Cuento: El Ciego

Cuento: El Ciego

Marzo 22, 2015 - 12:00 a.m. Por:
El cuentista Alfonso Carvaja * l Especial para Gaceta.

Regresa a GACETA la sección de cuentos, esta vez con una historia insospechada y truculenta de un invidente feliz.

Regresa a GACETA la sección de cuentos, esta vez con una historia insospechada y truculenta  de un invidente feliz.

Muy pocos supieron lo que realmente pasó. Don Álvaro Gutiérrez era ciego de nacimiento. Desde niño, su madre, de ancestro anglosajón, le inculcó la pasión por la literatura y su hermana Sofía le leyó cuentos y poemas de distintos orígenes. Dedicó la vida a entender el mundo en dos idiomas: el español de su tierra y el inglés de las ficciones que le leyeron. Don Álvaro adquirió una prodigiosa memoria bilingüe y literaria en medio de un mundo de tinieblas. Relataba cuentos increíbles, oídos en la voz de su madre y de su hermana, o de algún conocido. Llegó a cambiar algunas partes de las tramas. Muchas veces creó sus propios finales. Eso me lo confesó entusiasmada, y en secreto, Sofía.

Era un hombre elegante y vanidoso; un cachaco puro. Le gustaban las colonias fuertes, la textura fina de las corbatas inglesas, el olor de betún de sus mocasines, siempre negros. Su mirada extraviada tenía una mezcla de tristeza y sabiduría.

Lo conocí una tarde en una cafetería del barrio La Soledad. Estaba sentado y parecía mirar fijamente el techo, mientras se apoyaba en su bastón de caña con empuñadura de plata. Las entradas cenizas de su cabeza, la hendidura de sus párpados, le daban un aspecto siniestro y angelical al mismo tiempo. Tomamos café. Habló de ‘La cruzada de los niños’, de Marcel Schowb, con inusitada sensibilidad. Su relato fue inquietante. En el cuento original los niños se pierden buscando a Jesús en mares furibundos y países de exóticas costumbres.

En su versión, encuentran al Mesías resucitado en Belén y fundan la iglesia de los niños, la cual pregona la fe de la espontaneidad y la inocencia del mundo. A Borges lo consideraba un poeta clarividente, que vio lo que otros no vieron: que la ceguera es un estado del espíritu y no un accidente de los ojos.

Conmovido, repetía las palabras del ciego que, acaso, también señalaban el destino de todos los hombres: “No sé cuál es la cara que me mira / cuando miro la cara del espejo”.

A Baudelaire y Stevenson los consideraba lúgubres, almas gemelas. Se sentía más próximo a la sordidez de míster Hyde; el interior sombrío del personaje de Stevenson lo relacionaba de una manera extraña con su falta de visión.

Recitaba de memoria los poemas nocturnos de José Asunción Silva: “¡La sombra! Los recuerdos! La luna no vertía / allí ni un solo rayo”. Y El tigre de Blake, que para él era negro, con colmillos de marfil y pintado de rayas de fuego: “Tyger! Tyger! burning bright / In the forests of the night, / What inmortal hand or eye / Could frame thy fearful simmetry?”. Era un placer oírlo. Su voz arrastraba la nostalgia de un mundo nunca visto, salía ronca y precisa del fondo de su memoria oscura.

Me pedía que le describiera el día, la lluvia, el sol, el color de los atardeceres y la luna. Las montañas, la forma y dimensión de los árboles y las nubes. Subió un par de veces al cerro de Monserrate y allí, dijo, aspiró el mejor clima de su vida. Amaba a Bogotá, como si viera sus montañas y el cielo puro de algunos ocasos y amaneceres. El ruido de la ciudad era un coro mecánico en sus sentidos. Despertaba su curiosidad la voz de las mujeres. Cuando alguna le impresionaba, me pedía que se la dibujara; así me decía. Los ojos, la boca y las piernas eran las partes que más lo perturbaban, por la expresión de deseo que adquiría su rostro.

Nunca se casó, pero tuvo algunas aventuras fugaces que guardaba en el mayor secreto. Tocando las manos de las personas calculaba con certeza los grados de su temperatura corporal. La ceguera le dio el don del tacto. Su coquetería innata lo llevó a sospechar la edad de una mujer por el tamaño y la consistencia de los senos.

Poseía un olfato canino. A metros de distancia podía distinguir una fruta pasada, o cuando una mujer era todavía señorita. Por el olor descifraba a los perros y los gatos del vecindario.

Oía blues por los acordes melancólicos de su música y porque cantaban las pequeñas cosas de las que está hecho el mundo. Iba solo a cine. Vivía con fervor los diálogos de las películas; no las veía, las oía. Contándolas armaba sus propios argumentos. La memoria auditiva fue un arte que practicó con sapiencia y oficio. Se permitía el lujo de recitar las películas, se pertía mucho recordando los parlamentos de Cantinflas, y el Hamlet de Shakespeare que interpretó Peter O’Toole, lo repetía en un impecable inglés, flemático y sonoro. No oyó completo ‘El inquilino’ de Polanski, le pareció demasiado caótico. En cambio, ‘Drácula’ de Coppola alborotaba la sensualidad de sus sentidos. Las películas con música o de escasos diálogos las calificaba de poéticas. Recordaba especialmente ‘La naranja mecánica’ de Kubrick y ‘Blow Up’ de Antonioni. Hubiera sido un gran escritor. Prefirió el mundo oral y las sombras que circundaban su vida. Por el timbre y tono de la voz intuía el ánimo de las personas. Era ajeno al mal genio, al choque verbal con los otros; cuando percibía un mal humor en el ambiente, callaba como una piedra. Sabía que su ceguera le había mutilado la espada del luchador, que su poder estaba en otros ámbitos, en la palabra y la memoria, donde permanecía felizmente enclaustrado.

