Cuento: el vestido verde

Cuento: el vestido verde

Abril 13, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Esther Fleisacher* | Especial para GACETA

En GACETA somos unos apasionados del cuento como género; de eso que comienza como una mera cordialidad entre autor y lector y que acaba en una fraternidad apasionante. Por eso ofrecemos a nuestros lectores una nueva sección: El cuento del mes. Una selección de cuentos de escritores vallecaucanos con la que esperamos seducirlos, sí, hasta el punto final.

Mi padre nos sentó a los tres hermanos en la sala del televisor para darnos la noticia de la muerte del abuelo. Me cogió fuera de base, es decir, mis pensamientos ahora se reducían a tratar de lucir lo más atractiva posible para que Simón P., el mejor amigo de mi hermano mayor, me mirara como a una mujer y no como a la hermanita metiche de Isaac.Las palabras de mi padre sonaban lejanas y huecas.—Estaba leyendo la prensa, cuando la tía Evita le llevó un jugo y él no respondió. Parece que fue un infarto. Nadie podía imaginarse que algo así sucedería, se veía entero. La mamá y las tías están muy tristes, la abuela está inconsolable.Gabriel y yo, los menores, guardamos silencio. A Isaac le resbalaron dos lágrimas por las mejillas y preguntó si al abuelo le había dolido.—Posiblemente, pero fue tan rápido que no tuvo tiempo de llamar a nadie. —¿Papá y yo tengo que ir al entierro? –pregunté con cierto temor, nunca antes había asistido a un funeral.—Claro hija, te corresponde. Ya cumpliste doce años –hizo una pausa, me miró fijamente y continuó–. El entierro es a las cuatro de la tarde, pasaré a recogerlos un poco antes. Deben vestirse discretamente, es decir, que no sean colores llamativos.Me fui para el cuarto ensayando la cara que me imaginaba debía tener alguien a quien se le muere el abuelo. Abrí el ropero y empecé a escoger qué ponerme para el entierro. Tenía poca ropa de colores discretos. La decisión era delicada, con seguridad a Simón P. se le ocurriría asistir para acompañar a mi hermano. Después de cavilar un buen rato y de medirme todo lo que me parecía adecuado, elegí el vestido azul claro, porque las ondas negras de mi cabello largo contrastaban sobre el fondo del traje. Como mi padre no había dicho nada del maquillaje, me puse un poco de sombra en los ojos, rubor en las mejillas y brillo rosado en los labios. Me peiné largo rato frente al espejo y ya no sabía qué más hacer. Ni siquiera podía tirarme en la cama porque se me arrugaría el vestido y me despeinaría. Permanecí sentada en la butaca del tocador frente al espejo. Me preocupaba que no tuviera ganas de llorar, no había derramado una sola lágrima por el abuelo.Cuando escuché el motor del auto, fui la primera en salir a la puerta. Mi padre me miró detenidamente y guardó silencio; aunque sé que le pareció que estaba demasiado arreglada. Mi madre, con los ojos hinchados de llorar, me saludó con un abrazo y me dijo al oído:—Quítate el maquillaje.Contrariada, me encerré en el cuarto, me embadurné los ojos y las mejillas con crema y me limpié, el brillo de los labios me lo comí. Seguía sin saber qué se sentía. De pronto, se me pasó por la cabeza la idea de que si fuera mi propio padre sí sería muy doloroso y me dio lástima de mi mamá que se quedaba huérfana. Por fin, se me humedecieron los ojos con lágrimas y pensé que era muy triste no volver a jugar parqués con el abuelo.Isaac llamó a mi puerta para que me apurara, me estaban esperando. Mi madre se había cambiado y arreglado un poco, mi padre se había puesto corbata y a mi hermano menor lo habían mandado donde la tía Ana, con todos los primos pequeños. Me halagaba que me contaran entre los grandes, pero el silencio en el carro empezaba a pesarme, nadie pronunciaba palabra y sólo se oían los sollozos de mi madre. Todo era nuevo. Miré a mi madre y supe que el gesto de tristeza le salía del corazón. Al cruzar el portón gris del cementerio y ver el corrillo de las primas, descansé. No tenían cara de dolor, ninguna estaba llorando, conversaban tranquilamente en una esquina del salón. Inmediatamente me mimeticé en el grupo, me limité a seguirlas y a hacer lo mismo que ellas, sin quitar un ojo de la puerta de entrada, esperando ver aparecer a Simón P.En el momento en que se iba a iniciar el rito fúnebre, busqué a mi padre. Aferrada a su brazo presencié la rasgadura de las vestiduras: “Es la señal de dolor de los familiares del muerto, así como lo hizo David cuando se enteró de la muerte del Rey Saúl”, me susurró mi padre al ver mi gesto de extrañeza. A pesar de estar tan asustada, no me pasó desapercibido el vestido verde de la tía Lea y sus palabras se me quedaron grabadas en le mente, cuando mi madre le preguntó si estaba en una fiesta: “El luto y la tristeza por la muerte de mi hermano los llevo en el corazón, no en el color de la ropa”. Circuló la versión de que lo había escogido porque estaba muy viejo y no estaba dispuesta a dejarse romper un vestido bueno.Del cementerio nos fuimos para la casa de los abuelos. Los cuadros, los portarretratos y los espejos tapados con sábanas y manteles me causaron una inquietud enorme; cuando pregunté el porqué, me dijeron que la vanidad y las imágenes debían evitarse por respeto al muerto. Esquivaba a la abuela que no paraba de llorar, no sabía si la podía abrazar, darle un beso o si debía decirle algo. Ya había repasado una y otra vez el rostro de todos los presentes y empezaba a aburrirme. Eso de tener que estar triste era muy maluco.Llamaron a Isaac al teléfono y cuando mi padre le preguntó quién era, dijo que Simón P. a preguntar la dirección. Me toqué el pelo y lo sentí desordenado. ¿Cómo hacer si no había dónde mirarse? Me dieron unas ganas irresistibles de orinar. Ya dentro del baño, no pude contenerme y levanté una puntica de la sábana que cubría el tocador. Tal como me lo había imaginado, el viento en el cementerio me había despeinado. No me atreví a arreglarme las ondas negras, para que no se dieran cuenta de que me había mirado al espejo.(*) Sobre la autoraNacida en Palmira, Esther Fleisacher es narradora, poeta, editora y psicoanalista. Actualmente es editora de literatura del Fondo de Publicaciones de la Universidad Eafit de Medellín. Entre sus obras están ‘Las tres pasas’ (cuentos), ‘Cable a tierra’ (poemas) y ‘La flor desfigurada’ (cuentos). Vive en la capital antioqueña desde 1965.

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