Desepaz cambió el sonido de las balas por la música de los violines

Desepaz cambió el sonido de las balas por la música de los violines

Febrero 26, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros?Redacción Gaceta

Gracias a la Escuela de Música Comuna 21 Desepaz, este barrio del oriente caleño cambió el sonido de las balas por el bello rumor de los violines, los contrabajos y los violoncellos. Sonata de la esperanza.

La de Juan David Valencia, ya van a ver, es una de esas historias que abofetean una vez se escucha: el chico tenía 12 años cuando fue tentando por una pandilla de Desepaz para ‘probar finura’. El grupo se hacía llamar ‘La calle del humo’ y sus integrantes, todos ellos adolescentes, eran los culpables de que los habitantes de este barrio sintieran, durante años, miedo de abordar los pocos buses que pasaban por sus calles a medio hacer, de salir en bicicleta rumbo a sus trabajos, de ir a la tienda de la vieja Inés a comprar el pan del desayuno.Las cifras de esos años causan escalofrío: una década atrás, el número de muertes por armas blancas y de fuego en este sector del oriente caleño podía contarse en 63 por mes. Así se lee aún en un registro del Observatorio Social de Cali, Cisalva. Mientras eso pasaba, en la casa de Juan David, su madre rezaba detrás del mesón de la cocina para que a su muchacho no le pasara nada malo. Cada vez que lo veía cruzar la puerta de su casa rumbo a esas calles de nadie, imaginaba que en cualquier momento alguien tocaría a esa misma puerta para darle una mala noticia.El joven tiene ahora 19 años y no habla del pasado, sino de un instrumento musical que lo acompaña día y noche. Porque ese chico, al filo de ese abismo de violencia callejera en el que se encontraba, un día escuchó que en la iglesia San Felipe Neri, del padre Gersaín Paz —por esos años el ángel tutelar de los habitantes de Desepaz— querían formar una orquesta de música clásica.Al lugar llegó más por curiosidad que por vocación, reconoce hoy. Pero audicionó y pasó la prueba. Juan David, pues, ignoraba que la vida amarga de un barrio como el suyo podía endulzarse con cucharadas soperas de sonatas, sinfonías y cantatas.Hoy, Juan David Valencia no solo es una de las grandes promesas de la viola que tiene esta ciudad, sino que el año pasado hizo parte de ‘La via dei concerti’, proyecto musical que se llevó de gira por Italia a los 76 mejores músicos de las orquestas sinfónicas juveniles del Valle.El chico piensa en esos días, casi 30, en que sus manos hicieron sonar una viola junto a otros jóvenesde Hungría, España, Portugal y la Orquesta Sinfónica Juvenil del Conservatorio de Trento. Todos ellos, 125 en total, conformaron la orquesta de la gira ‘La via dei concerti’.Pocos quizá sabían que las manos de Juan David habían llegado maltratadas y con llagas a Europa porque había trabajado durante meses como albañil, junto a su padre, para reunir los cerca de $900 mil —toda una fortuna para su familia— que le costaba una viola nueva.El sacrificio había valido la pena: en grandes plazas de Milán y de Florencia, y hasta en una audiencia con el Papa en El Vaticano, la viola de un joven caleño hacía historia.Lo que ha sucedido en todos estos años es simple: la música solía salir a pasear por las calles de Desepaz a la espera de unos chicos deseosos de tocarla. Juan David, ya lo vieron, tropezó feliz con ella.La música hace milagrosLuz Alba Zamora los llama milagros. Milagros de la música. Ella es una docente de disciplina insobornable, pero corazón fácil, que siente que Juan David Valencia es solo un milagro más de tantos que ha visto pasar por sus ojos en los últimos ocho años .Luz Alba habla desde su oficina de directora de la Escuela de Música de la Comuna 21 Desepaz, como se llama hoy ese proyecto musical que nació en una iglesia, discretamente, con el apoyo de Proartes, la asesoría del maestro Paul Dury y de la maestra venezolana Avelina Forgioni, que conocía como nadie uno de los proyectos de este tipo más exitosos en América Latina: ‘El sistema’, fundado en el país vecino, hace 30 años, y liderado hoy en día por el célebre director de orquesta Gustavo Dudamel.El maestro Dury, una década atrás, siendo director de la Orquesta Filarmónica de Cali, concibió el sueño de construir en Cali un conservatorio para niños de barrios pobres. En su corazón de músico palpitaban los recuerdos de su Bélgica natal, donde había estudiado música gratuitamente desde que tenía 6 años y de tiempo completo.Al barrio Desepaz llegaron —recuerda— por sugerencia del padre Gersaín, que les habló de las grandes necesidades de este barrio, que además no contaba con actividades culturales para sus habitantes.De esa gesta también se acuerda la hoy Ministra de Cultura, Mariana Garcés, por entonces directora ejecutiva de Proartes. Desde su despacho en Bogotá evoca la lucha de todo un barrio, hace ocho años, por lograr que los muchachos de la orquesta y el coro contaran con una sede para sus ensayos. “Fue tanta la necesidad de adecuar un espacio que, cuando la iglesia del padre Gersaín se quedó pequeña para tantos jóvenes deseosos de ver clases, se llegó a ensayar en los patios de un jardín del ICBF, bajo pleno sol, y luego en una pequeña casa de Ciudadela Compartir”.Fueron otros tiempos. Este lunes 25 de febrero, cuenta la funcionaria, se abrirán por fin las puertas de una escuela de tres pisos en la que el Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Cali invirtieron $1700 millones. Está dotada con un aula múltiple con capacidad para 50 personas, tres