Nunca lo oí despreciar su ceguera. Nació en la oscuridad, y así concebía el mundo que lo rodeaba. Un mundo en blanco y negro, lleno de sombras y penumbras, de dudas y certezas. “Soy del reino de los ciegos: donde nada se ve, pero todo se siente, se toca, se imagina”, decía.

Le hice conocer ‘Informe sobre ciegos’, de Sábato. Quedó impresionado por la imaginación del escritor; “turbia” la llamó. Tuvo pesadillas subterráneas con el libro, especialmente con la legión de ciegos que él encabezaba en el sueño y que se iba a tomar el mundo, y percibió en Alejandra Vidal Olmos a la mujer de sus sueños más atroces. Ese señor odiaba o amaba a los ciegos, me dijo con una ligera sonrisa sarcástica. El ‘Ensayo sobre la ceguera’, de Saramago, le producía lecturas pergentes. Apreciaba la fantástica idea de que una sola persona, una mujer, conservara la vista, mientras a su alrededor la humanidad quedara ciega. Pero descreía de su extensión; según don Álvaro, el excesivo número de páginas le quitaba síntesis y le sumaba superficialidad. Fue más bien un oidor de poemas y cuentos que de novelas. Me habló de ‘El país de los ciegos’, de Wells; elogiaba el final, cuando Núñez (Bogotá) decide huir antes que acoplarse a la comunidad y perder sus ojos por amor. El último párrafo lo decía con emoción: “Y allí, libre del acoso de las montañas, uno podía ver el cielo; el cielo, y no el disco que se veía desde aquí, sino un arco de un azul inconmensurable, en cuyas profundidades abismales flotaban dando vueltas las estrellas”. El autor y el personaje no se traicionaron; de allí su credibilidad, subrayó.

Un día llegó con gafas oscuras. Dijo que no se sentía bien, que le dolía la cabeza, que las manchas de su memoria tomaban formas que nunca había visto.

“El sol es insoportable”, me dijo con rabia. Dejé de verlo. Sofía me contó que se había enamorado, que se había obsesionado con una vecina y que esa esperanza se había vuelto una tormenta y que no sabía por qué. Se encerró en su casa, en sí mismo. No quería recibir a nadie, ni siquiera al síntoma amoroso de su caída. Sofía me contó la tragedia. Don Álvaro había comenzado a ver. Tal vez el amor le había abierto los ojos, y eso lo estaba volviendo loco. “Fue un milagro, pero también una desgracia”, dijo triste Sofía. Las córneas, que estaban petrificadas, sin ninguna razón médica se ablandaron como emplastos de miel. Algunos especialistas quisieron visitarlo y salieron espantados por la furia de su indiferencia. No quería ser el conejillo de prueba de nadie, menos de personas que no conocía. La luz que de pronto iluminó su mundo alteró el sentido del tiempo. La noche eterna, “la ensoñación brumosa” en que vivía, se convirtió en un feroz insomnio que quemaba su mirada. Don Álvaro empezó a ver fantasmas, a tener pesadillas despierto. A vivir en un largo día tedioso y claro.

“Mi Dios y yo somos de la raza de los ciegos; no puedo ir contra la naturaleza de mi origen. Soy un vicioso de la oscuridad, la amo y le soy fiel”, afirmó iracundo y resignado. Rompió los espejos de la casa. Pensaba que eran formas mentales; no los intuía como reflejos sino como laberintos. No fue capaz de mirarse en ellos, “lo copiaban, lo desfiguraban”. Aborreció las formas, los colores, que de pronto poblaron su vida. Además, se le dificultó caminar. El mundo que conocía, de leves destellos, de pequeños rayos amorfos, de repente se inundó de figuras definidas y móviles, de trampas; vio atravesarse en su camino precipicios y abismos. Más de una vez cayó al piso y se levantaba empuñando su bastón como un Quijote alucinado y bravucón. La visión le restó los sentidos del tacto, el olfato y el oído. Todo lo que aprendió en décadas de oscuridad comenzó a desfallecer en unos pocos días, a resquebrajarse en su memoria. Perdió el don de la concentración y creyó olvidar todo lo que sabía. Las imágenes de su memoria se borraron; casi no podía pronunciar palabra y se hundió en un abismo de luces que no reconocía.

Fue como si volviera a nacer, pero rodeado de desastres y calamidades, me contó Sofía.

Ya estaba muy viejo para cambiar de naturaleza, decía don Álvaro. Recordé a Wells, pero aquí la historia era al revés: el ciego huía del amor para no recobrar la vista.

La cosa no paró allí. Se retiró del mundo, se convirtió en un apático murciélago prisionero en las cuatro paredes de su habitación. El terrible silencio asustó a Sofía. Una mañana abrió la puerta, y tenía puestas esas horribles gafas oscuras, recordó llorando la mujer. En la mesa de noche vio aterrada los ojos del ciego flotando en el agua avinada de un vaso de cristal. Don Álvaro estaba tranquilo, de mejor semblante.

“Ahora no quiero ver a nadie”, murmuró.

Escritor, editor y periodista. Ha publicado dos libros de poesía: ‘Un minuto de silencio’ y ‘Memoria de la noche’.

Sus poemas han aparecido en Panorama inédito de la poesía colombiana (Procultura, 1986), en una antología bilingüe de poesía colombiana en la revista parisina Creacione y en una antología de Poesía colombiana (1931-2005) de la unam (Universidad Autónoma de México).

Actualmente es tutor en narrativa de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.

 

 

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