Cuento: lecciones bíblicas

Julio 18, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Orlando López Valencia | Especial para El País

Este cuento hace parte de la serie mensual de autores vallecaucanos. En esta ocasión el turno es para el poeta y narrador Orlando López Valencia , nacido en Cali, en 1956.

Siempre quise hacer el amor con una mujer evangélica. Me seducía esa sobredosis de pudor, esa manera dulce de hacer saber que son mujeres de Dios. Por eso, cuando Yolanda tocó a mi puerta un domingo de agosto, sentí un revoloteo en el estómago.—Buenos días —dijo sosteniendo un paquete de libros sobre el regazo.—Buenos días —contesté.—Quisiera compartirle la palabra del Señor.La invité a seguir y me mostré atento a la lectura de Juan, Lucas y Mateo. Opiné que siempre había sentido la necesidad de pertenecer a una congregación y que aunque algunas veces lo había intentado, nunca como hoy había sentido tan claras las palabras del evangelio.—Me gustaría que volviera.—No se preocupe —dijo mirándome como a una oveja que se acerca al rebaño—, lo estaré visitando.Todos los domingos, en la mañana, llegaba Yolanda a compartir la Biblia conmigo mientras yo adivinaba su cuerpo bajo el largo traje grisque contrastaba con su negra cabellera recogida en una moña que la hacía ver de más edad.—¿Y qué hace además de predicar?—Doy clases de piano y atiendo a mi esposo.—¿Él también es evangélico?—Sí, claro, somos de la misma congregación.—Debe ser muy feliz con una mujer tan linda y tan devota como usted.—Gracias —dijo y sus mejillas se tiñeron de rosa.El domingo siguiente tomé la iniciativa y le hablé de Ruth, la labradora, ese bello libro del antiguo testamento que había leído en mi juventud. Ella, entusiasmada, me habló de la fidelidad, la abnegación y el servicio. Antes de despedirse la abracé fuerte y le agradecí por compartir su sabiduría conmigo.—Con usted me siento más cerca del cielo —dije, mientras le entregaba un obsequio.—¿Y cuál es el motivo?—Gratitud —dije—, pero ábralo.Soltó las cintas del regalo y contempló la tapa de un libro de partituras para piano. Me miró como si por un segundo se hubiera ocultado de la mirada de Dios y me besó en la mejilla.—Gracias, Martín, no sabe lo feliz que me hace.Mis estudios bíblicos se fueron incrementando al igual que mi deseo por ella, pero tenía que ser prudente. Algunas mujeres de otros credos bailan, beben, se emborrachan y pecan sin el más mínimo remordimiento, en cambio las evangélicas temen la ira de Dios. Sin embargo, siempre creí que detrás de todo evangelista hay un ser proclive al pecado y Yolanda no era la excepción. Tardé seis meses en tentarla. Después de orar, en el momento de la despedida, la abracé como de costumbre y la besé en la boca. Hubo una pequeña resistencia que cedió cuando vertí mis palabras en su oído:—No se ha dado cuenta, Yolanda, que la quiero.—Yo también lo quiero —dijo—, pero no puede ser…—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —exclamaba mientras su cuerpo se abandonaba a mis caricias.La despojé del traje gris y embriagado ante tanta belleza, la amé con lujuria.Oramos postrados, antes de despedirnos, en medio de un océano de culpa.—Qué Dios me perdone —dijo—, pero si Él nos ha puesto en este camino es porque quiere darnos alguna lecciónHicimos el amor durante cinco meses esperando la lección que nos daría el Señor pero nada ocurrió, sólo una sed progresiva del uno por el otro que apaciguábamos orando, hasta que un día Yolanda decidió ponerle fin.—No está bien que falte a mis principios —dijo—, tengo un esposo al que debo respeto y eso no se consigue con oraciones.—Si el Señor ha decidido que estemos juntos, que sea Él quien nos separe —dije tratando de conservar esa magnífica mujer.—Está bien —dijo—, esperemos la señal.El domingo, cuando tocaron a la puerta, abrí de prisa y me topé con un hombre de mediana estatura, pulcramente ataviado y con anteojos redondos.—¿Martín?—Sí, soy yo.—Yolanda me contó lo que pasó entre ustedes.—¿Y usted quién es?—Soy su esposo —dijo con tranquilidad—.Yo la he perdonado y ahora le toca a usted ayudarnos. No la busque.—Yo nunca la he buscado.—Lo sé, pero podría hacerlo un día. Le agradezco de antemano su colaboración.Me dio la mano y se despidió.Me quedé mirando a aquel hombre que avanzaba calle arriba, con esa tranquilidad que sólo otorga la fe y pensé que tenía razón, que a esa mujer valía la pena perdonarla.Abandoné mis estudios bíblicos y volví a mi cómodo catolicismo. Cuando creí que era justo me casé con Zulma, una joven de provincia que amaba la misa de seis. Si bien su devoción no competía con la de Yolanda, auguraba una vida recta. No fue así. Al cabo de un tiempo supe de sus andanzas con el carnicero del barrio. Cuando la confronté me confesó su falta. Recordé al esposo de Yolanda tan seguro de sí mismo, tan sabio para entender los problemas de la voluntad; quise comportarme de igual manera pero algo dentro de mí me hizo descargarle una bofetada en el rostro.—Los hombres se respetan —dije, y volví a golpearla con rabia.Zulma se incorporó lentamente.—Perdóneme, yo no quería hacerlo… le juro que no quería hacerlo…Salí de la casa cuando tañían las campanas convidando a la misa de seis de la tarde. Avancé en medio de los autos y los peatones y me detuvea comprar cigarrillos. La joven que me atendiótenía los ojos almendrados y unas profundasojeras que los hacían enigmáticos.—¿Es usted árabe?—No —respondió con una sonrisa—. ¿Porqué?—Quería saber cómo son las musulmanas.Este cuento hace parte del libro Cuentos al óleo, ganador del concurso nacional de cuento Jorge Gaitán Durán en el año 2005.

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