salas de música que se pueden convertir en un gran salón gracias a divisiones acústicas, un depósito para instrumentos y una terraza acondicionada para procesos de formación musical. “Así deberían ser todas las escuelas de música: no solo infraestructura física, sino un proyecto con contenido”.En esa escuela estudiarán 168 chicos, entre 6 y 17 años, (divididos entre un coro y una orquesta), cuya terquedad logró que el barrio Desepaz se redujera al bello rumor de los violines, las violas, los contrabajos y los violoncellos.Tarde de violines y voces angelicalesEs una tarde de viernes y a esta ahora, tres en punto, en la Escuela de Música de Desepaz ningún violín del salón 7 suena distraído. Todas las voces infantiles del salón 1 luchan por cantar afinadas y todas las violas del salón 6 insisten en una sonata complicada.La profe Sandra Barney, en el primer piso, les enseña a sus alumnos que es tan importante el silencio como la música que se canta. Lo hace justamente sin palabras. Tiene en frente suyo un batallón de 50 niños y jóvenes a quienes logra ‘dominar’ apoyada solo en su guitarra y en las notas de ‘Laudale dominum’, pieza musical religiosa que sus alumnos ensayan desde hace una semana y que esperan cantarle al presidente Juan Manuel Santos cuando inaugure la escuela.Así es la vida de este lugar, de lunes a viernes. Los chicos saben que deben llegar a las 2:00 p.m. en punto. “Ni antes ni después”, como les recalca a alumnos y padres de familia la profe Luz Alba. Es que aquí las reglas están claras: todos tienen su cupo asegurado si rinden en sus colegios y si se portan bien en casa. No es una disciplina de látigo, porque la palabra castigo está vetada. Aquí, más bien, se insiste en eso del diálogo. En eso de cuéntame qué te pasa.La profe Luz Alba dice orgullosa que, después de ocho años, los maestros consiguieron que los chicos cumplieran una de las reglas que parecían más difíciles en un barrio “donde se cree que todo se aprende a los golpes”: que lo primero que hicieran al llegar a casa “fuera ‘apachichar’ a sus papás y contarles lo que aprendieron”.Ocho años atrás, no resultó fácil poner de acuerdo los deseos de formar una orquesta de jóvenes y niños del barrio con la hostilidad de las pandillas del sector y la incredulidad de los padres.“En los primeros meses, dice Luz Alba, amenazaban con robarnos los instrumentos; incluso intentaban meterse a la iglesia donde ensayábamos; aún así jóvenes y profesores llegaban hasta la iglesia a ensayar y ensayar. En ese entonces, cuando hacíamos convocatorias para audiciones, llegaban 40 niños, hoy llegan unos 200 buscando uno de los 25 cupos que se entregan cada año para estudiar sin pagar”.Era apenas previsible, piensa el profesor Hardinson Castrillón, doctorado en el raro oficio de combatir la violencia con la música. Es la única manera que conoce desde que un día, ante el acoso de una pandilla en una de sus clases, ‘desarmó’ los ánimos alevosos con los sonidos de una trompeta. “Mientras todos mis alumnos temblaban de miedo, yo los invité a que pasaran al salón, y fue tanta la curiosidad que les causó la clases, que creo que ellos mismos se olvidaron de que habían entrado a robar. Al final, alumnos y pandilleros terminaron ensayando”.De la mala hora del barrio también se acuerda también David Ramos, quien se graduó de la Escuela de Música Desepaz hace año y medio y hoy no solo trabaja como profesor de viola en este lugar, tres días a la semana, sino que cursa tercer semestre de música en el Instituto Bellas Artes.“Por supuesto que no faltaban los amigos —recuerda David— que te decían ‘para qué perdés el tiempo allá, sos un sapo, en la calle está la plata’. Pero uno aprende a tomarle tanto amor a la música que logra mantenerse al margen de esas cosas. Con el tiempo te das cuenta que la música es lo único que le da sentido a tu vida”.Lo sabe bien él, que durante toda su adolescencia se la pasó luchando contra una gastritis crónica que lo tuvo en cama. Fue tanta su desesperación ante la enfermedad que desistió de terminar el colegio. Pero como una de las reglas inquebrantables de la escuela es que todos sus alumnos estén escolarizados, David terminó estudió bachillerato acelerado para continuar sus estudios de viola.Con los papás se escribía otra historia: no solo temían que sus hijos dejaran de rendir en el colegio por culpa de las clases de música, sino que lamentaban no poder contar ya en casa con el hijo que hacía los mandados, con el que cuidaba los hermanos menores.“Hoy esos papás cuentan que mientras antes cambiaban de canal cuando veían un concierto de música clásica, ahora lo disfrutan y reconocen los instrumentos que componen una orquesta”, cuenta la directora de la escuela.Todo eso sucede aquí, en Desepaz, donde es necesario tomar dos rutas de buses del MÍO y disponer de casi hora y media para ir los jueves a Bellas Artes a disfrutar de un concierto de la Orquesta Filarmónica. Aquí donde no hay discotiendas, de esas a las que acuden los melómanos para desaguar los bolsillos y llevarse a casa las sonatas de Händel, de Bach, de Haydn o de Schubert. Aquí, donde por el contrario, la vida cotidiana se resuelve en medio de estribillos fáciles de reguetón, de salsa setentera que revienta a todo volumen desde el bafle de una tienda y del barullo propio de un barrio popular que solo conoce algo de calma pasadas las diez de la noche.Ya lo ven: aquí, en Desepaz, una escuela de música consiguió hacer de este barrio una gran orquesta.

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