitarras eléctricas”.Fue la puerta de entrada al género con el que tropezaría solo un par de años más tarde, su género tutelar: el jazz. Después de ‘Chiminangos’, Pombo fundaría otra banda, ‘Fusión’, más influenciada por los sonidos de Weather Report y Miles Davis. Lo hizo en compañía del percusionista caleño Larry Joseph, que atesoraba en su casa “una colección impresionante de discos de jazz que había heredado de su papá. Así que la música que hicimos en esos años estaba influenciada y marcada por los grandes del jazz, los de culto. Eso era una locura”. Lo fue hasta que llegaron los 80 y Diego se cansó del trasnocho y “de ese cuento de los rockeros de creernos unas súper estrellas cuando en realidad solo sonábamos en Cali. Yo llegué a pensar que me iba a ganar la vida como músico, y que iba a ser un gran compositor, pero esa idea se me fue desinflando porque los músicos manejan unos egos tenaces y eso iba en contravía de la forma en que yo veo la vida: sin vanidad”.Era 1981. El artista seguía de cerca los pasos de Pedro Alcántara, a la postre uno de sus grandes maestros, y había llegado tímidamente a la galería La Gaceta con unos dibujos en carboncillo en los que ya se asomaba el trazo de El Pombo: música, bandas, color, goce pagano. Lo grotesco. La ironía. Un año después acabó en Nueva Orleans con varios de sus cuadros, por invitación de un amigo que le ayudó a exponer en esa ciudad mientras en las calles hervía uno de los festivales de jazz más famosos del mundo. La búsqueda cesó. El muchachito que había sido expulsado de varios colegios públicos “por dárselas de bromista y burlarse de los maestros”, el hermano rebelde de la casa de Salomia, había encontrado al fin la manera de fundar su propio universo: allí, en la pintura, Diego Pombo izaría la bandera de la música que ya no se sentía capaz de interpretar. “Ese viaje fue definitivo. Empecé a conocer a músicos importantísimos: a Bobby MacFerrin y a los hermanos Marsalis, cuando aún no ganaban Grammy y eran unos desconocidos”.Fue la semilla de lo que años más tarde, escoltado por su esposa Beatriz y los soñadores que disfrutan la vida a bordo del Barco Ebrio —el grupo de teatro que ambos fundaran en el barrio San Fernando, en 1994— sería el Encuentro de Creadores de Jazz Fusión y Experimental, que ya completa trece versiones: el Ajazzgo.Lo sabe justamente Beatriz, una actriz que desertó de los patios del Teatro Experimental de Cali para sumarse a la aventura de Salamandra. Beatriz habla mientras bebe a sorbos cortos una taza de café preparada por el maestro. “Diego Pombo es, antes que músico o pintor, un hombre de ideas. Un hombre de una imaginación desbordada. De repente, mientras estás hablando con él, de su cabeza salta una idea que por fortuna siempre encuentra cómplices. Así nació Ajazzgo. Y así nació Salamandra. Ese nombre lo puso él, porque jugaba con la palabra sala y con aquellos animalitos que tanto vemos en esa casa de San Fernando. Diego no es muy de ejecutar. Su misión es crear”.Eso último que creó se llama ‘Bolívar en Cali’, una exposición que abrió sus puertas en Casa Proartes, el pasado miércoles, y que reúne una veintena de cuadros con Bolívar como protagonista y en los que el artista reconstruye a su manera el paso de El Libertador por la ciudad en enero de 1829. En cada cuadro se asoma ese “Bolívar idealizado y romántico que viene moldeando Pombo desde hace años, a punto de refaccionarlo y hacerlo cercano, humano”. Eso dice Miguel González, curador de esta muestra y un crítico que lo asume como un “artista que ha sido fiel a su estilo, hijo del realismo fotográfico de los años 80, de lo ‘kitsch’, del color exhuberante, del arte figurativo, del bullicio tropical y de una Cali que en buena medida, gracias a una propuesta que no necesita ser explicada, ha buscado refugio en varios de los personajes pintados por él como Jovita”. Diego lo reconoce. “Yo no busco llegar a las élites con mi ‘Pombodernismo’. Me divierte que me entienda la señora de la galería y el estudiante. A veces pienso que con lo que hago no busco pintar a tal o cual personaje. Sea Bolívar o Jovita, lo que busco es que mi arte sea una celebración de la vida. Por eso también es que admiro a los locos: porque se la pasan en esas, a locos como Jovita no les queda tiempo para la infelicidad”.

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